Relleno sanitario Doña Juana
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El relleno sanitario Doña Juana, es el principal vertedero de basura de Bogotá, y también recibe residuos de municipios cercanos como Fosca, Choachí, Une y Chipaque.[1] Está ubicado en la localidad de Usme, cerca del cerro tutelar de Doña Juana, entre los sectores de Mochuelo Alto y Mochuelo Bajo. El vertedero inició operaciones el 1 de noviembre de 1988, durante la alcaldía de Andrés Pastrana, tras una breve crisis sanitaria por acumulación de residuos en la ciudad luego de que fueran cerrados los antiguos botaderos de Gibraltar (cerca del actual barrio El Cortijo) y Patio Bonito. La construcción y expansión del relleno inicialmente ocupó 50 hectáreas, y a 2019, tiene un área que abarca 592 hectáreas y se depositan 6.500 toneladas diarias.[2]
El relleno inicialmente se diseñó pensando transformar el paisaje del sur de la ciudad para crear una zona verde sobre la basura enterrada tras su clausura prevista para el año 2000. Sin embargo, no produjo ninguna zona verde sino un paisaje tóxico con nuevos y más peligrosos residuos (lixiviados y gases), y devoró tierras adyacentes, zonas de agricultura campesina, convertidas en depósitos de basura.[2]
El relleno ha sufrido algunos problemas desde su puesta en funcionamiento, siendo el más notable el derrumbe, ocurrido el 27 de septiembre de 1997 cuando una acumulación de gases y lixiviados produjo un deslizamiento de más de 1 200 000 toneladas de residuos que obstruyeron el cauce del río Tunjuelo. Otro derrumbe sucedió el 2 de octubre de 2015 con 550 000 metros cúbicos de residuos en la parte alta de la operación,[3] y un tercero de 80 000 toneladas, el 28 de abril de 2020.[4]
Así mismo, la expansión urbana que ha sufrido la ciudad en los últimos años ha llevado al asentamiento de comunidades cerca del relleno, las cuales se han visto afectadas por los olores e insectos provenientes del mismo, especialmente en las veredas de Mochuelo Bajo y Mochuelo Alto.
En la primera mitad de los años ochenta, Bogotá despositaba sus residuos en dos basureros a cielo abierto, El Cortijo, en el noroccidente, y Gibraltar, en el suroccidente. Estos sitios se habían convertido en focos de contaminación ambiental, así la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) contrató en 1983 estudios que determinaron que era el relleno sanitario era la mejor opción. En septiembre de 1984, Ingesam-URS, la firma contrada para estos estudios planteó que se debía contar con 4 rellenos sanitarios: El Codito, en el norte; Protecho, en el occidente; Alicachín, en el suroccidente, y Tunjuelito, en el suroriente. Finalmente la CAR objetó esta propuesta por los altos costos y fijaron su atención en el sitio del sur oriente dándole el nombre de Doña Juana. En noviembre de 1985 fue entregado a la CAR el manual de operaciones para el relleno, diseñado para recibir, durante aproximadamente 13,1 años, los residuos sólidos de Bogotá. Se proyectó que empezaría a funcionar en julio de 1987, y su cierre sería en el año 2000, luego de haber recibido 45 millones de toneladas de basura.[2]
El 1 de noviembre de 1988, después de dos años de forcejeos y cambios políticos, el alcalde conservador Andrés Pastrana Arango inauguró el relleno y se enterraron las primeras 3.000 toneladas de basura, después de un paro de los obreros de la Empresa Distrital de Servicios Públicos y la protesta de 200 mil habitantes que exigían el cierre del botadero Gibraltar.[5] La privatización de la Empresa Distrital de Servicios Públicos convirtió el servicio de aseo bogotano en parte del comercio internacional de basuras. En 1989 la Empresa Argentina Limpieza Metropolitana (LIME) y la Compañía de Aguas de París fueron contratadas para el barrido y la limpieza del 40% de la ciudad, mientras que la disposición en el relleno fue entregada al consorcio español Promotora de Construcciones e Inversiones Santana Limitada, Prosantana Ltda.[2]
Antes de ser el vertedero de basura, Doña Juana era una zona agrícola.[6] En la excavación inicial se construyeron tuberías para drenar los lixiviados, en la parte superior de la montaña de basura se sembraron centenares de tubos, chimeneas, para evacuar los gases que produce la basura en descomposición. Respecto al paisaje hidríco, la quebrada Mochuelo, sirvió para canalizar las aguas lluvias y evitar que alcanzaran el relleno; las quebradas Puente Blanco y Botello fueron modificadas para la construcción de zonas de descargue y de vías, y la quebrada Yerbabuena se convirtió en la vía de salida de los líquidos resultantes del proceso de descontaminación de lixiviados que finalmente caen al río Tunjuelo. La flora y la fauna preexistentes también fueron alteradas.[7] La construcción del relleno hizo que las pocas familias campesinas que habitaban cerca vendieran sus predios a terratenientes urbanos,quienes iniciaron un acelerado proceso de urbanización informal y marginal.[2]
La gestión técnica en su primera década fue un experimento transnacional avalado estatalmente y contribuyó a agravar las condiciones ambientales del relleno y su zona de influencia.[2] El flujo de basuras pasó de 3.000 toneladas diarias en 1988 a 5.500 hacia el año 2000. Esta cantidad incidió en la mala disposición, pésima compactación e inadecuado cubrimiento de las basuras. La arcilla, prevista como cobertura de la basura, se utilizó para el mantenimiento de las vías de acceso; de ahí la proliferación de malos olores, moscas y roedores. Además, los lixiviados se vertían directamente a la quebrada Yerbabuena, afluente del río Tunjuelo.[2] Las interventorías realizadas entre 1990 y 1994 señalaban serias deficiencias en el funcionamiento del relleno. La CAR intervino en 1992 para resolver la contaminación de lixiviados, donde contrataron un diseño de reinyección y recirculación de lixiviados dentro de las mismas capas de basura. Sin embargo, esto no funcionó, ya que aumentó la inestabilidad de la basura acumulada en forma de pirámide y permitió una gigantesca acumulación de lixiviados y gases. Este riego se materialzó el sábado 27 de septiembre de 1997 cuando más de un millón de toneladas de basuras se desplomaron sobre el río Tunjuelo.[2]
Esta catástrofe tuvo un debate jurídico que dio origen a un Tribunal de Arbitramiento, cuyas audiencias se realizaron entre 1999 y 2003. El Tribunal no reconoció responsabilidad de Prosantana en los gastos de la atención de la emergencia y culminó con la condena al Distrito y la obligación de pagar la suma de $227.440.511.400 a 1.300 personas, de un total de 60.000 afectadas.[8]
En diciembre de 1999 la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP) solicitó la inclusión de terrenos aledaños a Doña Juana para ser utilizados como rellenos sanitarios. La propuesta fue acogida por Planeación Distrital, y en las políticas del Plan de Ordenamiento Terriorial (POT) del 2000.[9] Está expansión promomovió en 2005 que las comunidades aledañas realizaran un paro cívico que bloqueó el acceso de camiones con basura,[10] y obligó al Distrito a diseñar un plan de gestión integral para la recuperación integral de la zona de influencia del relleno.[11] En 2008 se inaugura la Planta de Tratamiento de Residuos Sólidos (PTRS).[6]
La Contraloría de Bogotá en 2011 denunció que la expansión territorial del relleno incrementó el inconformismo y la movilización social, y también trajo consigo nuevos derrumbes de montañas de basura, el último de los cuales se registró en octubre de 2015, cuando 750 mil toneladas colapsaron y nuevamente los gases contaminaron el sur de la ciudad.[12]
Según los últimos estudios técnicos la vida útil del relleno se puede aumentar hasta el 2030 pero teniendo en cuenta el ingreso actual de residuos (6.200 toneladas por día).[3]