Erupción volcánica de La Palma de 1677
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| Erupción volcánica de La Palma de 1677 | ||
|---|---|---|
| Volcán | Cumbre Vieja | |
| Ubicación | Fuencaliente de La Palma, La Palma (Islas Canarias, España) | |
| Fecha | 17 de noviembre de 1677 – 21 de enero de 1678 | |
| Duración | 66 días | |
| Tipo de erupción | Erupción fisural; hawaiana-estromboliana | |
| Daños | Destrucción de casas y tierras de cultivo; sepultamiento de la Fuente Santa | |
| Víctimas | 4 fallecidos (estimados) | |
La erupción volcánica de La Palma de 1677 fue una erupción fisural situada en el sector meridional de la dorsal de Cumbre Vieja, en las proximidades de la actual localidad de Fuencaliente de La Palma, al sur de la isla de La Palma (Islas Canarias).[1][2] Tradicionalmente se vinculó al volcán de San Antonio, pero los estudios geológicos recientes han demostrado que el gran cono negro es anterior a 1677 y que los centros emisores históricos corresponden a bocas fisurales adosadas en su flanco y a otros pequeños conos próximos, identificados como volcán de Fuencaliente.[3]
La erupción se inició el 17 de noviembre de 1677 tras varios días de sismicidad perceptible en el sur de la isla y se prolongó hasta el 21 de enero de 1678, con una duración de unos 66 días.[4] Fue una erupción de baja magnitud (VEI 2), predominantemente efusiva, que generó coladas basaníticas y tefríticas muy fluidas, responsables de una amplia plataforma costera o isla baja en el extremo meridional de La Palma.[5]
La erupción causó daños locales en viviendas, tierras de cultivo y construcciones religiosas en Fuencaliente, y se relaciona con la desaparición bajo coladas de lava de la célebre Fuente Santa, un manantial termal costero de gran renombre curativo en la Europa moderna.[6][7][8]
La erupción de 1677 se enmarca en la actividad histórica del edificio volcánico de Cumbre Vieja, un rift basáltico activo que ocupa el sur de La Palma y que ha producido varias erupciones desde el siglo XVI (1585, 1646, 1677-78, 1712, 1949, 1971 y 2021).[9][10] Los magmas emitidos en estas erupciones son, en su mayoría, basanitas y tefritas alcalinas con abundantes xenolitos del manto.[4][11]
Hernández-Pacheco y Valls realizaron en 1982 una síntesis de las erupciones históricas de La Palma, integrando documentación archivística y trabajo de campo, en la que ya distinguieron la erupción de 1677 como un episodio independiente situado en el entorno de Fuencaliente.[12] Estudios posteriores de Carracedo y colaboradores revisaron la interpretación tradicional que asociaba la erupción al gran cono de San Antonio y propusieron que dicho edificio es anterior (edad superior a 3000 años), mientras que las coladas y centros eruptivos de 1677 se disponen en su flanco y en lomas próximas, formando un sistema monogenético complejo que ha sido designado «volcán de Fuencaliente».[4]
Fuentes históricas
La erupción de 1677 es una de las mejor documentadas de la historia volcánica canaria gracias a varias relaciones escritas y a un dibujo coetáneo conservado en el Archivo Histórico Nacional.[8] Entre las fuentes primarias destacan:
- Una relación oficial enviada por los inquisidores del tribunal de Canarias al Consejo de la Suprema Inquisición, acompañada de una vista coloreada del volcán en erupción, fechada en 1678 (Inquisición, MPD 429). En ella se describe la sismicidad previa, la apertura de múltiples bocas, el avance de las coladas y los daños materiales y humanos, así como el temor a la destrucción de la Fuente Santa y del pueblo de Fuencaliente.[8]
- Un relato atribuido a Nicolás de Sotomayor, encargado por el Cabildo de Santa Cruz de La Palma para informar de los hechos, que detalla día a día la evolución de la erupción y la pérdida de la Fuente Santa.[13]
- Crónicas posteriores, como las recogidas por José de Viera y Clavijo y por historiadores locales, entre ellos Juan Pinto de Guisla, que integran testimonios orales y documentación hoy perdida.[14][15]
Tous Meliá ha analizado en detalle el dibujo inquisitorial, considerándolo la imagen más antigua conocida de un volcán en erupción en las Islas Canarias, y ha propuesto una correlación precisa entre los elementos representados (bocas, coladas, acantilado, edificaciones) y la topografía actual de Fuencaliente.
Localización y centros eruptivos
Los centros eruptivos de 1677-78 se sitúan en el extremo sur de Cumbre Vieja, a altitudes comprendidas entre unos 450 y 630 m s. n. m., en el término municipal de Fuencaliente de La Palma.[4] La fisura eruptiva principal se abrió en el entorno del actual caserío de Los Canarios, afectando lomas conocidas como Montaña de Las Cabras, Montaña de Los Corrales y los flancos del cono de San Antonio.
El Inventario Español de Lugares de Interés Geológico describe el LIG IC6009 «Depósitos de la erupción de 1677-78 del San Antonio» como un conjunto donde se localizan tanto los centros de emisión, a menos de 1,5 km de la antigua línea de costa, como los flujos lávicos que se derraman en abanico hacia el mar desde la base del cono principal, dando lugar a una plataforma costera coalescente en el sector de Echentive y Malpique.[4]
Los estudios geológicos indican que el gran cono anular de San Antonio, con un cráter de unos 400 m de diámetro y 125 m de profundidad, se formó en una erupción anterior, de carácter freatomagmático y edad superior a 3000 años, y que solo una pequeña depresión en su borde meridional y algunos mantos piroclásticos corresponden a la erupción de 1677.[4]
Desarrollo de la erupción
Crisis sísmica previa
Según las relaciones históricas y su reinterpretación moderna, la erupción fue precedida por una breve crisis sísmica de unos cinco días, durante la cual se registraron numerosos temblores sentidos en el sector meridional de La Palma, especialmente en Fuencaliente y en las bandas de Mazo y Breña Baja.[4] La sismicidad generó alarma entre la población y daños menores en construcciones, incluida la iglesia de San Antonio Abad.[8]
Apertura de la fisura (17 de noviembre de 1677)
El 17 de noviembre de 1677 se abrió una fisura eruptiva en la zona de Los Canarios y Montaña de Los Corrales. Las fuentes describen la aparición casi simultánea de numerosas bocas alineadas en pendiente, de las que empezaron a salir gases sulfurosos, cenizas y chorros de lava incandescente, formando lo que los cronistas llaman un «río de fuego» que descendía hacia el mar.[8]
La relación inquisitorial menciona la existencia de «más de dieciocho bocas» activas en los primeros momentos, con fuentes de fuego que se elevaban a gran altura y caída de bombas y lapilli sobre los alrededores. Las evidencias de campo corroboran la existencia de varios pequeños conos de escorias soldados entre sí y de delgados mantos piroclásticos en la ladera meridional de la montaña.[4]
Coladas lávicas y formación de la isla baja
Durante la fase efusiva principal, las bocas situadas a menor altitud emitieron coladas muy fluidas que avanzaron en varios brazos hacia el sureste y el suroeste, condicionadas por la topografía local.[4] Algunas de estas coladas se aproximaron al borde del acantilado donde se encontraba la Fuente Santa, deteniéndose a escasa distancia del mismo, mientras otras superaron el cantil en diferentes puntos y se precipitaron al océano, generando una fajana que amplió sensiblemente la línea de costa (actual zona de Echentive y Malpique).
Carracedo y colaboradores estiman que la erupción cubrió con lavas y piroclastos una superficie de unas 6,5 km² y originó una isla baja coalescente, posteriormente modificada por la erupción del Teneguía en 1971.[16]
Fase explosiva y declive
Los centros situados a mayor cota mostraron un comportamiento más explosivo, con fuentes estrombolianas violentas que arrojaban bombas de gran tamaño y nubes de ceniza visibles desde buena parte de la isla.[4] Las crónicas relatan fuertes bramidos internos y la caída de fragmentos «como toneles» que, al estallar en el aire, se fragmentaban en múltiples pedazos incandescentes.
Tras las primeras semanas de actividad intensa, la erupción entró en una fase de menor vigor, con emisión intermitente de lavas por las bocas inferiores y progresivo enfriamiento de las coladas. La actividad habría cesado hacia el 21 de enero de 1678, fecha aceptada por la mayoría de los estudios modernos a partir de la concordancia entre las relaciones históricas y los depósitos observados.[4][10]
Características petrológicas y geoquímicas
Las lavas de 1677 corresponden a basanitas y tefritas alcalinas típicas de Cumbre Vieja, en forma de coladas ʻā‘ā y pāhoehoe de escasa potencia, intercaladas con depósitos de escorias soldadas y spatter.[4][17] Presentan abundantes xenolitos del manto y de reservorios magmáticos, lo que las convierte en un material de interés para el estudio de los sistemas de alimentación de Cumbre Vieja.[4][18]
Los análisis petrográficos y geoquímicos realizados en el marco del Plan GEODE y de trabajos específicos sobre las erupciones históricas de La Palma confirman la afinidad composicional de 1677 con el resto de erupciones históricas de la isla, si bien existen variaciones locales atribuibles a la interacción con diferentes niveles de reservorios magmáticos.[17][10]
Impacto y daños
Daños locales
Las relaciones históricas describen la destrucción de varias casas y chozas, la pérdida de fanegas de viñedo, higuerales y otros cultivos, así como el derrumbe de la espadaña de la iglesia de San Antonio Abad debido a los temblores.[8] Hernández-Pacheco y Valls recogen la cifra de cuatro fallecidos asociados a la erupción, aunque sin detallar las circunstancias, y señalan que los daños materiales, siendo significativos a escala local, fueron menores que los de otras erupciones históricas de la isla.[19]
La población de Fuencaliente y de núcleos próximos organizó procesiones y rogativas para pedir el cese de la erupción, prácticas habituales en el contexto religioso de la época, documentadas también para otras erupciones canarias.[15][8]
Sepultamiento de la Fuente Santa
El efecto más trascendental a largo plazo de la erupción de 1677 fue el sepultamiento de la Fuente Santa, un manantial termal de aguas sulfurosas que brotaba a nivel del mar al pie de un acantilado próximo a Fuencaliente.[8] Desde finales del siglo XV, la fuente había adquirido gran fama por sus supuestas propiedades curativas, atrayendo enfermos de diversas partes de Europa y generando una notable actividad económica en la isla.
Las crónicas de la erupción describen cómo una de las coladas principales avanzó hasta las «escotaduras del acantilado» donde se situaba la Fuente Santa y la sepultó bajo gruesos paquetes de lava, escorias y bloques.[8] A partir de entonces, la fuente desapareció de la superficie y se convirtió en objeto de una prolongada búsqueda, alimentando relatos legendarios y proyectos de explotación frustrados durante más de tres siglos.[8]
Búsqueda y redescubrimiento de la Fuente Santa
Tras la erupción, el Cabildo de La Palma, particulares y la Corona promovieron diversas iniciativas para localizar de nuevo la Fuente Santa, basadas en la lectura de las relaciones de 1677, en la toponimia y en indicios geotérmicos.[8] Durante los siglos XVIII y XIX se practicaron catas y galerías en distintos puntos del acantilado, sin éxito duradero.[8]
A finales del siglo XX, los trabajos del ingeniero de Caminos Carlos Soler Liceras, combinando análisis geológico, hidrogeológico e histórico, condujeron a la perforación de una galería desde la parte alta del acantilado, que permitió interceptar aguas termales de características similares a las descritas para la Fuente Santa.[8] En 2005 se dio por redescubierta la fuente, lo que ha permitido su aprovechamiento con fines balnearios y ha reactivado el interés científico e histórico por la erupción de 1677.
Interpretación y debates científicos
La erupción de 1677 ha sido considerada una de las más problemáticas de reconstruir entre las históricas de La Palma, debido a las discrepancias iniciales entre los relatos escritos, la toponimia y las evidencias geológicas de campo.[4] Carracedo et al. subrayan que la combinación de cartografía detallada, dataciones radiométricas y relectura crítica de las fuentes históricas permite resolver buena parte de esas contradicciones, en particular la identificación del papel del cono de San Antonio y la ubicación precisa de los centros eruptivos.
El trabajo de Tous Meliá ha puesto de relieve el valor del dibujo inquisitorial como documento cartográfico mediado por la cultura visual de la época, pero suficientemente fiel como para georreferenciar el trazado principal de coladas y elementos del paisaje. El Inventario Español de Lugares de Interés Geológico destaca la erupción como «una de las erupciones históricas de La Palma que más debate científico ha planteado», precisamente por la necesidad de integrar múltiples líneas de evidencia (geológica, documental y arqueológica).[4]
Valor patrimonial y protección
Los depósitos de la erupción de 1677-78 en el entorno del volcán de San Antonio están incluidos en el Inventario Español de Lugares de Interés Geológico como LIG IC6009, con un elevado valor científico y didáctico en relación con el volcanismo histórico de La Palma.[4] El lugar forma parte del Parque natural de Cumbre Vieja y de la Reserva Mundial de la Biosfera, y cuenta con infraestructuras de visita y paneles interpretativos gestionados por el Cabildo Insular.[20][21]
En el siglo XXI se han planteado debates sobre la compatibilidad entre nuevas infraestructuras (como el asfaltado de pistas en el entorno del Teneguía y San Antonio) y la conservación de los depósitos de 1677, frente a los que el Instituto Geológico y Minero de España ha advertido del riesgo de afección al LIG IC6009.[22][23]