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Rodolitos

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Los rodolitos son nódulos calcáreos no adheridos producidos por algas rojas de vida libre pertenecientes al orden Corallinales (Rhodophyta). Cuando se acumulan formando coberturas extensas sobre el fondo marino, constituyen los denominados campos de rodolitos o maërl —término bretón documentado en 1867 por Crouan y Crouan[1] para referirse a estas algas coralinas libres, vivas o muertas, sobre el fondo marino. Ambos términos son sinónimos y se utilizan en la bibliografía científica. El término rhodolith fue introducido formalmente en 1971 por Bosellini y Ginsburg.[2] Son hábitats biogénicos reconocidos por su importancia ecológica y su amplia distribución global,[3] aunque han recibido considerablemente menos atención científica que otros hábitats marinos como los arrecifes de coral o los bosques de algas.[4]

Rodolito formado por algas coralinas calcificadas.

Morfología

Detalle de rodolitos ramificados en Canal Beagle, Tierra del Fuego, Argentina.

A simple vista, los rodolitos se asemejan a pequeñas piedras rosadas o rojizas sueltas sobre el fondo marino. Sin embargo, son organismos vivos: su color proviene de los pigmentos de las algas coralinas calcáreas que los forman, con solo la capa superficial activa y el interior calcificado y muerto. Sus dimensiones varían desde pocos milímetros hasta varios centímetros de diámetro, y presentan una notable variedad de formas. Algunos nódulos son compactos y redondeados, con protuberancias cortas y hinchadas que les dan un aspecto globoso. Otros son más irregulares y verrugosos. En el extremo opuesto, ciertos rodolitos presentan ramas largas y cilíndricas que se proyectan en distintas direcciones generando una estructura tridimensional compleja, similar a la de un pequeño coral; entre estas ramas quedan espacios y cavidades que sirven de refugio para una gran diversidad de organismos. Existen también formas con lóbulos aplanados dispuestos en múltiples planos.[5]

Distribución

Los campos de rodolitos/maërl han sido registrados en múltiples cuencas oceánicas y regiones biogeográficas, abarcando latitudes tropicales, templadas y polares tanto en el océano Atlántico como en el océano Pacífico.[6][7] En el océano Atlántico nororiental, los lechos de maërl tienen una larga historia de estudio y explotación comercial. Son particularmente abundantes en las costas de Bretaña (Francia), Irlanda, Escocia y las rías de Galicia (España), donde han sido extraídos durante siglos como enmienda agrícola para neutralizar la acidez de los suelos.[8][9] Francia prohibió su extracción en 2011, siendo uno de los primeros países en proteger este hábitat legalmente. En el mar Mediterráneo, los lechos de rodolitos se distribuyen en ambas subcuencas, oriental y occidental, con registros a profundidades de entre 9 y 150 m, con mayor concentración entre los 30 y 75 m.[10] En América del Sur, los lechos más extensos y mejor estudiados se encuentran en la costa de Brasil (Atlántico sudoccidental),[11] mientras que en el Pacífico sudoriental los registros desde Chile son escasos.[12] Recientemente se documentaron campos de rodolitos en Argentina, en el Canal Beagle (Onashaga, Tierra del Fuego), donde lechos de más de 1.600 m² coexisten con bosques de Macrocystis pyrifera.[13]

Ecología

Al formar extensos lechos sobre sedimentos blandos, los rodolitos actúan como Ingeniero de ecosistemas:[14] incrementan la heterogeneidad del fondo marino y proveen hábitat y áreas de cría para numerosos organismos, incluidas especies de importancia comercial. Esta función puede persistir incluso tras la muerte del alga.[15] Además, los lechos de rodolitos son importantes productores de carbonato de calcio y contribuyen al almacenamiento de carbono a largo plazo en los ecosistemas costeros.[16]

Amenazas

A pesar de su importancia ecológica, los lechos de rodolitos/maërl son altamente vulnerables.[17] La acidificación oceánica proyectada amenaza a estos organismos calcificadores de manera particular.[18] Son además explotados comercialmente como fuente de carbonato de calcio para la industria y la ganadería,[19] práctica insostenible dadas sus extremadamente bajas tasas de crecimiento y recuperación.[20] La acuicultura intensiva —especialmente la salmonicultura y el cultivo de mejillones— también impacta estos hábitats mediante la acumulación de sedimentos finos y detritos orgánicos.[21] Otras presiones incluyen el dragado, la contaminación costera y la introducción de especies invasoras.[8]

Véase también

Referencias

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