Paseo del Prado de la Magdalena
From Wikipedia, the free encyclopedia
| Paseo del Prado de la Magdalena | ||
|---|---|---|
| El parámetro , no es un valor válido de «latitud,longitud» | ||
Página no enlazada a Wikidata
|
El paseo del Prado de la Magdalena es una vía urbana de la ciudad de Valladolid, España.
Aparece descrita en Las calles de Valladolid de Juan Agapito y Revilla de la siguiente manera:
Hoy tal vía está limitada por el paseo que desde la calle de los Alamillos conduce a la de Madre de Dios, por delante del Matadero viejo, y bien fácil es suponer que debe su nombre al famoso Prado de la Magdalena, el cual tomó motivo de la próxima parroquia de tal advocación.Fue el Prado de la Magdalena lugar muy celebrado de poetas y escritores, como el donoso portugués Pinheiro da Veiga, y lo merecía, en aquellos primeros años del siglo XVII, cuando la Corte de Felipe III tuvo su asiento en Valladolid. Entonces se hermoseó grandemente, haciendo buenas plantaciones de árboles, y las praderas y el limpio cauce, por aquel lugar, del Esgueva, convidarían a las expansiones de la gente acomodada y aristocracia, a pasear, bien a pie, ya en sus pesadas carrozas, en un ambiente de galantería mezclado con fina sátira y malicia de que tan abundante fue el tiempo, por las costumbres y usos que se habían arraigado.
A pesar de la gran superficie que ya tenía el Prado de la Magdalena, quisieron aquellos buenos regidores ensancharle y regularizar su área, y, al efecto, en Regimiento de 6 de octubre de 1603, se acordó, para dicho ensanche, comprar en 2.500 ducados, después de algunas diferencias surgidas, a Don Gregorio de Tovar, del Consejo de S. M. y oidor de la Audiencia de Galicia, una huerta y casa que allí tenía. Los 2.500 ducados fueron «pagados y fundados a censo sobre los propios y rentas desta ciudad».
Se hizo, pues, en el lugar un parque ameno, aunque húmedo, y los veranos eran los días mejores para pasarlos a la sombra de los copudos árboles, pues en otras épocas del año, el invierno sobre todo, el lugar preferido para lucirse las bellas y hacer ostentación de ricas vestimentas y hasta alhajas, era el «Espolón», el llamado «Espolón viejo» luego, como se ha dicho en su lugar, que comprendía las proximidades del desagüe del brazo Sur del Esgueva.
Muy gráficamente describió Pinheiro da Veiga el Prado de la Magdalena, según se hallaba en la madrugada de San Juan del 1605, cuando el hoy casi desaparecido paseo, estaba en todo su apogeo. Escribió de este modo el portugués (trad. española, pág. 107):
«Es este, el Prado, el más hermoso paseo que tiene Valladolid, porque en el invierno se van a tomar el sol al Espolón, como os tengo contado, sobre el río, y por la Victoria; ... En llegando los calores, se mudan al Prado de la Magdalena, que es un bosque de álamos que tiene en redondo más de 5.000 pasos ordinarios, y por el norte queda la iglesia de la Magdalena, que es muy hermosa, y el Monasterio de las Huelgas, que hizo la mujer del rey Don Sancho el Bravo, que es el principal de Valladolid, restaurado de nuevo y muy bello; por el sur, queda San Pedro, la Inquisición y el convento de las Descalzas, que son como las de la Madre de Dios». «Por oriente, quédanle muchas huertas, muy frescas, que le cercan, y luego una puerta al campo libre y el río Esgueva, donde van a lavar; entra este río dando agua a dos pares de aceñas, que, cayendo de alto, refresca el Prado y se divide en brazos, con una arena tan clara, que, con andar los coches todo el día en ella, no se ensucia. Queda el Prado todo cortado por él, con puentes de piedra y madera, con lo que queda cuanto se puede imaginar, y parece que le pintó Ariosto, cuando dijo:...»
No estuvo cierto el portugués al señalar las cosas que al Prado rodeaban según la rosa de los vientos; mas hay que perdonarle tal descuido en son de su buena voluntad. Continuó el escritor: «Entrase al Prado por muchas partes y principalmente por el puente de piedra, donde luego está la carrera de los Caballos, en la cual ordinariamente están probando todos los buenos que vienen a la corte, y a los del rey vienen a hacerles mal, y la casa de las chirimías, que es pintada y hecha solamente para alegrar a la gente los días festivos, y así estaban esta mañana tañendo, y era cosa hermosa de ver tantos hombres y mujeres, los más almorzando y holgando sobre la yerba y convidando a todos los que pasaban».
Detalles curiosísimos apuntó, también, Barthélemy Joly, del Prado, «lleno de umbrías y de gran recreación», donde los «Señores y damas, caballeros, se pasean a pie, en coche o a caballo, pasando con airoso porte en lento desfile, tanto para disfrutar el placer de este lugar como para darle a los demás... Yo bien creo que aquí hay aventureros encuentros con mujeres de buena voluntad, pero a lo menos el escándalo queda por fuera».
Tratando del Prado de la Magdalena en su El Soldado Píndaro escribió Gonzalo de Céspedes y Meneses, que estaba «hecho una selva de carrozas y coches que frisaban hasta con los umbrales de la iglesia».
No había exageración en tales escritores, porque, efectivamente, en aquellos tiempos, después de haber sido hermoseado el paraje con las plantaciones de árboles de fines del siglo XVI y el gran ensanche que se dio en los primeros años del siguiente siglo, quedó convertido en un amenísimo lugar de esparcimiento que podría codearse con los mejores y más conocidos de las cortes extranjeras.
Fue muy celebrada en el Prado la famosa «casa de las Chirimías». Venía a ocupar el centro del Prado de la Magdalena un puente sobre el Esgueva, próximamente a la desembocadura de la calle de Sanz y Forés a Real de Burgos, y a su lado estuvo la popular «casa de las Chirimías», denominada de esta manera porque en ella se situaban las músicas, «casa de las Chirimías», muy elogiada, de la cual se decía que en ella tenía cada vecino una teja, como queriendo indicar que era de la ciudad.
Encontré, hace ya tiempo, los preliminares de esa «casa» en los libros de actas del Regimiento, y por su curiosidad copio dos acuerdos de la época en que el Prado se hermoseaba con sus mejores galas. Dice de este modo el de 5 de marzo de 1602: «Este día los dichos señores cometieron a los señores Jerónimo de Villasante y don Luis de Alcaraz, regidores, para que con el señor Corregidor concierten con los ministriles el salario que será bien darles porque asistan todos los domingos y fiestas del verano a tañer en el Prado de la Magdalena y otras partes donde les señalaren, y asimismo para que vean qué sitio será bien en el Prado de la Magdalena a donde estén tañendo, de manera que se goce de la música todos los que anduvieren en el Prado, y el sitio que así señalaren hagan hacer una torre alta a donde estén, lo cual haga el mayordomo de obras luego por la orden que le dieren los dichos señores, y lo que fuere menester para lo susodicho lo pague por libranza de los dichos señores que con este acuerdo serán bien gastados, y las dichas libranzas y le serán recibidos y pasados en cuenta sin otro ningún recado».
El otro acuerdo de 29 de abril de 1602 expresa: «Este día el señor Corregidor dijo al ayuntamiento como su merced y los señores Jerónimo de billasante y Simón de caueçón, regidores y comisarios, tenían concertada con los ministriles todas las fiestas de procesiones, regocijos de toros y otras cualesquier fiestas, asimismo las fiestas y domingos por las tardes, en el Prado de la Magdalena, por doscientos ducados al año, que conviene se haga hacer luego un corredor donde estén tañendo, cerrado con su llave, con todo ventanaje por todas partes, encima de la fuentecilla que está en el dicho Prado de la Magdalena, y por el dicho ayuntamiento visto, acordaron que los señores Jerónimo de billasante y Simón de caveçón le hagan hacer luego, y lo que fuere menester para lo susodicho lo pague por libranza de los señores comisarios, e de cualquiera de ellos, Jerónimo de Quintanilla, mayordomo de las obras desta ciudad».
Que esa llamada «casa de las Chirimías» se hizo y que cumplió su destino ya nos lo dijo Pinheiro da Veiga. Pero esa primera obra, que servía de templete o pabellón de la música, desapareció, probablemente, por su estado desastroso de vida, que todo fenece en este mundo, y el minucioso Ventura Pérez dio cuenta de la reconstrucción de «casa» tan popular, cuando las fiestas de las verbenas de San Juan, San Pedro y la Magdalena en el Prado se celebraban. Dijo de este modo el buen ensamblador: «Año de 1740, a principios del verano, quitaron la tierra de las espaldas de la iglesia vieja de la Catedral, junto al cementerio de la Antigua, y lo echaron junto a la casa de las chirimías para allanar el Prado. Y en este mismo tiempo derribaron la dicha casa de las chirimías y la volvieron a reedificar, y el día de San Juan, aunque no acabada de todo punto, se estrenó, y la noche antes estuvieron en ella las comediantas y tuvieron un sarao, y la noche de San Pedro; hicieron a un mismo tiempo aquella plaza con sus asientos; se dio todo acabado con sus armas y balcones el último paseo que fue el día de la Magdalena».
Yo conocí el Prado de la Magdalena antes de haberse hecho en él el Hospital General y Facultad de Medicina, el Seminario y convento de Jesús y María, el pabellón de aislamiento y de infecciosos, aun antes del Matadero viejo. Tenía buenos paseos y la parte más cuidada, con la plazoleta a que alude Ventura Pérez, a la que concurrían otros radiales, venía a estar donde ahora el Hospital, cerca, por lo tanto, de la «casa de las Chirimías», de la que recuerdo los escudos en piedra de la ciudad, ya convertida en vivienda del guarda de aquel paraje y depósito de herramientas y útiles del trabajo propios de los que allí se realizaban.
De tal hermoso paseo poco queda ya, sin poderse rastrear lo que fuera en otros tiempos. Los edificios citados más arriba, construidos a fines del siglo XIX y en lo que va del presente, acabaron por deshacer lo que constituyó el orgullo del pueblo, bien que haya sido sustituido por los paseos y jardines del Campo Grande.
Aparte ya todo esto, he de recordar que a las proximidades del Prado de la Magdalena se las llamó «arrabal del Prado de la Magdalena», según se lee en una escritura de renovación de censo de 2.040 maravedís de renta, sobre una iguada de tierra, por Blas de Rosas a favor del Hospital de Esgueva. El precio no era tan insignificante, como pudiera suponerse por la fecha de la escritura, 22 de febrero de 1597; lo que prueba el aprecio que se hacía de los terrenos de labor en las cercanías del Prado de la Magdalena.
Referencias
Partes de este artículo incluyen texto de Las calles de Valladolid (1937), una obra de Juan Agapito y Revilla (1867-1944) en dominio público.
- ↑ Agapito y Revilla, 1937, p. 352-357.
Bibliografía
- Agapito y Revilla, Juan (1937). Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico. Valladolid: Casa Martín. Wikidata Q30332367.