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Naturocentrismo

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En ética ambiental, se conoce como naturocentrismo a la consideración moral de aquellas entidades cuya existencia se ha dado por causas naturales. Estas posiciones sostienen que son moralmente considerables debido a la manera en la que han llegado a ser lo que son. Estas perspectivas dan un valor especial a la conservación intacta de los parajes salvajes, por encontrarse en estado salvaje, es decir, por no haber sido causados por los seres humanos. Según una posición de este tipo, la restauración de ecosistemas previamente destruidos no restituiría ningún valor, ya que tales ecosistemas habrían perdido ya su valor y serían restaurados por el ser humano.

El naturocentrismo es una forma de entender la ética ambiental que defiende que la naturaleza tiene valor moral por sí misma simplemente porque no ha sido creada ni modificada por el ser humano. Esta postura forma parte de un debate más amplio dentro de la ética ambiental sobre si el mundo no humano debe tener valor moral o no. A diferencia de otras posiciones que se centran totalmente en los intereses humanos o solo en los seres vivos individuales, el naturocentrismo da importancia a cómo se ha formado la naturaleza y a su origen natural. Según esta idea, no solo importa lo que algo es, sino el proceso natural por el que ha llegado a existir.[1]

Tenemos algunos autores como Robert Elliot y Eric Katz que han defendido esta postura señalando que cuando el ser humano interviene en la naturaleza, se rompe algo importante desde el punto de vista moral. Katz sostiene que los ecosistemas naturales funcionan por sí mismos, siguiendo sus propias reglas y sin estar pensados para servir a los intereses humanos. Por eso, la naturaleza no debería verse solo como un conjunto de recursos ni como algo que se puede controlar técnicamente. Cuando un ecosistema es destruido y luego restaurado por el ser humano, puede parecer similar al original, pero no tiene el mismo valor moral, ya que deja de ser completamente natural y pasa a depender de la intervención humana.[2]

Se puede relacionar esta idea con la distinción filosófica entre original y copia. Elliot utiliza una analogía estética: una obra de arte original mantiene un valor que ninguna réplica por mucho que sea perfecta puede recuperar. De igual manera, un ecosistema restaurado puede parecer idéntico a uno salvaje, pero su valor moral ha sido sin duda alterado, ya que ahora depende del diseño, control y mantenimiento humanos. Así, el naturocentrismo introduce una crítica profunda a la lógica tecnocrática de la conservación ambiental, cuestionando la idea de que cualquier daño ecológico puede ser compensado mediante soluciones técnicas.[3]

Además, el naturocentrismo suele ir acompañado de una concepción no instrumental del valor que rechaza la reducción de la naturaleza a sus beneficios ecológicos, económicos o recreativos. Incluso cuando un paraje natural no aporta servicios ecosistémicos evidentes o utilidad directa para los seres humanos, conserva su valor por el hecho de ser el resultado de procesos naturales independientes. En este sentido, el naturocentrismo se aleja también de ciertas corrientes del ecologismo pragmático, que justifican la conservación recurriendo a la futura utilidad de los ecosistemas.[4]

Sin embargo, esta postura no está libre de críticas y objeciones, sino que hay bastantes desacuerdos con ella. Algunos filósofos ambientales han señalado que centrarse tanto en la "naturaleza intacta" puede llegar a dar una visión idealizada y fija de lo natural, sin pensar en que los ecosistemas siempre han estado en transformación y que la influencia humana forma parte de su historia en gran cantidad de casos. Tenemos también otros autores, como AndrewLight, que cuestionan que a la restauración ecológica le falte completamente el valor moral, lo hacen argumentando que el esfuerzo humano por reparar daños ambientales puede expresar actitudes éticas valiosas, como la responsabilidad y el cuidado.[5]

A pesar de todas estas críticas, el naturocentrismo ha tenido un impactobastante grande en debatescontemporáneos sobre la conservación de espacios salvajes y la gestión de parques naturales. Esta idea hace que tengamos que pensar de otra forma las políticas ambientales y no ver la naturaleza solo por la utilidad que tiene para las personas. Por último, el naturocentrismo no solo propone un criterio ético, sino que cuestiona de manera muy profunda la relación moderna entre humanidad, técnica y mundo natural, dándonos pie a reconocer límites morales de la intervención humana incluso cuando esta parece que simplemente viene a ser algo reparador o beneficioso.[5]

Véase también

Referencias

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