Gertrudis de San Ildefonso
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Quito, Virreinato de Nueva Granada
| Gertrudis de San Ildefonso | ||
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| Información personal | ||
| Nombre completo | Gertrudis Dávalos y Mendoza | |
| Nacimiento |
1651 Quito, Virreinato de Nueva Granada | |
| Fallecimiento | 29 de enero de 1709 | |
| Nacionalidad | Ecuatoriana | |
| Religión | Cristianismo | |
| Lengua materna | Castellano | |
| Información profesional | ||
| Conocida por | Culto a Nuestra Señora del Amparo | |
| Géneros | Literatura mística, autobiografía | |
| Obras notables | La perla mística escondida en la concha de la humildad | |
| Artistas relacionados | Catalina de Jesús Herrera | |
| Título | Venerable | |
Gertrudis Dávalos y Mendoza (nació en Quito, Ecuador en 1651 y murió el 29 de enero de 1709) también conocida como Gertrudis de San Ildefonso, fue una religiosa clarisa, mística y escritora ecuatoriana de la época colonial. Es una de las figuras prolíficas de las letras en la Real Audiencia de Quito.[1] Nacida en una familia acomodada, ingresó al Monasterio de Santa Clara, donde destacó por su devoción espiritual y su papel en el origen de la advocación de Nuestra Señora del Amparo, tras un evento calificado como milagroso en 1689.[2] Su obra principal, La Perla Mística, es un extenso tratado de tres volúmenes que combina prosa autobiográfica y poesía litúrgica; dicha obra es reconocida por algunos académicos como el primer tratado de literatura mística escrito en América.[3] Fue declarada venerable por la Iglesia católica.[4]
Primeros años y ordenamiento
Nació en Quito en el seno de una familia acomodada. Su vida se desarrolla en el contexto del barroco quiteño, una época de florecimiento artístico y espiritual en la Real Audiencia de Quito. [5]

Gertrudis de San Ildefonso, nació en 1651 en Quito. Hija de un noble español y una criolla acaudalada, ingresó a los diecisiete años en el convento de la Orden de Santa Clara, donde adoptó su nombre religioso tras el pago de una cuantiosa dote por parte de su familia. Su vida en el claustro estuvo marcada por una profunda devoción que culminó en 1689 con el fenómeno de la imagen de Nuestra Señora del Amparo. Según el relato histórico, Gertrudis y su compañera Catalina del Santísimo Sacramento presenciaron la transformación milagrosa de una pintura de la Virgen, evento que fue validado por las autoridades eclesiásticas de la época, incluyendo al obispo Sancho Andrade y Figueroa.
Sor Gertrudis es reconocida como una de las escritoras prolíficas de la Real Audiencia de Quito. Por consejo de sus confesores, documentó sus experiencias espirituales en diarios y compuso una vasta obra de poesía litúrgica, himnos y oraciones. Su trabajo titulado, La Perla Mística, es un tratado de tres volúmenes y 1,800 páginas que algunos académicos consideran la primera obra de literatura mística escrita en América.[6] Aunque existe un debate histórico sobre la autoría compartida con sus confesores (una práctica común en el siglo XVII), sus textos reflejan el fervor religioso que caracterizaron al barroco quiteño.[7][8]
Tras su fallecimiento el 29 de enero de 1709, la imagen de la Virgen del Amparo fue trasladada a lienzo en 1917 para su preservación. Fue declarada venerable por su piedad, su vida es hoy objeto de estudio por su contribución a la música, el arte y las letras coloniales.[9]
Devoción por Nuestra Señora del Amparo

La historia del origen de la devoción a Nuestra Señora del Amparo en la Real Audiencia de Quito empezó del oratorio de Sor Gertrudis, en el monasterio de Santa Clara. Ahí, había un cuadro que presentaba ciertas manchas. Para limpiarlas, Gertrudis se dio cuenta de que estas manchas iban tomando forma de cuerpo, hasta que lograron ver “una hermosa imagen de María Santísima, con el Niño Jesús al lado izquierdo. Pero a la figura del Niño de faltaba el brazo izquierdo”.[10]
Se pidió que los mejores pintores completen el cuadro pero al día siguiente de haberlo pintado se dieron cuenta de que su trabajo había desaparecido. Un día después de esto se dieron cuenta de que el brazo apareció por si solo en el cuadro, ahora milagroso. Quedaron muy sorprendidos y Gertrudis pidió que se le pusiera una advocación, concordando todos en “Santa Imagen de Nuestra Señora del Amparo”.[11]
La que posteriormente sería declarada venerable Gertrudis escribió varios libros de salves, letanías y oraciones, además de su principal obra autobiográfica titulada La perla mística. Sus libros contienen grabados de importancia histórica sobre la cultura de la Real Audiencia de Quito.[12]
Obras

El manuscrito de Gertrudis La Perla Mística, que es un tratado en tres volúmenes, refleja la mística barroca de Quito, donde el conocimiento divino se canaliza a través de los sentidos y la introspección personal, alternando entre iconografías y visiones ligadas a un texto en primera persona.
La perla mística ofrece una visión íntima de la vida conventual en Quito. Fue escrita por Gertrudis de San Ildefonso y organizada por su confesor, fray Martín de la Cruz. Está compuesta de tres volúmenes que relatan las experiencias espirituales, visiones de una religiosa de clausura. Siguiendo el modelo teresiano, sor Gertrudis utiliza la prosa autobiográfica y la poesía sencilla para expresar su misticismo y las virtudes franciscanas. Sor Gertrudis se expresa con un estilo sencillo y sin refinamientos, describiendo sus gracias y tentaciones de forma directa, mientras que su confesor, fray Martín interviene el texto con anotaciones, glosas y un lenguaje de corte gongorino. Gracias a una investigación de diez años realizada por Íride Rossi de Fiori y Rosanna Caramella, la obra fue destacada por su valor teológico y por su aporte a la poesía mística, influenciada por figuras como Sor Juana Inés de la Cruz.[13]
La autoría del documento sugiere una colaboración activa de las monjas de Santa Clara, destacando que el acto de escribir y dibujar no era solo una representación narrativa, sino un ejercicio espiritual de disciplina y autocontemplación influenciado por la tradición jesuita. En última instancia, esta obra posiciona a los artistas y autores hispanoamericanos como participantes clave en un debate intelectual global, donde la creación de imágenes dentro del convento funcionaba como una herramienta vital para moldear la subjetividad y la experiencia mística.[9]
Importancia cultural

Históricamente, el estudio del arte colonial de la Escuela Quiteña ha excluido a las mujeres, limitando el reconocimiento a figuras excepcionales como Isabel de Cisneros, hija de Miguel de Santiago. Esta invisibilidad se debe en gran medida a que las artistas (mujeres) no solían firmar documentos legales y a que el canon tradicional priorizó la pintura y escultura de gran formato. Esto también fue el caso en algunos hombres sin embargo esto no fue tan frecuente. Por esta razón se relegaron muchas obras femeninas (que frecuentemente consistían en miniaturas o artes aplicadas) a la categoría de "artes menores". No obstante, investigaciones recientes demuestran que la creación artística fue una práctica común entre mujeres de diversas esferas sociales. Por esta razón, en el ámbito conventual, la producción artística estuvo estrechamente ligada a la piedad cristiana y los ejercicios espirituales.[10]
Destacan figuras como Estefanía de San José Dávalos, Sor María de la Merced (quien firmó una representación de la Virgen de la Merced en Cuenca) y la clarisa Gertrudis de San Ildefonso. Estas creadoras forjaron una cultura visual propia en los monasterios, estableciendo puentes estéticos entre la pintura, el bordado, la iluminación de manuscritos y la elaboración de objetos devocionales, gran parte de los cuales permanecen hoy como obras anónimas en las clausuras de Ecuador.[10]