Geras (mitología)
la Vejez, personificación de la mitología griega
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En la mitología griega, Geras (Γῆρας / Gễras) era la personificación de la vejez. Era una divinidad menor, asociada al desgaste físico y a la pérdida de fuerzas que acompañan al paso del tiempo. Apenas ha superado la etapa de personificación abstracta y no posee mitos propios. Los poetas romanos lo denominan como Senectus.[1] Nos ha dado las voces «geriátrico» y «senectud», por ejemplo. Nótese que en griego γῆρας es un sustantivo masculino pero en latín senectus es femenino.

Iconografía
Las representaciones de Geras proceden de vasijas áticas del siglo V a. C. donde aparece junto a Heracles. Es importante señalar que no se conserva un mito escrito antiguo donde se relate la interacción de Heracles con Geras; las escenas en cerámica son el principal testimonio visual y los textos clásicos no explican una historia concreta sobre ese encuentro.[2]
Varios pélices de figuras rojas ilustran a Heracles golpeando a Geras con un clava, representando claramente a la vejez derrotada o confrontada por la fuerza juvenil se interpreta simbólicamente.[3] En otro aparece Heracles conversando con Geras, sugiriendo un diálogo o interacción más compleja entre juventud y vejez.[4] Una ánfora ática también ilustra un escena de Heracles persiguiendo a Geras.[5]
Textos mitográficos
Geras
Geras apenas aparece en la mitografía. En la Teogonía se nos dice que Geras fue el penúltimo hijo en nacer, concebido de Nix sin unión.[6] Al inicio del canto V de la Odisea se nos dice que, como cada mañana, Eos se levanta para llevar la luz al mundo, dejando a su consorte Titono acostado. Y entonces se reúne con el concilio de los dioses en el Olimpo, alrededor de Zeus.[7] Un escoliasta, al comentar la reunión de los dioses, introduce una nota etimológica y genealógica en la que enumera diversas personificaciones nacidas de Nix, siguiendo la tradición hesiódica. Entre ellas aparece Geras, identificado explícitamente como personificación de la vejez.[8] Filóstrato relata que Gadir está situado en el confín de Europa y sus habitantes son gente exageradamente dedicada a la religión, hasta el punto de que tienen erigido un altar a Geras, y son los únicos hombres que entonan himnos a Tánatos («Muerte»).[9] En el corifeo de Las aves se dice que la «vejez reside en el Olimpo», aunque como simple alegoría y no como personificación.[10]
Senectus
Los poetas romanos tampoco le concedían mitos a la Senectud. Higino y Cicerón, en sus pasajes cosmogónicos, dicen que Senectus es hija de Nox y Érebo.[11][12] Séneca y Virgilio añaden que Senectus mora en el vestíbulo del inframundo, junto a otros daimones similares, ora a los pies de un olmo negro, ora cerca de las corrientes del Cocito.[13]
Boccaccio, que interpreta los mitos de manera alegórica, dice que Senectus es la decimocuarta hija de Érebo. El autor comenta la simbología de la vejez. Senectus representa la última etapa de la vida, cercana a la muerte, aunque el alma racional puede aspirar a la perpetua juventud en virtud y sabiduría. Es fría y seca, siguiendo la naturaleza de su padre Érebo (rigidez y frialdad) y de sus hermanos. Inercia y temblor son características de su cuerpo, reflejando la debilidad física de la vejez. Senectus, como hija de Érebo y Nox, hereda la lentitud y la torpeza del cuerpo, pero a cambio aumenta la prudencia y el juicio de la mente. De este modo, la vejez es venerable y respetable, y se considera que los jóvenes deben someter su fuerza a la sabiduría de los ancianos.[14]