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Siete sermones a los muertos

libro de Carl Gustav Jung From Wikipedia, the free encyclopedia

Siete sermones a los muertos (en el original en latín: Septem Sermones ad Mortuos) es una colección de siete textos místicos o «gnósticos» escritos y publicados privadamente por el psiquiatra y psicólogo suizo C. G. Jung en 1916, bajo el subtítulo Atribuidos a Basilides de Alejandría, la ciudad donde Oriente y Occidente se encuentran (en el original en alemán: Die sieben Belehrungen der Toten Geschrieben von Basilides in Alexandria, der Stadt, wo der Osten den Westen berührt).

Idioma Alemán Ver y modificar los datos en Wikidata
Título original Septem Sermones ad Mortuos, Die sieben Belehrungen der Toten Geschrieben von Basilides in Alexandria, der Stadt, wo der Osten den Westen berührt Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación 1916 Ver y modificar los datos en Wikidata
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Siete sermones a los muertos
de Carl Gustav Jung Ver y modificar los datos en Wikidata

Página del manuscrito original del Septem Sermones ad Mortuos de Carl Gustav Jung publicado en 1916.
Idioma Alemán Ver y modificar los datos en Wikidata
Título original Septem Sermones ad Mortuos, Die sieben Belehrungen der Toten Geschrieben von Basilides in Alexandria, der Stadt, wo der Osten den Westen berührt Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación 1916 Ver y modificar los datos en Wikidata
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Siete sermones a los muertos
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Jung no se identificó como el autor de la publicación, sino que la atribuyó al maestro religioso gnóstico del cristianismo primitivo, Basilides. Siete sermones forma parte del Libro rojo de Jung y puede describirse como la «síntesis de su revelación».[1] Constituye la única parte del material contenido en los manuscritos del Libro rojo que Jung compartió privadamente durante su vida.[2] El Libro rojo fue publicado póstumamente en octubre de 2009.[3] La introducción y las notas al texto de este, a cargo de Sonu Shamdasani, proporcionan documentación primaria hasta entonces inaccesible sobre este importante período de la vida de Jung.

Introducción

Para poder llegar a entender la necesidad de escribir el presente texto es preciso conocer los antecedentes en los cuales se sitúa la biografía de su autor, partiendo desde 1913, año en el que se producirá su ruptura con Sigmund Freud, hasta 1916, fecha de elaboración del opúsculo.[4][5] Tres años en los que se generará una etapa de descubrimiento y transformación personal y en los que correrá parejo la evolución de toda su obra.

El análisis del inconsciente: apunte biográfico

Duelo y renacimiento

Tras la separación de Freud en 1913 se inició en Jung una época de inseguridad y desorientación interior. Inicialmente focalizado en hallar una nueva actitud frente a sus pacientes, no tardaría en realizar una recapitulación de sí mismo, llegándose a formular la siguiente pregunta: «¿Pero, cuál es, pues, tu mito, el mito en el que tú vives?». Es en este punto donde considera que «había llegado al límite».[6]

Al infructuoso análisis inicial de sus sueños y fantasías diurnas desde una perspectiva psicoanalítica, siguió la aceptación del desconocimiento acerca de lo que hacía y de lo que le sucedía. Así pues, decidió «abandonarse conscientemente a los impulsos del inconsciente». De ello derivó la necesidad del juego, la construcción y edificación infantiles como elementos preliminares en el hallazgo de su propio mito. Salvó la distancia existente entre el adulto y el niño de once años repleto de una vida fecunda que a él le faltaba: el vehículo fue la repetición de sus juegos infantiles rememorados a través de las fantasías emergidas de su inconsciente.

Todo ello continuó teniendo lugar en su vida posterior. Siempre que ésta se quedaba atascada recurría a la pintura o a la escultura como «un rite d`entrée para las ideas y trabajos subsiguientes».[7]

Hacia otoño de ese mismo año, Jung alude a una transposición de su sintomatología interna de carácter psíquico, hacia afuera, como si se tratara de una realidad concreta. Es entonces cuando tiene varias visiones, la primera estando de viaje llegaría a durar una hora, y que irían repitiéndose a lo largo del tiempo. La conclusión inicial a la que llegaría sería la del inicio de una psicosis. Durante la primavera y principios del verano de 1914 volverían a sucederse episodios similares pero esta vez en forma de tres sueños sucesivos. El carácter de los mismos continuaba siendo de tipo catastrofista. El 1 de agosto estallaría la Primera Guerra Mundial y con ella la confirmación del carácter premonitorio de sus sueños y visiones, arrinconando sus primeras tentativas diagnósticas.

Ante tales circunstancias intentó averiguar qué le sucedía y por qué su propia vida dependía ahora de la colectividad.[8]

Los arquetipos de lo inconsciente colectivo

El carácter de experimento científico implícito en la confrontación con su inconsciente terminó siendo también «un experimento que tuvo lugar en mí». El contenido de dicha experimentación consistía en «traducir mis emociones en imágenes, es decir, hallar aquellas imágenes que se ocultaban tras las emociones». Seguidamente procedía a anotar las fantasías emergidas dando expresión a las condiciones psíquicas implícitas a través de un lenguaje poético, dado que este es el lenguaje de los arquetipos y de lo inconsciente. Es a partir de ahora cuando empezarían a vislumbrarse las esperadas respuestas a las preguntas formuladas en el vacío, y con ello a la edificación de su propio corpus teórico y psicoterapéutico.

El héroe y la sombra

Sería el 12 de septiembre de 1913 cuando «me decidí a realizar el primer paso». Tras una primera visión, con alusiones al mito del héroe y del sol, «un drama de muerte y renovación», le siguió seis días después un sueño donde se mostraban el arquetipo de la sombra y nuevamente el arquetipo del héroe, esta vez representado por Sigfrido, al que había que asesinar. Este representaba la voluntad consciente del yo, la imposición heroica de la propia voluntad, sin embargo «había que dar fin a esta identidad con el ideal del héroe; pues existe algo más alto que la voluntad del yo y a lo cual había que someterse». Jung debía sacrificar su ideal y su actitud consciente.[9]

El viejo sabio, el ánima y el héroe

A fin de agilizar su experimento con el inconsciente recurrirá a representarse mentalmente una pendiente con la finalidad de captar mejor sus fantasías y descender a los estratos más profundos de la psique. De ahí surgirá el episodio en donde llega a vislumbrar tres nuevas figuras. Elías, arquetipo del viejo sabio, encarnación del logos, el elemento racional; Salomé, arquetipo del ánima, o arquetipo de lo femenino, representada ciega, encarnación de eros, el elemento erótico; y una serpiente negra, que anunciaba de nuevo el mito del héroe.[10]

Filemón

Finalmente, y desde esta misma tríada, emergerá una nueva figura derivada del arquetipo del viejo sabio a la que llamará Filemón, describiéndola como «un pagano que aportaba una influencia egipcio-helenística con matiz gnóstico», «un gurú», «un espíritu», «un maestro del alma».[10]

Filemón y otras figuras de la fantasía me llevaron al convencimiento de que existen otras cosas en el alma que no hago yo, sino que ocurren por sí mismas y tienen su propia vida.

Será Filemón la figura deseada por Jung en esos momentos de confusión, «una sabiduría y un poder supremos que me desenmarañasen las espontáneas creaciones de mi fantasía». Quién, por un lado, comience a representar la motivación subyacente en la elaboración de los Septem Sermones, y quien, por otro, de lugar a una recapitulación teórica y a una validación en la existencia autónoma de los arquetipos, más allá de los complejos, extendiendo «ad infinítum» la conceptualización limitante del inconsciente freudiano.

Ka

Posteriormente, Filemón quedaría condicionado a otra figura que entraría en escena y a la que Jung asociaría con el ka egipcio. Con el tiempo lograría integrar ambas figuras gracias a la alquimia. Filemón representaba lo espiritual, el sentido; ka, un espíritu de la naturaleza, una especie de demonio terrestre o metálico.[11]

La ambivalencia del ánima

Ante la disyuntiva proveniente entre si lo que estaba experimentando era arte y no ciencia, logró afrontar y aprehender nuevamente al ambivalente arquetipo del ánima, el alma en el sentido primitivo, o lo femenino en lo inconsciente colectivo de un hombre (a lo masculino en lo inconsciente colectivo de una mujer lo denominó ánimus).[12]

Inicialmente impresionado por el aspecto negativo del ánima, llegaría a describirle a partir de su capacidad para «generar timidez ante su presencia», por su «influencia funesta sobre los hombres», por su «carácter persuasivo e insinuativo», por la «fuerza tentadora y astucia profunda en lo que expresa», por su «doblez, altavoz del inconsciente, capacidad de aniquilación sobre un hombre». Todo ello, sin embargo, permitió a Jung comprender lo decisiva que era en último término la consciencia a la hora de equilibrar las manifestaciones arquetípicas del inconsciente, recordando que el orden de importancia no radicaba en ningún sistema preferente sino en una articulación de opuestos psíquicos que se presentaba en forma de conflictos, compensaciones y complementariedades. El fin último debía consistir en apropiarse de una totalidad integradora desde una inmadura unilateralidad disociativa. Como paso previo al establecimiento de una comunicación con el inconsciente, y a fin de no vernos a merced del arquetipo, era ineludible poder llegar a diferenciar entre la consciencia y el contenido del inconsciente. Ello se lograba aislando a este último a través de un proceso de personificación.

Pero el ánima tiene también su aspecto positivo dado que «es la que facilita a la consciencia las imágenes del inconsciente».[13]

Individuación: meta vital y terapéutica

Contenido en el proceso biográfico relatado por Jung en sus memorias se deduce una interrelación recíproca entre sujeto y objeto, redescubriéndose un conocimiento que se autovalida a su vez en el propio experimentador. El ser humano como microcosmos del macrocosmos.

La psicología analítica creada por Jung parte de una estructuración psíquica constituida por lo inconsciente colectivo en la psique de cada individuo, de tal modo que la consciencia centralizada en el yo ya no establecerá relaciones exclusivas de reciprocidad a nivel de los complejos de lo inconsciente personal, sino que habrá de vérselas a su vez con los constituyentes transpersonales de lo inconsciente colectivo: los arquetipos.[14][15]

Al proceso de interrelación consciencia-inconsciente colectivo a lo largo de la biografía del individuo lo denominó Jung proceso de individuación. En cada momento de dicho proceso vital va emergiendo paulatinamente el carácter del individuo o individualidad psíquica, personificada a través del arquetipo del sí-mismo, yo nuclear tanto de lo consciente como de lo inconsciente colectivo, a diferencia del yo nominativo, sujeto unilateral de la consciencia.

La finalidad última de la psicología de los complejos va a situarse por lo tanto en el despliegue de dicho arquetipo central a lo largo y ancho de la ininterrumpida corriente sobre la que navega «aquel proceso que engendra un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un Todo», en la constitución, diferenciación y consciencia relativa de los arquetipos, un diálogo en definitiva entre consciente e inconsciente.

Tres serán las vías que propicien el proceso de «llegar a ser un individuo», «llegar a ser uno mismo»:

  1. El desarrollo vital ineludible.
  2. La interpretación de los sueños.
  3. Y la imaginación activa, o método desarrollado por Jung para establecer un diálogo activo en estado de vigilia con lo inconsciente. Estando relajado, como en trance, se centra la atención en una imagen (proveniente de un sueño, por ejemplo), interrogándola acerca de su origen, significado, etc., como si se tratara de otra persona.[16]

Schwarzes Buch y Rotes Buch

Los Siete sermones tuvieron su origen en 1916 en los Libros negros, posteriormente Jung los extrajo y publicó independientemente como un opúsculo el mismo año; tras su fallecimiento fueron incluidos como el último apéndice de su autobiografía en 1962. Y finalmente aparecieron transcritos en la sección «Escrutinios» del Libro rojo que se editó póstumamente en 2009.

Las fantasías que por entonces se le presentaban a Jung las escribía primeramente en el Schwarzes Buch (Libros negros) y posteriormente las transcribía al Rotes Buch (Libro rojo), ampliado con ilustraciones, una de ellas la del propio Filemón.

Aniela Jaffé aclara que «el Schwarzes Buch comprende seis volúmenes encuadernados en piel negra; el Rotes Buch, un infolio encuadernado en piel roja, contiene las mismas fantasías, pero en una forma y lenguaje retocados y en escritura gótica caligráfica, a la manera de los manuscritos medievales».[17]

Añade Jung en el ocaso de su vida el vano intento en traducir sus fantasías estéticamente a lo largo del Libro rojo. Vislumbrando su incapacidad para «hablar el lenguaje adecuado», renunciaría a lo estético en favor de la comprensión científica, aun cuando reconozca su deuda respecto a lo primero dado que sin dicha dedicación no hubiera entendido «su obligación moral respecto a las imágenes».

Comprendí que ningún lenguaje es tan perfecto que pueda sustituir a la vida. Si se intenta sustituir la vida, no sólo no se consigue, sino que a la vida se la arruina.
Recuerdos, sueños, pensamientos, pág. 224.

Ante la autonomía de lo inconsciente recomienda por lo tanto cumplir tanto con una obligación intelectual como moral. Ante lo imaginal debería insistirse en el entendimiento sin renunciar a la comprensión, pero siempre con el deber moral de aprehender que el caelidoscópico mundo que nos ofrece el ánima no puede ser sustituido por el logos. Eros y logos, vida y entendimiento, son dos principios diferentes y por tanto opuestos y complementarios, siendo infructuosa su mutua sustitución. Se requiere además de comprensión, la realización en vida de las imágenes, vivenciar lo manifestado. Lo contrario sería limitarse a un motivo de asombro que conllevaría efectos negativos del inconsciente, se arrebataría a la existencia su integridad, otorgando a la individualidad el tinte de lo fragmentario.

Jung incluirá póstumamente en su autobiografía dos apéndices relacionados:

  1. Por un lado, un Complemento al Libro rojo (1959).[18]
  2. Y por otro, después de dudar y solo «en haras a la honradez», los propios Septem Sermones ad Mortuos (1916), que formaban parte originalmente del sexto Libro negro y que distribuyó en la edición privada.[19]

Tanto los Libros negros como el Libro rojo no llegarían a publicarse inicialmente. Sin embargo, existe actualmente una fundación, la Philemon Foundation, cuyo proyecto fundamental consiste en actualizar toda el trabajo de C. G. Jung incluyendo material disponible no editado en sus Obras Completas. El acto nuclear de la Philemon Foundation fue completar la financiación del Libro rojo para su edición, la publicación más importante desde su muerte. La aparición de dicho trabajo, el 7 de octubre de 2009, así como de los Libros negros el 13 de octubre de 2020, inauguró una nueva era en el estudio de Jung, permitiendo que la génesis de su trabajo posterior sea entendido basándose en un firme equilibrio histórico.[20]

Secuencia de elaboración histórica de los Septem Sermones

  1. Libros negros (1916): Jung escribe los Septem Sermones ad Mortuos dentro del material de sus experiencias visionarias entre el 31 de enero y el 8 de febrero de 1916, en el Libro negro 6.
  2. Publicación independiente (1916): prepara una versión caligráfica y la hace imprimir privadamente como un pequeño opúsculo, atribuyéndolo a Basilides de Alejandría. Es decir, lo extrae del flujo de los Libros negros y le da una existencia editorial propia.
  3. Autobiografía Recuerdos, sueños, pensamientos (1961): los Siete sermones aparecen posteriormente como apéndice. Esto es una publicación póstuma en cuanto a la autobiografía, no una nueva composición de Jung.
  4. Libro rojo (2009): al publicarse el material completo, los Siete sermones aparecen integrados en la sección «Escrutinios», dentro del corpus del Liber Novus.
  5. Diferencias textuales: la versión de «Escrutinios» no es simplemente una reproducción del opúsculo de 1916. Hay diferencias entre los distintos testimonios y versiones, algo que el editor Sonu Shamdasani documenta en el aparato editorial. La diferencia consiste en que la versión del Libro rojo incluye, después de cada uno de los sermones, una homilía adicional de carácter amplificatorio pronunciada por Filemón (el guía espiritual de Jung).

Véase también

Referencias

Ediciones

Bibliografía

Enlaces externos

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