Asimilación forzosa
From Wikipedia, the free encyclopedia

La asimilación forzosa es el proceso mediante el cual minorías religiosas o étnicas son obligadas a adoptar el idioma, la identidad, las normas, costumbres, tradiciones, valores, mentalidad, modo de vida y, en ocasiones, la religión o ideología de una comunidad establecida y más grande que pertenece a la cultura dominante, generalmente impulsado por políticas gubernamentales. La implementación de un nuevo idioma en la legislación, la educación, la literatura o el culto también se considera una forma de asimilación forzada.
A diferencia de la limpieza étnica, la población local no es destruida completamente ni necesariamente expulsada de su territorio; en cambio, se busca su integración forzosa dentro de la cultura dominante. Este tipo de políticas se ha aplicado frecuentemente tras cambios de soberanía, especialmente después de conflictos bélicos. Ejemplos históricos incluyen la asimilación forzada de las provincias de Alsacia y Lorena por parte de Alemania y Francia, la integración cultural forzada de las provincias danesas de Escania, Blekinge y Halland tras su incorporación a Suecia, y la asimilación de los chinos étnicos en Bangkok promovida por el gobierno de Siam desde la Primera Guerra Mundial hasta la revuelta de 1973. En algunos contextos, la asimilación forzosa también se denomina genocidio cultural o etnocidio.
Si un Estado pone un énfasis extremo en una identidad nacional homogénea, puede recurrir —especialmente cuando se trata de minorías asociadas históricamente a enemigos— a medidas duras e incluso extremas para «exterminar» la cultura minoritaria, llegando a veces a considerar como única alternativa su eliminación física, ya sea mediante expulsiones o genocidios.
Los Estados basados en la idea de la nación percibían la presencia de minorías étnicas o lingüísticas como una amenaza para su integridad territorial. En efecto, estas minorías podían reclamar su independencia o buscar reincorporarse a su propia patria histórica. Como consecuencia, varias minorías étnicas se debilitaron o desaparecieron, y se produjeron migraciones forzosas tras ambas guerras mundiales.
La segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX fueron testigos del surgimiento del nacionalismo. Antes de ese período, un país se definía en gran medida por los pueblos que habitaban las tierras sometidas a un gobernante determinado. De este modo, a medida que principados y reinos crecían mediante conquistas o alianzas matrimoniales, un soberano podía terminar gobernando sobre poblaciones de diferentes etnias. Esto reflejaba también la larga historia de migraciones de diversas tribus y pueblos a través de Europa.
El concepto de nacionalismo se basaba en la idea de un «pueblo» que compartía un vínculo común definido por elementos como la raza, la religión, el idioma o la cultura. Asimismo, el nacionalismo sostenía que cada pueblo tenía derecho a constituir su propio Estado. Gran parte de la historia europea de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX puede interpretarse como un proceso orientado a alinear las fronteras estatales con el principio de «un pueblo, una nación». Procesos similares se registraron en otras regiones, como Japón y Corea, donde ambos Estados promovieron la idea de una identidad nacional única. En estos contextos, diversas minorías étnicas debieron ocultar o abandonar sus identidades culturales, lo que en muchos casos derivó en procesos de asimilación, como ocurrió con los ainus y los ryukyuenses en Japón, o con inmigrantes procedentes de Goguryeo, Balhae y pueblos tunguses en Corea. De manera comparable, Tailandia impulsó políticas de integración hacia su población inmigrante china, condicionando la concesión de la ciudadanía a la adopción de nombres tailandeses, el aprendizaje del idioma y la inscripción de los hijos en escuelas tailandesas.[1] Diversos tipos de conflictos surgieron a partir de estas concepciones nacionalistas. Uno de ellos aparece cuando un Estado reivindica derechos territoriales sobre zonas situadas fuera de sus fronteras actuales basándose en vínculos históricos, culturales o étnicos con la población residente en esos territorios, como en el caso de las reclamaciones de Rusia respecto de la población osetia en Osetia del Sur. Otro tipo de conflicto surge cuando grupos minoritarios dentro de un Estado buscan separarse para formar un país propio o unirse a otro Estado con el que mantienen vínculos más estrechos. Finalmente, también se han producido tensiones cuando determinados Estados procuraron expulsar a grupos considerados ajenos a la identidad nacional mayoritaria.[cita requerida]
Es útil comparar las migraciones masivas y las expulsiones forzadas de alemanes étnicoss fuera de Europa del Este con otros procesos de transferencia poblacional a gran escala, como el intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía o los desplazamientos ocurridos tras la partición de la India. En todos estos casos, las poblaciones afectadas experimentaron condiciones difíciles y pérdidas significativas.[cita requerida]
En los Estados Unidos, durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno impulsó políticas que llevaron a la destrucción de gran parte de los libros en idioma alemán, a la prohibición del uso público de la lengua y al cambio de topónimos de origen alemán por nombres con una sonoridad más anglófona. Estas medidas favorecieron una rápida asimilación cultural. Antes de este período, la comunidad germano-estadounidense mantenía prácticas culturales propias —como ciertas tradiciones sociales y el uso generalizado del idioma alemán— y en algunas regiones del país el alemán era de uso predominante.[2][3]
En Estados Unidos y Canadá se implementaron políticas de asimilación forzada dirigidas hacia los pueblos indígenas, entre ellas los sistema de escuelas residenciales y los internados indios.[4][5] Procesos similares afectaron a comunidades de habla francesa y española, que enfrentaron restricciones lingüísticas, actos de violencia y diversas formas de discriminación por parte de sectores anglófonos durante parte del siglo XX.
Diversos informes internacionales señalan que al menos un millón de miembros de la minoría musulmana uigur en China han sido detenidos en campos de detención masiva en Sinkiang, denominados oficialmente «campos de reeducación», cuyo objetivo declarado es modificar las actitudes políticas, las identidades culturales y las prácticas religiosas de los detenidos.[6]
En diciembre de 2017, Reuters informó que «los vecinos de Ucrania tienen derecho a criticar una nueva ley ucraniana que prohíbe que las escuelas enseñen en lenguas minoritarias más allá del nivel de la escuela primaria, dijo un importante organismo europeo de vigilancia de derechos humanos».[7]
En Letonia, a partir de 2019, se inició un proceso de reducción progresiva de la instrucción en ruso en escuelas secundarias públicas y en universidades privadas.[8][9] El Representante Permanente de Rusia ante la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, Alexánder Lukashévich, calificó la reforma como una «política discriminatoria con el objetivo de asimilar forzosamente de la población rusohablante».[10]
En Hungría, los gitanos se vieron obligados a integrarse en la sociedad húngara. Los gitanos son conocidos por su falta de educación, desempleo y falta de integración social debido a su miedo a los payos.[11]
Religiosa
La asimilación puede incluir también la conversión —en ocasiones coercitiva— o la secularización de miembros de una minoría religiosa.
Durante la Edad Media y hasta mediados del siglo XIX, gran parte de la población judía de Europa vivió bajo restricciones legales que limitaban su residencia a determinadas localidades —como los shtetls— y restringían su acceso a instituciones de educación superior y a diversas profesiones.
Durante el genocidio camboyano, el grupo musulmán cham fue objeto de políticas de coerción cultural por parte del régimen de los Jemeres Rojos, que comenzaron con intentos de asimilación y derivaron posteriormente en formas de persecución violenta.