Firenze Capitale
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Firenze Capitale (en español: Florencia Capital) designa el periodo, de 1865 a 1871, en el que la ciudad toscana fue capital de la Italia unificada, sucediendo a la primera capital, Turín, y antecediendo a la definitiva y actual, Roma.
El traslado de la capital, tiene su origen en la llamada Convención de septiembre.[1] Dicho acuerdo, en principio secreto, fue firmado el 15 de septiembre de 1864 entre el Reino de Italia y el Segundo Imperio Francés en Fontainebleau. Sus firmantes fueron, Constantino Nigra, embajador italiano en París, el marqués de Pepoli, embajador italiano en San Petersburgo y Édouard Drouyn de Lhuys, ministro de exteriores francés.
El acuerdo buscaba solucionar la problemática de la capital italiana o la llamada “cuestión romana”. Cuando el reino unificado de Italia se había proclamado en 1861, la capital proclamada había sido Roma. Sin embargo, al ya ser ésta, capital de los Estados Pontificios (el actual Lazio), la capital “provisional” se estableció en Turín, ciudad que ya era la sede de la Casa de Saboya y de las instituciones del Reino de Cerdeña, estado que había liderado la unificación.

La convención estipulaba:
- que Francia retiraría, en dos años, sus tropas de Roma, que protegían el poder del Papa.
- que Italia no atacaría ni Roma ni los Estados Pontificios, garantizando su integridad si fuera necesario hasta con la fuerza.
- Italia no renunciaba formalmente a Roma pero, a partir de la retirada de las tropas francesas, intentaría llegar a un acuerdo con el Papado.[2]
Para garantizar dicho cumplimiento por parte de Italia, el emperador Napoléon III añadió un protocolo secreto al acuerdo: la capital italiana sería trasladada a otra ciudad, en preferencia Florencia, Milán, Bolonia, Nápoles o Palermo.
Por su parte, los italianos consideraban que el acuerdo era cuestión de realpolitik y esperaban que este fuera transitorio, hasta que el cambio de la postura de Pío IX o de Francia permitiera integrar Roma, y los Estados Pontificios, en la Italia unificada.
Milán fue descartada por estar demasiado cerca de la frontera austríaca, Bolonia por su anterior vinculación con el Papado, Nápoles por ser fácilmente atacable por mar y Palermo por estar "aislada" en una isla, finalmente, Florencia fue escogida como futura capital.[3]
Preparativos
Leyes y disturbios

La filtración de los términos de la Convención y la decisión del traslado de la capital causó un profundo malestar en la sociedad turinesa. El rey Vittorio Emanuele II se sintió disgustado al saber que tendría que abandonar la ciudad que había sido la sede de la dinastía desde 1563, la aristocracia temió perder su influencia y proximidad a la Corte, los funcionarios del gobierno consideraron que el coste sería excesivo, la burguesía vio amenazadas las inversiones que había hecho en la ciudad desde 1861 y al pueblo llano le disgustó saber que después de tantos sacrificios la ciudad perdería su estatus de capital.[4]
Ante el disgusto del traslado, se convocaron varias manifestaciones en el centro de Turín los días 21 y 22 de septiembre. Las concentraciones fueron reprimidas de forma brutal por el Regio Esercito en la Piazza Castello y la Piazza San Carlo, respectivamente. El resultado de la llamada Strage di Torino (Matanza de Turín) fueron 55 muertos y al menos 133 heridos.[5] Como consecuencia de los hechos, el Rey solicitó la dimisión del Presidente del Consejo, Marco Minghetti, y todo su gobierno.
A la cabeza del nuevo gobierno fue nombrado el laureado general Alfonso La Marmora, piamontés de origen y contrario al traslado de la capital. Sin embargo, la Convención ya había sido aprobada por el Rey y su suspensión habría significado la pérdida del apoyo francés, el más poderoso aliado del joven Reino de Italia. A pesar de las reticencias personales, La Marmora consiguió que el Senado y la Cámara de Diputados aprobaran la ley n.2032. La nueva norma establecía que la capital se trasladaría a Florencia en un plazo de seis meses y que se destinaría una partida extraordinaria de 7 millones de liras de los presupuestos del estado a tal efecto.[6] El 11 de diciembre, Vittorio Emanuele II promulgó la ley.[2]
La partida del Rey

Los disturbios se reanudaron en Turín en enero de 1865, a partir del día 23, cuando la Cámara de Diputados votó que "en interés de la nación" se daba por concluida la investigación de la matanzas del 21 y 22 de setiembre sin que nadie fuera considerado culpable.[7] Los días 25, 26, 27 y 28 hubo manifestaciones en la ciudad,[8] sin embargo, la culminación llegó el lunes 30 de enero durante el baile de inicio de temporada celebrado en el Palacio Real. Los manifestantes bloquearon la entrada de los invitados al palacio, insultándolos y lanzando pescado y piedras a los carruajes, mientras portaban el eslogan "Reggia da vendere – padrone da appendere" (Casa a la venta - dueño a la horca).[4][9] Muchos invitados rehusaron intentar acceder al palacio, cuyo salones permanecieron medio vacíos durante el baile, además, el propio monarca pudo observar el suceso desde las ventanas de sus aposentos.[4]
Sintiéndose profundamente ofendido, el día siguiente, Vittorio Emanuele II se trasladó al Castillo de Moncalieri, su residencia favorita en las afueras de la ciudad. Allí esperó, durante dos días, una disculpa pública por parte del ayuntamiento, disculpa que nunca llegó.[10][11]
El viernes 3 de febrero, sin previo aviso, el soberano y su corte partieron en tren hacia Florencia. La Gazzetta Ufficiale publicó un escueto comunicado:
"Esta mañana a las 8, Su Majestad el Rey a partido de Turín hacia Florencia, acompañado de Su Excelencia el Presidente del Consejo de Ministros, el general La Marmora."[4]
Pasando por Piacenza y Bolonia, donde fue aclamado por la multitud, el tren real llegó a Florencia a las 10 y media de la noche. La pequeña estación florentina había sido apresuradamente decorada e iluminada, entre vítores, el carruaje del Rey llegó hasta el Palazzo Pitti a través de calles angostas pero iluminadas y rodeado de lo mejor de la aristocracia y burguesía de la ciudad portando antorchas. Hacia la medianoche, el soberano tuvo que salir en varias ocasiones al balcón a saludar a la multitud.[12]
Después de 302 años, Turín había dejado de ser, entre disturbios y broncas, la sede de la dinastía de los Saboya. Según el Conde Giuseppe Pasolini: "ésta es la consecuencia de haber dejado que cada uno hiciera lo que quisiera durante cinco o seis días".[10]








