Aeternitas (mitología)
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En la antigua religión romana, Aeternitas (o Eternidad) era la personificación divina de la eternidad. Estaba especialmente asociada al culto imperial como virtud del emperador divinizado (divus).[1] El mantenimiento religioso de deidades abstractas como Aeternitas fue característico del culto oficial romano desde la época de los Julio-Claudianos hasta los Severos.[2]
Al igual que las deidades antropomórficas más familiares, Aeternitas y otras abstracciones se cultivaban con sacrificios y templos, tanto en Roma como en las provincias. El templo de Aeternitas Augusta en Tarraco en la España romana aparece representado en una moneda.[3][4]
La divinidad aparece a veces como Aeternitas Imperii (la "Eternidad del dominio romano"),[5] donde la palabra latina imperium ("mando, poder") apunta hacia el significado de "imperio", la palabra española de la que deriva. Aeternitas Imperii estaba entre las deidades que recibieron sacrificios de los Hermanos Arvales en acción de gracias cuando Nerón sobrevivió a la conspiración e intento de asesinato. En esta época se emitieron nuevas monedas de bronce en las que se representaban diversas virtudes.[6] Aeternitas fue una de las muchas virtudes representadas en las monedas emitidas bajo Vespasiano, Tito, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Septimio Severo.[7]
El equivalente masculino de Aeternitas es Eón, el dios del tiempo ilimitado, las esferas celestiales y el zodíaco.[8][9] En Las nupcias de Mercurio con Filología, Marciano Capella dice que Aeternitas es una de las hijas de Júpiter más honradas. Menciona su diadema, cuya forma circular representa la eternidad.[10]
Representación
Las monedas emitidas entre el 75 y el 79 d. C. bajo Vespasiano muestran a Aeternitas sosteniendo una cabeza en cada mano que representa al Sol y la Luna.[11] En las monedas de Tito (80–81 d. C.), Aeternitas sostiene una cornucopia, se apoya en un cetro y tiene un pie colocado sobre un globo terráqueo, imágenes que vinculan los conceptos de eternidad, prosperidad y dominio del mundo. Desde el siglo II hasta mediados del siglo III, la iconografía de Aeternitas incluye el globo terráqueo, cuerpos celestes (estrellas, o sol y luna) y el ave fénix, símbolo del tiempo cíclico, ya que el fénix renacía en llamas cada 500 años.[12] En ocasiones, Aeternitas sostiene el globo terráqueo sobre el que se posa el ave fénix.[13]
Boccaccio
Boccaccio nos da una interpretación filosófica-mitológica sobre la Eternidad. La concibe como un principio absoluto que contiene todo el tiempo, regula el curso de los astros y acoge la naturaleza de las almas, sirviendo como marco conceptual para entender el flujo continuo de la existencia antes de describir los Eones y otros elementos míticos que siguen.[14]
Boccaccio explica por qué los antiguos dieron a la Eternidad (Aeternitas) como compañera a Demogorgón: para que aquel que parecía no existir se mostrase eterno. La Eternidad, dice, se define por su propio nombre: no puede medirse ni delimitarse por el tiempo, pues abarca todo el pasado y no está contenida por nada.[14]
Cita a Claudio Claudiano, quien en su poema heroico sobre Estilicón describe la Eternidad como una cueva inmensa, inaccesible incluso para los dioses, que contiene todos los tiempos y los hace circular: un gran dragón que se muerde la cola representa el flujo eterno del tiempo, donde el final de un año es el inicio del siguiente, y así sucesivamente. Esta imagen refleja la concepción egipcia antigua de medir el tiempo de manera circular.[14]
Dentro de esta Eternidad se encuentran las almas de todos los seres, inmersas en la naturaleza de las cosas, y el anciano que divide los números de las estrellas simboliza la ordenación divina de los movimientos celestes. Gracias a este orden, podemos distinguir los días, meses y años, siguiendo el curso del sol, la luna y las estrellas. Boccaccio aclara que este anciano no es un dios envejecido, sino una figura simbólica para expresar cómo los mortales perciben la eternidad.[14]