La utilización y distribución del agua del río Cuautitlán era la principal fuente caudal del México prehispánico en el Estado de México. En 1435, la corriente de dicho río, que atravesaba el pueblo de San Juan Atlamica, fue desviada hacía la laguna de Citlaltepec, que era una sección occidental de la laguna de Zumpango. Este desvió se hizo para evitar el derrumbe y arrastre de las casas de los indios habitantes, ya que, en tiempo de lluvias, la fuerte creciente del río provocaba esos desastres.[1] De este modo, fue en esa fecha cuando se construyó la Pila Real de Atlamica, un repartidor general de las aguas del río Cuautitlán. Construida con piedra, adobe y una técnica recubierta con cazuelas de barro sobre su bóveda, su objetivo principal fue para el uso de actividades agrícolas y domésticas en benefició de los residentes de la región.[1][2][3]
Consumada la conquista española, la Corona se convirtió en propietaria de las aguas y territorios recién conquistados. Con esta atribución, se cedió su uso a españoles e indígenas mediante Mercedes Reales.[1] Durante todo el desarrollo del siglo XX, continuo siendo utilizada para lo que fue construida en un principio, pero llegado el siglo XXI, el creciente desarrollo urbano y los nuevos captadores para la distribución de agua que nacieron en Cuautitlán Izcalli, su nueva ciudad de origen, fue dejada atrás, acabando entre el abandono y la contaminación.[4] A pesar de haber terminado en la inactividad, su estructura física permaneció, la cual, por su importancia, fue inscrita al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en 2012, formando parte del Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas e Históricas.[5][6] Aún con el índice de polución con el que suele contar, la preservación de su obra persiste salvaguardada por su significancia trascendental.[7][8]