Política religiosa de Constancio II
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La política religiosa de Constancio II consistió en promover el cristianismo en su versión arriana en el Imperio romano, primero en su parte oriental (337-350) y tras convertirse en emperador único en 350 también en la parte occidental, para lo cual Constancio II impuso drásticas restricciones al cristianismo niceno y al paganismo. El autor estadounidense J. Kirsch ha considerado que se produjo una «persecución» de los seguidores del culto tradicional romano,[1] pero otros historiadores no valoran así la política antipagana de Constancio, entre otras razones porque este nunca renunció a su función de Pontifex Maximus, por lo que nombró sacerdotes para el culto «pagano», y, desde luego, nunca decretó su prohibición como sí haría veinte años después el emperador Teodosio el Grande.
Además se suele reconocer que en general los severos edictos antipaganos de Constancio no fueron aplicados o lo fueron sólo parcialmente debido sobre todo a que había gobernadores provinciales seguidores del culto tradicional romano.[2][3][4] Así lo recoge también el autor antiguo Amiano Marcelino.[5] Un indicio de que no eran cumplidos sería su retiración años después de haber sido promulgados.
Desde el inicio de su reinado en 337 Constancio II llevó a cabo una política proarriana en la pars orientalis que le había correspondido tras la muerte de su padre Constantino I y que trasladó a la parte occidental cuando en 350 se convirtió emperador único. A diferencia de su padre, partidario de evitar las discusiones teológicas, Constancio II estaba convencido de que se podía lograr una fórmula de fe común a todos los cristianos y por eso promovió los debates para alcanzarla, aunque él se sentía más cercano a la posición «moderada» defendida por la mayor parte del clero arriano (que reconocía a la vez la semejanza entre el Padre y el Dios Hijo y la superioridad del primero respecto del segundo) frente a la posición «radical» del clero que defendía la aplicación integral de lo acordado en el Concilio de Nicea que había afirmado que el Padre y el Hijo eran de la misma naturaleza —una posición, la de Constancio II, contraria a la que habían mantenido sus hermanos Constantino II y Constante en la parte occidental, donde el Credo niceno predominaba sin apenas oposición—.[6] No obstante, ante amenaza de un «cisma» con las Iglesias de Occidente —los obispos orientales, en su mayoría arrianos, reunidos en el Concilio de Filipópolis llegaron a excomulgar al obispo de Roma Julio que pretendía extender su autoridad sobre ellos— y, sobre todo, ante el peligro de una confrontación abierta con su hermano Constante, Constancio II había permitido en 346 el regreso del obispo niceno Atanasio a su sede de Alejandría.[7]
| Corrientes del arrianismo (siglo IV d. C.) | |||||
|---|---|---|---|---|---|
| Nombre | Carácter | Definición doctrinal | Principales representantes | ||
| Homoiousianos (u homeusianos) | Moderados (semiarrianismo) |
El Dios Hijo (el Logos) es de una substancia semejante (homoioúsios) al Padre | Basilio de Ancira, Jorge de Laodicea | Acercamiento a la posición de los nicenos que defienden que el Padre y el Hijo son de la misma substancia (homooúsios) | |
| Homeos | Moderados | El Hijo es semejante (homoíos) al Padre, pero no en la substancia. | Acacio de Cesarea, Ursacio de Singidunum, Valente de Mursa | Posición intermedia entre los homoiousianos y los anomeos (o heterousianos). | |
| Anomeos o Heterousianos | Radicales | El Hijo, en cuanto a la esencia, es completamente desigual (anomoios) del Padre. (Subordinacionismo radical: el Hijo en posición de inferioridad respecto del Padre) |
Aecio de Antioquía, Eunomio (eumoneísmo), Marcelo de Ancira, Foción de Sirmio. Eusebio de Nicomedia (Subordinacionismo) |
Llevan a su extremo las tesis de Arrio | |

Tras derrotar al «usurpador» Magnencio en 353 Constancio permaneció en Occidente durante los tres años siguientes con el fin de conseguir la unidad religiosa, condición necesaria para asegurar la prosperidad del Imperio. Así, impuso la condena de las posiciones nicenas de Atanasio de Alejandría —que una revuelta en la ciudad, al parecer instigada por el propio emperador, le había obligado a abandonar su sede— en los concilios de Arlés (353) y de Milán (355), venciendo la resistencia de los obispos occidentales mayoritariamente nicenos —los más destacados fueron desterrados: Osio de Córdoba fue obligado a volver a Hispania, e Hilario de Poitiers tuvo que exiliarse a Frigia—.[9]
Durante ese tiempo Constancio también tuvo que hacer frente a la división interna del arrianismo. En un primer concilio reunido en Sirmio en 357 se adoptaron las posiciones arrianas más estrictas —el Hijo, en cuanto a la substancia, es completamente desigual, anomoios, del Padre—, pero al año siguiente en un nuevo concilio reunido también en Sirmio se adoptó la fórmula de los homoiousianos —el Hijo es de una substancia semejante, homoioúsios, al Padre—, una posición más cercana a los de los nicenos —el Padre y el Hijo son de la misma substancia, homooúsios—, y de hecho Constancio consiguió bajo presiones que el obispo de Roma Liberio y Osio de Córdoba, dos prominentes nicenos, la reconocieran. Pero la querella interna arriana continuó y el 22 de mayo de 359 el propio emperador impuso un símbolo de fe, conocido como el «credo datado», en el que tan solo se afirmaba que el Hijo era semejante (homoíos) al Padre, sin mencionar la substancia como hacían los homoiousianos, y que era la posición que defendían los homeos. Como ni aun así consiguió la unidad, Constancio obligó bajo coacciones a los participantes en dos nuevos concilios, el de Rímini, que reunió a los obispos occidentales, que acordaron mantener el Credo de Nicea, y el de Seleucia, que reunió a los obispos orientales, que rechazaron el Credo de Nicea, a que firmaran el «símbolo datado».[10][11] En 360 se reunió un concilio en Constantinopla que confirmó la posición homea con la expresión: el Hijo es «como el Padre bajo todos sus aspectos, como lo dicen las Santas Escrituras». Esta fórmula de fe se mantendría en Oriente hasta el reinado de Teodosio el Grande. Por su parte los obispos occidentales se reunieron al año siguiente en el concilio de París restableció la «ortodoxia nicea».[12] En definitiva, como ha destacado Claire Sotinel, Constancio fracasó en su intento de unificar una Iglesia cuyo centro institucional fuera el emperador.[13]