Epístola a los hebreos

decimonoveno libro del Nuevo Testamento From Wikipedia, the free encyclopedia

La Epístola a los hebreos, conocida también como Carta a los hebreos,[1] Se abrevia más comúnmente como «Heb.».[2](Πρὸς Ἑβραίους)[3] es uno de los veintisiete libros incluidos en el Nuevo Testamento cristiano.[4] Actualmente existe consenso entre los estudiosos bíblicos en cuanto al título que tradicionalmente se le ha venido dando, Carta de san Pablo a los hebreos, es erróneo, pues, según el punto de vista predominante en la actualidad, no fue escrita por Pablo de Tarso, no es una carta, sino más bien una homilía, y no está dirigida a los «hebreos», sino a comunidades cristianas en las que habría cierto número de conversos procedentes del judaísmo.[5]

Papiro 13, siglo III o IV con la epístola a los hebreos.

El texto no menciona el nombre de su autor, pero tradicionalmente se ha atribuido a Pablo Apóstol; la mayoría de los manuscritos griegos antiguos, el siríaco antiguo Peshitta y algunos de los manuscritos latinos antiguos sitúan la epístola a los hebreos entre las cartas de Pablo. [6] Sin embargo, Eusebio informa de que en la Iglesia romana se dudaba de la autoría paulina. [7] Los estudiosos bíblicos modernos consideran que su autoría es desconocida,[8] y la autoría paulina es rechazada en su mayor parte. Una minoría considera que Hebreos fue escrito imitando deliberadamente el estilo de Pablo,[9][10] y algunos sostienen que fue escrito por Apolos o Priscila y Aquila.[11][12]

Sin embargo aunque se desconozca su autor con certeza la atribución tradicional pauliana no parece ser infundada (2 Pedro 3, 15). Tampoco puede ser datada con precisión, aunque existe consenso en que fue escrita entre los años 60 y 65 del siglo I. Como los otros libros del Nuevo Testamento, está escrita en griego. Su texto es de una gran densidad teológica y su estilo es solemne, casi litúrgico. El autor parece tener un dominio excepcional del Antiguo Testamento, que cita frecuentemente, acudiendo a la versión griega de la Biblia de los Setenta (Biblia Septuaginta

Los estudiosos del griego consideran que su redacción es más pulida y elocuente que la de cualquier otro libro del Nuevo Testamento, y «el griego de Hebreos, cuidadosamente compuesto y estudiado, no es el griego espontáneo y volátil de Pablo».[13] Se ha descrito como un libro complejo del Nuevo Testamento. [14] Algunos estudiosos creen que fue escrita para los cristianos judíos que vivían en Jerusalén.[15] Su propósito esencial era exhortar a los cristianos a perseverar ante la persecución. En ese momento, algunos creyentes estaban considerando volver al judaísmo y al sistema legal judío para escapar de la persecución por creer que Jesús era el Mesías. El tema de la epístola es la enseñanza de la persona de Jesucristo y su papel como mediador entre Dios y la humanidad.

Según los estudiosos tradicionales, el autor de la Epístola a los Hebreos, siguiendo los pasos de Pablo, argumentó que la ley judía había desempeñado un papel legítimo en el pasado, pero que había sido sustituida por una Nueva Alianza para los gentiles (cf. Romanos 7:1-6; [16] Gálatas 3:23–25;[17] Hebreos 8, 10).[18][19] Sin embargo, un número cada vez mayor de estudiosos[20] señalan que los términos gentil, cristiano y cristianismo no aparecen en el texto y postulan que Hebreos fue escrito para un público judío, y que es mejor considerarlo como un debate entre los seguidores judíos de Jesús y el judaísmo proto-rabínico. En cuanto al tono y los detalles, Hebreos va más allá de Pablo e intenta ofrecer una definición más compleja, matizada y abiertamente contradictoria de la relación.[21] La epístola comienza con una exaltación de Jesús como «el resplandor de la gloria de Dios, la imagen expresa de su ser, y el que sostiene todas las cosas con su poderosa palabra» (Hebreos 1:1–3).[22] La epístola presenta a Jesús con los títulos de «pionero» o «precursor», «Hijo» e «Hijo de Dios», «sacerdote» y «sumo sacerdote».[23] La epístola presenta a Jesús como Hijo exaltado y Sumo Sacerdote, una cristología dual única.[24]

La Carta a los Hebreos destaca por su relevancia teológica y su elevada calidad literaria dentro del Nuevo Testamento. Se ubica al final del conjunto de escritos atribuidos a Pablo, funcionando como un enlace entre sus epístolas y las denominadas Cartas Católicas. Su contenido doctrinal refleja fielmente la predicación paulina, pero su estilo difiere notablemente: está redactada en un griego cuidado y elegante, muy distinto del lenguaje espontáneo y enérgico de Pablo. Además, la manera en que desarrolla los temas teológicos y la forma particular de citar el Antiguo Testamento no coinciden con el método habitual del Apóstol, lo que desde los primeros siglos suscitó dudas sobre su autoría y dificultó su aceptación universal como texto sagrado.[25]

En el ámbito oriental fue acogida con naturalidad como obra paulina. Escritores cristianos como Policarpo ya la conocían, aunque sin atribuirla directamente a un autor. Clemente de Alejandría la consideraba paulina y afirmaba que Lucas la habría traducido del hebreo. Orígenes propuso en el siglo III que las ideas provenían de Pablo, pero que la redacción pertenecía a otro autor que transmitió fielmente su pensamiento, concluyendo que solo Dios conoce su verdadera autoría. Juan Crisóstomo la defendió como obra paulina y Eusebio de Cesarea la incluyó entre los escritos reconocidos como canónicos.

En Occidente la recepción fue más reservada. Aunque Clemente de Roma la utilizó, no la citó directamente. El comentarista Ambrosiaster evitó incluirla en su obra sobre Pablo, y figuras como Jerónimo y Agustín de Hipona manifestaron dudas iniciales sobre su autoría. Con el tiempo, ambos aceptaron tanto su inspiración como su autenticidad, influidos por la tradición eclesial. A finales del siglo IV apareció en los listados conciliares africanos y, desde el siglo VI hasta el XVI, fue aceptada unánimemente como escrita por Pablo. El Concilio de Trento confirmó solemnemente su carácter canónico e inspirado. Durante el Renacimiento surgieron nuevas objeciones. Erasmo de Róterdam y el cardenal Cayetano cuestionaron nuevamente la autoría paulina, y desde entonces la mayoría de los estudiosos considera que Pablo no fue el redactor del texto griego tal como lo conocemos. Sin embargo, este debate no compromete su valor sagrado. La Carta a los Hebreos es reconocida como inspirada y canónica, estrechamente vinculada al pensamiento paulino, aunque su autor sigue siendo desconocido.[26]

Composición

Monumento conmemorativo a los soldados franceses de la guerra franco-prusiana: cita Hebreos 11:16, «desean una patria mejor».

Hebreos utiliza citas del Antiguo Testamento interpretadas a la luz del judaísmo rabínico del siglo I.[27] El erudito del Nuevo Testamento y del judaísmo del Segundo Templo Eric Mason sostiene que el trasfondo conceptual de la cristología sacerdotal de la Epístola a los Hebreos es muy similar a las presentaciones del sacerdote mesiánico y Melquisedec en los rollos de Qumrán. [23] Tanto en Hebreos como en Qumrán, se habla de una figura sacerdotal en el contexto de una figura davídica; en ambos casos, un decreto divino nombra a los sacerdotes para su deber escatológico; ambas figuras sacerdotales ofrecen un sacrificio escatológico de expiación. Aunque el autor de Hebreos no estuvo directamente influenciado por el «Mesías de Aarón» de Qumrán,[28] estas y otras concepciones proporcionaron «un precedente... para concebir a Jesús de manera similar como un sacerdote que realiza la expiación y la intercesión eterna en el santuario celestial».[23]{{rp

La carta a los Hebreos fue escrita por un autor anónimo de origen judío, culto y cercano al pensamiento paulino, con formación helenista y profundo conocimiento del culto del Templo. Aunque se han propuesto varios nombres —como Bernabé, Lucas o Apolos— ninguno es convincente. El escrito combina rasgos de carta, sermón y ensayo teológico, destaca por su griego elegante y estilo literario elaborado, y es una de las obras más refinadas del Nuevo Testamento.[29]

Dirigida probablemente a cristianos provenientes del judaísmo, busca mostrar que la Nueva Alianza en Cristo perfecciona y supera la Antigua, sobre todo a través de la superioridad de su sacerdocio y sacrificio. La fecha más aceptada es la década del 60, antes de la destrucción del Templo, aunque no se descarta una datación posterior dentro del primer siglo. El lugar de redacción podría ser Roma, Palestina o Alejandría.[30]

Datos preliminares

Autor

Lucas el evangelista, uno de los posibles autores, según una representación alemana del siglo X.

A finales del siglo I no había consenso sobre la identidad del autor. A lo largo de los siglos siguientes, los estudiosos han sugerido a Clemente de Roma, Bernabé, San Pablo Apóstol, San Lucas Evangelista, Silas, Apolos y Priscila y Aquila como posibles autores. [31][32]

El autor de la carta es desconocido: a pesar de todas las especulaciones sobre la autoría, ninguna hipótesis ha podido ser confirmada. Tal y como ha llegado hasta nosotros, la carta es anónima: en el texto no figura el nombre de su autor, ya que falta la introducción habitual en este tipo de textos en que se identifica al autor y a los destinatarios. La referencia a Timoteo, destinatario de dos de las epístolas atribuidas a Pablo, hacia el final de la carta, hizo pensar que su autor era Pablo de Tarso, o al menos alguien de su círculo de colaboradores:

Sabed que ha sido puesto en libertad nuestro hermano Timoteo, en cuya compañía, si viniere pronto, os he de ver

El autor de estos versículos parece tener una cierta familiaridad y autoridad sobre Timoteo. Además, la expresión "os saludan los de Italia", que aparece a continuación, se ha relacionado con la cautividad de Pablo en Roma. Estas alusiones, sin embargo, se encuentran en los versículos finales, que muy probablemente se añadieron en fecha posterior para probar la apostolicidad del texto y con ello aumentar su prestigio ante las comunidades.[33]

En los primeros siglos del cristianismo la atribución a Pablo fue discutida. Gracias a Eusebio de Cesarea (Hist. Eccl., VI, xiv, n. 2-4; xxv, n. 11-14) se sabe que en las iglesias orientales se aceptó la idea de la autoría paulina, aunque algunos autores, como Clemente de Alejandría y Orígenes, advirtieron las notables diferencias entre el estilo de Pablo y el de este libro. Clemente lo explicaba afirmando que el libro había sido escrito originalmente en hebreo, y posteriormente traducido por Lucas al griego; Orígenes pensaba que procedían de Pablo las ideas teológicas de la carta, pero no su estilo, que consideraba que había sido puesto por escrito por otro autor (tal vez Lucas o Clemente de Roma).[34]

En el siglo III, Orígenes escribió sobre la carta:

En la epístola titulada «A los hebreos», la dicción no muestra la rudeza característica del lenguaje o la fraseología admitida por el propio apóstol [Pablo], la construcción de las frases se acerca más al uso griego, como estaría de acuerdo cualquiera capaz de reconocer las diferencias de estilo. Por otra parte, el contenido de la epístola es maravilloso y está a la altura de los escritos reconocidos del apóstol: cualquiera que haya leído atentamente al apóstol admitirá la veracidad de esto... Si me pidieran mi opinión personal, diría que el contenido es del apóstol, pero que la fraseología y la construcción son de alguien que recordaba las enseñanzas del apóstol y escribió su propia interpretación de lo que había dicho su maestro. Por lo tanto, si alguna iglesia considera que esta epístola es de Pablo, debería ser elogiada por ello, ya que la Iglesia primitiva tenía todas las razones para transmitirla como suya. Solo Dios sabe quién escribió la epístola: los relatos que nos han llegado sugieren que fue Clemente, que se convirtió en obispo de Roma, o Lucas, que escribió el evangelio y los Hechos. Orígenes, citado en Eusebio, «Historia de la Iglesia»[35]

Matthew J. Thomas sostiene que Orígenes no negaba la autoría de Pablo en Hebreos en esa cita, sino que solo quería decir que Pablo habría empleado a un amanuense para redactar la carta. Señala que, en otros escritos y citas de Hebreos, Orígenes describe a Pablo como el autor de la carta.[36]

En el siglo IV, Jerónimo y Agustín de Hipona apoyaron la autoría de Pablo: la Iglesia acordó en gran medida incluir Hebreos como la decimocuarta carta de Pablo y afirmó esta autoría hasta la Reforma. Los eruditos argumentaron que en el capítulo 13 de Hebreos, Timoteo es mencionado como compañero. Timoteo era el compañero misionero de Pablo, del mismo modo que Jesús enviaba a sus discípulos de dos en dos. El autor también afirma que escribió la carta desde «Italia», lo que en aquella época también encaja con Pablo.[37] La diferencia de estilo se explica simplemente como un ajuste a un público distinto, a los cristianos judíos que estaban siendo perseguidos y presionados para volver al judaísmo tradicional.[38]

En Occidente, la obra era conocida (hay referencias a ella en la Primera epístola de Clemente), pero en los primeros siglos del cristianismo no fue considerada obra de Pablo. Eusebio menciona que Cayo, un presbítero romano, defendía la opinión de que la epístola no era de Pablo, y refiere que varios romanos contemporáneos de la época en que Eusebio escribió compartían esta idea (Hist. Eccl., VI, xx, n.3).[34] La carta no se encuentra en el Canon de Muratori. Tertuliano (De pudic., xx) opinaba que el autor había sido Bernabé, otro colaborador cercano de Pablo.[39] Solo empieza a aceptarse como una carta paulina auténtica a partir del siglo IV, por autores como Hilario de Poitiers, Ambrosio de Milán, Jerónimo de Estridón y Agustín de Hipona.[34]

La versión original de la Biblia del rey Jacobo titulaba la obra «La epístola del apóstol Pablo a los hebreos». Sin embargo, la atribución de la KJV a Pablo era solo una suposición y actualmente está siendo cuestionada por investigaciones recientes. [15] Se cree que su estilo muy diferente, su enfoque teológico diferente, su experiencia espiritual diferente y su vocabulario griego diferente hacen que la autoría de Pablo de Hebreos sea cada vez más indefendible. En la actualidad, los estudiosos modernos no atribuyen Hebreos a Pablo.[40][41]{ {Sfn|Ehrman|2011|ps=: «El libro anónimo de Hebreos se atribuyó a Pablo, aunque muchos de los primeros eruditos cristianos se dieron cuenta de que Pablo no lo había escrito, tal y como coinciden hoy en día los estudiosos».}}

Muchos estudiosos creen ahora que el autor fue uno de los discípulos o colaboradores de Pablo, citando diferencias estilísticas entre Hebreos y las otras epístolas paulinas.[42] Estudios recientes se inclinan por la idea de que el autor era probablemente un líder de una congregación predominantemente judía a la que se dirigían.[43]

Debido a su anonimato, tuvo algunas dificultades para ser aceptado como parte del canon cristiano, siendo clasificado como Antilegomena. Finalmente fue aceptado como Escritura debido a su sólida teología, su elocuente presentación y otros factores intrínsecos.[15]:431 En la antigüedad, ciertos círculos comenzaron a atribuirlo a Pablo en un intento de dotar a la obra anónima de un pedigrí apostólico explícito.[44]

En la actualidad, hay acuerdo entre los especialistas en cuanto a que su autor no es Pablo de Tarso. Muchas ideas teológicas presentes en la Epístola a los Hebreos no son propias del pensamiento paulino. Por ejemplo, no aparece en las epístolas de Pablo el tema, central en la Epístola a los Hebreos, de Cristo como sumo sacerdote. Tampoco se plantea el problema, importantísimo para Pablo, de si el cumplimiento de la ley mosaica es o no necesaria para la salvación.[45]

Sobre la verdadera identidad del autor de la Epístola a los Hebreos, no existe ninguna certeza. Ni siquiera se puede estar seguro de si era o no judío o de si conocía el hebreo. Maneja desde luego la traducción al griego del Antiguo Testamento, la llamada Biblia de los Setenta, como otros muchos autores del Nuevo Testamento, y no la versión original en hebreo.

Entre otros candidatos a ser considerados autores de la epístola, se ha citado a Lucas, Bernabé, Clemente de Roma y Apolos. La idea de que fue este último fue propuesta por Lutero, y es considerada una hipótesis verosímil por algunos autores actuales. Apolos, judío alejandrino mencionado en los Hechos de los apóstoles (Hechos) y en la Primera epístola a los corintios (1 Corintios), había sido discípulo de Filón, con cuyo pensamiento tiene afinidades la epístola. También se sabe que en sus prédicas Apolos hacía frecuentes referencias al Antiguo Testamento.[46]

Fecha

Estrechamente relacionada con el tema de la autoría está la cuestión de la datación de la epístola. No puede darse una fecha precisa, y el tema se discute, aunque hay en general acuerdo en cuanto a que fue compuesta en la segunda mitad del siglo I. Los distintos autores interpretan las evidencias de diferentes formas, con lo cual para algunos su redacción data de los años 60 del siglo I, con lo que sería contemporánea de la predicación de Pablo, mientras que para otros la fecha de composición debe atrasarse hasta 80-90.

Está generalmente aceptado que el autor de la Primera epístola de Clemente manejó la Epístola a los Hebreos (por ejemplo, 1 Clem 36, 1-5 alude a Hebreos). Siendo así, está claro que la epístola fue redactada antes de esta fecha, que se maneja como terminus ad quem.[45] Sin embargo, hay problemas con la datación de la epístola clementina, pues mientras la mayoría la data hacia el año 95, la tesis doctoral de Thomas Herron propone que se escribió antes del año 70.[47]

Hay motivos para pensar que fue escrita antes de la destrucción del Templo de Jerusalén, que tuvo lugar en el año 70, aunque esta idea no es aceptada de forma unánime. En la carta no se menciona la destrucción del Templo, y, de haberse producido, al autor podría haberle resultado útil utilizar este hecho en su argumentación (por ejemplo, el autor de la Epístola de Bernabé la utiliza para reforzar su argumento de que el sacrificio levítico ha quedado obsoleto).[48] De hecho, en Hebreos se dice, utilizando el presente de indicativo, que los sacrificios se celebran anualmente:

[La Ley mosaica] no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a quienes se acercan a ellos. De otro modo, ¿no habrían cesado de ofrecerlos, al no tener ya conciencia de pecado los que ofrecen ese culto, una vez purificados? Al contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados, pues es imposible que la sangre de toros y cabras borre los pecados.

Si la destrucción del Templo ya se hubiera producido, parecería extraño que el autor no mencionase este hecho en su argumentación. En otro pasaje (Hebreos), al comparar la antigua y la nueva alianzas, se afirma que la antigua (es decir, la Ley judía), está "a punto de desaparecer", y no dice que haya desaparecido ya.[48] Existe, sin embargo, una frase que algunos autores[45] han interpretado como una tenue alusión a la destrucción del Templo (Hebreos):

De esa manera daba a entender el Espíritu Santo que aún no estaba abierto el camino del santuario mientras subsistiera la primera Tienda.

Hay ejemplos de autores cristianos que, escribiendo después de la destrucción del Templo, utilizaron el presente para describir el culto que se llevaba a cabo en el mismo (por ejemplo, 1 Clem. 41; Diogm. 3). También lo hace así Flavio Josefo en su obra Antigüedades judías (Ant. 3.102-50; 3.151-87), e incluso textos judíos mucho más tardíos de la Misná y el Talmud.[45]

El uso de la terminología tabernáculo en Hebreos se ha utilizado para datar la epístola antes de la destrucción del templo, partiendo de la idea de que el conocimiento de la destrucción tanto de Jerusalén como del templo habría influido en el desarrollo del argumento general del autor. Por lo tanto, la fecha más probable para su composición es la segunda mitad del año 63 o principios del 64, según la Enciclopedia Católica.[42]

El texto mismo, por ejemplo, establece un contraste entre el Cristo resucitado «en el cielo», «que ministra en el santuario, el verdadero tabernáculo establecido por el Señor», y la versión en la tierra, donde «ya hay sacerdotes que ofrecen los dones prescritos por la ley. Ministran en un santuario que es una copia y sombra de lo que hay en el cielo» (Hebreos 8:5 NVI).

A pesar de ello, algunos estudiosos, como Harold Attridge y Ellen Aitken, sostienen una fecha de composición posterior, entre los años 70 y 100 d. C. [49][50]

En conclusión: no hay unanimidad en cuanto a la fecha. La Enciclopedia Católica considera que la epístola fue redactada entre los años 62 y 67, e incluso precisa como fechas más probables "la segunda mitad del año 64 o los comienzos del 65".[34] Barry Smith, sin precisar tanto, considera que es anterior a la destrucción del Templo.[48] Rubio Morán es partidario de datarla entre 65 y 70.[51] Edgar Goodspeed la data poco antes del año 95.[39] Antonio Piñero, por su parte, la sitúa entre los años 80 y 90.

Género

En apariencia, el escrito tiene forma epistolar. Sin embargo, se ha puesto en duda que realmente se trate de una epístola. Carece del preámbulo habitual en las epístolas del Nuevo Testamento, especialmente en las de Pablo, en el que figuran el remitente, los destinatarios y la fórmula de salutación.[52] Tampoco a lo largo del texto aparecen referencias personales concretas que permitan determinar que se trata de una verdadera epístola. Es cierto, sin embargo, que algunos de los últimos versículos (Hebreos) remiten a la forma epistolar, pero parece tratarse de un añadido posterior.[53]

La crítica actual considera que se trata más bien de una homilía destinada a ser leída en voz alta ante los fieles,[54] dado que en los versículos finales el texto es calificado de "exhortación" (Hebreos), una expresión que se utilizaba generalmente para designar discursos o sermones.

Que está destinada a ser leída en voz alta se infiere, además, del frecuente uso que se hace en el texto de términos relativos al lenguaje oral, tales como "decir", "hablar", "palabra", "discurso" (Hebreos), y no, como ocurre en otras epístolas del Nuevo Testamento, del verbo "escribir".[55] Posiblemente, la homilía fue luego escrita y enviada a una o más iglesias, lo que puede explicar las características epistolares de los últimos versículos.[56]

Destinatarios

Los estudiosos bíblicos están actualmente de acuerdo en que el título "A los hebreos" no es original, sino una adición hecha en época posterior por alguno de los copistas del texto,[57] que interpretó que los destinatarios de la carta eran hebreos (o sea, judíos conversos al cristianismo) porque uno de sus temas principales es la cuestión de la vigencia del culto judío según el Antiguo Testamento.[58]

Los destinatarios son sin duda cristianos, y lo son además desde hace tiempo (Hebreos), puesto que han perdido ya a sus primeros dirigentes (Hebreos). No puede determinarse si son o no cristianos procedentes del judaísmo,[59] aunque sí parece que se trata de comunidades en las que la influencia cultural de los judeocristianos era fuerte (Hebreos).[59] Son indicios en este sentido el uso de la palabra griega λαος (pueblo), que hace pensar que el autor solo se refiere al pueblo de Israel, ya que nunca usa εθνοι (los gentiles); y el constante uso del Antiguo Testamento y las referencias a la Alianza: el pacto de Dios se da con el pueblo de Israel, incluso el nuevo pacto. No obstante, el Antiguo Testamento era considerado una escritura sagrada por todos los cristianos, incluidos los procedentes del paganismo, por lo que este no resulta un dato concluyente.[60]

Los estudiosos han sugerido que Hebreos forma parte de un debate interno del Nuevo Testamento entre los judaizantes extremistas que defendían que los no judíos debían convertirse al judaísmo antes de poder recibir el Espíritu Santo de la Nueva Alianza, frente a los antinoministas extremos que defendían que los judíos debían rechazar los mandamientos de Dios y que la ley judía ya no estaba en vigor. Santiago y Pablo representan a los moderados de cada facción, respectivamente, y Pedro pudo haber actuado como moderador.[61]

Plantea ante los judíos las afirmaciones del cristianismo: llevar a los judíos a la plena comprensión de la relación entre el judaísmo y el cristianismo, dejar claro que Cristo ha cumplido esas instituciones temporales y provisionales y, por lo tanto, las ha abolido.[62] Esta opinión se conoce comúnmente como supersesionismo. [63] Según la teología del supersesionismo, la iglesia sustituye a Israel y, por lo tanto, la iglesia ocupa el lugar de Israel como pueblo de Dios. La interpretación dominante en los estudios modernos sobre Hebreos ha sido que la epístola contiene una afirmación supersesionista implícita (que los sacrificios levíticos y los sacerdotes levíticos han sido sustituidos/reemplazados por el sacrificio de Cristo). [64] Según Bibliowicz, los estudiosos de Hebreos pueden dividirse entre los que apoyan y simpatizan con el mensaje teológico de la epístola,[65] y los que critican el mensaje supersesionista de la epístola,[66] y aquellos que intentan encontrar un término medio.[67]

Debido a la importancia de Hebreos para la formación de las actitudes cristianas futuras hacia los judíos y el judaísmo, hay que distinguir entre la intención del autor y la forma en que el texto fue interpretado por las generaciones posteriores. [68] El impacto del despliegue y la implementación de la teología de la sustitución es difícil de transmitir y comprender. La aplicación de esta afirmación teológica condujo finalmente a la negación y la privación de derechos de los seguidores judíos de Jesús y, más tarde, de todos los judíos no cristianos.[69] Se ha destacado que es poco probable que los destinatarios sean los cristianos de la comunidad de Jerusalén, ya que el autor les dice que han sido generosos aliviando la pobreza de otros (Hebreos), y la comunidad de Jerusalén era especialmente pobre, según se sabe por las epístolas de Pablo (2 Corintios).[57]

Al parecer el motivo de la carta es motivar a la comunidad ante una cierta pérdida de su fervor inicial que se manifiesta en el descuido (Hebreos) y la no asistencia a las reuniones (Hebreos). El autor advierte que este relajamiento puede llevar a la apostasía pero que actuando la fe y la esperanza podrán volver al amor inicial (Hebreos). Es posible que los destinatarios estén viviendo una época de persecuciones (Hebreos), aunque sus problemas pueden deberse solo a una crisis interna.[70]

Propósito de la redacción

Aquellos a quienes está dirigida la carta a los Hebreos parecen haber comenzado a dudar de que Jesús fuera realmente el Mesías que estaban esperando. El Libro de Hebreos sostiene que las Escrituras hebreas predijeron que el Mesías sería un sacerdote (aunque de un tipo diferente al de los sacerdotes levitas tradicionales) y que Jesús vino a cumplir este papel, como ofrenda sacrificial a Dios, para expiar los pecados. Su papel de rey aún está por llegar, por lo que quienes le siguen deben ser pacientes y no sorprenderse de que por ahora sufran.

Algunos estudiosos creen hoy en día que el documento fue escrito para evitar la apostasía. [71] Algunos han interpretado la apostasía en varios sentidos diferentes, como por ejemplo, un grupo de cristianos de una secta que se marcha a otra secta más conservadora, algo que el autor desaprueba. Otros han visto la apostasía como un paso de la asamblea cristiana al ritual pagano. Teniendo en cuenta que la audiencia podría ser judeocristiana, la apostasía en este sentido podría referirse a los judeocristianos que abandonan la asamblea cristiana para volver a la sinagoga judía. El énfasis en «purificar» la «conciencia» (9:9; 9:14; 10:2; 10:22) también se ha considerado clave para la redacción de Hebreos. [72] El autor escribe: «Mantengamos firme nuestra confesión».[73] La epístola se ha considerado un largo argumento retórico a favor de la confianza en el nuevo camino hacia Dios revelado en Jesucristo. [74]

Se podría argumentar que el libro afirma la creación especial. Dice que Dios, por medio de su Hijo, Jesucristo, creó los mundos. «Dios [...] nos ha hablado en estos últimos días por medio de su Hijo [...] por quien también creó los mundos».[75] La epístola también enfatiza la importancia de la fe. «Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas que aparecen».[76]

Los cristianos creen que Jesús es el mediador de la Nueva Alianza.[77] Su famoso sermón desde una colina que representa el Monte Sión es considerado por muchos eruditos cristianos como el antitipo[78] de la proclamación de la Antigua Alianza por Moisés desde el Monte Sinaí.
...la Epístola comienza con el solemne anuncio de la superioridad de la Revelación del Nuevo Testamento por parte del Hijo sobre la Revelación del Antiguo Testamento por parte de los profetas. [79] A continuación, demuestra y explica a partir de las Escrituras la superioridad de esta Nueva Alianza sobre la Antigua mediante la comparación del Hijo con los ángeles como mediadores de la Antigua Alianza,[80] con Moisés y Josué como fundadores de la Antigua Alianza,[81] y, finalmente, oponiéndose al sumo sacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec al sacerdocio levítico según el orden de Aarón.[82]
Leopold Fonck, “'The Catholic Encyclopedia”', 1910[42]

Estructura

La composición literaria de la carta a los Hebreos presenta una estructura compleja que ha sido ampliamente analizada por especialistas, aunque no resulta sencilla de definir con precisión. A lo largo del escrito se observa una alternancia constante entre secciones doctrinales y exhortaciones prácticas, de modo que el contenido moral se integra de manera intencionada con las enseñanzas teológicas. Las afirmaciones de fe sirven como base para las recomendaciones éticas dirigidas a la comunidad, reflejando así la profunda relación entre creencia y comportamiento que caracteriza a los textos del Nuevo Testamento. Este equilibrio convierte a Hebreos en un ejemplo destacado de literatura religiosa cristiana, en la que doctrina y vida se presentan de forma inseparable. Dentro de esta estructura pueden distinguirse claramente cinco bloques doctrinales principales: la preexistencia y naturaleza divina de Cristo junto con su obra creadora (1,1-4), su supremacía sobre los ángeles (1,5-2,18), su superioridad respecto a Moisés (3,1-4,13), la excelencia de su sacerdocio frente al levítico (4,14-7,28) y la perfección de su sacrificio en contraste con los rituales de la antigua alianza (8,1-10,18). Según Antonio Piñero, la obra está estructurada siguiendo un esquema oratorio sencillo en dos partes (a)exposición teológica y (b) exhortación moral, que se repite cuatro veces (a / a'; b / b'; c / c'; d / d´).[83] El principal interés del autor está en la exhortación moral, pero se preocupa por dar a sus palabras un fundamento teológico que resulte convincente para su auditorio.

La primera exposición teológica (1,1-3,6) se centra en la idea de la superioridad de Jesús sobre los ángeles y sobre Moisés; a ella sigue la primera exhortación (3,7-4,11), contra la incredulidad. Sigue un segundo desarrollo teológico, en el que se presenta a Jesús como sumo sacerdote (4,12-5,10), y la correspondiente exhortación (5,11-6,20), en la cual se insiste en la necesidad de una doctrina elevada sobre Jesús, y se advierte contra el pecado de apostasía. La tercera exposición teológica (7,1-10,18) es la más extensa: la idea principal es que el sumo sacerdocio de Jesús es superior al de la antigua alianza. La admonición que sigue (10,19-10,39) destaca la importancia de la fe, y vuelve a poner en guardia al auditorio sobre la apostasía. En el cuarto desarrollo teológico (11,1-11,40), se presenta a Jesús como el más perfecto ejemplo de fe, prefigurado en varias figuras del Antiguo Testamento- La exhortación correspondiente (12,1-28) invita a seguir el ejemplo de Cristo y a perseverar en la fe al margen de las adversidades. El texto se completa con un apéndice (13,1-25).[84]

Este esquema de la estructura de la epístola sigue el propuesto por Piñero (p. 437). Otros autores proponen estructuras similares. Por ejemplo, según Sánchez Bosch se puede proponer el siguiente esquema:

  • Cristo, superior a los ángeles (1, 1 - 2, 4)
Exordio (1, 1-4)
Argumentación (1, 5-14)
Exhortación (2, 1-4)
  • Cristo, sumo sacerdote misericordioso y fiel (2, 5 - 6, 12)
Como hermano nuestro (2, 5-18)
Cristo es sumo sacerdote fiel (3, 1-6)
Exhortación (3, 7 - 4, 13)
Cristo sumo sacerdote misericordioso (4, 14 - 5, 10)
Exhortación (5, 11 - 6, 12)
  • Cristo, sacerdote según el orden de Melquisedec (6, 13 - 10, 18)
Preámbulo (6, 13-20)
Según el orden de Melquisedec (7, 1-20)
Definitivamente consagrado (8, 1 - 9, 28)
Causa de salvación eterna (10, 1-18)
Exhortación (10, 19-39)
  • La fe (11, 1 - 12, 29)
Los ejemplos antiguos (11, 1-40)
Exhortación (12, 1-29)
  • Conclusión epistolar (13, 1-25)
Exhortaciones finales (13, 1-17)
Despedida (13, 18-25)

Se encuentran en ella muchos referencias al Antiguo Testamento, específicamente a la Biblia de los Setenta, y referencias a casi todas las epístolas de Pablo.

Contenido

El mensaje ascético, exhortativo y moral de Hebreos se dispone de manera complementaria a las secciones doctrinales, ubicándose estratégicamente entre ellas para reforzar el vínculo entre enseñanza y práctica. Estos pasajes abordan temas fundamentales para la vida de fe: la adhesión a Cristo como condición indispensable para alcanzar la salvación (2,1-4), la invitación a seguir el ejemplo de quienes acogieron la revelación divina para participar del descanso prometido por Dios (3,7-4,13), la alegría esperanzada y las orientaciones para una existencia cristiana coherente (5,11-6,20), el estímulo a la perseverancia mediante motivos y modelos ejemplares que inspiran fidelidad en medio de las dificultades (10,19-12,29) y una serie de recomendaciones finales (13,1-19). De modo particular, los versículos 7-17 del capítulo 13 funcionan como una síntesis de los temas centrales tratados en la carta, ofreciendo una última exhortación a vivir con rectitud interior y fervor espiritual, elementos esenciales para la auténtica experiencia cristiana.[85]

Cuerpo principal del texto (1,1-13,17)

El Hijo, superior a los ángeles (1,1-4,11)

Representación de Cristo en majestad, adorado por dos ángeles.
  • Primera exposición teológica (1,1-3,6). El texto se inicia con una solemne introducción (Hebreos 1:1-4), en la que el autor argumenta que la revelación hecha a través del Hijo es superior a la antigua revelación de los profetas. Dice que el Hijo es "resplandor de su gloria e impronta de su sustancia" (1,3) y que, tras haber llevado a cabo la purificación de los pecados, se sienta a la derecha de la Majestad en las alturas, siendo superior a los ángeles. En 1,5-14, el autor se propone probar su afirmación de que el Hijo es superior a los ángeles. Para ello, aduce varias citas de las Escrituras, especialmente de los Salmos (Sal 2,7; 2 Sam 7,14; Dt 32,43; Sal 104,4; Sal 45,7-8; Sal 102,26-28; Sal 110,1). En 2,1-4, exhorta a su auditorio a superar la negligencia. Partiendo de una exégesis de Sal 8,4-6, el autor expone (2,5-9) que el mundo futuro no ha sido sometido a los ángeles, sino a Jesús, que es Dios hecho hombre. Aunque Jesús dejó su posición de Dios por la de siervo (Filipenses 2), y tras haber padecido y muerto ha sido coronado con gloria. En 2,10-18, el autor del texto explica que Jesús fue perfeccionado por el sufrimiento. Añade que Jesús no se avergüenza de llamar a los hombres hermanos, citando textos de los Salmos (Sal 22,22) y de Isaías (Is 8,17-18). Se destaca la plena humanidad de Jesús, que por primera vez es presentado como sumo sacerdote (Heb 2,17). En 3,1-6, se compara a Jesús con Moisés: si Moisés fue fiel a Dios como servidor, Cristo lo fue como unigénito Hijo.
  • Exhortación moral (3,7-4,11). El autor previene a sus oyentes contra el peligro que representa la incredulidad. Para su exhortación, parte de un texto de Sal 95,7-11, sobre la estancia de los israelitas en el desierto. Menciona que algunos israelitas fueron castigados por su incredulidad y no se les permitió la entrada en la tierra prometida. En la segunda parte de su exhortación (4,1-4,11), explica que la firmeza en la fe es la condición necesaria para entrar en el descanso de Dios, que se relaciona con el descanso sabático del relato de la creación (Gn 2,2).

Jesús, sumo sacerdote (4,12-6,20)

  • Segunda exposición teológica (4,12-5,10). En 4,12-14, se elogia la palabra de Dios, que es comparada con una espada de dos filos: nada escapa a ella. En 4,14 se retoma la idea de Jesús como sumo sacerdote. Puesto que Jesús es sumo sacerdote, puede compadecerse de las flaquezas humanas: se debe por tanto confiar en su misericordia (4,15-16). El sumo sacerdote, cuyo modelo en el Antiguo Testamento es Aarón, debe ser un hombre y su función es ofrecer dones y sacrificios por los pecados (5,1). Comprende a los hombres porque, siendo él un hombre, participa de su flaqueza (5,2), y no se arroga él mismo esta dignidad, sino que es llamado por Dios (5,3). El autor argumenta que Cristo fue nombrado por Dios sumo sacerdote, basándose en citas de los Salmos (Sal 2,7; 110,4). Para ello pasó por un proceso de "formación sacerdotal",[86] gracias a la oración y a sus padecimientos. Ahora, elevado a la perfección, es fuente de vida eterna (5,9) y ha sido hecho sumo sacerdote "a la manera de Melquisedec" (5,10).
  • Exhortación moral (5,11-6,20). El autor exhorta a sus oyentes a madurar como cristianos. Distingue entre una instrucción rudimentaria, que compara a la leche de que se alimentan los niños, y una instrucción más elevada ("manjar sólido"). Antes de abordar el tema principal de su sermón, se refiere brevemente a los puntos más importantes del catecismo. Después les alerta contra el pecado de apostasía (6,4-8), en un tono durísimo,[87] y los exhorta a perseverar en la fe para heredar las promesas. Como ejemplo de perseverancia, se presenta a Abraham.

Perfección del sacerdocio de Cristo (7,1-10,39)

  • Tercera exposición teológica (7,1-10,18). En 7,1-10, el autor hace referencia a Melquisedec, un enigmático personaje citado en el Libro del Génesis (Gn 14,17-20), donde es llamado "sacerdote del Dios Altísimo", sin referencia alguna a su genealogía, sugiriendo que su sacerdocio es eterno. Argumenta la superioridad de Melquisedec sobre Abraham, y, por extensión, de su descendiente Leví y de los sacerdotes levitas, dado que, según el Génesis, Abraham concedió a Melquisedec el diezmo de su botín (cf. Gn 14,20). En 7,11-19, basándose en lo anterior, y apoyándose en Sal 110,4, argumenta la superioridad del sacerdocio de Cristo, que es un sacerdocio "a la manera de Melquisedec", esto es, "no por ley de sucesión carnal, sino por la fuerza de una vida indestructible" (7,16)—Cristo no es sacerdote por su origen, ya que pertenecía la tribu de Judá—, sobre el sacerdocio tradicional del judaísmo, basado en "la ley de sucesión carnal" (es decir, la pertenencia a la tribu de Leví). Este nuevo sacerdocio implica la derogación de la Ley antigua. La superioridad del sacerdocio a la manera de Melquisedec se debe a que "permanece para la eternidad" (7.24), ya que fue hecho bajo juramento (cf. Sal 110,4). El sacerdocio de Cristo es además superior porque no tiene necesidad de realizar sacrificios cada día, sino que realizó el sacrificio de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo como víctima (7,27). A continuación (8,1-13), el autor compara el culto antiguo con el nuevo culto instituido por Cristo, el nuevo sumo sacerdote. El culto según la Ley judía se realiza en "lo que es sombra y figura de realidades celestiales" (8,5), ya que, según el Éxodo, Moisés edificó el tabernáculo ("la Tienda"), de acuerdo con un modelo que le fue mostrado por Dios (cf. Ex 25,40). La antigua alianza es imperfecta, y para demostrarlo el autor aduce una extensa cita del Libro de Jeremías (Jr 31,31-34), en la cual Dios anuncia a Israel una nueva alianza. El autor concluye que:
Al decir nueva, declaró antigua la primera; y lo antiguo y viejo está a punto de desaparecer.
En 9,1-14, el autor describe el culto, pero no tal y como se llevaba a cabo en el Templo de Jerusalén, sino como se realizaba en el desierto, antes de que los israelitas llegasen a la tierra prometida (cf. Ex 25-26; Nm 17-18; Lv 26). Nombra las diferentes estancias de la Tienda (el Santo y el Santo de los Santos, donde se guardaba el arca de la alianza); y explica que en el Santo de los Santos solo puede entrar el sumo sacerdote una vez al año con la finalidad de ofrecer sacrificios para expiar los pecados del pueblo. Estos sacrificios son, a juicio del autor, estériles, y no pueden perfeccionar al hombre en su interior. Cristo, en cambio, penetró solo una vez en el santuario para obtener una liberación definitiva del pecado. La argumentación continúa en 9,15-28: Cristo es mediador de una nueva alianza, inaugurada, como la primera, con sangre (9,18-23). Ahora bien, Cristo no entró en un santuario que fuera reproducción del verdadero (cf 8,5), sino en el mismo cielo, y realizó su sacrificio de una sola vez. Se aparecerá una segunda vez para salvar a los que le esperan.
En 10,1-18, se expone la conclusión de la argumentación precedente. Los sacrificios anuales que establece la Ley judía son ineficaces "pues es imposible que la sangre de toros y cabras borre los pecados" (10,4). Para apoyar esta idea, cita y comenta Sal 40,7-9. Mientras que los sacerdotes judíos están obligados a repetir anualmente los sacrificios, Cristo "mediante una sola oblación ha llevado a la perfección a los santificados" (10,14), y se sienta ahora a la derecha de Dios. Su sacrificio perfecto ha logrado el perdón definitivo de los pecados; cita a Jeremías (Jr 31,33-34) para probar que esta nueva alianza sellada con el sacrificio de Cristo es la alianza definitiva.
  • Exhortación moral (10,19-39). El autor resume así la nueva situación que plantea al creyente el sacrificio de Cristo: gracias a él, se tiene acceso pleno a Dios, y el requisito es ahora, no el cumplimiento de ciertos ritos, sino la fe en Jesús. Por eso, el autor advierte severamente a su auditorio contra el pecado de apostasía (Heb 10, 26-31), encomiando la dureza del castigo previsto para aquellos que renuncien a su fe. Les recuerda que en el pasado fueron sometidos a persecución, y les exhorta de nuevo a no perder la fe.

La fe perseverante (11,1-12,28)

  • Cuarta exposición teológica (11,1-11,40). El autor comienza su exposición definiendo la fe (11,1), e ilustrando su definición con ejemplos tomados del Antiguo Testamento: Abel (cf. Gn 4); Henoc (cf. Gn 5,22-24), Noé (cf. Gn 6,8-22); Abraham (cf. Gn 12,1-4; 23,4; 26,3;35,12); y su esposa Sara (cf. Gn 17,19; 22,17). Todos estos personajes murieron en la fe, sin haber visto cumplidas las esperanzas, como "peregrinos y forasteros sobre la tierra" (11,13), aspirando a una patria celestial. El autor continúa después citando más ejemplos extraídos del Antiguo Testamento: hace referencia al sacrificio de Isaac (cf. Gn 22,1-14), así como a las historias posteriores de los patriarcas: Isaac (cf. Gn 27), Jacob (cf. Gn 47-48), José (cf. Gn 50); a Moisés (cf. Ex 2; 12; 14); y a dos pasajes del Libro de Josué: el derrumbamiento de los muros de Jericó y la historia de la prostituta Rahab (cf. Jos 6). Menciona brevemente (11,32-39) a otros muchos personajes bíblicos, como Gedeón, Barac, Jefté, David, Samuel y los profetas, como ejemplos de fe.
  • Exhortación moral (12,1-12,28). Toda esa "nube de testigos" (12,1) citados anteriormente, y, sobre todo, Jesús, son los ejemplos que los creyentes deben seguir para no desfallecer en su fe. El autor reprocha a sus oyentes que hayan olvidado la exhortación de Proverbios 10,11-12, donde se dice que los sufrimientos son enviados por Dios para corregir a los hombres, al igual que un padre hace con sus hijos. Otro texto de Proverbios (Pr 4,26), llama a "enderezar los caminos tortuosos", lo que para el autor significa amar tanto al prójimo como a Dios. Advierte contra los impíos, que pueden llegar a envenenar y destruir a toda la comunidad (12,16). Por último, compara la experiencia de los israelitas en el desierto (cfr. Éxodo) con la que viven actualmente los cristianos, quienes, por la gracia, han recibido un "reino inconmovible" (12,28). De nuevo repite lo terrible que será el castigo para quienes se aparten de la fe.

Apéndice y conclusión (13,1-25)

Recomendaciones (13,1-19)

El autor da ahora una serie de recomendaciones para vivir de acuerdo con la caridad cristiana: la hospitalidad (13,2), la solidaridad con los prisioneros y los maltratados (13,3), el respeto al matrimonio (13,4), el rechazo de la avaricia (13,5-6), la obediencia a los dirigentes eclesiásticos (13,7-8) y el repudio de "doctrinas diversas y extrañas" (13,9). Retomando ideas anteriores, vuelve a ensalzar a la nueva alianza en comparación con la antigua: los sacrificios que ahora agradan a Dios son "la beneficencia y la comunión de bienes".

Conclusión del sermón (13,20-21)

La homilía propiamente dicha concluye con estos dos versículos (lo que sigue parece ser un añadido posterior). El autor expresa su deseo de que Dios ("el Dios de la paz que levantó de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas en virtud de la sangre de una alianza eterna, a Jesús señor nuestro"), les procure toda clase de bienes para que puedan cumplir su voluntad.

Palabras de despedida (13,22-25)

Estos últimos versículos se consideran un añadido posterior.[88] Son breves palabras en que se encomienda la obra a una comunidad, tal vez distinta de aquella para la que originalmente fue pensada.[88] En primera persona, el autor informa de que "nuestro hermano Timoteo se ha marchado", y de que, "si viene pronto, iré con él a veros". Envía saludos a la comunidad, no solo de él mismo, sino también de "los de Italia", y se despide con la frase "La gracia esté con vosotros". Este pasaje recuerda a las cartas de Pablo, tanto por su estilo como por su vocabulario.[88]

Estilo y vocabulario

La coincidencia de la casi totalidad de los biblistas en que la carta no es obra de Pablo de Tarso se basa, además de en su contenido teológico, en su estilo y vocabulario. El texto muestra en realidad más semejanzas con el estilo y el vocabulario de los escritos atribuidos a Lucas (el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles), que con las cartas protopaulinas; los parecidos no son, sin embargo, tan evidentes como para que pueda defenderse con ciertas garantías la atribución a Lucas.[48]

El estilo de la Epístola a los Hebreos es más cuidado y elegante que el de las cartas paulinas, como ya notó Orígenes: utiliza complicadas construcciones de participio y hace un uso muy diferente de las preposiciones y las conjunciones.[48] En cuanto al vocabulario, debe destacarse que en Hebreos se encuentran 154 hapax legomena, esto es, palabras que no figuran en ningún otro libro del Nuevo Testamento.[48] Este es un dato significativo, pero no concluyente, para refutar la autoría paulina (cartas consideradas paulinas como Romanos o 1 Corintios contienen, respectivamente, 113 y 99 hapax legomena). Por otro lado, también figuran en el texto numerosos términos habituales en los escritos de Pablo,[48] aunque faltan otros muy importantes, como la fórmula habitual en Pablo de referirse a Jesús de Nazaret, "Cristo Jesús", que en cambio es sustituida en Hebreos por la alusión "el Hijo", que no figura en ninguna de las cartas paulinas, o por la simple mención "Jesús", también extraña a Pablo. Además, en Hebreos Dios nunca es llamado simplemente "Padre", como en las cartas de Pablo (excepto en una cita de los Salmos y en la fórmula "padre de los espíritus", en Heb 12, 9). Otras muchas palabras y fórmulas habituales en los escritos paulinos no se encuentran en Hebreos.[48]

Enseñanza

La enseñanza central de la carta se basa en la figura de Cristo. Él es presentado como verdadero Dios y verdadero Hombre, además de Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. Esta perspectiva cristológica actúa como núcleo estructurante del texto, uniendo sus distintas partes y otorgándole una profunda coherencia interna.

Cristología

La carta presenta a Cristo como centro de la Redención universal. Él, único Mediador, realiza el sacrificio perfecto en la cruz, ofreciendo su sangre para expiar los pecados de toda la humanidad. Es, al mismo tiempo, la Víctima y el Sumo Sacerdote que ofrece a Dios un culto verdadero y eterno. Antes de abordar su sacerdocio, el texto proclama la preexistencia del Verbo, su acción creadora y su igualdad con el Padre, en línea con el prólogo del evangelio de Juan.[89]

El sacerdocio de Cristo se muestra superior a los ángeles, a la Antigua Ley y al sacerdocio levítico. Su sacrificio es único, irrepetible y de eficacia eterna, y su intercesión permanece siempre activa. La respuesta humana consiste en acoger con fe los frutos de esa redención y crecer en la caridad. Su misión sacerdotal se realiza en la humillación y en la exaltación: en la primera, se revela su obediencia y sufrimiento; en la segunda, su victoria y gloria. Todo culmina en la afirmación central: Tenemos un Sumo Sacerdote tan grande, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. La carta, además, aplica a Cristo títulos como Hijo, Mesías, Jesús y Señor, junto con otros como Santificador, Heredero, Mediador, Pastor y Apóstol, subrayando su sacerdocio eterno y su mediación universal: Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.[90]

Judaísmo y cristianismo

La carta expone que la superioridad del cristianismo frente al judaísmo constituye un hecho central en la historia de la salvación, sin intención polémica ni de descalificación religiosa. Sitúa al judaísmo en su función preparatoria dentro del plan divino. La idea clave es que la Ley mosaica, por sí sola, no puede salvar al ser humano marcado por el pecado original. Por eso se proclama su caducidad religiosa y su sustitución por la Ley Evangélica instaurada por Cristo, en línea con el pensamiento paulino. Aunque se destaca la superioridad del Nuevo Testamento, no se rompe la unidad entre ambos. La carta la expresa mediante el uso de figuras del Antiguo Testamento que apuntan a Cristo. Moisés y Melquisedec aparecen como “tipos” del Mesías y del Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. Así, el cristianismo se presenta como la plenitud del judaísmo, que solo alcanza su sentido completo a la luz del Evangelio.[91]

Fe y revelación

La Carta a los Hebreos es una exhortación a perseverar en la fe. En Hb 11,1 se ofrece una definición clave: la fe es la actitud que impulsa a confiar en las promesas de Dios, cuyo contenido es Jesucristo y la salvación obtenida por su sacrificio. Jesús es presentado como iniciador y consumador de la fe; en Él se funda y culmina la vida creyente, lo que une íntimamente la fe con la esperanza. Al abrir el cielo a la humanidad, Cristo da fuerza para soportar pruebas y sufrimientos. La fe en Cristo es también fe en la revelación, pues Él es la Palabra perfecta del Padre. Por eso, creer implica adherirse a su persona y aceptar sus enseñanzas. De esta fe brotan las exhortaciones morales y doctrinales que recorren toda la carta.[91]

Escatología

La escatología atraviesa toda la Carta a los Hebreos y sirve como clave para comprender la relación entre lo provisional (judaísmo) y lo definitivo (cristianismo). El judaísmo preparó el camino, mientras que el cristianismo representa su plenitud. El cristianismo posee una doble dimensión: ya ha comenzado en la tierra, pero alcanzará su cumplimiento total en el cielo. La tierra prometida a Abrahán prefiguraba la gracia de Cristo y, en última instancia, el cielo, destino final de los creyentes. Así como Moisés guio al pueblo hacia la tierra prometida, Cristo, nuevo Moisés, conduce a los suyos hacia la patria definitiva.

La exhortación Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones invita a creer como Abrahán y a perseverar hasta el fin para entrar en el descanso celestial. Esta tensión entre lo presente y lo futuro recorre toda la carta, presentando la vida cristiana como un camino desde la salvación ya inaugurada hacia la ciudad futura edificada por Dios, con Cristo como cabeza. Además, el escrito alude con frecuencia a la segunda venida de Cristo, al juicio final y a la renovación escatológica del mundo.[92]

La vida temporal del cristiano

La Carta a los Hebreos presenta la vida cristiana como una peregrinación hacia la patria celestial, el reposo de Dios. En este camino, marcado por dificultades, destacan la fe y la esperanza como virtudes fundamentales. Con Cristo como guía, los creyentes realizan un nuevo éxodo: salen del judaísmo y del pecado con la certeza de alcanzar la verdadera Tierra prometida.[93]

Referencias

Enlaces externos

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