Berstein se distancia del marxismo y de la escuela de los Annales al entender que lo político tiene "un ámbito propio, autónomo, en el que actúan las fuerzas y los mecanismos que desembocan en la toma de poder...". Se distancia de los historicistas alemanes y del positivismo francés del siglo XIX al considerar que "el fenómeno político es mucho más complejo que el conjunto de eventos políticos al que durante tanto tiempo se ha visto reducido". El fenómeno político no puede desligarse de los problemas concretos de la sociedad en que se desarrolla, pues sus mecanismos "se desencadenan por problemas de todo tipo que se le plantean a la sociedad, que pueden provenir de cuestiones religiosas, de tensiones sociales, de ideas, de representaciones, de formas de expresión cultural".
Para Berstein, "Los regímenes políticos no son simples construcciones abstractas surgidas de la fértil mente de los juristas, sino la traducción, en un momento dado de la historia, del equilibrio de fuerzas entre los grupos que forman una sociedad".[1] Pero ocurre que "las construcciones políticas, por encontrarse estrechamente ligadas a las demás estructuras de la sociedad, son portadoras de valores ideológicos, y como tales tienden de forma natural a afirmarse como las únicas válidas". Estas tendencias tienen tanta fuerza que devienen a la larga en una forma de trascendencia, en una especie de divinización del poder o de las normas o valores abstractos reconocidos por la sociedad: la soberanía, la libertad y la democracia. De este carácter no se libran siquiera las sociedades laicas.