Carrington conoció al pintor surrealista alemán Max Ernst en una cena en Londres en 1937 y se hicieron amantes. Ella se mudó a París para vivir juntos y en la capital francesa pudo conocer a artistas surrealistas importantes. Al año siguiente, la pareja se trasladó al pueblo de Saint-Martin-d'Ardèche, próximo a Aviñón. Allí, Carrington pintó el Retrato de Max Ernst, probablemente en 1939, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial (en 1940, la pareja se separó cuando él fue detenido por la policía y ella se vio obligada a huir a España). La influencia del pintor se aprecia en el óleo, con su simbiosis entre hombres y animales, que también fue el sello personal de Carrington. .
Ernst aparece canoso, andando con calma, con un abrigo rojo cubierto de lana y plumas, y una cola parecida a la de un tritón. Su único pie visible lleva un calcetín amarillo a rayas. Se le representa en un paisaje helado y desolado, con mar y montañas nevadas o icebergs al fondo. Además, lleva una especie de linterna con un pequeño caballo en su interior. Detrás de él, a su izquierda, hay un caballo congelado. Este animal se considera uno de los símbolos de Carrington, que a menudo pintaba en sus cuados, y por ello, su presencia aquí puede interpretarse como la dependencia que sentía de Ernst o su deseo de liberarse de ella. [3]
Sarah Glennie, Directora del Museo Irlandés de Arte Moderno de 2012 a 2015, escribió sobre esta pintura en el catálogo de una exposición de Carrington en 2013: «En su cuento «El pájaro superior», Max Ernst (...), dedicado a Ernst, Carrington describe la fusión del pájaro superior (Ernst) y un caballo (Carrington) en presencia de un fuego y un caldero alquímicos. Su unión fue simbolizada por Ernst, transformándose en un pájaro que libera al caballo del fuego para que juntos escapen a través de los vientos de guerra que brotan del caldero como humo, como cabello, como viento. El amor está representado por la piedra filosofal, pero el caldero (que simboliza el renacimiento), el caballo (que simboliza la huida) y el pájaro (que simboliza la renovación) tienden a evocar una iconografía de diosas celtas».[1]