Venta de esposas (Inglaterra)

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Selling a Wife (1812–1814), de Thomas Rowlandson. El cuadro da la impresión de que la esposa participa voluntariamente en la venta, lo que era un «asunto genial» que lleva a la risa.[1]

La costumbre inglesa de venta de esposas era una de las formas de término de un matrimonio fracasado a finales del siglo XVII, cuando el divorcio era prácticamente imposible para todos excepto para los más ricos. Tras colocar a la mujer un ronzal alrededor de su cuello, brazo o pecho, el marido podía subastarla públicamente, vendiéndola al mejor postor. Esta práctica constituye el argumento de la novela El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge), de Thomas Hardy, en la que el protagonista vende a su esposa al comienzo de la historia, un acto que le persigue el resto de su vida y que termina destruyéndole.[2]

Aunque esta práctica no tenía ninguna base legal y frecuentemente conllevaba la interposición de una acción judicial, la actitud de las autoridades era equívoca, particularmente a partir de mediados del siglo XIX. Un magistrado de comienzos de dicho siglo afirmó que no creía tener la autoridad suficiente para evitar las ventas de esposas, mientras que se conocen casos de comisionados de las Poor Laws que obligaban a los maridos a vender a sus esposas, antes que mantener a sus familias en workhouses.

La venta de esposas persistió hasta comienzos del siglo XX. Según el jurista e historiador James Bryce, se producían algunas de estas ventas ocasionalmente alrededor de 1901. De acuerdo con las pruebas aportadas en un juicio celebrado en el condado de Leeds en 1913, una mujer afirmó que había sido vendida a un compañero de trabajo de su marido por una libra esterlina, uno de los últimos casos conocidos de esta práctica en Inglaterra.

Matrimonio

La venta de esposas en esta «forma de ritual» surge como una «costumbre inventada» que se originó a finales del siglo XVII,[3] aunque existe un reporte que data de 1302 de alguien que «otorgó a su esposa mediante un título a otro hombre».[4] Con la creciente popularidad de los periódicos, los reportes de esta práctica se hicieron cada vez más frecuentes durante la segunda mitad del siglo XVIII.[5] En las palabras del escritor del siglo XX, Courtney Kenny, este ritual fue «una costumbre con raíces suficientemente profundas para mostrar que no era de origen reciente»,[6] pero en un escrito de 1901 acerca de la venta de esposas, James Bryce asegura que «no existe huella alguna en toda nuestra ley inglesa de tal derecho».[7] Sin embargo, también observó que «todos habían oído de la extraña costumbre de la venta de esposas, que aún se presentaba de manera ocasional entre las clases más humildes en Inglaterra».[8]

«'Hay-trussing — ?' said the turnip-hoer, who had already begun shaking his head. 'O no.'». Dibujo de Robert Barnes que ilustraba la edición seriada de 1886 de la novela de Thomas Hardy El alcalde de Casterbridge. En esta ilustración, la primera de la obra, se muestra el protagonista, Michael Henchard, de camino al mercado donde piensa vender a su esposa e hijo pequeño.

Hasta la aparición del Acta de matrimonio de 1753, una ceremonia formal ante la presencia de un clérigo no era un requerimiento legal, y los matrimonios no tenían registro. Todo lo que se necesitaba era que ambas partes aceptaran la unión, así como que ambos hubieran alcanzado la edad legal para el consentimiento,[9] la cual era de 12 años para las mujeres y 14 para los hombres.[10] Las mujeres estaban completamente subordinadas a sus esposos después del matrimonio, el marido y su esposa se convertían en una entidad legal, un estado legal conocido como «cobertura» (del término inglés coverture). Como el eminente juez inglés Sir William Blackstone escribió en 1753: «el propio ser, o la existencia legal de la mujer, es suspendida durante el matrimonio, o por lo menos, es consolidado e incorporado en el de su esposo: bajo aquellas alas de protección y abrigo ella se desempaña por completo». Las mujeres casadas no eran dueñas de sí mismas, sino que en realidad eran propiedad de sus esposos.[11] Blackstone seguidamente añadió que «la mayor parte de las limitaciones de las mujeres estaban destinadas a su protección y beneficio. Así que se favorecía a las mujeres dentro de la leyes inglesas».[4]

Separación

A principios de la Edad Moderna en la historia inglesa, existían cinco métodos distintos para disolver un matrimonio. Uno consistía en solicitar la separación matrimonial ante las cortes eclesiásticas por motivos de adulterio o por poner en riesgo su vida, pero no permitía el volver a casarse.[12] Después de 1690, el divorcio solo fue posible haciendo una petición al Parlamento, lo que era un proceso largo y costoso. La Ley de Causas Matrimoniales de 1857 y las cortes de divorcio creadas a partir de ésta, hicieron la disolución de matrimonios algo más simple y considerablemente más barato, pero para las clases bajas trabajadoras, el divorcio permaneció como un recurso prohibitivamente caro.[13][nb 1] Una alternativa era el obtener una «separación privada», la cual consistía en un acuerdo negociado entre ambos cónyuges, expresado en un acta de separación elaborada por un especialista en leyes. El abandono o la fuga también eran una posibilidad, por la cual la mujer casada se veía obligada a dejar la casa familiar, o el marido instalarse en otra casa con su amante.[12] Por último, aunque menos generalizada, quedaba la alternativa de vender a la mujer casada, pero era un método ilegal de finalizar un matrimonio.[16] Las Leyes por el respeto a las mujeres en relación con sus Derechos innatos subrayaban que, para los pobres, la venta de una mujer casada se contemplaba como «un método de disolución del matrimonio», cuando «el matrimonio estaba sinceramente harto el uno del otro, y de mutuo acuerdo, si el hombre tenía la intención de autentificar la separación haciéndolo de dominio público».[15]

Aunque varias esposas del siglo XIX se opusieron, no existen fuentes que mencionen a mujeres del siglo XVIII resistiéndose a sus ventas. Sin recursos financieros, y sin oficio por el que subsistir, la venta era para muchas mujeres la única forma de escapar de un matrimonio infeliz.[17] De hecho, se tiene la certeza de que la esposa a veces insistía en efectuar su venta. Una mujer vendida en el mercado de Wenlock por 2s. 6d. en 1830 estaba mucho más determinada a que la transacción se realizara exitosamente, a pesar de las dudas de último minuto de su esposo: «Él se mostró dubitativo e intentó abandonar el negocio pero Mattie le convenció para que se quedara. 'Er flipt her apern in 'er gude man's face, y dijo: 'Permíteme ser tu criatura. Quiero ser vendida. Quiero un cambio'».[18]

Para el esposo, la venta lo liberaba de sus deberes matrimoniales, entre los cuales se incluía cualquier responsabilidad financiera por su esposa.[17] Para el comprador, que frecuentemente era ya amante de la mujer, la transacción anulaba la amenaza de una acción legal por conversación criminal, una reclamación del marido por daños a su propiedad, en este caso su esposa.[19]

Venta

Referencias

Enlaces externos

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