Psicoterapia cognitiva constructivista
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La terapia cognitiva constructivista (o psicoterapia cognitivo constructivista) es un conjunto de enfoques de psicoterapia que surgieron principalmente en los años 1980s y 90s, aunque con antecedentes en las décadas previas.
Las terapias cognitivas constructivistas conceptualizan al ser humano como esencialmente un narrador de historias en lugar de un procesador lógico-computacional de símbolos.[1][2]
El objetivo de la terapia es ayudar al cliente a construir y reconstruir narraciones acerca de su vida, sus relaciones afectivas y los significados que otorga a los acontecimientos. Se busca además que el cliente aumente su consciencia de sus modalidades particulares de interpretar su experiencia y pueda flexibilizar sus esquemas cognitivos y emocionales.
Las terapias cognitivo constructivistas aparecieron como alternativa a las terapias cognitivas racionalistas de Albert Ellis y Aaron Beck que habían aparecido en los años 1960s. A diferencia de las terapias racionalistas, los enfoques cognitivo constructivistas no consideran que la razón tenga prioridad causal sobre las emociones.
Algunos autores y psicoterapeutas cognitivos constructivistas son Vittorio Guidano, Giovanni Liotti, Robert A. Neimeyer, Óscar Gonçalves, Giampiero Arciero, Lisa McCann, Laurie Anne Pearlman, Jerome Frank, Michael Mahoney, Donald Meichenbaum (desde cierto momento de su carrera), Diane B. Arnkoff, Guillem Feixas, George Kelly, Luis Joyce-Moniz, John Rhodes, Tammie Ronen, María Gabriela Sepúlveda y Juan Balbi.
Filosofía y teoría del conocimiento
La psicología y terapia cognitiva constructivista se basa en varios antecedentes filosóficos:[3]
El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) fue un proponente del constructivismo al sostener que el conocimiento no se origina por la acumulación de percepciones sensoriales (como lo sostiene el empirismo) sino que la mente de las persona organiza la información imponiéndole ciertos principios, “categorías a priori” innatas que determinan el modo en que las personas conocen el mundo y la experiencia que pueden tener de él. Kant sostenía ser un “realista crítico”, ya que creía que sí existe una realidad “allí fuera” (los nóumenos), pero que las personas no pueden nunca acceder a su conocimiento ya que los fenómenos están determinados por las estructuras de conocimiento de la mente. Por tanto, lo que llamamos objetivo es aquello que es válido de manera intersubjetiva.[4]
El filósofo italiano Giambattista Vico (1668-1744) en su obra De antiquissima Italorum sapientia [Sobre la más antigua sabiduría de los italianos] (1710) sostuvo que la verdad es una creación o invención y no se basa en la observación de la realidad objetiva, ya que el mundo de la experiencia depende de la manera en que las personas organizan lo que perciben. Vico no postuló la existencia de categorías innatas invariables (como después sí lo haría Kant, otro constructivista) sino que creía que los principios que determinan la experiencia “surgen de la historia de nuestra construcción, porque en cualquier momento todo lo que se ha hecho limita lo que se puede hacer ahora”.[5]
Heinz von Foerster (1911 – 2002), físico y cibernético austríaco, teórico del constructivismo radical y uno de los fundadores de la cibernética de segundo orden, también llamada cibernética de la cibernética. Esta teoría sostiene que es necesario incluir al observador (p. e. científico) en el objeto de estudio. Trabajó en la Universidad de Illinois junto a Norbert Wiener, John von Neumann, Humberto Maturana, Francisco Varela, y otros.
Ernst von Glasersfeld (1917-2010), filósofo y científico cognitivo alemán. Desarrolló su teoría del constructivismo radical basándose en las teorías de Lev Vygotski, Jean Piaget (ellos mismos importantes teóricos constructivistas) y la teoría de la percepción de George Berkeley.[6]
Humberto Maturana (1928-2021), biólogo chileno, realizó investigaciones en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) junto a Warren McCulloch, Walter Pitts y Jerome Lettvin sobre las neuronas de la retina de la rana, y publicaron en su artículo Lo que el ojo de la rana le dice al cerebro de la rana (1959).[7] Feixas y Villegas comentan:[8][9]
Sus experimentos (Lettvin, et al, 1959) revelaron de forma fehaciente cómo “para el animal no existe, como para el observador que lo estudia, el arriba y el abajo, el adelante o el atrás referidos al mundo exterior a él” (Maturana y Varela, 1986). Para estos autores, lo que existe en lugar de referentes “reales” absolutos es una correlación interna entre el lugar donde la retina recibe una perturbación determinada, y las contracciones musculares que mueven la lengua, para dispararla hacia el blanco.”G. Feixas, M. Villegas. Constructivismo y psicoterapia, p. 44
Maturana y Francisco Varela acuñaron la noción de "clausura operacional" para referirse a que el sistema nervioso de los seres vivos es una red cerrada donde los cambios de estado por los que la red puede pasar están determinados por la estructura de la red misma. Según estos autores, ambos biólogos, los seres vivos se diferencian de otras entidades porque los primeros mantienen su propia organización, es decir, aunque puedan pasar por cambios en su interacción con el ambiente, los seres vivos son sistemas que se auto-producen (autopoiesis) y su organización es recurrente, por tanto son autónomos respecto del ambiente y los cambios que puedan tener están determinados por el sistema (ser vivo) mismo. El ambiente no es instructivo, solo puede gatillar cambios determinados por la estructura del sistema vivo (determinismo estructural).[9]
Algunos académicos constructivistas como Humberto Maturana adoptan el constructivismo radical, esto es, sostienen que no existe ninguna realidad objetiva independiente del observador. Maturana afirma que solo se puede hablar de una “objetividad entre paréntesis” en la que hay que tener en cuenta el papel del sistema nervioso del observador en la constitución del objeto observado. Además, en el caso de los seres humanos, el conocimiento (incluidas las teorías científicas) no es un reflejo objetivo de la realidad sino que surge de las prácticas sociales y lingüísticas en las que las personas se coordinan entre sí.[10]
Maturana asevera también que los seres humanos occidentales exaltan la racionalidad y devalúan las emociones, y esto les lleva a creer que se guían por la razón, e incluso a atribuir procesos racionales a los animales cuando les observan realizando conductas complejas. Sin embargo, los humanos somos mamíferos y como tales nos guiamos principalmente por nuestras emociones. Adicionalmente, no existe una “realidad objetiva” independiente de lo que los observadores (incluidos los seres humanos) hacen en sus prácticas sociales. Por otra parte, de acuerdo a Maturana la apelación a una “realidad objetiva” suele utilizarse para forzar a otras personas a hacer algo en contra de su voluntad.[11][12]
Otros teóricos constructivistas como Jean Piaget o Giovanni Liotti son realistas, no constructivistas radicales. Para ellos, la realidad objetiva existe, por esto los seres humanos construyen sus propias estructuras mentales y esquemas de conocimiento para poder acceder progresivamente a ella. En esta versión de teoría constructivista, lo que se construye son las estructuras y esquemas cognitivos, pero no la realidad en sí misma.[13][14]
Lingüística cognitiva
En las ciencias cognitivas, durante los años 80s surgió un paradigma en lingüística que tiene importantes diferencias con la gramática generativa de Noam Chomsky. Este nuevo paradigma, la lingüística cognitiva, tiene entre sus principales representantes a George Lakoff, Ronald Langacker, Len Talmy, Mark Johnson, Mark Turner y Gilles Fauconnier.
El libro Metaphors We Live By (1980) de George Lakoff y Mark Johnson argumenta que la metáfora, lejos de ser solo una figura literaria, es esencial en el sistema conceptual humano. De acuerdo a la teoría de la metáfora conceptual, las personas entendemos el mundo fundamentalmente sobre la base de metáforas y analogías. Algunas de estas se basan en experiencias corporizadas directas. Así, decimos que alguien que no expresa afectos es “frío”, y esto parece basarse en el hecho que cuando dos personas tienen intimidad afectiva la cercanía física les lleva a compartir el calor corporal.
La lingüística cognitiva adopta el “realismo experiencial” y sostiene que el conocimiento humano más lógico y abstracto depende de conocimiento más concreto, de esquemas de imágenes y patrones sensoriomotores espaciales. Es parte de la ciencia cognitiva corporizada y se opone al “objetivismo” y a la visión de la cognición como manipulación sintáctica y mecánica de símbolos amodales, visión propia de la ciencia cognitiva de los años 1950s a 70s.[15][16][17][18]
Varios psicoterapeutas cognitivos constructivistas como Oscar Gonçalves, Vittorio Guidano, Giampiero Arciero y Michael Mahoney han sido influenciados por la lingüística cognitiva y retoman explícitamente sus ideas.[2][14][19][20]
Psicología narrativa de Jerome Bruner
En 1990 el psicólogo cognitivo Jerome Bruner publica su libro Actos de Significado, donde afirma que la revolución cognitiva de los años 50s buscó recuperar el “significado” para la psicología, pero que posteriormente este impulso inicial se perdió por la excesiva tecnificación de la revolución cognitiva, adoptando el paradigma del “procesamiento de información” y la visión de la mente como una máquina sintáctica sin significados. Bruner critica esta tendencia y señala que es necesaria una “psicología cultural” que esté vinculada a las humanidades y ciencias interpretativas como la antropología cultural y otras. Esta nueva psicología cognitiva constructivista y narrativa por la que Bruner aboga tendría el significado como su objeto central y se ocuparía de la construcción de narrativas con las que los seres humanos se comprenden a sí mismos y a los otros, incluidas las narrativas autobiográficas que creamos sobre nuestras vidas.[21]
Estos planteamientos también han influenciado a numerosos psicólogos clínicos cognitivo-constructivistas.[22][14][23][24][25]
Biología de las emociones
Jaak Panksepp desarrolló la neurociencia afectiva. En su artículo Brain emotional circuits and psychopahologies (1988), este autor critica el hecho de que la psicología cognitiva, de acuerdo a la historia de la disciplina redactada por Howard Gardner,[26] desde el comienzo decidió dejar de lado las emociones. Así, de acuerdo a Panksepp, la psicología cognitiva de algún modo volvió a cometer el error del conductismo que había dejado de lado los procesos interiores y postulado una “caja negra”. Panksepp sostiene que la aparición del conductismo fue entendible en un contexto en que la psicología era excesivamente introspectiva, pero que el haber dejado de lado aspectos centrales de su objeto de estudio llevó a la caída del conductismo. Sin embargo, el cognitivismo no aprendió adecuadamente la lección y volvió a dejar fuera de su disciplina elementos centrales como son las emociones y, en algunos autores, incluso el estudio del cerebro. Es por esto que Panksepp es partidario de una nueva ciencia cognitiva que incluya de modo central el estudio del cerebro y de las bases biológicas de las emociones.[27]
Una postura semejante es adoptada por Antonio Damasio en su libro El error de Descartes, publicado en 1994, donde critica la separación dualista entre mente y cuerpo, y sostiene que las emociones guían la conducta humana y que incluso la razón tiene un componente emocional.[28]
Allan Schore, por su parte, ha abordado las bases neurobiológicas del apego y de la regulación afectiva en los vínculos humanos, unificando la neurobiología con la psicología del desarrollo afectivo de John Bowlby.[29]
Los estudios de la biología de las emociones, incluidos los de Maturana, Schore, Panksepp y Damasio, han influenciado a varios autores cognitivos constructivistas.[30][31][32][33]