Sitio de Mérida
Asedio de las fuerzas omeyas a la ciudad hispanogoda de Emerita
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El sitio de Mérida (712-713) fue un asedio sufrido por la ciudad hispanogoda de Emerita a manos de las fuerzas omeyas invasoras. Supuso la resistencia más extensa al ejército califal en Spania, pues se extendió unos catorce meses, tras los cuales la guarnición se rindió.
| Sitio de Mérida | ||||
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| Parte de Conquista omeya de Hispania | ||||
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| Fecha | Noviembre del 712 - 30 de junio del 713 | |||
| Lugar | Emerita (actual Mérida), Reino visigodo | |||
| Coordenadas | 38°54′57″N 6°20′00″O | |||
| Resultado | Victoria omeya | |||
| Consecuencias | Asiento de la conquista omeya de la Bética y el sur de la Lusitania, y avance hacia el centro peninsular. | |||
| Beligerantes | ||||
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| Comandantes | ||||
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| Fuerzas en combate | ||||
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| Bajas | ||||
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Antecedentes

Emerita o Emereta era una de las ciudades más importantes del Reino visigodo. La ciudad había sido cabeza de la provincia lusitana y aun de toda la Hispania imperial desde el 298 d. C., aunque la primacía peninsular acabó recayendo en Toletum. En el plano religioso, Emerita era sede metropolitana, a la que se debían obispados sufragáneos de toda la antigua provincia romana. En ella había hasta ocho iglesias (la catedral, en el centro urbano, y las demás, en los suburbios) y el monasterio de Cauliana. Tanto los templos como el palacio episcopal guardaban ingentes ajuares y abundante mármol. La ciudad se beneficiaba de los ricos campos del Anas y de su posición estratégica, con conexiones fáciles desde el norte (Asturica), el centro (Toletum) y el sur (Ispali yCorduba). Asimismo, en sus cercanías contaba con las minas marmóreas de Estremoz y Pax Iulia, que surtieron a los edificios emeritanos de sus materiales. Por el dinamismo económico, tuvo en época goda ceca propia. Conservaba, además, una imponente muralla romana del siglo V que se había reparado en época de Eurico con materiales de edificios romanos abandonados. Así, hasta el establecimiento definitivo en Toletum, Emerita fue una de las ciudades principales del reino, que todo candidato al trono debía controlar.[1]
El asedio
Las fuentes escritas del sitio son la Historia de los soberanos de al-Ándalus, llamada en época medieval Crónica del moro Rasis (primera mitad del siglo X), de Al-Razi, y el Colección de tradiciones, también en árabe Ajbar machmúa (mediados del siglo XI), textos islámicos muy posteriores a los hechos. Tenemos la fortuna de que se narren estos hechos, pues asedios como el de Ispali no ocupa en estas historias más de dos líneas. Por parte cristiana, destaca la Historia de los hechos de España (1243), el arzobispo primado Jiménez de Rada, que bebe sobre todo de la primera fuente islámica. Otras obras que recogen estos hechos, pero que añaden otros detalles, son la Crónica del rey don Rodrigo (1443), de Pedro de Corral, y la Historia verdadera del rey don Rodrigo (1592; 1600), de Miguel de Luna, a la que sigue la Historia de la ciudad de Mérida (1633), de Bernabé Moreno de Vargas.
Los éxitos militares de Táriq, que había rendido Corduba y Toletum, hicieron recelar a Muza, gobernador de Ifriqiya, de las intenciones de su subalterno, quien viajaba con un ingente botín de las ciudades rendidas. Todo ello lo empujó a encaminarse él mismo con un ejército hacia Spania. Guiado por don Julián, conde de Sebta, logró capturar Asidona, Carmona y Ispali, que el Ajbar machmúa considera capital de Spania en aquel tiempo, y a la que Muza sometió por asedio de unos meses.[2] El gobernador continuó por la antigua Vía X o por la XXIII con el objetivo declarado de tomar Emerita, donde se habían refugiado parte de los supervivientes del desastre de La Janda y donde se sabía que se reunían un sinfín de riquezas.[3]
Cuenta el moro Rasis que los emeritanos, advertidos del avance omeya, se reunieron en consejo, y dispusieron atacar la columna enemiga antes de que llegase a ellos. Consiguieron infligir cierto daño, no pudieron detenerlos, y regresaron con sus fuerzas a la ciudad, que se dispuso para el asedio.[4] Por su parte, el morisco Miguel de Luna explica que los emeritanos reunieron a todas las gentes de los alrededores en la ciudad, de lo que Sácaro, alcaide de la plaza según su obra, reunió 5000 hombres. Además, arrasaron las tierras para que los moros no pudeiran servirse de ellas. La guarnición hispanogoda, siempre de acuerdo con el historiador andalusí, salió en otras ocasiones de las murallas a hostigar a los moros, y en una de ellas parte de los sitiadores los aguardaron ocultos en unas canteras, y tras el paso de los godos salieron y los tomaron por sorpresa, matando a muchos y obligando a los defensores a regresar a la ciudad. Parece ser que los defensores enterraron las viviendas próximas a la muralla para que sirvieran de parapeto contra las armas de asedio moras y para formar corredores (agger) con los que acceder a los pasos.[5] El agger, unido a la doble muralla romana y goda de que disfrutaba la ciudad, complicó enormemente el asalto, que los musulmanes intentaron con una dabbaba con que pudieron acercarse a la muralla.[3] Narra el autor del Ajbar machmúa que los moros se afanaron en picar la muralla, que consiguieron arrancar un sillar de ella, y que, al hallar un hueco en ésta, trataron de ensancharlo para poder entrar. En ese momento, los cristianos resistentes salieron y les hicieron gran carnicería, lo que parece que motivó que una de las torres, en época andalusí, se llamase «torre de los Mártires».[2] Al-Razi nos da a entender que los sitiadores pudieron socorrer a tiempo a los zapadores, y que aquella torre se llamó «de la Encomienda» porque picaban la torre por encomienda de Alá.[4]

Sea como fuere, el asedio dificultó el control omeya sobre la Bética, y los árabes perdieron el control de Ispali por un tiempo, bien porque sus antiguos ciudadanos, fugados a otras poblaciones, regresaron y masacraron a los árabes, bien porque los que allí habían permanecido se rebelaron. La cuestión es que Muza debió enviar a su hijo, Abdulaziz, a que reprimiese la sublevación contra los árabes y judíos que habían quedado a cargo de la ciudad.[3][6] Por su parte, el golpe de mano de la muralla convenció a los cristianos de intentar llegar a un acuerdo ventajoso con los sitiadores.
Las negociaciones: la leyenda de las barbas de Muza
Ambas crónicas musulmanas recogen la misma leyenda: el primer día que acuden los emeritanos al campamento enemigo, Muza tenía la barba blanca; el segundo, roja, como si comiese carne humana; el tercero, negra, como si hubiese rejuvenecido.[2][4] En la versión de Jiménez de Rada, se pasa de la blanca a la negra, lo que es suficiente para que los cristianos abran las puertas.[6] Espantados, los cristianos quisieron pactar con él, pero Muza no cedió hasta que el sulh no hubo garantizado «todo el aver de los muertos, et de los feridos, et de las iglesias, et de lo que en ellas estaba, ansi como piedras preciossas et otras nobles cosas; et todo el aver de los clérigos», con los cuales justificó su campaña y parecía competir en éxito con Táriq.[4] Las ansias de riquezas de Muza se vieron, así, satisfechas, y el 30 de junio la ciudad se rindió. Muza permaneció en la ciudad hasta finales de julio, cuando partió hacia Toletum a encontrarse con Táriq.
Sácaro o Afruendo
Dentro de las fuentes lejanas ya a los hechos históricos, encontramos dos caudillos emeritenses responsables de su defensa: Sácaro y Afruendo. En la Crónica del rey don Rodrigo (1443), de Pedro de Corral, es el segundo el líder de la resistencia de la ciudad, mientras que el primero es un noble de la corte goda. Sin que tenga que ser la primera fuente que así lo expone, la falsa crónica de Miguel de Luna, la Historia verdadera del rey don Rodrigo (1592; 1600) llama a un tal Sacaru alcaide de Emerita, «hombre de grande ánimo, esfuerzo y valor». Sin embargo, en las crónicas más próximas no hallamos nombre alguno del encargado de la defensa de Emerita.
Consecuencias
La destrucción permitió un auténtico saqueo de las construcciones emeritanas. Aparte de los bienes de la Iglesia, de los fallecidos en el asedio y de los fugados al norte, los vencedores desmontaron muchos de los edificios locales para aprovechar sus mármoles. Muza, por su parte, marchó al norte, y se encontró con Táriq en las cercanías de Toletum, y con ello reunió las fuerzas invasoras bajo su mando.
