El sistema funcionaba sobre la base de que toda la tierra era propiedad del gobierno, que podría asignarla a las familias. Cada individuo, incluidos los esclavos, era titular de una cierta cantidad de tierra, según su capacidad para suministrar mano de obra. Al morir, la tierra revertiría al estado, que la volvía a asignar, aunque se permitía la herencia en los casos que requerían de más tiempo de desarrollo, como las plantaciones de morera para los gusanos de seda.
La idea era fomentar el cultivo e impedir que quedaran tierras de labor abandonadas. Esto impidió que los aristócratas desarrollaran grandes bases de poder para monopolizar las tierras, y permitió a la gente común el acceso a los cultivos para garantizar su sustento.
El sistema funcionó hasta la rebelión de An Lushan, cuando el control centralizado de los territorios hizo que cayera en desuso. Las familias aristocráticas y los monasterios budistas tomaron el control de grandes propiedades, y los campesinos se convirtieron en arrendatarios o en siervos con ocasión de guerras o catástrofes naturales.