Estigma (milagro)

marcas corporales o dolores que se asemejan a las heridas de Jesús crucificado y que a veces acompañan al éxtasis religioso From Wikipedia, the free encyclopedia

Según la teología mística cristiana, Estigmas (milagro) (del latín stigma, y este a su vez del griego στίγμα) son heridas, cicatrices y dolores, que aparecen de forma supuestamente espontánea en el cuerpo de algunas personas, similares a las de Cristo en el Calvario.

Estigmatización de san Francisco, por Giotto

Estas heridas son similares a las infligidas sobre Jesús de Nazaret durante su crucifixión según la iconografía cristiana tradicional.[1] Suelen aparecer en las manos, pies y costado derecho, y a veces también en la cabeza y en la espalda, lo que recuerda la coronación de espinas y la flagelación de Jesús de Nazaret.[2]

Las diversas confesiones cristianas diferencian la estigmatización de origen sobrenatural, bien por un don divino o por una intervención diabólica, de las de orden natural, causadas por el mismo sujeto que las porta, ya sea intencionalmente o por razones de origen psicosomático (por sugestión, hipnosis, etc. se ha conseguido producir fenómenos similares a la estigmatización, aunque difieren en la instantaneidad del fenómeno y en el deseo de su constatación a la vista de los demás).[3][4]

Tipos

La Iglesia católica, cuando los considera auténticos y don divino, afirma que son participación de los sufrimientos de Jesús.[1] Reconoce algo más de trescientos casos de estigmatizados;[5] estos pueden ser visibles o no, sangrientos o no, permanentes o no. Los estigmas invisibles, según la Iglesia católica, pueden producir tanto dolor como los visibles.

El Padre Pío de Pietrelcina con los estigmas de sus manos expuestos. Se trata de una de las primeras fotos de las heridas, hecha en un estudio fotográfico de la zona en el verano de 1919.

El tipo de heridas refleja su correspondencia con la Pasión de Jesús a través de las siguientes señales:[2]

  • Heridas en manos o muñecas, semejantes a las causadas por clavos.
  • Heridas en los pies, semejantes a las causadas por clavos.
  • Heridas en la cabeza, semejantes a las provocadas por la corona de espinas.
  • Heridas en la espalda, semejantes a las de látigo en la flagelación.
  • Herida en un costado —semejante a la causada por una lanza—, por lo general en el lateral izquierdo.

Casos de estigmatización

A lo largo de la historia se han documentado muchos casos de personas que afirmaron padecer estigmas. La lista de las personas católicas que han recibido estigmas y han sido reconocidas como santas o empezado su proceso de canonización, son las siguientes:[cita requerida]

Según el religioso y teólogo Antonio Royo Marín, la teoría racionalista de que los estigmatizados desearon recibir las llagas para parecerse a Jesucristo crucificado no resiste el análisis de la crítica histórica, por la sorpresa que todos experimentaron, y por las constancias históricas de que todos los estigmatizados reconocidos por la Iglesia católica suplicaron, no que se les retirase el dolor, sino las señales visibles de los estigmas.[4]

La estigmatización de san Francisco de Asís

El caso de la estigmatización de san Francisco de Asís destaca por la cantidad de testigos, unos pocos en vida pero en mayor número luego de su muerte, que corroboraron la veracidad del hecho.[6] En vida, el hermano León (aquel a quien Francisco dedicara su texto autógrafo conocido como Bendición a fray León), fue uno de los que acompañaron a Francisco al Santuario de La Verna en agosto de 1224 donde, según los escritos de Buenaventura de Fidanza y otros documentos de la época, el «pobre de Asís» recibió los llamados «estigmas de Cristo»[7] para luego escribir en un trozo de pergamino las llamadas Laudes Dei altissimi ("Alabanzas al Dios Altísimo").[8] Fray León fue el único testigo de los momentos previos a la estigmatización de san Francisco.[9] Al final de la vida de Francisco, cuando su cuerpecillo era ya un desecho humano, el santo confió el cuidado de su persona a cuatro de los más suyos, que le merecían un amor singular. Uno de ellos fue el hermano León, permitiéndole que le tocara sus llagas cuando le cambiaba las vendas manchadas con su sangre, lo cual era para Fray León un gozoso y a la vez doloroso rito. Francisco, celoso de que nadie se percatara de sus estigmas -un privilegio del que se consideraba a sí mismo indigno-, llegó a tener con el hermano León esta delicadeza excepcional: una vez, colocó con amor su mano llagada sobre el corazón del hermano León.[9]

Luego de la muerte de Francisco, fueron numerosos los testigos que vieron sus llagas. Así relató san Buenaventura la verificación de las llagas de Francisco después de su muerte:

Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; mas la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blandos y flexibles, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia.

Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas.

Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados.[10]
San Buenaventura, Leyenda Mayor de San Francisco 15,4

San Ansberto de Ruan

Existen relatos anteriores sobre estigmáticos; sin embargo, no hay consenso sobre cómo se entendía el concepto de estigmas antes de San Francisco.[11] San Ansberto de Ruan (m. 695 d. C.) podría considerarse el primer estigmático debido a las afirmaciones de los testigos tras su muerte:

Cuando abrieron su tumba y pensaron que su cuerpo apestaría debido al tiempo transcurrido desde su entierro, emanó un aroma tan dulce y fragante como el de una variedad de flores, y toda la iglesia se llenó de pequeñas gotas de bálsamo. Y cuando los hermanos que habían venido a verlo desde la provincia vecina... le quitaron las ropas con las que había sido enterrado porque querían cambiárselas para vestirlo con ropa nueva, encontraron en sus antebrazos la señal de la cruz dominical, de color rojo. Era evidente para todos los fieles que esto se daba a entender para que, mientras vivió, llevara las armas de Cristo en su corazón; por lo tanto, los estigmas de Cristo se revelaron en el cuerpo del difunto.[12]

Santo Padre Pío de Pietrelcina

Un joven Padre Pío mostrando los estigmas

Durante más de cincuenta años, el Padre Pío de Pietrelcina afirmó tener estigmas, que fueron estudiados por varios médicos del siglo XX, cuya independencia respecto a la Iglesia se desconoce.[13][14][15] Según se informa, los fenómenos resultaban inexplicables y las heridas nunca se infectaron.[13][14][16] Sus heridas se curaron una vez, pero reaparecieron.[17] Las heridas fueron examinadas por Luigi Romanelli, médico jefe del Hospital Municipal de Barletta, durante aproximadamente un año. El médico Angelo Maria Merla señaló que las heridas no eran de origen tuberculoso, pero no pudo establecer un diagnóstico oficial sin más pruebas.[18] El cirujano Giorgio Festa, médico privado, también las examinó en 1920 y 1925.[18] El profesor Giuseppe Bastianelli, médico del Papa Benedicto XV, examinó las heridas, pero no se elaboró ningún informe de sus exámenes. El patólogo Amico Bignami de la Universidad de Roma también observó las heridas, describiéndolas como superficiales. Festa, que en un principio había coincidido con Bignami, describió posteriormente las heridas como superficiales cuando estaban cubiertas de costra.[18] Giorgio Festa señaló que «en los bordes de las lesiones, la piel es perfectamente normal y no muestra ningún signo de edema, de penetración ni de enrojecimiento, incluso cuando se examina con una buena lupa».[18] Alberto Caserta realizó radiografías de las manos en 1954 y no encontró ninguna anomalía en la estructura ósea.[18] Giuseppe Sala, que trabajó como médico de Pio entre 1956 y 1968, comentó que los análisis revelaron que su sangre no presentaba signos de anomalías.[18]

Hubo críticos tanto religiosos como laicos que acusaron a Padre Pío de fingir sus estigmas, alegando que utilizaba ácido carbólico para provocarse las heridas. El historiador Sergio Luzzatto relató que, en 1919, Maria De Vito (prima del farmacéutico local Valentini Vista en Foggia) testificó que el joven Pío compró ácido carbólico y la considerable cantidad de cuatro gramos de veratrina «sin presentar ninguna receta médica».[19][20] Pío sostenía que el ácido carbólico se utilizaba para esterilizar las jeringuillas empleadas en tratamientos médicos y que, tras ser víctima de una broma en la que se mezcló veratrina con tabaco de mascar, lo que le provocó estornudos incontrolables tras su ingestión, decidió adquirir su propia cantidad de la sustancia para gastar la misma broma a sus hermanos.[21][22]

Amico Bignami escribió en un informe que las heridas habían sido causadas por una «necrosis neurótica». Sugirió que habían sido infligidas inconscientemente por sugestión y mantenidas artificialmente mediante el yodo que Pío había utilizado como desinfectante.[18] En 1922, el médico Agostino Gemelli fue a visitar al Padre Pío, pero a Gemelli se le negó el derecho a examinar los estigmas sin una autorización del Santo Oficio. Gemelli, irritado y ofendido por no haberle permitido examinar los estigmas, escribió que Pío era un histérico y que sus estigmas eran autoinducidos, no de origen sobrenatural.[23][24] Gemelli también especuló que sus heridas se mantenían abiertas con ácido carbólico.[24] Giorgio Festa, quien examinó los estigmas del fraile el 28 de octubre de 1919, escribió en su informe que «no son producto de un traumatismo de origen externo, ni se deben a la aplicación de sustancias químicas potentemente irritantes».[25]

A lo largo de su vida, Pío había ocultado sus heridas llevando guantes sin dedos. A su muerte no había heridas, solo «piel impecable».[26]

Falsa estigmatización

También ha habido casos de estigmatizaciones falsas, como la de Magdalena de la Cruz (1487 - 1560), abadesa del convento de santa Isabel de Córdoba, quien admitió su propio fraude. Magdalena, natural de Aguilar y mujer de religión con renombre de santidad, se hizo célebre en toda España después de haber, por lo visto, pronosticado la victoria de la Batalla de Pavía (1525) y la prisión de Francisco I de Francia. Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España, vistió, según parece, a su primogénito, un recién nacido Felipe II de España, con el hábito de la abadesa.

Magdalena de la Cruz, en cualquier caso, compareció, a solas, en solemne auto de fe celebrado el 3 de mayo de 1546 y confesó haber simulado un sinnúmero de arrobamientos y milagros. Los inquisidores de Córdoba, con todo, le conmutaron la pena de muerte en la hoguera y optaron por recluir a Magdalena de por vida en un convento de Andújar.

Los estigmas y el género

A finales del siglo XIX, un médico francés llamado Dr. An Imbert-Goubeyre comenzó a recopilar un censo de los estigmatizados conocidos desde el siglo XIII hasta su propia época. Este censo incluye a 280 mujeres y 41 hombres estigmatizados, lo que significa que las mujeres representan algo más del 87 % de la lista.[27] Además, la Universidad de Amberes publicó en abril de 2019 una base de datos con información sobre 244 estigmatizados. El 92 % de los estigmatizados de la base de datos son mujeres.[28] En algunos casos, las hermanas de los conventos han intentado proteger a las mujeres estigmáticas del escrutinio público, a menudo por temor a que su condición afectara a la reputación del convento.[28] Por lo tanto, el número de mujeres estigmáticas podría ser incluso mayor de lo que muestran los registros históricos.

A pesar del elevado número de mujeres estigmáticas a lo largo de la historia, los estigmáticos más conocidos y menos controvertidos, como Francisco de Asís y el Padre Pío, han sido hombres.[27]

Investigación científica

La estigmatización de Santa Catalina de Siena

Se ha demostrado que muchos estigmatizados recurrían a engaños.[29][30] Magdalena de la Cruz, por ejemplo, confesó antes de morir que sus estigmas eran un engaño deliberado.[31]

El neurólogo pionero Désiré-Magloire Bourneville publicó trabajos en los que afirmaba que los santos que afirmaban realizar milagros o presentar estigmas, así como aquellos que afirmaban estar poseídos, padecían en realidad epilepsia o histeria.[32][33] Algunas investigaciones modernas han indicado que los estigmas tienen un origen histérico o están relacionados con el trastorno de identidad disociativo.[34][35][36][37]

Existe una relación entre la restricción alimentaria por autoinanición, los estados mentales disociativos y la autolesión, en el contexto de una creencia religiosa.[38] Los casos de anorexia nerviosa suelen presentar automutilaciones similares a los estigmas como parte de un trastorno obsesivo-compulsivo ritualista. Se ha descrito una relación entre la inanición y la automutilación entre los prisioneros de guerra y durante las hambrunas.[39][40][41]

El psicólogo Leonard Zusne, en su libro Anomalistic Psychology: A Study of Magical Thinking (1989), ha escrito:

Los casos de estigmatismo se dividen en dos categorías: las heridas autoinfligidas, que pueden ser casos de fraude o de autoinfligido inconsciente, y aquellas causadas por estados emocionales ... Es probable que en personas sugestionables se produzca un picor autoinducido (mediante autosugestión) y el consiguiente rascado, del que el individuo no es consciente, si el estímulo es una imagen mental o real de la Crucifixión utilizada durante la meditación y si el motivo principal es recibir los estigmas. El motivo detrás de ello puede ser un conflicto inconsciente y un deseo de escapar de una situación intolerable hacia una invalidez en la que se atienden las propias necesidades. Se convierte entonces en un caso de reacción de conversión histérica. Muchos casos de estigmatismo pueden explicarse como fraude o heridas autoinfligidas inconscientemente.[42]

En su obra Stigmata: A Medieval Phenomenon in a Modern Age, Ted Harrison sugiere que no existe un único mecanismo por el que se produjeran las marcas de los estigmas. Harrison no encontró pruebas, a partir de un estudio de casos contemporáneos, de que las marcas tuvieran un origen sobrenatural. Sin embargo, concluyó que las marcas de origen natural no tienen por qué ser engaños. Algunos estigmatizados se marcaban a sí mismos en un intento de sufrir con Cristo como forma de piedad. Otros se marcaban accidentalmente y sus marcas eran interpretadas como estigmas por los testigos. A menudo, las marcas de origen humano producían respuestas religiosas profundas y genuinas.[43]

Harrison también señaló que, tras San Francisco de Asís, los estigmas se «consideraban una experiencia predominantemente femenina», ya que la proporción entre mujeres y hombres estigmatizados era de 7 a 1. Los hombres que presentaban estigmas no habían recibido la ordenación sacerdotal, incluido San Francisco. Harrison sostiene que, en muchos casos, los estigmas eran consecuencia de la intensa vida mística personal que llevaban quienes estaban excluidos del sacerdocio. Solo en el siglo XX han aparecido casos de sacerdotes estigmatizados.[43]

Una hipótesis es que el síndrome de hematomas dolorosos podría explicar los raros casos de estigmas no autoinducidos.[37][44][45][46][47]

El investigador escéptico Joe Nickell, que ha estudiado casos recientes de estigmas como el de Katya Rivas,[48] comentó que son indistinguibles de un engaño.[26]

En 2002, un estudio psicoanalítico sobre la estigmatizada Therese Neumann sugirió que sus estigmas eran el resultado de síntomas de estrés postraumático que se manifestaban en una automutilación inconsciente a través de una autosugestibilidad anómala. [49]

Según un estudio del teólogo francés Joachim Bouflet, en el siglo XXI había 200 estigmáticos en todo el mundo. La mayoría de ellos llegaron a la tercera edad sin presentar problemas de salud particulares. La estigmática de mayor edad fue Marie-Julie Jahenny, que falleció en 1941 a la edad de 91 años. En 1997, los estigmáticos que habían sido declarados santos por la Iglesia católica romana eran solo 7.[50]

Estigmas no cristianos

Entre los Waraos del delta del Orinoco, un contemplador de los espíritus tutelares puede inducir místicamente la aparición de «aberturas (imaginarias) en las palmas de sus manos».[51]

Las heridas sangrantes, descritas en fuentes occidentales como «estigmas», se representan habitualmente en el arte budista.[52][53]

Algunos médiums espiritistas también han presentado estigmas. Durante las sesiones de espiritismo de la médium alemana Maria Vollhardt, se alegó que aparecieron heridas sangrantes.[54] Sin embargo, Albert Moll, un psiquiatra, consideró que sus fenómenos eran fraudulentos.[55]

Referencias

Bibliografía

Véase también

Enlaces externos

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