Plan de Canberra
Programa metafilosófico
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Plan de Canberra (en inglés: Canberra Plan) es el nombre de un programa contemporáneo de metafísica, filosofía analítica y metodología filosófica asociado principalmente con David Lewis, Frank Jackson, David Chalmers y otros filósofos vinculados a la Research School of Social Sciences de la Universidad Nacional Australiana, en Canberra.[1][2]

En términos generales, el procedimiento consiste en identificar las perogrulladas o platitudes asociadas a un determinado concepto, reconstruir el papel funcional que dicho concepto ocupa en una teoría o práctica discursiva, y determinar después qué realizador (entidad, propiedad, estado o relación del mundo) desempeña mejor ese papel.[1]
Historia y denominación
El Plan de Canberra tiene sus antecedentes en el método de las oraciones de Ramsey y en el tratamiento de los términos teóricos desarrollado por Frank Ramsey, Rudolf Carnap y David Lewis. Ramsey propuso reemplazar los términos teóricos de una teoría por variables cuantificadas existencialmente. Carnap desarrolló esta estrategia en el contexto del empirismo lógico; y Lewis la reformuló para explicar cómo los términos teóricos pueden definirse por el papel que ocupan dentro de una teoría.[3]
La expresión "Canberra Plan" fue introducida inicialmente por los críticos del programa, en particular por John Hawthorne y Huw Price, en un artículo de 1996.[4] La etiqueta aludía irónicamente a Canberra como una ciudad planificada, sugeriendo que la metodología omitía la diversidad funcional del uso lingüístico ordinario. Con el tiempo, varios defensores del programa adoptaron la denominación de manera no peyorativa.[5][6]
Daniel Nolan distingue dos usos de la expresión. En su uso primario, designa una forma de análisis conceptual vinculada al método Ramsey-Carnap-Lewis (más usualmente referido como el método Ramsey-Lewis o de ramsificación). En un uso más amplio, designa un conjunto de posiciones asociadas a filósofos de la Universidad Nacional Australiana durante la década de 1990, incluyendo compromisos metafísicos como el fisicalismo, el cuadridimensionalismo y el uso de la semántica bidimensional.[1]
Método
El Plan de Canberra puede reconstruirse como un procedimiento en dos o tres fases. Expondremos aquí la versión de tres fases.
La primera consiste en reunir las platitudes asociadas a un concepto o familia de conceptos. Estas platitudes son afirmaciones que los hablantes competentes aceptan, explícita o implícitamente, como parte de su comprensión ordinaria de la noción considerada. En el caso de conceptos científicos, el punto de partida puede ser una teoría científica canónica. En el caso de conceptos ordinarios o filosóficos, el punto de partida suele ser una teoría popular (folk theory).[1][7]
La segunda fase consiste en sistematizar esas platitudes y formular el papel que el concepto desempeña dentro de la teoría correspondiente. Formalmente, esta fase puede realizarse mediante ramsificación: se reemplazan los términos teóricos (inobservables) por variables y se cuantifica existencialmente sobre ellas. El resultado es una descripción del papel funcional que debe desempeñar aquello a lo que el concepto se refiere.[8][9]
La tercera fase consiste en examinar el mundo, normalmente con ayuda de las ciencias empíricas, para determinar qué entidad, propiedad o relación realiza mejor ese papel. Si un realizador adecuado existe, el concepto analizado queda "ubicado" en una ontología aceptable para el naturalista o el fisicalista. Si no existe un realizador, el resultado puede llevarnos a adoptar estrategias de tipo eliminativista, revisionista o pluralista, dependiendo del caso.[10][2]
Panu Raatikainen distingue entre un programa formal y un programa informal dentro del Plan de Canberra. El programa formal usa explícitamente las herramientas de la teoría de los términos teóricos y las oraciones de Ramsey. El programa informal, en cambio, conserva la idea general de reunir platitudes y buscar realizadores, pero no depende necesariamente de una formalización completa mediante ramsificación.[6] Esta última puede entenderse como una generalización del funcionalismo analítico: se aplica a conceptos realtivos a las discusiones sobre la mente, la moral, la causalidad, el derecho, el género, el gusto o la semántica, incluso cuando no hay una teoría científica explícita que sirva de punto de partida.
Platitudes y mejores realizadores
La noción de platitud tiene un sentido técnico dentro del Plan de Canberra. No se refiere necesariamente a una afirmación trivial o poco interesante, sino a una afirmación que forma parte del dominio ordinario o preteórico de un concepto. Así, por ejemplo, en filosofía de la mente las platitudes sobre el dolor pueden incluir que este "suele ser causado por daño corporal", que "produce quejas" o "evitación", y que "posee un papel causal característico en la conducta".[1]
La metodología no exige que todas las platitudes sean satisfechas perfectamente. En muchos casos, especialmente en dominios normativos o morales, puede ser el caso que no haya ningún realizador que satisfaga todas las condiciones. Por ello, varios defensores del Plan recurren a la noción de "mejor realizador" (best deserver): aquello que satisface suficientemente el papel especificado y lo hace mejor que sus competidores.[1][2]
Esta estructura permite combinar una fase analítica y una fase empírica. La fase analítica determina qué se está buscando; la fase empírica determina si hay algo en el mundo que desempeñe ese papel. Frank Jackson compara esta división con el caso de un cartel de búsqueda: los cazadores de recompensas buscan a una persona, no al propio cartel, pero necesitan atender a las propiedades representacionales del cartel para saber cuál es su objetivo.[11]
Relación con el naturalismo y el fisicalismo
El Plan de Canberra está estrechamente relacionado con el naturalismo filosófico y con formas de fisicalismo. Según David Papineau, la tradición naturalista (analítico) sostiene que la filosofía comienza con el análisis de conceptos ordinarios —como pueden ser 'libertad', 'conocimiento', 'valor moral' o 'experiencia consciente'— y luego pasa a la "metafísica seria", cuyo objetivo es mostrar cómo realidades limitadas, como pueden ser las de tipo físico, pueden satisfacer esos conceptos ordinarios.[10]
Sin embargo, el fisicalismo no es una condición estricta para usar el método. Muchos de los planificadores de Canberra son naturalistas o fisicalistas, eso es cierto, y por ello suelen buscar realizadores físicos; pero el método, tomado formalmente, no implica por sí solo una ontología fisicalista. Un filósofo no fisicalista podría usar la misma estructura metodológica y sostener que los mejores realizadores son entidades no físicas.[1] Asimismo, el fisicalismo, siendo naturalista, no es equivalente al mismo. El naturalismo se define por su compromiso amplio, más no total, con la ontología de nuestras mejores teorías científicas (siendo las protagonistas generales las entidades físicas), pero su validez es independiente de esta, ya que puede sobrevivir a cualquier cambio o fracaso del fisicalismo.[12]
Aplicaciones
Filosofía de la mente
La filosofía de la mente es uno de los ámbitos paradigmáticos del Plan de Canberra. David Lewis aplicó el método para defender una forma de funcionalismo analítico: términos mentales como 'creencia', 'deseo' o 'dolor' se definen por el papel causal que desempeñan dentro de la psicología ordinaria, y luego se identifica empíricamente qué estados físicos ocupan esos papeles.[13][9]
Ética y metaética
Frank Jackson aplicó el método a la ética en su defensa del funcionalismo moral. Según esta estrategia, los conceptos morales se reconstruyen a partir de las platitudes de la moral ordinaria. Una vez realizado aquello, se pregunta qué propiedades descriptivas realizan los papeles morales correspondientes. De esta manera, se abre la posibilidad de compatibilizar el descriptivismo con el naturalismo y la objetividad moral; todo ello sin incurrir en un inflacionismo metafísico propio de los sistemas filosóficos más clásicos.[14]
En metaética, el Plan de Canberra se enfrenta a problemas clásicos como el argumento de la pregunta abierta, la normatividad de los juicios morales, la motivación moral y la posibilidad de desacuerdos genuinos entre agentes que manejan conceptos morales parcialmente divergentes.[15]
Filosofía del derecho
Torben Spaak ha aplicado el Plan de Canberra a la naturaleza del derecho. Su análisis parte de la idea de que la filosofía jurídica suele buscar no solo una aclaración del concepto de derecho, sino también una caracterización del fenómeno correspondiente. Spaak sostiene que el método puede formular una hipótesis sobre el papel del derecho, aunque también advierte las dificultades existentes para reunir platitudes lo suficientemente ricas como para evitar problemas de permutación entre posibles realizadores.[16]
Causalidad
David Liebesman ha discutido la relación entre el Plan de Canberra y la teoría de la causalidad de Lewis. Lewis aplicó el método a la mente, el color y el valor, pero no a la causalidad, pese a que su análisis de la causalidad es una de sus contribuciones más influyentes. Liebesman argumenta que las objeciones de Lewis contra una aplicación del Plan de Canberra a la causalidad no son concluyentes.[17]
Estética
Jeremy Wyatt ha usado el Plan de Canberra para analizar la naturaleza del desacuerdo en cuestiones de gusto. Su propuesta parte de platitudes sobre el desacuerdo y busca identificar la relación metafísica que realiza el desacuerdo gustativo. Este enfoque permite tratar el desacuerdo de gusto como un problema metafísico, no solo como semántico o pragmático.[18]
Género y ontología social
La aplicación del Plan de Canberra a conceptos social y políticamente cargados ha sido objeto de críticas recientes. Se ha sostenido que el método, tal como está formulado, resulta problemático para los conceptos de género, pues las creencias preteóricas sobre el género pueden estar distorsionadas por ideologías opresivas; lo que demandaría modificar el método para filtrar dichas platitudes bajo restricciones de justicia social.[19]
No obstante, hay motivos para rechazar esta estrategia. Filtrar las platitudes por razones normativas o políticas compromete la neutralidad metodológica que define al Plan de Canberra. En todo caso, el caso del género mostraría que el Plan o bien no es un programa metafísico plenamente generalizable, o bien debe aceptarse un pluralismo metodológico según el cual distintos dominios requieren distintos métodos metafísicos.[20]
Física y metafísica de la ciencia
Michael Esfeld ha usado la expresión "Plan de Canberra para la física" para caracterizar una forma de metafísica naturalizada que busca localizar todo lo existente en una ontología física mínima. En su propuesta, asociada al superhumeanismo, la tarea no consiste principalmente en el análisis conceptual a priori, sino en determinar un conjunto ontológico mínimo suficiente para dar cuenta de la física contemporánea.[21]
Críticas
El Plan de Canberra ha recibido críticas tanto técnicas como metodológicas. Raatikainen distingue entre problemas del programa formal y problemas del programa informal. En el plano formal, cuestiona el uso de oraciones de Ramsey y la división heredada entre términos teóricos y términos observacionales. En el plano informal, sostiene que el paso desde platitudes y papeles funcionales hacia realizadores metafísicos involucra un salto que no siempre está justificado.[6]
También hay quien ha señalado que el Plan de Canberra, de facto, no ayuda a realizar "metafísica seria" en el sentido jacksoniano. Dicha crítica se centra en problemas relativos al cambio conceptual. Si los conceptos cambian históricamente, el análisis de nuestras concepciones ordinarias puede no identificar de manera fiable el fenómeno que la metafísica pretende ubicar.[22]
Se ha cuestionado el lugar de las nociones semánticas dentro del Plan. Este parece depender de nociones como referencia, satisfacción y verdad; pero si estas nociones son indispensables, el Plan enfrenta dificultades al intentar aplicarse a la semántica misma.[3]
Desde la metafísica analítica, se argumenta que el Plan de Canberra también estaría descuidando la noción de fundamento metafísico. Para posiciones de este estilo, una reducción fisicalista no requiere solamente de identificar un realizador funcional, sino también de explicar en virtud de qué propiedades físicas se da una propiedad mental o fenoménica.[23]
Finalmente, se ha criticado la relación entre el Plan de Canberra, la teoría psicológica de los conceptos y el carácter genérico de muchas platitudes. No resutaría inocente identificar sin más las condiciones de aplicación de un término con los criterios derivados de nuestra mejor teoría ordinaria de los objetos correspondientes.[5]
Relación con la explicación carnapiana
Rogelio Miranda Vilchis ha comparado el Plan de Canberra con la explicación carnapiana. Sostiene que ambos enfoques comparten una estructura de dos pasos: una fase de clarificación del concepto ordinario y una fase de reemplazo, ajuste o localización dentro de una teoría más precisa. En esa medida, el Plan de Canberra puede interpretarse como una variante naturalista y parcialmente revisionista de análisis conceptual.[7] La diferencia central radicaría en que la explicación carnapiana busca reemplazar conceptos inexactos por conceptos más exactos, fructíferos y simples, mientras que el Plan de Canberra busca determinar qué realiza el papel asociado al concepto analizado. Con todo, ambos enfoques comparten la aspiración de hacer la filosofía más compatible con las ciencias.