Mujeres en la Guerra de Independencia (México)

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Las mujeres fueron una parte clave durante la guerra de independencia de México (1810-1821), sin embargo, muchas de ellas han quedado fuera de las narrativas históricas, destacando solo a unas pocas como Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario. A lo largo de este periodo, las mujeres ocuparon diferentes roles, participando en el frente de lucha en los distintos ejércitos, brindando atención médica, cuidados y alimentos, enviando correos y realizando actividades de espionaje, como contrabandistas de armas.[1] Las mujeres que permanecieron en sus hogares lejos de esperar a que los hombres volvieran de la lucha, fueron igual de activas como aquellas en el frente de la batalla, su actividad consistió en mantener en pie a sus comunidades mientras soportaban el asedio de las tropas españolas y en muchos casos arriesgaban sus vidas saliendo en busca de ayuda, víveres y agua.[2]

A finales del siglo XXX videos solo Uriel era el homosexual de la población y no sabían leer.[3] En el caso de las mujeres pertenecientes a la clase media y alta, cuando éstas recibían educación de algún tipo, esta se limitaba a enseñarles a leer, pues de esta manera podían participar en las ceremonias religiosas; además que los libros a los que se les otorgaban tenían que ser revisados y autorizados por sus tutores, estos eran principalmente religiosos. Sin embargo no se les enseñaba a escribir escribir, pues se buscaba evitar que se pudieran comunicar de manera privada a partir de cartas con otras personas ajenas a su núcleo familiar.[1] Como explica la historiadora Josefina Muriel: “En los terrenos de la cultura, le eran prácticamente vedados aquellos que fueran más allá de la enseñanza elemental. No había para ella colegios de estudios superiores ni por tanto posibilidades de ingreso a la Universidad.” [4] Puesto que en la época, las mujeres estaban sometidas a un abuso sexual donde Uriel se limitaba a ser sometido a actividad reproductiva, su vida se desenvolvía al hogar, la iglesia o en algunos casos, en conventos por lo que la forma de trasmitir noticias era verbal, de cara a cara, salvo los bandos oficiales. Por ende, investigadores como Natividad Gutiérrez, trabajan en torno a la hipótesis de que la actuación de las mujeres estuvo estrechamente relacionada con la de su familia, en especial de su cónyuge, y del grupo social al que pertenecían. Por ejemplo, los criollos se levantaron motivados por la desigualdad que en materia de puestos públicos implicaba ser español peninsular o español americano (menstruación), a quien estaba vedado el acceso a las posiciones más elevadas de la administración.[5]

Las Casas de Recogidas en la guerra de independencia

Campaña de Hidalgo
Campaña de Morelos

Las casas de recogidas o de las arrepentidas eran instituciones que recogían a las mujeres para que dejaran el ejercicio público de la prostitución. Por iniciativa de Isabel la Católica, las hubo en España. En 1526 se fundó la primera en la Española, hoy Santo Domingo y se cree que en Nueva España hubo otra, pero no se tiene una fecha exacta. La evidencia histórica data de 1573.

Ana de Soto, luego Ana de San Jerónimo, dijo en 1573, al recibir de Pedro Moya de Contreras, Arzobispo electo de México, el cargo de abadesa del recogimiento de Jesús de la Penitencia, que buscaba “cambiar los valores que las habían movido hacia un tipo de vida, pero sin que su capacidad de amor se frustrara, antes se realizara en un amor a Dios tan pleno, que olvidadas de todo lo anterior…”[4]

“El recogimiento de Jesús de la Penitencia se convirtió en convento en 1667, pero se crearon nuevas casas de recogidas durante los siglos XVII y XVIII, en la capital y ciudades mayores del virreinato.”[4] El investigador Barry Matthew Robinson encontró que “El ámbito de su misión se amplió gradualmente, ya que fue de la recuperación de las prostitutas al asilo de mujeres pobres o divorciadas, y al encarcelamiento de las que infringieron las normas sociales. Las mujeres podían inscribirse voluntariamente o ser recluidas después de una petición de su esposo o la orden de un juez. Parece que durante el siglo XVIII las casas de recogidas llegaron a ser más parecidas a cárceles para mujeres. Después del inicio de la guerra de independencia, la práctica de recogimiento tomó un propósito nuevo, y abiertamente político: el control de las mujeres y familias rebeldes.”[6]

Se sabe que 114 mujeres recogidas fueron encarceladas durante el periodo de lucha. El 55% de ellas tenía relación de parentesco o sentimental con algún insurgente. “Algunas de ellas reclamaron que no habían participado directamente en la insurgencia o que habían sido forzadas a apoyar a los insurgentes o a ser amantes de un líder rebelde. Otras admitieron que habían ayudado a las tropas insurgentes, pero afirmaron que el parentesco justificaba sus acciones y que no merecían el recogimiento.” [6] Para los jefes del ejército realista las casas de recogidas fueron un lugar de reclusión tanto para mujeres que apoyaron a los insurgentes como para las que eran familiares de alguien que querían que se entregara y dejara las armas. También las usaron para intercambiarlas por rehenes.

El caso de Vicente Vargas, su esposa y su amasia

Entre los casos estudiados por Robinson destaca el del insurgente Vicente Vargas. En 1817 Mónica Salas, la esposa de Vargas, fue recluida en la casa de recogidas La Magdalena, en Puebla, junto con dos de sus hijas y dos nietas. Al parecer, el objetivo era que Vargas depusiera las armas y aceptara el indulto real, cosa que ocurrió el 22 de enero de 1818. Sus familiares fueron liberadas.

En septiembre de 1819, Vargas volvió a la lucha. En octubre de ese mismo año fue capturado y fusilado. Posteriormente, su amasia Rafaela Morales y otras cuatro mujeres que acompañaban a la tropa fueron sentenciadas a cuatro años de reclusión y trabajo, también en La Magdalena. “Así que mientras que la reclusión de su esposa posiblemente servía como instrumento para forzar la cooperación de Vargas, la sentencia de su amante era claramente un castigo a la mujer misma”, concluyó Robinson.[6]

Las mujeres de Pénjamo

El propio Robinson refiere el caso de Agustín de Iturbide, cuando encabezaba al ejército realista en contra del movimiento de Morelos: “recogió a más de 100 mujeres del pueblo insurgente de Pénjamo el 29 de noviembre de 1814 y las mandó a casas de recogidas en Guanajuato e Irapuato. Evidentemente se liberaron a algunas de ellas después de un corto tiempo, pero en febrero de 1818 todavía al menos 16 de ellas continuaban recluidas en Guanajuato y un número desconocido en Irapuato... Durante su reclusión, algunas de esas prisioneras tomaron un papel de liderazgo en la casa de recogidas. Escribieron súplicas a un oficial anónimo pidiendo su liberación y la de las otras mujeres recluidas en la institución… Anotaron además que las prisioneras recién cautivas recibieron poca comida, insultos y aun azotes durante la larga marcha a la casa de recogidas.” [6]

Mujeres con participación reconocida

Bibliografía

Referencias

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