Repoblación de Andalucía
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La repoblación de Andalucía fue un proceso histórico de reorganización demográfica, social y territorial desarrollado entre los siglos xiii y xvii, tras la incorporación de amplios territorios de Al-Ándalus a la Corona de Castilla en los periodos finales de la Reconquista.

Se realizó en dos grandes etapas: la iniciada tras la conquista de los reinos de Córdoba, Jaén y Sevilla (Baja Andalucía) por el rey San Fernando —facilitada por la victoria contra los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) en tiempos de su abuelo Alfonso VIII—;[1] y la iniciada tras la toma de Granada (1492) por los Reyes Católicos más de dos siglos después.
Las expulsiones de los mudéjares (moros sometidos) de la Baja Andalucía tras su revuelta en 1264[2] y de los moriscos del reino de Granada (actuales provincias de Granada, Málaga y Almería) tras la rebelión de las Alpujarras de 1568, pusieron fin a la población de origen andalusí en Andalucía.[3]
La desaparición de la población anterior de Andalucía fue tan amplia que el historiador Manuel González Jiménez habla de «la práctica sustitución de una población por otra».[4] En el resto de España permanecerían hasta la definitiva expulsión de los moriscos en 1609. El arabista Francisco Javier Simonet comparó esta última a la expulsión de los mozárabes en 1126, mediante la cual los musulmanes habían deportado a África a la mayoría de los cristianos que aún permanecían en la Andalucía islámica.[5]
Contexto histórico

La conquista de la mayor parte de Andalucía se produjo en el siglo xiii, en el contexto de la crisis del poder almohade tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Bajo los reinados de Fernando III y Alfonso X, la Corona de Castilla incorporó ciudades clave como Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), así como amplias zonas del valle del Guadalquivir.[6]
Estas conquistas provocaron una profunda ruptura demográfica. En los territorios sometidos tras asedio, la población musulmana fue expulsada, mientras que en otros lugares permaneció inicialmente como población mudéjar en virtud de capitulaciones. Esta coexistencia terminó en gran medida tras la revuelta mudéjar de 1264, que condujo a la expulsión o salida masiva de los musulmanes de la Baja Andalucía y la región de Murcia.[2]
La región del valle del Guadalquivir quedó despoblada e inhóspita (los moros se marcharon al vecino reino musulmán de Granada) y fue repoblándose con cristianos procedentes del norte durante un proceso lento y prolongado,[7] lo que explica que se tardase también tanto en tomar Granada y culminar la Reconquista.[8]
El objetivo principal de la primera repoblación era consolidar el dominio cristiano sobre el valle del Guadalquivir y las zonas fronterizas con el reino nazarí de Granada, mediante el asentamiento de pobladores cristianos y la redistribución de la propiedad de la tierra.
El proceso repoblador

La repoblación fue organizada y controlada fundamentalmente por la monarquía castellana. El instrumento principal fue el repartimiento, mediante el cual se distribuyeron tierras, casas y otros bienes inmuebles entre los nuevos pobladores cristianos.[9]
Se distinguían dos tipos principales de concesiones:
- Donadíos, grandes lotes de tierra concedidos a miembros de la nobleza, la Iglesia y las órdenes militares.[2]
- Heredamientos, lotes de menor tamaño entregados a repobladores obligados a residir en el lugar, cultivar la tierra y cumplir funciones militares defensivas.[2]
Los repobladores procedían mayoritariamente de distintos territorios de la Corona de Castilla, aunque también llegaron pobladores de otros reinos peninsulares y de Europa occidental.[10]
Sociedad y poblamiento
La repoblación dio lugar a la implantación en Andalucía de una sociedad feudal de tipo castellano, aunque con rasgos propios. Desde sus inicios predominó una sociedad de hombres libres propietarios, sin servidumbre campesina, pero fuertemente jerarquizada y militarizada debido a la condición fronteriza del territorio.[10]
Los núcleos urbanos adquirieron un papel central como centros administrativos, militares y económicos. Por el contrario, el poblamiento rural fue limitado, especialmente en las zonas próximas a la frontera con Granada, donde numerosas aldeas islámicas quedaron despobladas. Esta situación favoreció el desarrollo de la ganadería extensiva y el interés de la Mesta por los pastos andaluces.[11]
La agricultura se orientó principalmente hacia una economía cerealista de secano, con predominio de la rotación bienal y el barbecho, en detrimento de otros cultivos característicos de la agricultura andalusí.[12]
Repoblación en los siglos xiv y xv
Durante los siglos xiv y xv la actividad repobladora continuó, aunque a un ritmo menor. Se desarrollaron dos tipos principales:[13]
- Repoblaciones fronterizas, impulsadas por la Corona mediante privilegios fiscales y jurídicos para atraer pobladores a las villas situadas frente al reino de Granada.[14]
- Repoblaciones interiores, promovidas sobre todo por señores laicos y eclesiásticos, con el objetivo de poner en explotación tierras despobladas y reforzar el control jurisdiccional sobre sus dominios.[15]
La repoblación de la Baja Andalucía logró consolidar el dominio castellano sobre un territorio estratégico y sentar las bases demográficas, institucionales y culturales de la Andalucía bajomedieval. No obstante, el proceso fue desigual y dejó amplias zonas con baja densidad de población durante siglos. A largo plazo, fue un elemento clave en la configuración histórica, social y territorial de Andalucía dentro de la Corona de Castilla.
Repoblación del reino de Granada

Tras la guerra de Granada (1482-1492), se inició una nueva fase repobladora en el antiguo reino nazarí, organizada también mediante repartimientos y con características similares a las del siglo xiii.[16]
La repoblación del reino de Granada, iniciada a partir de 1482 y especialmente tras la conquista de Ronda en 1485, siguió un modelo similar al aplicado en el valle del Guadalquivir en el siglo xiii. Fue una operación dirigida por la Corona, basada en el sistema de repartimientos, mediante el cual se asentaron pobladores cristianos en función de su condición social.[16]
Los repobladores procedían principalmente de distintos territorios de la Corona de Castilla, así como de otros reinos de España, sobre todo de las regiones más próximas como Jaén, Andalucía occidental, Murcia y Extremadura. Para fomentar el asentamiento, los Reyes Católicos concedieron exenciones fiscales temporales, que en la práctica se prolongaron durante la década de 1490.[3]
La repoblación se aplicó al principio solo en los territorios que habían resistido la conquista. En muchas ciudades y comarcas, incluida Granada, se otorgaron capitulaciones que permitieron inicialmente a la población musulmana permanecer con sus propiedades, religión y costumbres, o emigrar libremente hasta 1493. Esta coexistencia entre una minoría cristiana y una mayoría mudéjar resultó inestable.[3]
Expulsión de los moriscos de Granada
Las tensiones derivaron en revueltas, comenzando con la del Albaicín en 1499, que se extendió a varias sierras hasta 1501. Una vez sofocada esta revuelta por el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, el rey Fernando el Católico dispuso que se aparejasen en el puerto de Estepona los buques necesarios para el transporte de los moros que prefiriesen pasar al norte de África y conservar su religión[17] y estableció la conversión al cristianismo como condición para aquellos que quisieran permanecer en España, que pasaron a denominarse moriscos. Su difícil asimilación culminó en una nueva sublevación, la rebelión de las Alpujarras de 1568, tras la cual se decidió el destierro de la población morisca fuera del reino de Granada.[3]

Como consecuencia de esta revuelta, sofocada por Don Juan de Austria, la práctica totalidad de los moriscos que quedaban en el reino de Granada (más de 60 000) tuvieron que ser diseminados por la Corona de Castilla.[18] Se decidió desterrar a todos, también a los que no habían participado en la sublevación.[19]
En la guerra alpujarreña habían muerto, además, según el embajador veneciano Leonardo Donato, una tercera parte de los moriscos que habitaban la región.[20] Extensas zonas de las actuales provincias de Almería, Granada y Málaga quedaron despobladas (de los 400 pueblos de la región, medio siglo después solo se había conseguido repoblar 270).[21]
El historiador Antonio Domínguez Ortiz afirmó que, a pesar de los grandes recelos por parte de los cristianos viejos y aunque los matrimonios mixtos fueron rarísimos, con el paso de las generaciones los antiguos moriscos granadinos (ya dispersos por Castilla), podrían haber llegado a ser integrados.[23] Sin embargo, los continuos tratos entre moriscos de diferentes partes de España, sus intrigas con franceses, turcos y piratas berberiscos, así como el alarmante aumento de la población morisca en el reino de Valencia, motivaron que, en 1609, Felipe III decretara su expulsión general, por sugerencia del duque de Lerma,[24] con la intención de evitar que los moriscos sirviesen de quinta columna en cualquier ataque de turcos o berberiscos.
Pervivencias del pasado andalusí

Aunque la repoblación supuso una ruptura profunda con la sociedad islámica anterior, se mantuvieron algunas pervivencias del pasado andalusí. Estas se aprecian en aspectos del urbanismo —como el trazado irregular de las calles—, en determinadas infraestructuras hidráulicas, y en la continuidad de algunas instalaciones agrícolas e industriales, como molinos harineros y aceiteros.[25]
Sin embargo, estas pervivencias fueron limitadas y no alteraron el carácter general de sustitución de la formación social islámica por una sociedad cristiana de origen castellano. El historiador Julio González González, pionero en los estudios sobre repoblación andaluza, refiriéndose a Sevilla, habló de una renovación «profunda y radical» y, de forma más explícita, Miguel Ángel Ladero Quesada al señalar «el desarraigo de una formación social, la islámico-andalusí, y su sustitución por otra, la cristiano-europea representada por los repobladores».[25]