En los años posteriores a la guerra, de la Plaza se dedicó a la escritura y a la vida diplomática, comenzando a publicar a finales de la década de 1870 en el diario La Opinión Nacional ensayos cuyos temas giraban en torno a las artes plásticas, el teatro y la música, en los que demostró ser un lector y conocedor ávido de los temas. Ya en ellos su escritura muestra un estilo que sin restarle la importancia que su obra adquirió para la historia del arte venezolano, de acuerdo con el investigador José María Salvador, combina diversas y a veces contradictorias opiniones ideológicas a través de la ampulosidad y la hipérbole. Asimismo, durante esa década fue un importante colaborador de la revista musical La Lira Venezolana.
De acuerdo con el escritor venezolano Roberto J. Lovera De Sola, de la Plaza fue designado Director y organizador del Instituto de Bellas Artes de Caracas en abril de 1877, bajo el mandato del presidente Francisco Linares Alcántara.[3] Sin embargo, en 1883 Diógenes Arrieta aseveró que éste fue designado en 1879, bajo el tercer gobierno de Antonio Guzmán Blanco tras la Revolución Reivindicadora. De acuerdo con este último autor, este cargo motivó a de la Plaza a realizar una recopilación histórica de las bellas artes venezolanas, que le serviría como base teórica para la realización de un compendio de ensayos propios, bajo el mecenazgo del presidente Antonio Guzmán Blanco.
Así, tras cuatro años de investigación y estudios, es publicado en 1883 su libro Ensayos sobre el arte en Venezuela, obra que fue presentada por el mismo autor como un homenaje por el primer centenario de la muerte del Libertador, celebraciones en las que además cumplió con el papel de jurado en la Exposición Nacional de Venezuela en la sección de Bellas Artes, junto al pintor Antonio José Carranza. La publicación de este compendio fue ampliamente aplaudida por políticos e intelectuales de su época, y continuó siendo un referente para la historiografía artística latinoamericana.
En una amplia reseña sobre la obra, Diógenes Arrieta la resume en cuatro partes. En la primera a manera de introducción, de la Plaza realiza un recorrido por las diversas concepciones sobre la facultad creadora y el juicio artístico a través de la historia del arte. De acuerdo con varios autores y musicólogos, el segundo apartado es el más significativo para la historia del arte venezolano y latinoamericano, pues al enfocarse en el estudio etnográfico de los grupos indígenas americanos, el autor trajo a colación por primera vez en el continente información artística sobre los orígenes de sus cantos e instrumentos musicales.
Posteriormente desarrolla un apartado sobre el arte nacional antes y después de la colonia, a través de un compilado de biografías de artistas venezolanos y composiciones de maestros de los siglos XVII, XVIII y XIX. Así, de la Plaza realiza un estudio interdisciplinar del contexto histórico y social en el que cada una de las manifestaciones artísticas mencionadas se desarrollaron, asegurándole un merecido puesto al arte venezolano, de acuerdo con Alejandro Salas y Esmeralda Niño Araque, dentro de la tradición artística universal.[4]
Un año después de la publicación de esta importante obra, de la Plaza realiza la publicación de su último libro, El drama lírico y la lengua castellana como elemento musical.