Como Patton indica, por entonces, todavía eran las mujeres las encargadas de la atención a los enfermos y solo se llamaba al médico ante una enfermedad persistente o síntomas inusuales. En los casos en que no se hallaba diagnóstico, sobre todo ante un mal repentino y violento, el médico y los familiares a veces sospechaban brujería. Para los puritanos de la Nueva Inglaterra de 1692, era un diagnóstico válido, pues creían que Dios castigaba a todos los pecadores con enfermedades y calamidades. Médicos y reverendos se complementaban en la atención a los enfermos: los ministros atendían a sus necesidades espirituales y los médicos a las físicas. Sin embargo, cuando una condición física persistía y el paciente no podía explicar ninguna deficiencia espiritual que la pudiera provocar, se buscaba un factor externo como causa, tales como brujería y mal de ojo.[1]
Según el libro contemporáneo del testigo presencial John Hale, A Modest Inquiry into the Nature of Witchcraft, Parris consultó primero a los magistrados y ministros eclesiásticos de Salem, que concluyeron que las aflicciones eran "sobrenaturales" y le aconsejaron orar. Como no surtió efecto, llamó al doctor Griggs y al reverendo Hale que estuvieron observando a las niñas varias semanas. Hale es el único que describe los síntomas en su obra, "eran mordidas y pellizcadas por agentes invisibles", sus cuellos y brazos se retorcían, gritaban de dolor, corrían por las habitaciones, se escondían bajo las sillas...[2]
Una vecina, Mary Sibley, recomendó preparar un "pastel de brujas" al esclavo de los Parris, John Indian, con el que supuestamente se podría averiguar si efectivamente era brujería lo que afectaba a las niñas. Su esposa Tituba preparó la receta y las niñas la acusaron de ser la bruja que las afligía.
Durante algunos de los juicios, como los de Rebecca Nurse, Mary Parker y John Willard, los acusados fueron también acusados de provocar una enfermedad que los médicos habían diagnosticado del mismo modo que Griggs, indicando que adjudicar a brujería la causa de males repentinos o misteriosos no era excepcional y entraba dentro de lo posible y aceptado.[3]