El Independiente (periódico colombiano)
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| El Independiente | ||
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| Tipo | Periódico diario | |
| Formato | periódico de gran formato | |
| País |
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| Sede | Bogotá | |
| Ámbito de distribución | Nacional | |
| Fundación | 20 de febrero de 1956 | |
| Fundador(a) | Gabriel Cano Villegas | |
| Fin de publicación | 31 de mayo de 1958 | |
| Género | Información general | |
| Ideología política | Liberalismo | |
| Idioma | Español | |
| Propietario(a) | El Espectador | |
| Director(a) |
Alberto Lleras Camargo (febrero-abril 1956) Guillermo Cano Isaza (feb. 1957-mayo 1958) | |
El Independiente fue un periódico colombiano que reemplazó a El Espectador, cuando dicho diario suspendió su publicación debido a una serie de atropellos cometidos contra éste por parte del régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla, en 1956.
El 9 de noviembre de 1949, el presidente Mariano Ospina Pérez decretó el estado de sitio, disolvió el Congreso e instauró la censura de prensa,[1] la cual se mantuvo en vigor durante los siguientes tres gobiernos. Este hecho motivó la renuncia del entonces director de El Espectador, Luis Cano Villegas, quien fue sustituido por su hermano Gabriel Cano.[2] Ya con Rojas Pinilla en el poder,[3] la situación de los medios de comunicación colombianos empeoró. En agosto de 1953 fueron clausurados El Siglo y El Colombiano,[4] y en agosto de 1955, el gobierno cerró El Tiempo.[5]
Cierre de El Espectador
A diferencia de los otros periódicos, El Espectador no fue clausurado por la dictadura, pero sí era constante objeto de una férrea persecución gubernamental. El 11 de mayo de 1954, se ordenó el arresto de Primo Guerrero, corresponsal del diario en Quibdó, por haber escrito una noticia en la que informaba que las precarias condiciones de la capital del Chocó contrastaban con el lujo de los automóviles que les habían asignado a los empleados oficiales en esa ciudad.[4] El 20 de diciembre de 1955, la Oficina de Información y Prensa, ODIPE, en cabeza de su director Jorge Luis Arango, multó a El Espectador y El Correo (de Medellín), con 10.000 pesos, bajo el argumento de que los dos rotativos habían informado sobre hechos de violencia, lo cual estaba estrictamente prohibido.[4] Gabriel Cano ordenó que se pagara la multa sin interponer ninguna apelación, pero al día siguiente publicó un editorial titulado "El Tesoro del Pirata", sin presentarlo previamente a los censores estatales para que lo aprobaran, y en él se criticaba directamente al régimen, comparándolo con un grupo de asaltantes de embarcaciones, y señalando de manera velada a Rojas como el cabecilla de los ladrones:[6]
"El submarino insignia del señor Arango ha cobrado ya una pequeña victoria sobre nosotros, y mañana vendrán seguramente las de los guardacostas del señor Villaveces, que desde agosto pasado, en repugnante coincidencia con la clausura de El Tiempo, atracaron en las oficinas de ese ilustre diario y en las de El Espectador, a caza de no sabemos qué monstruosos fraudes al fisco nacional [...] han buceado hasta el fondo en nuestros libros y en nuestros archivos, y ahí están todavía con las fauces abiertas como tiburones al acecho. Lo que no conocemos aún es el monto exacto del botín que le van a llevar a Míster Morgan. A Míster Morgan, el banquero".
El 6 de enero de 1956, el gobierno, mediante la Resolución 7130 de la Dirección Nacional de Impuestos, estableció una multa de 600.000 pesos a El Espectador, por una presunta inexactitud en la declaración de renta hecha por la empresa en 1953.[4] Gabriel Cano quiso presentar su posición frente al tema en una nueva columna editorial titulada "La Isla del Tesoro", pero esta vez fue obligado a mostrarla primero a los censores oficiales y éstos la rechazaron. Entre otras cosas, en dicho texto se hacía un recuento pormenorizado de las persecuciones sufridas por el diario en los gobiernos anteriores y la difícil situación económica en la que se encontraba tras haber sufrido los incendios del 6 de septiembre de 1952 en Bogotá. El último párrafo señalaba que:[6]
"No deja, con todo, de resultar un poco sarcástico que ahora aparezcamos las víctimas no indemnizadas y no indemnizables del 6 de septiembre, como los defraudadores castigados del Erario, mientras otros, gobierno o personas -dos entes que en los largos y oscuros días de este sexenio del estado de sitio se confunden en punible y dañado ayuntamiento- han podido disminuir impunemente el patrimonio histórico de la República, mucho más valioso y más sagrado que su simple patrimonio fiscal".
Al no permitirse que fuera publicado el escrito con el que intentaba defender a su periódico frente a la opinión nacional, Gabriel Cano prefirió cerrar El Espectador por término indefinido.[4][6]