Bereberes en al-Ándalus

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Los bereberes estuvieron presentes durante todo periodo andalusí de la península ibérica, desde la expedición inicial de Tariq y Muza hasta el fin del reino nazarí.

Su mayoría demográfica y las complejidades de su relación con la clase dirigente de al-Ándalus, mayoritariamente árabe, fueron un importante factor de la política andalusí. Asimismo, su importancia en las fronteras con los cristianos y su relación con los movimientos religiosos norteafricanos (almorávides, almohades...) fueron claves para la evolución de las fronteras en la península ibérica.

A lo largo de sus siglos de presencia dejaron una marca toponímica que todavía perdura: Albarracín, Adzaneta, Oseja, Fabara, Mequinenza, Monzalbarba, Titaguas...

Conquista musulmana

Desde la época romana y visigoda, los bereberes del Rif hacían expediciones de saqueo en Baetica. Gran parte del ejército que entró en Hispania e hizo desaparecer el reino visigodo de Toledo en 711 estaba formado casi exclusivamente por bereberes, especialmente del grupo al-Butr[1] (hawwaras, lawatas, madyunas, malzuzas, miknasas, nafusas, nefzawas, satgaras...) y tenía como uno de sus líderes claves al bereber Táriq ibn Ziyad. La facilidad de la victoria animó a entrar en Al-Ándalus a bereberes de más lejos que el Rif, llegando a zonas de las actuales Libia y Mauritania. Asimismo también llegaron bereberes del grupo al-Barani (kutamas, malilas, masmudas, sanhajas, zanatas...) más urbanizados que los primeros.[1]

Los árabes, que conformaban la nueva clase dirigente en el Magreb y al-Ándalus, se establecieron en las zonas agrícolas y ricas (Bajo Guadalquivir, valle del Ebro y el Jalón, Huerta Valenciana),[2] dejando a los bereberes las zonas de meseta y montañas que se parecían a sus tierras originales de los montes Atlas y que eran más pobres. Así, se asentaron en la Meseta Norte, el Sistema Ibérico, la cordillera Penibética y Sierra Morena.

Los bereberes eran claves en la defensa de la frontera con los cristianos del norte y las guarniciones y asentamientos de estas primeras oleadas fueron uno de los principales puntos de contacto entre la cultura islámica y la población local. Los bereberes de Al-Ándalus superaban numéricamente a los árabes. Según algunos cálculos en las primeras décadas de la conquista musulmana los árabes (mayoritariamente yemenitas) eran 40.000-50.000[2] frente a 150.000 bereberes y una población de 5 millones de hispanorromanos y visigodos.

En los primeros tiempos de la conquista musulmana los cristianos diferenciaban entre bereberes, a quienes llamaban moros (del latino maurus, Mauritania),[3] y los árabes, a quienes decían sarracenos o caldeos. No obstante la mayoría bereber hizo que con el tiempo el término moro se convirtiera en sinónimo de musulmán, aplicándose igualmente para muladís, árabes y bereberes, y para musulmanes de fuera de Al-Ándalus. Mientras, los árabes asimilaron con el tiempo lingüísticamente a los bereberes porque la lengua religiosa y urbana era el árabe, tendiendo a disminuir las diferencia entre los grupos.

La revuelta bereber de 739-741

Aun así, esta asimilación no fue fácil ni carente de conflictos. El estatus privilegiado de los árabes en el mundo musulmán generó movimientos de reafirmación de otras culturas en el mundo islámico, conocidos como shu'ubiyya. El sucesor de Muza en el gobierno de Ifriqiya, Yazid ibn Abi Muslim fue más impopular entre los bereberes de ambos lados del estrecho[4] y el sucesor de este, Ubayd Allah ibn al-Habhab, hubo de incrementar los impuestos cobrados a los bereberes.

Finalmente estalló en 739-743 una revuelta bereber masiva en África. Aunque el gobierno de Al-Ándalus cambió en 741 a Abd al-Malik ibn Katan al-Fihri, para tratar de calmar la situación[5] la revuelta se extendió entre las guarniciones bereberes de al-Ándalus. Los árabes la reprimieron, controlando las zonas del Ebro y el Guadalquivir desde el principio y obteniendo victorias militares contra los bereberes en Medina Sidonia y Toledo.

Pese a la victoria militar árabe, los efectos a largo plazo de la revuelta fueron significativos. Al-Ándalus se convirtió en una provincia alejada y relativamente aislada del Califato de Damasco dado los problemas de control sobre el norte de África. Ello fue uno de los factores que facilitarían que se convirtiera en un emirato independiente durante la crisis que generó la sustitución de los Omeyas por los Abásidas en 748. El último Omeya, Abderramán I, era de madre bereber y contó con el apoyo de grupos bereberes como los zanata,[3] sinhaya,[3] nafza[2] y los magila[2] refugiándose en al-Ándalus y estableciendo un emirato independiente.

En la península ibérica, los conflictos entre árabes y bereberes complicaron el asentamiento de los segundos en zonas de frontera y con ello la islamización del territorio recientemente conquistado. La hipótesis de un desierto estratégico del Duero de Claudio Sánchez Albornoz,[6] aunque actualmente desacreditada, apuntaba a un despoblamiento de las fronteras donde se acababan de asentar los bereberes. Los trabajos posteriores de Abilio Barbero de Aguilera y Marcelo Vigil apuntan más bien a una continuidad de la población preislámica local, que en cambio sufrió con la revuelta, la crisis abasí y la sequía de 750 un periodo turbulento que posibilitó su recuperación por Alfonso I de Asturias sin llegar haber sido islamizadas de forma duradera.[7] En general todo parece indicar que muchos bereberes de la frontera norte volvieron al norte de África o fueron derrotados por los árabes, dejando el valle del Duero expuesto.

Finalmente, el conflicto se convertiría en un motor de la política andalusí en los tiempos siguientes. Al sur, el ejército de refuerzo enviado por el califato, con diez mil sirios, fue asentado sobre zonas bereberes en Niebla, Málaga, Jaén y otras localidades andaluzas debilitando la posición bereber en las cercanías de la capital cordobesa. Igualmente se asentaron egipcios en el Algarve y la región de Tudmir[8][9] y según alguna fuente, mesopotamios en Cabra.[10] Los grupos por origen étnico se convirtieron en facciones que complicarían el gobierno del independiente emirato de Córdoba en los siglos siguientes. Algunos autores han citado la asabiyyah o cultura de clanes como una importante dinámica política y social en los siglos VIII-XI.[11]

Los estados bereberes en al-Ándalus y los movimientos norteafricanos

Los bereberes siguieron siendo demográficamente mayoritarios entre los musulmanes de origen no converso y la cercanía al norte de África favoreció su crecimiento en la parte de la península que seguía en manos musulmanas. Siguieron siendo muy relevantes en la frontera del Tajo (Marca Media y Marca Inferior) y zonas de Andalucía. Fueron también una parte fundamental del ejército y del poder emiral (posteriormente convertido en califato). Protagonizaron rebeliones contra la autoridad central y muchas veces fueron autónomos o casi independientes en la práctica de Córdoba. Así, destacan las rebeliones como en el Campo de Calatrava y en las fronteras contra Abderramán III desde su ascenso al trono hasta la década de 930. Otro gran periodo de presencia política fue el periodo del líder militar Almanzor bajo su sucesor Alhakén II,[3] donde el ejército y las fuerzas bereberes fueron uno de los factores desestabilizantes que terminaron desembocando una guerra y división civil.

Esta fitna de al-Ándalus (1009-1031), que supuso la fragmentación del territorio musulmán en taifas locales, permitió que muchos de esos grupos bereberes crearan estados propios. Así, en la Marca Media surgieron la taifa de Albarracín de los Banu Razín, la taifa de Alpuente de los Banu Qasim y la cora de Santaver de los Banu Di-l-Nun daría origen a la importante taifa de Toledo. En la Marca Inferior, la poderosa taifa de Badajoz fue fundada por un antiguo esclavo, pero bajo Abdal·lah ibn Al-Aftas ascendió al poder una dinastía bereber.

Más al sur, la mayoría de las pequeñas taifas andaluzas quedaron en manos bereberes. Así, había dinastías zanata en las taifas africanas del sur (Banu Ifran de Ronda, Banu Birzal de Carmona, Banu Dammar de Morón, Banu Jazrun de Arcos), sinhayíes en Granada y hammudíes (árabes, pero asentados entre bereberes desde hacía siglos) en Málaga. Los más poderosos fueron los abbadíes de Sevilla, que fueron reabsorbiendo a muchos de sus vecinos.

En la práctica, la mayoría del territorio musulmán quedó en manos bereberes con excepción solo de los grupos árabes Banu Hud, que controlaban el valle del Ebro, los tuyibíes, que controlaban el Jalón y sucedieron a los primeros, y los amiríes en el Levante (Valencia, Murcia, Almería, Baleares). La ciudad de Córdoba siguió también en manos árabes hasta que fue conquistada por Sevilla en 1070.

Las conquistas cristianas de Alfonso VI de León, que tomó Toledo, generó una reacción musulmana encabezada por movimientos reformistas norteafricanos desde la segunda mitad del siglo XI. La proporción de bereberes respecto a los árabes y muladíes creció con las subsiguientes invasiones almorávides (un grupo religioso sanhaya) y almohades (sus sucesores zenatas) desde 1080. Así se crearon rábidas (San Carlos de la Rápita, La Rápita, La Rábida, La Rábita, Arrábida) con asentamientos de morabitos a semejanza de las instituciones árabes del Magreb. También creció la interacción entre los bereberes de ambos lados del estrecho (ver por ejemplo, las últimas campañas de los Banu Ganiya baleares en las costas libias durante el siglo XII).

La unificación de las taifas al ser conquistadas por los imperios norteafricanos bereberes y la conquista de los últimos territorios árabes (Valencia por el Cid y los valles del Ebro y el Jalón por Alfonso I el Batallador) marcó otro hito hacia el fin de las diferencias entre árabes y bereberes. Los sucesivos reyes cristianos extendieron el dominio cristiano hacia el sur hasta generar un protectorado sobre los últimos territorios musulmanes en el sur de la península ibérica. Estos, ya fuertemente islamizados y con un gran contenido bereber mantuvieron durante los siglo XIII-XIV importantes relaciones con el Sultanato benimerín, sucesor de los almohades hasta el final del reino nazarí de Granada.

Bereberes por zonas

Referencias

Bibliografía

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