La población china estaba legalmente limitada a 6000 ciudadanos en un distrito fuera de la ciudad, aunque ya hacía tiempo que habían doblado esa cifra sin que hubiera respuestas oficiales. Su gran número e influencia sobre el mercado de la ciudad, así como la conservación de su religión y rasgos culturales en una ciudad de autoridades eminentemente cristianas, eran un caldo de cultivo para la descofianza.
La situación no mejoró después de que el gobernador Gómez Pérez das Mariñas, que había permitido a los chinos conservar sus celebraciones religiosas, resultase muerto en una rebelión de remeros chinos durante una expedición contra los musulmanes en octubre de 1593. El hijo del fallecido, Luis, solicitó a los gobernantes de la dinastía Ming que se encargasen de sus compatriotas, pero la flota que los Ming enviaron sólo levantó sospechas de que los chinos planeaban invadir Filipinas, probablemente con ayuda de los pobladores locales. En 1603, una visita de tres mandarines que decían buscar oro en Luzón no contribuyó a disiparlas.[3]