Catalina de Jesús Herrera
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Guayaquil
Quito
| Sor Catalina de Jesús Herrera | |||
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| Información personal | |||
| Nombre completo | Catalina de Jesús María Herrera Campusano | ||
| Otros nombres | Catalina Luisa de Jesús María y José | ||
| Nacimiento |
22 de agosto de 1717 Guayaquil | ||
| Fallecimiento |
29 de septiembre de 1795 Quito | ||
| Nacionalidad | Ecuatoriana | ||
| Religión | Catolicismo | ||
| Lengua materna | Castellano | ||
| Familia | |||
| Padres |
Juan Delfín Herrera Campusano María Navarro Navarrete y Castro | ||
| Información profesional | |||
| Ocupación | Religiosa, escritora, Venerable siervo de Dios y monja | ||
| Información religiosa | |||
| Venerada en | Iglesia católica | ||
| Géneros | Autobiografía, literatura mística | ||
| Obras notables | Secretos entre el alma y Dios | ||
| Orden religiosa | Orden de Predicadores | ||
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reconocimientos
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Catalina de Jesús María Herrera Campusano (Guayaquil, 22 de agosto de 1717-Quito, 29 de septiembre de 1795), conocida como Sor Catalina de Jesús Herrera fue una religiosa dominica, mística y escritora ecuatoriana, reconocida por su labor de reforma monástica y su obra autobiográfica. Tras formar parte de la Tercera Orden Dominicana en su ciudad natal, donde realizó votos de castidad y desempeñó roles de vigilancia comunitaria, decidió trasladarse a Quito en busca de una vida contemplativa de clausura más estricta en el Monasterio de Santa Catalina de Siena en Quito en 1741. Destacó por su rigor espiritual y su capacidad administrativa, ocupando cargos de gran responsabilidad como maestra de novicias, depositaria y priora en múltiples periodos. [1]
Su legado más importante es su obra escrita, redactada por mandato de sus confesores para dejar constancia de sus experiencias místicas, visiones y éxtasis. Aunque destruyó un primer manuscrito, su segunda autobiografía, finalizada en 1758, fue preservada y publicada siglos después bajo el título Secretos entre el alma y Dios (1953). Este texto, junto con su correspondencia, es considerado por la historiografía moderna como una pieza clave para entender la mística femenina y la religiosidad en la Real Audiencia de Quito.[1]
Primeros años
Catalina de Jesús Herrera nació en Guayaquil el 22 de agosto de 1717, fue hija de Juan Delfín Herrera Campusano y de María Navarro Navarrete y Castro. Fue bautizada el 25 de agosto de 1717 en la Iglesia Matriz de Guayaquil. Su madre fue quien le enseñó a leer y escribir a los 7 años, así como una educación religiosa. Su hermano fue fray Jacinto de Herrera que al crecer se uniría a la orden de los dominicos. El Capitán Juan Delfín Herrera-Campusano era descrito como virtuoso y caritativo, pero de carácter fuerte y estricto. Moriría temprano dejando a su madre y a toda su familia en situación de pobreza.[2]

Cuenta la anécdota que después de presenciar el nacimiento de un niño en el vientre materno a los cuatro años, empezó a reflexionar sobre el origen de la vida, el origen del hombre y de la mujer. Cuando le preguntó a su madre recibió una respuesta que fue una catequesis completa, partiendo de Dios, Creador de todas las cosas. Su padrino fue el sargento mayor Francisco Gantriper. Por otro lado, la muerte de su padre en 1728, la llevó a un cambio espiritual y adquirió la costumbre de confesarse y comulgar cada quince días; era devota de la Virgen del Rosario e ingresó a la tercera Orden dominicana del convento de San Pablo Apóstol de Guayaquil con ayuda de Fray Carlos García de Bustamante.[3]
Se interesó mucho por la cultura, se caracterizó por ser curiosa e intelectual. Se dedicó a leer libros, y su género favorito eran las "comedias" (el teatro del Siglo de Oro español) según cuenta en sus escritos. También leyó a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y otros exponentes de la mística y la teología moral. Fue su hermano, un fraile dominico, quien le aconsejó que abandonara la lectura frívola y se dedicara a otras obras más profundas.[4]
Ordenamiento en Guayaquil
Desde muy joven, Catalina sintió una vocación religiosa, alimentada por la devoción que le inculcó su madre, ya que su padre había muerto temprano. Aunque inicialmente vistió el hábito franciscano por una promesa familiar, su verdadero deseo era pertenecer a la Orden de Santo Domingo. Tras superar las dudas de sus allegados, logró ingresar en la Tercera Orden Dominica en Guayaquil, donde incluso realizó un voto de castidad bajo la guía de su confesor, manteniéndose firme en su propósito de alcanzar la vida contemplativa a pesar de las primeras críticas y dificultades. Tras su profesión, sor Catalina recibió cargos de responsabilidad como celadora y escucha, funciones que le permitieron identificar la falta de rigor en su comunidad, donde eran comunes las visitas prolongadas y la presencia de seglares.
A pesar de que en Guayaquil, pertenecía a la Tercera Orden Dominica, la cual le permitía vivir su fe y sus votos (como el de castidad) pero no estaba sujeta a la clausura total ni a la vida comunitaria estricta de un monasterio. Su partida hacia Quito fue motivada por la necesidad de pasar de esa vida laica consagrada a la vida contemplativa de clausura. A pesar de la oposición de su madre, quien se resistía a separarse de su única hija, Catalina se mantuvo firme en su elección por la orden dominica. La falta de la dote obligatoria, que representaba un obstáculo debido a la modesta situación financiera de su familia, fue resuelta por la ayuda de un vecino guayaquileño que costeó su ingreso.[5]
Monasterio en Quito

El viaje de Catalina de Guayaquil a Quito estuvo cargada de dificultades geográficas y realizada a lomo de mula y caballo bajo la compañía de su hermano mayor. Durante el trayecto, las monjas conceptas en Riobamba y las carmelitas intentaron persuadirla de unirse a sus respectivas órdenes; sin embargo, ella se mantuvo fiel a su deseo de formar parte del Monasterio de Santa Catalina de Siena.[6] Tras un noviciado y un periodo de discernimiento autorizado por el obispo para visitar otros claustros, Catalina confirmó que su lugar donde finalmente profesó el 23 de abril de 1741.[7]
Su virtud la llevo a ser designada maestra de novicias y, finalmente, elegida priora del convento. Durante este tiempo, contó con el apoyo de directores espirituales, como el mercedario fray Francisco de Jesús Bolaños y el provincial dominico fray Tomás del Santísimo Rosario Corrales. Estos guías fueron esenciales para sostener su reforma interna y fortalecer su camino espiritual. Tras ser reconocida, sor Catalina asumió roles de mayor autoridad como maestra de novicias y secretaria. Pese a su clausura, se mantenía conectada con la realidad de Quito, recibiendo a personas que buscaban su consejo y ayuda.[8]
La estabilidad del monasterio se vio truncada por los terremotos de abril de 1755, que destruyeron el convento y obligaron a las religiosas a dispersarse. Durante este tiempo de incertidumbre, Catalina vivió refugiada en una choza cerca de Pomasqui junto a otra hermana. En este periodo de precariedad, tuvo que enfrentar a un hombre que estaba enfurecido porque Catalina había logrado la conversión y el retorno al convento de su pareja, por lo que quería asesinarla; sin embargo, ella lo enfrentó con tal entereza que el agresor terminó pidiendo perdón y convirtiéndose también.[9]
Después de seis meses de peregrinaje y tras superar una enfermedad de forma imprevista, Catalina regresó a su reconstruido convento en la cuaresma de 1756. Bajo la nueva dirección espiritual de fray Tomás del Santísimo Rosario, sus experiencias místicas, visiones y éxtasis se intensificaron. Finalmente, al iniciar la cuaresma de 1758, comenzó la redacción de la versión definitiva de su autobiografía, dejando constancia de los sucesos y favores divinos recibidos durante sus años de prueba. De esta manera y por mandato de sus confesores, Catalina plasmó su experiencia mística en papel, aunque ella misma quemó su primer manuscrito. Afortunadamente, una segunda autobiografía escrita en 1758 logró preservarse y fue publicada siglos después, en 1953, bajo el título Secretos entre el alma y Dios.[10] Dentro de su obra consta parcialmente su correspondencia publicada en 14 cartas y que después sería estudiada como una ventana importante a la religiosidad femenina en el nuevo mundo.[11] Esta obra, rescatada por historiadores y miembros de su orden, permanece como el testimonio más valioso de la vida espiritual de quien hoy es recordada como la Venerable Madre sor Catalina de Jesús María Herrera.[12]

En 1759, Quito fue azotada por una peste y nuevos temblores que afectaron tanto a los frailes dominicos como a las religiosas del monasterio, incluida la propia Catalina.[13] En este contexto de crisis, se acercaba la elección de la nueva priora y Catalina era una de las candidatas. Pese a sus reticencias, fue elegida priora por unanimidad para el periodo de 1760-1762. Durante su mandato, elevó los niveles de observancia religiosa y se ocupó de las necesidades materiales y espirituales de sus hermanas, especialmente de las enfermas. Además, supervisó personalmente las cuentas y pagos de los trabajadores agrícolas de las haciendas del convento, asegurando remuneraciones justas mientras continuaba redactando su autobiografía en medio de profundas experiencias místicas.[14]
Últimos años
En sus últimas décadas, sor Catalina continuó sirviendo a la comunidad en cargos de alta confianza, alternando entre las funciones de depositaria y priora en varios periodos hasta 1792. Fue depositaria, según los documentos del Archivo del monasterio recopilados en 1771. Esto también lo sería desde los años 1783 hasta 1785. Fungiría como priora desde 1786 hasta 1788. Por último sería depositaria de 1789 hasta 1792, pocos años antes de su muerte.[15]
Su vida fue un equilibrio constante entre la administración eficiente, el servicio a la orden y una unión mística con Dios que se mantuvo hasta sus últimos días. Falleció con fama de santidad el 29 de septiembre de 1795, dejando un legado de reforma, justicia y devoción que perdura en la historia del monasterio de Santa Catalina de Siena. Falleció el 29 de septiembre de 1795 a los 78 años de edad y fue enterrada en el mismo convento donde vivió[16]
Sucesos y Reliquias
- Se cuenta que en 1845, al intentar enterrar a otra persona a sus pies, su cadáver (aún fresco según el relato o por intervención divina) retrajo la pierna derecha para evitar ser tocada por el sepulturero.[17]
- Además, al exhumar sus restos, se halló una formación calcárea en forma de cáliz sobre su pecho, detalle que se suele incluir en su iconografía (retratos).
- Aunque murió en Quito, parte de sus restos se conservan hoy en el Convento de Santo Domingo en Guayaquil.
Visiones
Las visiones de Sor Catalina constituyen una parte importante en su narrativa mística. Estas experiencias se dividen principalmente en tres categorías: divinas, de muerte y demoníacas. A través de ellas, describe su vida espiritual utilizando un lenguaje visual influenciado por el arte barroco de la Escuela Quiteña de la época.[18]
En cuanto a las visiones divinas, Catalina describe encuentros con Cristo y la Santísima Trinidad que oscilan entre la benevolencia y el rigor. Sus relatos presentan a un Dios misericordioso que la invita al amor, pero también a un juez que advierte sobre las consecuencias del pecado mortal. Destaca su conexión con el Niño Jesús, con quien llega a establecer un vínculo maternal simbólico, y la frecuencia de visiones de un Cristo llagado, imagen que refleja la estética del dolor propia de la devoción colonial.[18]
Las visiones de muerte y de difuntos otorgan a Catalina un rol de mediadora entre el mundo terrenal y el más allá. En estas experiencias, la monja recibe mensajes premonitorios sobre el fallecimiento de personas cercanas, como su confesor o su criada, o interactúa con almas en el purgatorio que solicitan su intercesión. Estas visiones suelen interpretarse como herramientas de desapego afectivo y como una forma de validar la santidad dentro de su propio convento, como ocurrió con el hallazgo de los restos de Sor Juana de la Cruz.[18]
Respecto a las visiones demoníacas, estas funcionan como representaciones externas de sus conflictos internos, dudas y tentaciones. El demonio se le presenta bajo diversas formas, desde figuras grotescas y animales —como un perrillo negro o un monstruo que simboliza la fama— hasta entidades que intentan sabotear su labor de escritura o apartarla de la oración. Estas visiones subrayan la lucha espiritual constante de la monja y su necesidad de reafirmar su disciplina religiosa.[18]
El desenlace de estos encuentros con el mal siempre culmina en el triunfo de la fe. Catalina utiliza el rezo del Rosario, la mención de los nombres de Jesús y María, o el porte de la Custodia en su pecho, para hacer desaparecer las visiones aterradoras. Su obra es un testimonio del misticismo femenino barroco.[18]
Obra
En 1747 escribió su primera autobiografía titulada Secretos entre el alma y Dios pero al terminarlo lo quemó; años después su nuevo confesor, Fray Tomás Corrales, le ordenó que escribiera nuevamente y así lo hizo; Sor Catalina inició esta labor desde el 8 de febrero de 1758 y lo terminó el 29 de agostó de 1760.[19]
Su obra está escrita en estilo sencillo pero hermoso y muy ameno, propio del alma privilegiada de una mujer culta. Revela algunos pasajes de su vida monástica no exenta de problemas materiales y espirituales y narra hermosas anécdotas que hacen las delicias del lector. Su prosa está considerada una de las más sólidas y mejor construidas de la colonia por los recursos y riqueza idiomática que contiene.
El libro se distingue por su enfoque en la introspección psicológica y las luchas internas. Influenciada por su formación en teología moral, Catalina describe sus crisis de fe y periodos de "sequedad espiritual". Sus escritos fueron 30 cuadernillos realizados a mano y posteriormente publicados en 1895, en el centenario de su muerte, que se convirtieron en seis tomos.[20] Se publicaron como parte de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima donde se reproducen siete fragmentos, de la parte cuarta y el capítulo sexagésimo cuarto:[15]
1. Comencé en esta unión a entender cómo se derramaban de aquella Grandeza muchísimos bienes sin medida para todos los escogidos y para todos los hombres a manos llenas. Por donde ninguno se puede quejar, sino de su ingratitud.2. Y que todos estos bienes y grandezas que Dios da a todas sus criaturas conocí que era el Distribuidor de ellas Nuestro Señor Jesucristo, que con gran alegría las recibía de su Eterno Padre y de su misma Divinidad que es una con el Padre, y las regaba así al mundo, sin escasez, para que unos se aprovechen y otros no se quejen.
3. Y de todo esto conocí que se llenaban todas tres Divinas Personas con aquella única Divinidad que todas tres encierran, se alegraban y llenaban de inmensa Gloria, que nunca les faltó, ni falta, ni faltará.
4. Luego entendí una voz del Verbo que dijo: Estos bienes les vinieron a los hombres por mí, por hacerme Hombre por ellos, que es el mayor de los beneficios, con el de haberme quedado Sacramentado en el Mundo para estarme con ellos. Que todas tres Divinas Personas hicimos gratuita, liberal y misericordiosamente, por sólo el amor que les tuvimos.
5. Diome el Señor a conocer la grandeza de ese beneficio de que lo Divino se hubiese unido con lo Humano. Y no obstante éste, quedarse con nosotros en el Santísimo Sacramento. Que abisma este conocimiento que recibí, fuera de lo que siempre he creído por la Fe.
6. Dióseme a conocer cuán grande e inmensa es la Misericordia de nuestro buen Dios, y que es tan grande cuanto aquella justicia que se me dio antes a entender (que ya dejo referida) Y aquí, ya me parecía no tenía que temer dentro de esta Misericordia.
7. Sucedíame dentro de esta Inmensidad que a veces subía y bajaba: subía a mirar las obras de Dios, bajaba a mirar las miserias e ignorancias de los hombres. Que si supiesen y entendiesen estas maravillas no sé si podrían ser ingratos.”Catalina de Jesús Herrera