El principio copernicano, en su forma tradicional, sostiene que la Tierra y la humanidad no ocupan un lugar privilegiado en el universo. Esta idea ha sido reafirmada a lo largo de los siglos mediante diversos descubrimientos astronómicos.
En la antigüedad se creía que la Tierra era el centro del sistema solar, hasta que Nicolás Copérnico propuso el modelo heliocéntrico, según el cual el Sol ocupa el centro del sistema. Esta teoría fue confirmada posteriormente por Galileo Galilei, quien, mediante observaciones con un telescopio, demostró que las lunas de Júpiter orbitaban dicho planeta, y que Venus presentaba fases consistentes con su órbita alrededor del Sol.
En la década de 1930, el astrónomo Robert Julius Trumpler determinó que el sistema solar no se encontraba en el centro de la Vía Láctea, como se suponía, sino aproximadamente a medio camino entre su núcleo y los extremos de sus brazos espirales.
A mediados del siglo XX, George Gamow y otros científicos demostraron que el corrimiento al rojo observado en galaxias distantes no indicaba un centro del universo, sino que el universo en expansión presenta la misma apariencia desde cualquier punto de observación.
Hacia finales del mismo siglo, el equipo liderado por Geoffrey Marcy descubrió numerosos planetas extrasolares, lo que puso fin a la idea de que nuestro sistema solar era inusual por albergar planetas.
En conjunto, estos hallazgos respaldan el principio de mediocridad copernicano, según el cual la Tierra es un planeta ordinario que orbita una estrella común, situada en una galaxia típica, que forma parte de un universo compuesto por un número indeterminado de galaxias, cuya extensión y estructura completa aún se desconocen.
Al plantear que la evolución, civilización, tecnología, etc., que existe en la Tierra no es nada fuera de lo común, algunos defensores de SETI toman el principio de mediocridad como una razón de peso para esperar abundancia de señales extraterrestres. Por ejemplo, Carl Sagan usaba el principio para sugerir que «podría existir un millón de civilizaciones en la Vía Láctea». Los seguidores de la paradoja de Fermi toman los pocos hallazgos de la búsqueda de estas señales u otras evidencias como una indicación de lo erróneo del principio de mediocridad.
La falta de contacto es interpretada a menudo como una escasez de inteligencia humanoide y no como una falta de planetas similares a la Tierra, pero la carencia de cualquiera de las dos puede ser considerada como una refutación del principio de mediocridad, dependiendo de si el principio se aplica de manera estricta a la Tierra o, más vagamente, a sus habitantes.
Negar el principio de mediocridad es comparable a afirmar la hipótesis de la Tierra especial; por ejemplo,González y Richards (2004) presentan el caso de la unicidad de la Tierra en su libro El planeta privilegiado. En él se dice:
No es que estemos en el centro del Universo, pero sí en la mejor ubicación para que florezca vida compleja y para observar lo que está más allá de nosotros.
Argumentan que el cosmos, como un todo, está finamente diseñado para la vida, y que dentro de él, las peculiaridades terrestres hacen de nuestro planeta un punto muy especial, y refutan el principio de mediocridad con base en los siguientes argumentos:
- la Tierra orbita una estrella no binaria, rica en metales, a una distancia ideal para no ser totalmente irradiada ni tampoco ser una roca congelada;
- la Tierra es una roca de silicato con la masa suficiente, placas tectónicas y centro de hierro, para proteger la vida que en ella se desarrolla;
- los grandes planetas vecinos del nuestro nos protegen de asteroides sin desestabilizar la órbita terrestre;
- existe una cantidad ideal de agua para mantener una hidrosfera;
- la Luna es anómalamente masiva, creando mareas y estabilizando el movimiento axial de la Tierra. Según Jacques Laskar, esta importante característica es imposible de obtener sin una luna como la nuestra;
- la ubicación galáctica de la Tierra es extraña e importante: «No está en el centro de la galaxia ni en un cúmulo globular; no está cerca de una fuente activa de rayos gamma, ni en un sistema multiestelar, ni cerca de un púlsar, ni cerca de estrellas muy pequeñas, grandes, o que estén prontas a convertirse en supernovas». (Rare Earth, página 282).
Los avances en la detección de planetas extrasolares validarán, o no, muchos de estos puntos en el futuro cercano.