Historia de la Sicilia borbónica

From Wikipedia, the free encyclopedia

Escudo de armas de Fernando III de Sicilia

La historia de la Sicilia borbónica comenzó en 1734, cuando el rey Felipe V de España se dispuso a conquistar las Dos Sicilias, liberándolas del dominio austriaco y poner al frente a su hijo Carlos de Borbón. Este período histórico finalizó en julio de 1860, cuando, tras la Expedición de los Mil encabezada por Garibaldi, las tropas borbónicas fueron derrotadas y se retiraron, en parte gracias al apoyo de la población siciliana. Posteriormente, Sicilia fue incorporada al Reino de Italia.

El 10 de mayo de 1734, en el curso de la Guerra de Sucesión Polaca, el futuro Carlos VII de Nápoles (y posteriormente III de España), entró en Nápoles y se coronó rey de Sicilia al año siguiente. De esta forma obtuvo el trono de ambos reinos del sur de Italia, que hasta entonces habían estado en manos del emperador Carlos VI del Sacro Imperio. Cuatro años después, en 1738, el Tratado de Viena puso fin a la contienda, y los reinos de Nápoles y Sicilia consiguieron la independencia de los Habsburgo de Austria.

En 1759, Carlos VII regresó a España para coronarse rey, pues su hermano de padre, Fernando VI, había muerto sin descendencia, y él era el siguiente en la línea de sucesión. Abdicó en favor de su hijo, el futuro Fernando IV de Nápoles (y III de Sicilia), que entonces tenía ocho años, siendo sus principales regentes Domenico Cattaneo, príncipe de San Nicandro, y el marqués Bernardo Tanucci.[1] En 1768, Fernando IV se casó con María Carolina de Austria, hija de la emperatriz María Teresa I de Austria y hermana de María Antonieta, reina de Francia. Mientras Fernando IV solo se preocupaba de las relaciones con la Iglesia y de la construcción de obras públicas, la nueva reina participó activamente en el gobierno.[2]

Durante el reinado de Fernando IV, el Reino de las Dos Sicilias se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Italia y de Europa. Se crearon escuelas gratuitas en cada comuna y en Sicilia, se crearon las universidades de Catania en 1778 y la de Palermo en 1779. Fernando también organizó la construcción del Jardín botánico de Palermo, además, mandó construir puentes y canalizó ríos. Se vivió un período de prosperidad económica: se redujeron los impuestos y se emprendieron nuevas actividades comerciales.[3] En los primeros años, María Carolina se mostró tolerante con los movimientos republicanos pero, tras la Revolución francesa y la caída de su cuñado Luis XVI —que fue guillotinado en enero de 1793, como nueve meses más tarde lo fue su propia hermana María Antonieta—, se unió a la Primera Coalición que formaron varios Estados europeos en contra de Francia, instituyendo severas persecuciones contra todos los sospechosos de simpatizar con la causa revolucionaria francesa.

En 1796, Napoleón Bonaparte invadió Italia y venció con facilidad a las tropas austriacas y a los débiles gobiernos locales. En 1798, los franceses ocuparon Roma y los jacobinos crearon la República romana. Fernando IV envió un ejército para frenar a los franceses, que acabó retirándose a Nápoles y entregando todas las fortalezas septentrionales del reino, incluida Gaeta.[4] Los franceses llegaron a las puertas de Nápoles y el 22 de diciembre de 1798, el rey abandonó la capital meridional para trasladarse a Sicilia. Los realistas lograron recuperar Nápoles y el 13 de junio de 1799, Fernando IV restauró la monarquía borbónica. Pero Napoleón, tras la victoria de Austerlitz, entró en Italia y dominó definitivamente Nápoles, declarando el fin de la dinastía borbón y nombrando rey a su hermano José Bonaparte. Sicilia, que para los franceses estaba teóricamente incluida en sus dominios debido a la unión personal entre las coronas continental e insular, en realidad seguía siendo posesión de la monarquía borbónica. Por lo tanto, los gobernantes napolitanos, por segunda vez, encontraron refugio en la corte de Sicilia donde, de acuerdo con Gran Bretaña, transformó la isla en un protectorado. En 1808, Napoleón consiguió la abdicación de los últimos borbones reinantes en Europa —Carlos IV de España y su hijo, Fernando VII— y José Bonaparte se marchó a España para reinar y le sucedió en Nápoles Joaquín Murat, que gobernó hasta mayo de 1815.

En 1812, en el Reino de Sicilia tutelado por el británico Lord William Bentinck, se abolió el feudalismo y se aprobó una nueva constitución, según el modelo inglés. Fernando aceptó abdicar, y su hijo Francisco fue nombrado regente en 1812.[5] Gran Bretaña, promotora de la transformación de monarquía absoluta a monarquía constitucional, deseaba apoderarse de la isla: Lord Bentinck negoció con un enviado de Murat en Ponza, que el soberano francés se mantendría en el poder aunque cayera Napoleón, a cambio de que Sicilia fuera cedida a Gran Bretaña.[6] Pero tras 20 años de guerras entre la Francia napoleónica y muchas naciones europeas y la derrota definitiva de Napoleón, el Congreso de Viena (1814-1815), basó la reorganización del Viejo Continente en el «principio de legitimidad», por el que se devolvían las tierras a sus antiguos monarcas. Eso fue así sal con los reinos meridionales italianos, ya que Malta quedó en manos de Gran Bretaña para el que la península itálica quedase bajo la influencia de Austria. Lo importante para Gran Bretaña fue evitar la influencia francesa sobre la región.[7]

Aunque Napoleón había aceptado el exilio en el Tratado de Fontainebleau de abril de 1814, Murat aun intentó mantenerse en el trono hasta que fue derrotado por los austriacos en la batalla de Tolentino a principios de mayo. Con el Tratado de Casalanza (20 de mayo de 1815) Murat renunció forzadamente al reino de Nápoles, que fue devuelto por los aliados al rey Fernando. Este, un año después, el 12 de diciembre de 1816, suprimió la corona del Reino de Sicilia y la unió a la corona napolitana, formándose así el Reino de las Dos Sicilias y cambió su título a Fernando I de las Dos Sicilias.[8] Francisco asumió amistosamente entonces el renovado título de duque de Calabria, el de heredero, y quedo en Palermo como lugarteneiente del reino hasta 1820. Fernando IV y sus ministros tuvieron el mérito de dejar intactas gran parte de las innovaciones de los franceses, por lo que se puso a la cabeza de una modernizada monarquía administrativa, que aprovechó para abolir la Constitución de 1812 de Sicilia, violando su propio juramento. Fernando I quedó completamente subordinado a Austria, y un austríaco, el conde Nugent, fue nombrado comandante en jefe del ejército; y durante cuatro años reinó como un déspota. Todos los esfuerzos tentativos a la libertad de expresión y opinión fueron despiadadamente reprimidos. Los sicilianos, ya desilusionados por el regreso a la monarquía absoluta, no aceptaron la unión y pronto se sublevaron.

El 1 de julio de 1820, con la noticia de que en España se había restaurado la Constitución de 1812, en Nola, en el Reino de Nápoles, se rebelaron pidiendo la constitución un grupo de militares. Ante este levantamiento, Fernando I se vio obligado a conceder una nueva constitución y nombró vicario suyo a su hijo Francisco. El 1 de octubre comenzaron los trabajos del parlamento elegido a finales de agosto, en el cual prevalecieron los ideales burgueses introducidos por los franceses, como una reorganización de la administración de las provincias y comunas, así como medidas sobre la libertad de prensa y de culto. Las novedades introducidas en las Dos Sicilias no fueron de agrado de las potencias europeas y Francisco fue convocado a Liubliana. Tras el Congreso de Liubliana, el reino fue invadido por las tropas austriacas, que en marzo de 1821 derrotaron al ejército constitucional napolitano comandado por Guglielmo Pepe. Fernando decidió no luchar más para restablecer el orden en el reino y evitar entrar en guerra con Austria. Así, el 23 de marzo, Nápoles fue ocupada, el Parlamento fue disueltoy la constitución fue revocada. Fernando reprimió a los liberales y carbonarios. Austria aprovechó la victoria para imponer su control sobre la política interior y exterior de Nápoles. El conde Charles-Louis de Ficquelmont fue nombrado embajador de Austria en Nápoles, que prácticamente administró el país, además de gestionar la ocupación y fortalecer la influencia austríaca sobre las élites napolitanas. Fernando I murió en Nápoles el 4 de enero de 1825 de un derrame cerebral a la edad de 73 años, tras un reinado de 66 años. Le sucedió su hijo Francisco I, que entonces ya tenía 47 años.

El reinado de Francisco I estuvo en manos de sus favoritos y de sus jefes militares y policiales y él vivió el resto de su vida casi encerrado con sus amantes, rodeado de soldados, siempre con el temor de ser asesinado. Solo hubo de enfrentar un intento revolucionario en su contra en Cilento, en el año 1828, que fue sofocado por el marqués Delcaretto, un antiguo liberal. Si, logró la retirada de las fuerzas de ocupación austriacas (1827), aliviando así una gran carga financiera para el tesoro. Francisco, falleció el 8 de noviembre de 1830 en Nápoles, poco después de regresar de España donde había asistido a la boda de su hijo con el rey Fernado VII.

Le sucedió su primogénito Fernando II de las Dos Sicilias, que contaba 20 años y que se propuso reorganizar el Estado. Inició su reinado concediendo una amplia amnistía política (redujo a la mitad las penas) y nombrando a antiguos seguidores de Murat y a los antiguos revolucionarios de 1821 en puestos de poder. También se rodeó de hombres capaces y experimentados que lideraron un período de resurgimiento, en parte gracias a que el gobierno personal de Fernando combatió y reprimió muchos abusos persistentes del sistema anterior, que no era inmune a la venalidad y la corrupción. El rey logró pacificar a las clases sociales aún convulsas tras la era napoleónica. Fernando se preocupó de mejorar las finanzas, redujo la opresiva burocracia y dispuso la reorganización de un presupuesto entonces deficitario: redujo su personal en un 50% y cargos superfluos, bajó el salario anual de los ministros abolió las reservas reales de caza y distribuyó las tierras destinadas al pastoreo de los rebaños reales entre 50 municipios .

La revolución siciliana de 1848 —que comenzó el 12 de enero de 1848 y fue la primera de las numerosas revoluciones de 1848 que se extendieron por toda Europa— fue una rebelión popular contra el gobierno de Fernando II . Dio lugar a un Estado independiente (el autoproclamado Reino de Sicilia, con Ruggero Settimo elegido «Padre de la Patria» por los sicilianos.[9]) y a una constitución (constitución siciliana de 1848) que sobrevivió durante 16 meses y fue adelantada para su tiempo en términos democráticos liberales, al igual que la propuesta de una confederación italiana unificada de Estados. Fue en efecto un telón de fondo para el final del reino borbónico de las Dos Sicilias, completado finalmente por la Expedición de los Mil de Giuseppe Garibaldi en 1860, el asedio de GaetaDesam de 1860-1861 y la proclamación del Reino unificado de Italia.

A finales de marzo de 1848, Fernando II ofreció a Sicilia un parlamento, un virrey propio y amnistía a los revolucionarios. Esto no fue suficiente para los opositores de la isla, pues el grito de guerra se escuchaba ya entre los miembros de la Cámara siciliana. El rey no esperó más y a finales del verano de 1848 preparó su propia expedición para reconquistar la Sicilia rebelde; a principios de septiembre envió a sus hombres a Messina, que ya se consideraba conquistada el dia 9.[10] Tras una tregua impuesta por franceses e ingleses, la ofensiva se reanudó en abril del año siguiente, y el 6 cayó Catania; la rendición sin lucha de Siracusa fue el dia 9[11] y el resto de la isla capituló sin luchar: la última capitulación fue el 15 de mayo de 1849 la de Palermo.[12]

Desde entonces, los barones sicilianos desarrollaron un odio hacia los Borbones, culpables de aniquilar el antiguo Reino de Sicilia y convertirlo en una provincia del Reino de Nápoles. En 1853 y 1856 se produjeron otras sublevaciones, lideradas por Francesco Bentivegna y Salvatore Spinuzza, que fueron ejecutados.[13] Fernando II murió el 22 de mayo de 1859. Poco antes de su muerte, había comenzado la segunda guerra de la Independencia, en la que Víctor Manuel II y Napoleón III se enfrentaron al emperador austriaco Francisco José.

El joven soberano Francisco II heredó una situación muy compleja: si bien el Estado legado por su padre gozaba de excelentes finanzas, con el apoyo de la clase trabajadora y un ejército fuerte, se tambaleaba debido a la falta de apoyo de gran parte de la intelectualidad y de los liberales del sur, que despreciaban el despotismo monárquico. En términos económicos, el período de reformas había terminado hacía tiempo, lo que había comenzado a crear una brecha con el Noroeste, significativa en términos de infraestructura. Lo mismo ocurría con la educación y la política exterior: si bien el Reino había logrado mantener una sólida independencia, ahora se encontraba particularmente aislado internacionalmente.

En abril de 1860, la rebelión se reanudó bajo el liderazgo de Francesco Riso en el Levantamiento de Gancia.[14] Poco después, los sicilianos apoyaron la Expedición de los Mil de Garibaldi, que desembarcó el 11 de mayo en Marsala[15] y a la que se unieron en el asedio de Palermo patriotas liderados por Rosolino Pilo.[16] Tres días después del desembarco, Garibaldi formó un gobierno dictatorial. El 30 de mayo, Palermo fue conquistada, y el 27 de julio los garibaldinos entraron en Messina, ciudad desde la que se desplazaron para desembarcar en el continente.

El 21 de octubre, con el Plebiscito de las provincias sicilianas de 1860, Sicilia fue anexada al Reino constituyente de Italia.[17]

España poseía en 1700 el imperio más grande del mundo: presente en cierto grado en todos los continentes, y asfixiada en casa por una clara decadencia política y comercial, su legado atrajo a las principales potencias europeas, así como era de gran preocupación en manos de quién pasaría tal dominio. Inglaterra, que durante mucho tiempo había estado librando una guerra contra España en los océanos, se unió en una alianza con los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico, apoyando con armas al heredero austriaco con derecho al trono español: el archiduque Carlos VI de Habsburgo ; tenía partidarios en Sicilia[18] y en los restantes dominios ibéricos, ya que era visto como el legítimo continuador de la Casa de Habsburgo, que para entonces había gobernado el trono siciliano durante 200 años. Sin embargo, el heredero elegido por España fue en cambio Felipe V de Borbón, hijo del Gran Delfín, Luis, quien estaba destinado a suceder en el trono de Francia como sucesor de Luis XIV, el rey Sol: el que había intentado conquistar Sicilia dos décadas antes.

Esta unión entre dos poderosas casas monárquicas, únicas herederas del vasto Imperio español, desencadenó el conflicto bélico en Europa conocido como la Guerra de Sucesión Española. Antes de la muerte del último Habsburgo de España, los franceses y los británicos habían intentado dividir pacíficamente el imperio (lo intentaron mediante dos tratados diferentes: La Haya (1608) y Londres (1700):[19] Francia había exigido poseer Sicilia junto con los demás dominios italianos, mientras que dejaría España y las Indias, es decir, las Américas, al imperio de los Habsburgo. Sin embargo, los acuerdos se rompieron porque Carlos de Habsburgo se negó a ser coronado gobernante de España y de las Indias sin obtener también la corona centenaria del Reino de Sicilia.

Europa después de la Paz de Utrecht: Sicilia en rosa, separada de España y unida a la Casa de Saboya (Piamonte)

La situación siciliana empeoró cuando los aliados anglo-Habsburgo conquistaron el Reino de Nápoles para el archiduque austríaco, llegando así a las fronteras sicilianas en 1707.[20]

La guerra continuó en Europa y el resto del mundo, con un considerable derramamiento de sangre, especialmente para los franceses, hasta la repentina muerte del emperador José I de Habsburgo en 1711, lo que significó para el rival de Felipe de Borbón, concretamente Carlos de Habsburgo, el ascenso al trono del Sacro Imperio Romano Germánico.[21] Inglaterra, que veía en el poder de los Habsburgo un peligro tan grande como el de España, se negó en ese momento a seguir apoyando a los Habsburgo en la lucha por el trono ibérico (así como no quería una España unida a Francia, también rechazaba rotundamente una España unida a la vasta zona de los Habsburgo). Esto condujo a un tratado de paz entre las potencias: el Tratado de Utrech, firmado en 1713.[22]

Con este tratado, Inglaterra se alzó como vencedora y Francia y España como derrotadas, sancionando la disolución definitiva del Imperio español. Los ingleses decidieron entonces el destino de Sicilia arrebatándosela a los españoles y entregándosela, literalmente, a una figura completamente inesperada para los sicilianos y las demás potencias beligerantes: el duque piamontés Víctor Amadeo II de Saboya.[23]

Inglaterra decidió entonces resolver la cuestión «siciliana» no entregándosela ni a los franceses ni a los austriacos; de hecho, al nuevo emperador austriaco se le dio el Reino de Nápoles, el Ducado de Milán y Cerdeña a la Baviera alemana,[24] pero él, precisamente por la falta de la corona siciliana, no quiso firmar la paz de Utrech: la guerra de Austria y el Sacro Imperio Romano Germánico continuaría otros dos años, hasta que Carlos VI firmó la paz de Rastatt, por la que decidió aceptar lo establecido en Utrech.[25]

En la isla, mucho antes de la invasión, ya se había corrido la voz de que España regresaba para reclamar lo que Utrech le había arrebatado. Víctor Amadeo sabía que se encontraba en una situación extremadamente precaria en ese trono: había demasiados pretendientes poderosos para mantenerlo ileso. Las potencias se habían unido formando la Cuádruple Alianza: británicos, franceses, austriacos y neerlandeses, en guerra con los españoles, estipularon que la corona de Sicilia debía recaer en el emperador de Austria, ya que los Saboya por sí solos no podían proteger la isla mediterránea de la mira del ejército de Felipe V de Borbón.[26]

Que venga incluso el diablo y domine Sicilia, con tal de que no vengan los españoles.
Abad Giovanni Battista Caruso sobre el inminente regreso de España a Sicilia.[27]


Felipe V de Borbón, rey de España y rey de las Indias, ordenó en 1718 el ataque a Sicilia para reconquistarla.

El 1 de julio de 1718, los españoles desembarcaron en Sicilia, cerca de Solunto (en el golfo homónimo, que posteriormente se convertiría en el golfo de Termini Imerese), con 30.000 hombres de armas,[28][29] cuyas órdenes eran tomar Sicilia por la fuerza a los Saboya y someter a los sicilianos a la corona ibérica. La orden del rey de Saboya, a su vez, era conservar la corona de la isla para los Saboya, por lo que no hubo capitulación del reino.

Creyendo que Palermo no podría ser defendida, el virrey piamontés Annibale Maffei, junto con el Senado de Palermo, negoció su rendición a los españoles el 2 de julio con su comandante, Juan Francisco de Bette, marqués de Lede.[30] Maffei al mismo tiempo ordenó a sus hombres que partieran hacia Siracusa, que, a diferencia de Palermo y otras ciudades sicilianas, había sido moldeada a lo largo de los siglos por los españoles con el principal propósito de resistir al enemigo hasta el final, por lo que fue evaluada por el rey piamontés (desde hacía varios años)[31] como el mejor lugar en el que atrincherarse y esperar a que se desarrollaran los acontecimientos.[32] Aunque en contra de su voluntad, los saboyanos finalmente se vieron obligados a entregar Sicilia a Austria. Los soldados alemanes entonces impidieron que los españoles regresaran a la isla.

El nuevo acuerdo territorial, sin embargo, no satisfizo a las principales casas de Europa,[33] y la razón para expulsar a Austria de Sicilia fue dada por la Guerra de Sucesión Polaca, que estalló en 1733: la nueva alianza austro-rusa-prusiana, formada por el Tratado de las Tres Águilas Negras (Bund der drei schwarzen Adler),[34] se había aliado con el candidato Augusto III de Polonia, indignando a Francia, que en cambio apoyó al suegro de Luis XV, Stanislaw Leszczyński. Como los franceses no pudieron contrarrestar las tropas de Anna Ivanovna Romanova (Emperatriz de todas las Rusias), que había llevado a Polonia a su órbita, decidieron entonces atacar las posesiones de Carlos VI, justificando así una nueva guerra en Sicilia, cuyo propósito era arrebatársela al Imperio de los Habsburgo.

Período borbónico siciliano temprano

La conquista

El infante de España, Carlos de Borbón,en brazos de su madre Isabel Farnesio, una mujer ambiciosa que, complaciendo el deseo español de venganza en Italia, logró procurar el trono de Sicilia para su hijo primogénito.

Luis XV de Francia hizo un pacto de familia con la España borbónica por el cual las dos naciones juraron protegerse mutuamente (El Escorial, 7 de noviembre de 1733).[35] Este pacto prometía al hijo mayor del rey de España nacido de su segunda esposa, el duque de Parma y Piacenza, Carlos Sebastián de Borbón, los dominios del sur de Europa del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, ambos reinos de Nápoles y Sicilia, que, sin embargo, se mantendrían estrictamente separados del trono español.[36] Carlos de Habsburgo había, considerando todas las cosas, aceptado bastante pacíficamente la cesión de sus dominios del norte de Italia al Infante de España. Al reino napolitano no pudo o no quiso dar mucho alivio (la conquista comenzó en marzo de 1734 y terminó con el asedio y la conquista de las dos fortalezas itálicas, Gaeta y Capua, en noviembre de ese año).[37] Estaba haciendo esto por el bien de su imperio, que quería transmitir a su hija María Teresa de Austria, y por lo tanto necesitaba a las potencias para que aceptasen su Pragmática Sanción. Sin embargo, cuando llegó el momento de que los aliados conquistaran Sicilia, los Habsburgo se tomaron en serio a Siracusa en particular, eligiéndola como su último bastión importante contra los planes franco-españoles y la aquiescencia británica.

Mientras aún luchaba por el reino napolitano, Carlos VI ordenó a sus tropas que se trasladaran a Siracusa: soldados alemanes iban llegando desde ciudades italianas y otras ciudades sicilianas. Las tropas españolas, aliadas tanto de los franceses como de los británicos, habían desembarcado en el oeste de la isla desde el verano de 1734 y, tras conquistar la zona sin dificultad (excepto Trapani, también una fortaleza, que resistió), habían nombrado al duque de Montemar, José Carrillo de Albornoz, nuevo virrey de Sicilia.[38]

El 9 de marzo de 1735, Carlos de Borbón, con menos de 20 años, partió hacia Sicilia con la intención de completar su conquista. El futuro rey desembarcó en Messina para presenciar la toma de la Ciudadela Real, que se había rendido el 23 de febrero de 1735.[39] A partir de este momento, comenzó el duro asedio de Siracusa, concentrando en ella los objetivos de la corona hispánica: tras evacuar a la población a la campiña vecina, alemanes y españoles abrieron fuego contra la ciudad, y a partir de mayo, durante 24 días, la artillería del Ejército de Tierra se abalanzó sobre el interior de las murallas; se lanzaron allí aproximadamente 2000 bombas.[40] Al mismo tiempo que se destruían palacios, carreteras y diversas construcciones, el emperador austriaco ofreció una especie de incentivo a los siracusanos: les prometió, en caso de victoria, la restauración de la ciudad como capital de Sicilia como recompensa por su lealtad al Imperio austriaco. Si hubiera cumplido su palabra, seguramente habría sido un cambio trascendental, ya que Siracusa había perdido su título y poderes como capital desde el lejano dominio árabe.[41]

Dentro de las murallas, el bombardeo continuó, pero sin bajas significativas, ni siquiera entre los alemanes: según algunas fuentes, el limitado número de bajas y la destrucción de edificios civiles se debieron a que los españoles bombardearon deliberadamente la ciudad con «gran discreción» y precisión, apuntando exclusivamente a las fortificaciones. El equipo de ingenieros militares encargado de dirigir los bombarderos españoles pertenecía a la escuela de Sébastien Le Prestre de Vauban (uno de los más grandes ingenieros militares de la historia, que floreció en la corte del Rey Sol).[42] El 1 de junio de 1735, finalmente se produjo la capitulación.

El nacimiento del reino borbónico

Estatua de Carlos de Borbón, tallada muchos años después de la toma de la corona siciliana (Palacio Real de Nápoles)

Carlos de Borbón deseaba abandonar Messina y dirigirse a la zona donde se desarrollaba el asedio para hacer sentir su autoridad y así acelerar la capitulación. Sin embargo, se le recomendó encarecidamente que no fuera a Siracusa, ni antes ni después de la rendición. Las razones esgrimidas fueron la falta de caminos transitables para llegar.[43] El infante ibérico protestó,[44] pero finalmente desistió. Fue enviado a bordo de Milazzo con destino a Palermo, donde desembarcó el 19 de mayo[45]] y allí esperó la caída de Siracusa para declarar oficialmente el día de su coronación como rey de Sicilia.

Sus días en Palermo transcurrieron tranquilamente, rodeado de los numerosos nobles isleños y festejos. Cuando finalmente le llegó la noticia de la captura de Aretusa el 4 de junio, Carlos mandó llamar a todos los representantes de las ciudades del reino para jurar lealtad al nuevo gobernante, y eligió caballeros y consejeros del nuevo gobierno.[46] Al día siguiente, Carlos fue bendecido con el Santísimo Sacramento por el obispo de Siracusa, Matteo Trigona (quien llevaba mucho tiempo en Palermo).[47]

Carlos negó públicamente, como evidentemente se le acusaba, la existencia de acuerdos premeditados para la conquista siracusana (se rumoreaba desde hacía tiempo, desde que puso un pie en Sicilia, que existía un acuerdo secreto con las fuerzas imperiales).[48] Los defensores de Siracusa dudaban (no solo por boca del soberano, sino también por testigos del asedio), pero también se estaba tramando una conspiración en las cortes europeas (probablemente la razón por la que no llegaron refuerzos alemanes a Sicilia, a diferencia de lo ocurrido en 1718 y 1719, cuando la afluencia desde las tierras germánicas fue continua).[49]

Desde los primeros días de febrero de 1735, Inglaterra se había impuesto a Francia y España, obligándolas a sentarse a la mesa de negociaciones y, junto con ellas, a poner fin a la guerra de Sicilia vuelta contra el emperador austriaco.[50] Si no hubieran accedido, los británicos habrían declarado a sus posesiones que emprendieran na guerra cerrada tanto en América del Norte como en América del Sur, así como en las Indias Orientales.[51][52]

Carlos de Borbón no esperó la caída de Trapani, que, abandonada a su suerte, capituló el 12 de julio.[53] Decidió coronarse rey de Sicilia el 3 de julio de 1735 en la catedral de Palermo, a pesar de la oposición del papa Clemente XII, que no quería reconocerlo como nuevo gobernante legítimo de los dos reinos (Carlos de Borbón decidió entonces recurrir a la Legación Apostólica de Sicilia, un antiguo privilegio de la isla que le garantizaba cierta autonomía respecto de la Iglesia de Roma). Todo se desarrolló con gran prisa; ni siquiera se pudo esperar el regreso de las tropas españolas de Siracusa, todavía en la zona aretusa el 30 de junio, por lo que el monarca tuvo que contar con la escolta de los trabajadores de Palermo para su entrada solemne en la capital siciliana.[54] Las potencias extranjeras ordenaron al primer gobernante borbón itálico que abandonara Sicilia inmediatamente: de hecho, el 8 de julio de 1735 partió hacia Nápoles en un buque de guerra español, el Europa.[55]]

Ese mismo verano, Francia abandonó a su aliado y se sentó, en solitario, a la mesa de negociaciones con Inglaterra. Los preliminares duraron mucho tiempo, y el rey Jorge II de Hannover solo pudo declarar la paz oficialmente en noviembre de 1738, con el Tratado de Viena (aunque desde noviembre de 1735 no había habido más combates gracias a un armisticio reconocido, y Austria había solicitado conversaciones de paz ya en octubre de ese año). A partir de 1738, Carlos de Borbón fue así legitimado por la comunidad internacional para gobernar Sicilia junto a Nápoles; nació oficialmente el Reino itálico de los Borbones.[19]

Paz e intentos de reformas

Con esta nueva disposición territorial se produjo la pérdida del papel militar de Sicilia, ya que el reino itálico quedó estrictamente separado de la más poderosa España, que había atraído a bastantes enemigos a la isla en el pasado, y se la mantuvo deliberadamente apartada de las guerras extranjeras.

En el ámbito civil, la situación económica y social de Reino de Nápoles era desastrosa, por lo que Carlos VII realizó un proceso de reformas de carácter Ilustrado. Las primeras reformas de su reinado se basaban en la lucha contra los privilegios eclesiásticos: en 1741 se redujeron el derecho de asilo y otras inmunidades por medio de un concordato, y los bienes de la Iglesia fueron subordinados a la fiscalidad.[56] Carlos VII gobernó Nápoles durante un cuarto de siglo, notándose en el reino una gran alza en la producción agropecuaria y en el comercio. Además, el rey trasladó la residencia real a Caserta, donde mandó a construir el Palacio Real de Caserta, actualmente Patrimonio de la Humanidad. También mandó a construir el palacio de Portici, el museo de Capodimonte y el Teatro San Carlo, el más antiguo teatro de ópera activo del mundo.[57] Hizo construir también un albergue para indigentes y ordenó que empezaran las excavaciones en Pompeya y Herculano.

Sicilia pudo disfrutar de un largo período de paz. Al no existir amenazas constantes que requirieran su defensa y situarla en el centro de proyectos políticos beligerantes, los asuntos sicilianos quedaron relegados a un segundo plano para los gobernantes borbónicos, quienes se centraron cada vez más en los asuntos urbanos e industriales de Campania, su territorio cortesano. Paradójicamente, aunque estaban más cerca que los soberanos de la península Ibérica, se convirtieron en desconocidos para los sicilianos.[58]

El fuerte vínculo con España se fue rompiendo gradualmente: los españoles fueron expulsados de todos los aspectos de la vida en el reino itálico, y finalmente del ámbito militar. Los sicilianos siguieron sin ejército propio; soldados del Reino de Nápoles sustituyeron a los ibéricos. Carlos III de Borbón intentó reformar el aparato político y administrativo de la isla, pero chocó con el poder señorial de los lugareños, que era muy fuerte en la isla ya que en más de trescientos años de virreinato, los gobernantes de Sicilia —es decir, la nobleza isleña— se habían atribuido tantos privilegios y derechos que normalmente habrían pertenecido a un soberano, que habían estado físicamente ausentes de la isla durante demasiados siglos. Carlos fracasó en su intento de arrebatarles el poder y reformar el orden político siciliano.[59]

Fernando IV de Nápoles (y III de Sicilia) y María Carolina de Austria, casados en 1768.

En 1759, Carlos aceptó ocupar el trono de España, debiendo renunciar al de Sicilia y al de Nápoles para cumplir con los tratados internacionales que prohibían su unión. En su lugar fue nombrado su hijo Fernando III de Sicilia y IV de Nápoles,[60] quien también conservó el título de Infante de España y fue confiado a la tutela de un consejo de regencia, con la tarea de administrar los asuntos públicos hasta la mayoría de edad del joven gobernante y de ocuparse de su educación, aunque Carlos continuó enviando instrucciones desde España. En 1768, se casó con María Carolina de Austria, pero las diferencias entre ambos eran evidentes: él, tosco e inculto, ella, elegante, culta y astuta hasta el punto de tener la ventaja sobre su marido, incluso políticamente. María Carolina notó que el joven consorte estaba completamente desinformado, hasta el punto de que:

Estimando Sicilia tanto como Capri o Procida, hubiera podido, entre la falta de ilustración y la prisa por pasar a matar una gaceta, conceder ese reino en feudo a cualquiera de sus secuaces.

Al igual que su padre, también intentó reformar las leyes sicilianas, pero fracasó ante el poder baronial: el 19 y 20 de septiembre de 1773, se produjo una insurrección popular en Palermo, que estalló tras la muerte del presidente del Senado de la ciudad, Cesare Caetani, príncipe de Cassaro. Los alborotadores asaltaron el Palacio del Vicariato y el Palacio Real. Entre septiembre y octubre, la revuelta, liderada por los gremios artesanos, enardeció la ciudad y las cercanas Monreale, Piana dei Greci y Bisacquino.[61] Los barones aprovecharon esta situación y alzaron a las masas para demostrar al gobierno que, sin su aprobación, era imposible gobernar Sicilia. Aunque no hubo intención de arrebatar la isla a la casa gobernante, la Revolución de Palermo puede considerarse, a todos los efectos, un levantamiento político, instigado y fomentado por la clase dirigente local, con el objetivo de aplastar la política reformista.[62]

Sicilia en las guerras napoleónicas

En 1789 estalló la Revolución francesa, cuyo objetivo era destruir el Ancien régime. Esto desató disturbios y conflictos en toda Europa, basados en la aceptación o no de los nuevos principios propuestos por los franceses.[63] La mayoría de los monarcas europeos se opusieron a estas ideologías liberales y a la Francia revolucionaria, que había declarado oficialmente la guerra al absolutismo desde 1792 (guerras revolucionarias francesas). Este fue el contexto en el que el general corso Napoleón Bonaparte dio sus primeros pasos. Al principio, las diversas entidades autónomas más cercanas a Francia, como las del norte de Italia, cayeron bajo su poder. Entonces se establecieron muchas repúblicas hermanas, dependientes de la voluntad de los franceses.

Ya en abril de 1798, Napoleón había ordenado a su general Louis Charles Antoine Desaix que echara el ancla en Siracusa (o en alguna de las radas siracusanas) y esperara la llegada del ejército francés, que debía zarpar desde Tolón (Desaix, en cambio, debía llegar a Siracusa desde la ciudad latina conquistada de Civitavecchia); después, Napoleón enviaría otro despacho a Desaix en el que le advertía de su inminente llegada, por lo que los franceses tendrían que abandonar la ciudad siciliana[64] y dirigirse a la isla de Malta para conquistarla.[65]

La razón por la que Napoleón Bonaparte quería fondear tranquilamente cerca de Siracusa era la existencia de un tratado de neutralidad que las ciudades borbónicas se habían comprometido a mantener durante las Guerras Revolucionarias: el Tratado de París de octubre de 1796 (ratificado por el Armisticio de Brescia). Sin embargo, la presencia del ejército francés en aguas sicilianas, constatada desde mayo de ese año, causó gran revuelo: numerosas potencias extranjeras ofrecieron su alianza al rey Fernando III, desconfiando completamente de los planes de Napoleón; todas ellas convencidas de que su objetivo era Sicilia[66] (a lo que cabe añadir que, desde la caída de la República de Venecia, la flota veneciana había sido puesta al servicio de los franceses y navegaba peligrosamente en el mar de Siracusa). [67]

En los últimos días de mayo, Napoleón Bonaparte se acercó al puerto de Siracusa a bordo de buques de guerra franceses, pero se retiró,[68] llevó su escuadra a las puertas de Malta y lanzó un ultimátum a los Caballeros de San Juan, quienes, siendo en su mayoría de origen francés, ofrecieron poca resistencia y entregaron la isla a Francia. Así, de nuevo en peregrinación, la Orden se dirigió a Rusia en busca de ayuda. Tras ocupar la isla, Napoleón levó anclas y desembarcó en julio de 1798 en la bahía de Abu Qir, en Alejandría, Egipto.[69]

La violación del tratado de neutralidad; el desembarco de la flota inglesa

Almirante Horatio Nelson

Mientras los franceses se preparaban para conquistar las pirámides, el almirante Horatio Nelson desembarcó en Siracusa el 19 de julio con la flota de la Royal Navy, buscando frenéticamente a Napoleón.[70]

El desembarco de Nelson en Sicilia no fue nada fácil: los británicos, a quienes Francia había declarado hacía tiempo una guerra encarnizada, abiertamente correspondida por Gran Bretaña, llevaban más de un mes navegando por el Mediterráneo sin poder localizar los barcos de Napoleón (quien tenía todo el interés en evitar un enfrentamiento en el mar con las tripulaciones rivales, más experimentadas); Nelson se había enterado de la captura de Malta mientras preguntaba cerca de la costa de Nápoles el 17 de junio: llegó entonces a la costa de Messina el 20 de junio,[71] donde recibió información para dirigirse al mar Egeo; percibiendo el plan oriental de Napoleón, y habiendo dado un gran impulso a su propia flota, Nelson rozó y adelantó a los barcos franceses en Creta sin darse cuenta.[72]

Al llegar a Alejandría no encontró al enemigo, y temiendo que Napoleón hubiera decidido atacar Sicilia,[73] decidió regresar, ir a Siracusa y desde allí hacer balance de la situación.[74]

Sin embargo, una vez que se acercó a la costa siciliana, no se le permitió entrar al puerto: Siracusa, de hecho, estaba sujeta al mencionado pacto de neutralidad entre Fernando III de Borbón y Francia. Solo gracias a la intervención de Emma Hamilton (esposa del embajador británico en Nápoles, Sir William Hamilton, y confidente de la reina consorte de Sicilia María Carolina de Habsburgo-Lorena) Nelson obtuvo permiso del gobierno de la ciudad para desembarcar, a pesar de que esto suponía una violación del tratado de neutralidad borbónica con Francia.[75]

Vista de la ciudad portuaria de Siracusa en 1802, lugar de desembarco de Nelson

Horatio Nelson recordaría la intercesión de Emma como un hecho de vital importancia,[nota 1] aunque según numerosos historiadores, las acciones del más poderoso John Acton estuvieron detrás de la violación;[76] de hecho, también habría existido un documento oficial, firmado por Acton el 17 de junio, que autorizaba a Nelson a abastecerse en los puertos del reino sículo-itálico, y más específicamente en los de Siracusa, Mesina, Augusta y Trapani. Esto, sin embargo, contrasta con las rotundas negativas que el almirante afirmó haber recibido en la mayoría de los puertos de la isla.[77]

Pocos días después de la partida de Nelson del puerto siciliano, el 1 y 2 de agosto de 1798, tuvo lugar la batalla del Nilo, en la que la flota del contralmirante inglés derrotó a su rival napoleónico.

El cónsul francés en la corte de Nápoles, Monsieur La Cheze, encargado de los asuntos de la República Francesa, presentó al gobierno de Fernando una nota solicitando la expulsión de John Acton y la entrega del gobernador militar de Siracusa a manos de la justicia francesa; los dos principales culpables, según el entorno de Napoleón,[nota 2] del apoyo obtenido por Nelson.[78]

Francia también exigió a Fernando que todos los puertos del Reino de Sicilia pasaran a estar bajo administración francesa, lo que no permitiría más violaciones del tratado de neutralidad.[79] Napoleón más tarde logró obtener la eliminación de Acton de los Borbones, pero no el control de los puertos sicilianos.[80]

Los Borbones encuentran refugio en Palermo

Palacio de los normandos en Palermo, que se convirtió en la sede de la corte borbónica cuando tuvo que huir de Nápoles tras la conquista de Napoleón Bonaparte.

Además del decisivo apoyo logístico brindado a Nelson, Fernando escuchó a Inglaterra, que lo instó a invadir los Estados Pontificios recientemente conquistados por Napoleón, de modo que la ruptura fue total. En este punto, los franceses, creyendo que el pacto de neutralidad había sido definitivamente violado, no tuvieron más escrúpulos e invadieron la parte continental del reino Borbón, obligando al rey y a la reina a una huida apresurada. Horacio Nelson condujo entonces a Fernando y María Carolina a Palermo el 22 de diciembre de 1798.[81]

Los franceses habían declarado confiscada la corona de Nápoles: la República Napolitana, que al igual que sus otras repúblicas hermanas quedó bajo control francés, se estableció en su lugar en 1799.[82] Los sicilianos, inicialmente satisfechos con las garantías dadas por Fernando en el discurso inaugural de la sesión parlamentaria de 1802 respecto a su intención de mantener la corte en Palermo, otorgaron al soberano importantes donaciones. Sin embargo, en 1802 los soberanos pudieron regresar temporalmente a la corte en Nápoles, dejando vacante la corte de Palermo una vez más.[83] La situación empeoró para los Borbones cuando Napoleón Bonaparte invadió aún más su reino continental.

En septiembre de 1805 se intentó recuperar el Reino de Nápoles desde la ciudad siciliana de Siracusa, de donde había zarpado una flota anglo-rusa compuesta por 13.000 soldados rusos y 7.000 británicos.[84] La expedición finalmente fracasó debido a las opiniones discordantes entre los rusos y los británicos, quienes, incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos, concedieron a los franceses una victoria fácil, regresando a Sicilia en 1806.[85]

Ya el 27 de diciembre de 1805, Napoleón Bonaparte, desde el Palacio de Schönbrunn, había condenado la monarquía borbónica napolitana, declarándola ya no existente:

La dinastía de Nápoles ha dejado de reinar; su existencia es incompatible con el resto de Europa y el honor de mi corona.
La dynastie de Naples a cessé de régner; son existence est incompatible avec le repos de l'Europe et l'honneur de ma couronne.
Napoleón[86]

En 1806, fundó el nuevo Reino de Nápoles, bajo el liderazgo de su hermano José Bonaparte.[87] Sicilia, que para los franceses estaba teóricamente incluida en sus dominios debido a la unión personal entre las coronas continental e insular, en realidad seguía siendo posesión de la monarquía borbónica y permanecía bajo la protección británica. Por lo tanto, los gobernantes napolitanos, por segunda vez, encontraron refugio en la corte de Sicilia.

La presencia inglesa en el Reino de Sicilia

Europa bajo el dominio de Francia en 1812. Sicilia fue uno de los pocos estados europeos que logró evitar ser incorporado al Imperio napoleónico

La presencia británica en la isla –una presencia armada con fines bélicos (la guerra contra Napoleón Bonaparte)– pasaría a la historiografía siciliana como la «década inglesa».[88]

Entre las ciudades de Sicilia, los británicos eligieron la estratégica ubicación de Siracusa como el lugar idóneo para establecer su estrategia militar antinapoleónica en la isla. De hecho, esta ciudad se prestaba a este propósito, siendo una plaza de armas bien conocida por sus defensas desde 1679 (una de las pocas de la isla), y desde el comienzo mismo de la segunda llegada de los Borbones a Palermo, quedó, con el consentimiento de los soberanos, bajo el control directo de Inglaterra. Siracusa, una plaza fuerte, Palermo, sede de la corte, y Mesina, puerta de entrada al continente europeo, eran los tres principales puntos estratégicos vigilados celosamente por los soldados de Su Majestad Británica.[89]

Sicilia en esa década se convirtió en una patria de salvación para muchos pueblos: además de la corte napolitana de los Borbones, la capital siciliana también representó un refugio para el futuro rey de los franceses, Luis Felipe (exiliado de Francia como pariente del guillotinado Luis XVI).[90]

Inglaterra continuó resistiendo, y se le unieron, junto con el Reino de Sicilia, el Imperio portugués y el Reino de Cerdeña. La isla más grande del Mediterráneo, en particular, representó el principal eje defensivo para los británicos: Napoleón recordó en sus memorias cómo los británicos solían reclutar, a menudo por la fuerza, principalmente a sicilianos (además de sus aliados portugueses).[91]

Napoleón Bonaparte: la toma de Sicilia

Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses (François Gérard, 1805)

Napoleón también tenía intenciones de someter Sicilia a su dominio.[92] Tras descartar el plan de invadir Gran Bretaña con un desembarco anfibio, intentó, o más bien planeó, una primera invasión siciliana, finalizada entre 1806 y 1808 (posteriormente se habló de otro plan para invadir la isla, en el que, sin embargo, el emperador de Francia jugó un papel ambiguo).[92][93] Sin embargo, Napoleón Bonaparte parecía tener escasez de información sobre el estado de la isla mediterránea, prueba de lo cual sería el aluvión de preguntas que le hizo a su hermano José sobre todo lo relacionado con Sicilia, cuyas respuestas debían ilustrar a los franceses, mostrándoles cómo moverse por ella.[92]

Mi hermano [...] mis escuadrones están en movimiento y podemos entrar en Sicilia en cualquier momento [...] el 25 o el 30, el almirante Ganteaume podría aparecer en Reggio, desembarcar mis tropas entre Catania y Messina, tomar Messina y quizás Catania, bloquear los fuertes y ocupar el faro. Esta operación podría tener más éxito, ya que el almirante Ganteaume amenazaría Siracusa, lo que intrigaría a los británicos.
Mon frère [...] mes escadres sont en mouvement, et qu'on peut d'un moment à l'autre passer en Sicile [...] le 25 ou le 30 l'amiral Ganteaume pût paraitre devant Reggio, débarquer mes troupes entre Catane et Messine, s'emparer Messine et meme de Catane, bloquer les forts, et enlever le Phare. Cette opération pourrait etre faite d'autant mieux, que l'amiral Ganteaume menacerait par là Syracuse, ce qui intriguerait beaucoup les Anglais.
El emperador Napoleón Bonaparte a su hermano, el rey José Bonaparte de Nápoles, 17 de febrero de 1808..[94]

Uno de sus planes (Napoleón siempre proponía múltiples soluciones en sus despachos), era desembarcar tropas francesas, comandadas por el almirante Honoré-Joseph-Antoine Ganteaume, entre Messina y Catania y, tras tomar estas dos ciudades, marchar los franceses hacia Siracusa, "amenazándola" con la conquista, para así agitar a los británicos, ya que Napoleón sabía que dentro de la ciudad estaba el núcleo de la defensa británica (estaba convencido de que la última resistencia de los británicos en la isla se centraría en Siracusa).[95]

Finalmente decidió posponer el desembarco hasta después de que se hubiera asegurado la captura de Scilla (una frontera calabresa bajo control británico).[92] Sin embargo, el esfuerzo siciliano seguiría siendo central en sus pensamientos. Se puede entender lo importante que consideraba la conquista de Sicilia a partir de una cita que escribió en mayo de 1806 (un momento en que consideraba que Europa estaba pacificada bajo su gobierno)[96] a su hermano Joseph: «Sicilia lo es todo, y Gaeta no es nada» (“la Sicile est tout, et Gaète n'est rien”),[96] con la intención de instarlo con palabras enérgicas a no concentrar sus tropas en el baluarte napolitano (que estaba amenazado por los británicos; para él un factor positivo, ya que distraía a Inglaterra de Sicilia, dando a su ejército la oportunidad de intentar desembarcos), sino más bien a dirigir su mirada a los sicilianos, cuya isla, protegida por sus archienemigos, los británicos, se volvió crucial para estabilizar sus conquistas en el continente.[96]

La llegada del almirante Collingwood

Cuthbert Collingwood, comandante en jefe de la Flota del Mediterráneo

El almirante de la Marina Real Cuthbert Collingwood –quien había estado vinculado a Nelson por una profunda amistad; estuvo con él en Trafalgar y tomó su lugar en el mando de la flota cuando este último fue asesinado durante la batalla[97]– escribió desde Cádiz a Hugh Elliot,[98] un ministro inglés en la corte de Fernando, que para la supervivencia de lo que quedaba de la corona borbónica era absolutamente necesario que Inglaterra fuera libre de disponer de parte de Sicilia a su propia voluntad, sin ninguna restricción por parte de la corte napolitana implantada en Palermo; la elección de Collingwood recayó en Siracusa,[99] que acogió desde el día 6 de diciembre de 1807 al comandante de la flota británica del Mediterráneo con sus buques de guerra.[100]

Collingwood, aunque mostraba un sincero interés por las vicisitudes de la ciudad que albergaba el mando de su flota, en realidad estaba allí por otros motivos, y cuando escribió a sir William Drummond of Logiealmond (ministro británico en la corte borbónica, sucesor de Elliot) ese mismo día, lo hizo en tono muy diferente, expresando la necesidad de que Gran Bretaña pudiera contar con los sicilianos para contrarrestar las ambiciones expansionistas de los franceses:

Siracusa tiene una ubicación tan privilegiada, y tanto depende del esfuerzo de su gente, que concibo que una política que, en lugar de disminuir su poder, la impulsara a expandirla, aumentara su población y los vinculara firmemente, y por todos los medios, a los verdaderos intereses de su país, resultaría, con el transcurso de los acontecimientos, sumamente beneficiosa. Tienen un puerto admirable, pero carecen de comercio; un país hermoso, pero el mal estado de sus carreteras lo convierte en un desierto.
Syracuse is so particularly situated, and so much may depend on the exertion of its people, that I should conceive that a policy the reverse of diminisging its power, a policy to aggrandise it, to increase its population, and to attach them strongly, and by every means, to the true interests of their Country, would, in the course of events, be found hightly beneficial. They have an admirable port, but no trade; a beautiful country, but the badness of the roads makes it a desert.

Efectos de la Paz de Tilsit

Napoleón y los franceses abandonan Moscú incendiada en 1812
Napoleón lidera a sus hombres en uno de los últimos ataques en suelo ruso
Napoleón con sus generales durante la desastrosa retirada. El hielo e clave en la derrota de la Grande Armée en Rusia.

Mientras Collingwood custodiaba cuidadosamente el mar de Sicilia, surgieron serias tensiones con los rusos: Collingwood había recibido órdenes del Almirantazgo británico en Siracusa desde principios de enero de 1808 de destruir todos los barcos rusos que estuvieran en la costa siciliana.[101][102] Este fue el efecto de la guerra anglorrusa (1807-1812) que Rusia le había declarado a Gran Bretaña a instancias de Napoleón Bonaparte, quien, el año anterior (verano de 1807), había obligado al zar Alejandro I a firmar la paz de Tilsit[103] (las relaciones entre rusos y británicos, sin embargo, ya eran tensas desde 1806). No obstante, a pesar de la presión de Robert Adair (plenipotenciario británico ante la corte de los Habsburgo-Lorena en Viena) y del mando de los señoríos, Collingwood luchó por cumplir con lo que se le exigía, ya que vislumbró, incluso en ese momento, las desavenencias que posteriormente conducirían a una ruptura definitiva entre Napoleón y Alejandro. El almirante británico, a bordo de su Ocean, desde el puerto de Siracusa, declaró:

El emperador Alejandro ha actuado imprudentemente; sin ganarse un solo amigo en el mundo, se ha ganado el desprecio, y quizás el odio, de sus súbditos. Debería haber sabido que Bonaparte no tiene otra pasión que la ambición, ni más amigos que los que pueden subordinarse a su engrandecimiento. Habiendo logrado su objetivo, ya no le importa, y para entonces está dispuesto a declararle la guerra por la más mínima diferencia.
The Emperor Alexander has acted unwisely; without gaining a friend in the world, he has drawn on himself the contempt, and perhaps the hatred, of his subjects. He should have known that Buonaparte has no passion but ambition, no friend but such as can be made subservient to his aggrandisement. Having gained his object, he no longer cares for him, and by this time is ready to go to war with him upon the smallest difference.
Cuthbert Collingwood to Alexander Ball, governor of Malta. Syracuse, January 27, 1808.[104]

Hasta 1807, los barcos rusos habían atracado discretamente en los puertos sicilianos. En la ciudad de Aretusa, por ejemplo, atracó en 1806 el buque de guerra ruso en el que viajaba el joven oficial naval Vladimir Bogdanovič Bronevsky (autor del libro Memorias de un oficial naval ruso durante la campaña en el Mediterráneo de 1805 a 1810),[nota 3] cuyo testimonio fue significativo en el entorno cultural de su patria, ya que representó para los rusos una de las pocas ventanas abiertas al mundo siciliano.[106]

Para cuando Collingwood se dispuso a implementar las directivas recibidas de Gran Bretaña (señalando, sin embargo, que las acciones de la armada británica contra los rusos en Sicilia constituían una clara violación de la neutralidad de ese país con el zar y una grave injerencia en la corona siciliana),[102][107] (excepto los que aún se encontraban en Palermo, que fueron detenidos por la fuerza).[108] Por lo tanto, no se produjo destrucción, pero surgió una fuerte sospecha sobre las intenciones rusas sobre Sicilia. Siracusa comenzó a ser especialmente vigilada en esta guerra.

... Ahora la escuadra rusa de Sienowizrode [Dmitry Nikolaevich Senjavin] entra en Sicilia: un barco ha llegado a Siracusa y ha explorado el puerto. Aunque podrían habernos sido útiles, deseamos que nunca hubieran venido [...]
... Now the Russian squadron of Sienowizrode [Dmitry Nikolaevich Senjavin] is entering Sicily: a ship has entered Syracuse and explored the harbour. Although they could have been useful to us, we wished they had never come [...].
El embajador de Fernando IV de Borbón en la corte de San Petersburgo, Antonino Maresca, denuncia la Paz de Tilsit[108]

Tilsit era importante para Napoleón, ya que el zar se comprometió a acatar el Decreto de Berlín (21 de noviembre de 1806), es decir, el estricto Bloqueo Continental impuesto a Inglaterra (que en Europa solo podía comerciar con Sicilia, Portugal y Cerdeña). Pero Alejandro I rompió la paz con Napoleón porque este demostró que no quería cederle el control sobre el estrecho de los Dardanelos, el Bósforo y la ciudad de Constantinopla (en esencia, Rusia quería libre acceso al centro del Mediterráneo, que Napoleón, a pesar de ser aliado del zar, no le concedió, disgustando enormemente a Alejandro).[109] Antes de comenzar las hostilidades contra los rusos —la campaña rusa— Napoleón pidió la paz a Inglaterra: entonces podía considerarse satisfecho, ya que había derrotado tanto a la Cuarta como a la Quinta Coalición.

Lo que exigió a los británicos fue que cedieran Sicilia (que quedaría bajo el control de los Borbones, a instancias de Bonaparte), Portugal y la rebelión en España ; los franceses, a su vez, depondrían las armas en esos mismos países (París, 17 de abril de 1812).[110] La respuesta de LLord Castlereagh fue que Gran Bretaña no toleraría ninguna corona en manos de la familia Bonaparte.[110] Por lo tanto, las negociaciones de paz fracasaron. Sicilia continuó ocupada por los británicos.[nota 4]

Si este cuarto intento de paz fracasa, como fracasaron los que lo precedieron, Francia tendrá al menos el consuelo de saber que la sangre que está a punto de correr de nuevo caerá toda sobre Inglaterra.
"If this fourth attempt at peace fails, as those that preceded it have failed, France will at least have the consolation of knowing that the blood about to flow again will all fall on England."

Los habitantes de la ciudad de Siracusa estaban exentos del alistamiento forzoso llevado a cabo por los británicos directamente en el territorio provincial: los británicos podían reclutar incluso a los soldados y oficiales reales de Sicilia, y tenían plenos poderes sobre los nativos en ciertas áreas que ocupaban, que también incluían los asentamientos alrededor de la capital de Siracusa hasta Capo Passero, que marcaba la línea de demarcación dentro de la cual el general de brigada John Stuart tenía total libertad militar en tierra (los plenos poderes sobre la marina, por otro lado, pertenecían a Sir Cuthbert Collingwood). El erudito Saverio Landolina observó que la partida forzada de tantos jóvenes sicilianos para la guerra en el continente envenenaba el aire de la isla.[113] Sin embargo, también había sicilianos que podían elegir independientemente a qué batallones unirse; varios de ellos eligieron servir a la Francia de Napoleón en lugar de a la corona borbónica o la causa inglesa.

Sicilia como protectorado inglés

El escocés Gould Francis Leckie

Gould Francis Leckie, que vivió en Siracusa durante la época del imperio napoleónico e insistió en que Gran Bretaña se uniera con Sicilia.
Landhaus bei Syrakus (Casa de campo cerca de Siracusa), grabado según un diseño de Karl Friedrich Schinkel que el artista alemán ideó tras la visita a la villa de Gould Francis Leckie en Tremilia[nota 5]

A medida que se desarrollaba la campaña de conquista de Napoleón en las lejanas tierras rusas y germánicas, la relación con Inglaterra en Sicilia comenzó a cambiar: de una ocupación militar momentánea y simple, empezó a hablarse desde muchos sectores de una posible estancia permanente de los ingleses en la isla mediterránea.

En septiembre de 1810, el cuñado de Bonaparte, Joachim Murat, quien se había convertido en rey de Nápoles en lugar de José Bonaparte (quien había recibido la corona española de Napoleón), intentó, sin la autorización del emperador de Francia, desembarcar en Sicilia. Esto resultó infructuoso, pero alarmó enormemente a los británicos, quienes, como medida de precaución, reforzaron sus fuerzas en Siracusa y Augusta,[114] convencidos de que el próximo asalto de Murat se dirigiría contra uno de estos dos territorios marítimos. El contacto cultural entre los nativos y los ocupantes creció, y a medida que las tensiones políticas maduraban en toda la isla, la cuestión siciliana, es decir, su destino cuando la larga guerra finalmente llegara a su fin, tocó la fibra sensible del gobierno británico gracias en gran medida a la circulación de un libro, Historical survey of the foreign affairs of Great Britain, escrito y publicado en Londres en 1808[115] (y republicado en 1810)[116] por un militar y terrateniente escocés llamado Gould Francis Leckie, que había vivido de 1801 a 1807 en el feudo aretuseo de Tremilia, que había arrendado por enfiteusis.[117]

El escocés quería trasladar el modelo agrario anglosajón a la zona de Siracusa, empezando por sus propias tierras.[118][119] Leckie forjó estrechas relaciones con los siracusanos hasta tal punto que pidió unirse a la 'mastra nobile (órgano de gobierno) de la ciudad, lo que no le fue concedido, ya que los nobles locales veían con sospecha su intromisión en la política aretusiana.[118]

Gould Francis Leckie logró convertirse en una verdadera «eminencia gris»[115] entre los militares británicos en la isla; incluso recibió a soldados estadounidenses, que estaban en la ciudad en ese momento (el oficial estadounidense Stephen Decatur llamó a la villa en Tremilia «idílica», con su vistas sobre la bahía de Siracusa),[120] expresando repetidamente sus pensamientos destinados a crear un protectorado británico sobre Sicilia a los altos mandos de Gran Bretaña.[115][121] Fue nombrado agente consular honorario del Reino Unido para la ciudad de Siracusa.[122]

A su texto (redactado en gran parte mientras aún residía en su villa de Siracusa)[121] se atribuye el gran avance de los británicos en cuanto a su interés en el estatus gubernamental de la isla. Inglaterra y Francia se habían declarado una «guerra ideológica»,[123] además de una guerra física, en la que los conservadores ingleses se enfrentaron a los revolucionarios franceses. Leckie sugirió abiertamente al gobierno de su nación que luchara contra Napoleón, aprovechando Sicilia, no con las armas, sino con la política:[124] que los sicilianos iniciaran un movimiento contrarrevolucionario; que lo extendieran a Italia y que socavaran la estabilidad del Código Napoleónico que su fundador imponía a los países conquistados. [124][125]

Lord William Bentinck, quien llegó a Sicilia y sentenció a la corte borbónica: «constitución o revolución». En 1813, hizo campaña personalmente a favor de Inglaterra entre los sicilianos..

Para ello, sin embargo, se necesitaba una verdadera reforma en el Parlamento siciliano: debía crearse una constitución siciliana que, para Leckie, no solo debía basarse en el modelo de la constitución del Reino Unido, sino que debía ser redactada directamente por los ingleses y aplicada estrictamente a los nativos (Leckie desconfiaba de la administración siciliana, a la que calificaba de perversa). El escocés elaboró entonces para sus compatriotas lo que se denominó una «estrategia insular»,[121] destinada a crear un «imperio británico de las islas»[121] con el que derrotar la expansión francesa: Gran Bretaña ya poseía la isla de Malta y las islas Jónicas (también poseía estratégicamente Córcega y la isla de Elba); la isla de Sicilia, el verdadero centro del Mediterráneo, según Leckie, actualmente ocupada militarmente, debía convertirse en parte permanente de las posesiones británicas.[121][126]

Tras varias discusiones constitucionales, Lord William Bentinck llegó en el verano de 1811: comandante en jefe de las fuerzas británicas en Sicilia, general de brigada del ejército de Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, y ministro plenipotenciario en la corte borbónica de Palermo. Inicialmente, Bentinck compartía solo una parte del pensamiento de Leckie: creía que era necesaria una constitución, pero quería que la redactaran los sicilianos y no los británicos. En aquel momento, tampoco habló de anexionar la isla a Gran Bretaña, pero con el tiempo, para lograr los objetivos que Inglaterra se había fijado con Sicilia, llegaría a sacrificar a los actuales reyes del reino.[127]

Los contrastes entre los Borbones y los británicos

La estancia forzada de los soberanos en la isla representó, en parte, una oportunidad de acercamiento entre el pueblo de Sicilia y sus gobernantes casi desconocidos, pero esta relación estuvo fuertemente marcada por la presencia inglesa: la ciudad ocupada de Siracusa representó, por ejemplo, una de las principales razones de la ruptura entre la corte siciliana y el gobierno inglés: desde que Cuthbert Collingwood tomó efectivamente la parte oriental de la isla del control de los Borbones, estos comprendieron que Inglaterra era una peligrosa potencia protectora para ellos.

Fue especialmente la reina consorte de Sicilia María Carolina de Austria —antes benévola con su aliado de ultramar— quien más resintió la nueva actitud.[nota 6] Lord William Bentinck entró en agudo conflicto con los Habsburgo-Lorena, porque la veía como el principal obstáculo para la implementación de la política inglesa en la isla. La reina no se resignó al abrumador poder británico sobre su reino; Fernando IV se mostró indiferente a las acciones británicas, pero no así María Carolina. Sicilia quedó militarmente dividida en dos: en la parte occidental se encontraban los soldados napolitanos: Palermo, Termini, Corleone, Carini;[129] mientras que la parte oriental estaba comandada por el ejército británico: Messina, Milazzo, Augusta, Siracusa.[129] La familia real vio reducidos a la mitad sus poderes de la corona, lo que irritó enormemente a la consorte de Fernando.

La posición de la reina se precipitó cuando Napoleón Bonaparte forjó un fuerte parentesco con ella: se casó en 1810 con la hija del emperador austríaco María Luisa de Habsburgo-Lorena, que era la nieta de María Carolina de Austria y Fernando IV de Borbón (nacida de su hija mayor María Teresa de las Dos Sicilias).[130]

La reina de Sicilia, María Carolina de Austria, y el marqués de Siracusa, Tommaso Gargallo: quería restaurar la Cámara Real de Siracusa colocando a su cabeza a los Habsburgo-Lorena.

María Carolina fue incluso culpada por el intento de desembarco en Sicilia de Joachim Murat (rey de Nápoles y cuñado de Napoleón Bonaparte): los británicos afirmaron que ella acordó con Napoleón que los franceses invadieran el reino y entregaran la corona siciliana a su nuevo sobrino:[131] también se dijo que Napoleón boicoteó a Murat porque ya no quería atacar a los súbditos de su pariente.[132][nota 7] Sin embargo, antes de 1810, las relaciones entre el soberano siciliano y el emperador de los franceses no eran en absoluto buenas[133] (María Carolina, hablando de su nuevo nieto político, es decir, Napoleón, afirmó que tuvo que resignarse a convertirse en la «abuela del diablo»).[134]

Además, el gran temor de Inglaterra era que los sicilianos, cansados de los dos gobernantes, considerados tiranos, declararan la República y se sometieran a los franceses. Por lo tanto, Lord William Bentinck consideró necesario el derrocamiento forzoso de la reina y la abdicación del trono de Fernando.

En este contexto, cabe destacar la obra del siracusano Tommaso Gargallo, quien se vio envuelto en una «rotunda prohibición»[135] impuesta sobre uno de sus sonetos, en el que criticaba la sumisión de sus soberanos a los británicos, comparando la monarquía con un ahorcado cuya soga estaba en manos de Gran Bretaña.[135] Gargallo fue inmediatamente acompañado por un emisario de la corte napolitana, quien le ordenó retirar las copias del soneto ofensivo y evitar disgustar al rey y a los británicos con esas palabras (la prohibición, sin embargo, facilitó aún más la circulación del soneto). [135]

María Carolina de Austria, quien tenía fama de tirana y mujer sin escrúpulos (suyas fueron las órdenes que autorizaron la masacre de los republicanos napolitanos en 1799, llevada a cabo con la connivencia de Horatio Nelson),[136] terminó siendo acusada por Lord William Bentinck de «connivencia con el enemigo»[137] y en 1813, tras una fuerte presión inglesa, optó por el exilio en Austria. Murió apenas un año después de su partida de Sicilia.

Mientras tanto, el rey Fernando, a quien Bentinck había obligado a abdicar (oficialmente Fernando había dicho que estaba enfermo y, por lo tanto, obligado por su mala salud a retirarse) para completar la constitución siciliana en 1812, otorgando los poderes del alter ego al hijo del gobernante Francisco I, se había embarcado en una relación amorosa con la noble siciliana Lucía Migliaccio, duodécima duquesa de Floridia y princesa de Partanna (un título derivado de su primer matrimonio con el príncipe Grifeo, cuya viudedad permanecía):[nota 8] los dos se casaron en noviembre de 1814, en gran secreto, en Palermo, solo dos meses después de la muerte de María Carolina, ante la fuerte desaprobación de Francisco I (lo que dio lugar a todas las acusaciones de libertinaje que circulaban sobre la mujer siracusana),[138] quien nunca aceptó la entrada de Lucía en la familia real. Su matrimonio fue morganático (es decir, no se le concedió el derecho al trono).[138]

La evolución de las relaciones con Gran Bretaña

El general John Moore (muerto en la batalla de La Coruña contra los franceses en 1809), quería anexar Sicilia a Gran Bretaña.
Lord William Pitt Amherst (futuro Gobernador General de la India) creía que la anexión de Sicilia sólo debería ocurrir en un caso extremo.

Bentinck, mientras tanto, expresó su voluntad de difundir los principios constitucionales recientemente adoptados entre los sicilianos, aunque, como señalaron varios historiadores, «se vieron en él actos y palabras de un sentido algo misterioso y algo ambiguo, de modo que despertaron sospechas sobre los objetivos más ambiciosos y ocultos de Inglaterra en Sicilia».[139]

En aquella época, Bentinck era visto como un «dictador» (debido al exilio de la reina y al distanciamiento del rey de los asuntos sicilianos).[140] Existía una fuerte sospecha de que su petit voyage (como lo llama Aceto, uno de los constitucionalistas más fervientes de 1812) no tenía como propósito incitar a la libertad de la isla, sino preparar al pueblo para la eventual y necesaria anexión de su territorio a la nación al otro lado del canal que la protegía. Las sospechas estallaron en escándalo cuando el príncipe heredero hizo pública una carta que el Lord le había enviado cuando estaba a punto de llegar a Siracusa (el 3 de diciembre de 1813),[141] en la que sugería que Francisco I renunciara a Sicilia; la cediera a Inglaterra y obtuviera una compensación monetaria a cambio.[142]

Al llegar al gobierno de Londres, la carta requirió una negación oficial de Lord Castlereagh, quien tuvo que asegurarle a Francisco I que los británicos no estaban allí para conquistar la isla.[143] Sin embargo, Bentinck no fue llamado,[144] como los Borbones, profundamente preocupados por la situación que se estaba desarrollando,[143] habrían deseado, y él, aunque especificó de manera poco convincente al príncipe heredero,[145] que esas palabras eran solo parte de un «sueño filosófico» suyo,[141] pudo reiterar claramente a Lord Castlereagh, el 6 de febrero de 1814, que los británicos tenían la oportunidad de hacer de Sicilia «la joya más espléndida de la corona de Inglaterra; vendría poco después de Irlanda» ("the most splendid gem in the crown of England; it would come soon after Ireland[145] (cuya Acta de Unión (1800) aún estaba vigente). Estas palabras no fueron pronunciadas únicamente por Lord William Bentinck, pues incluso antes que él, otras distinguidas figuras inglesas enviadas desde Londres a la isla habían expresado el mismo concepto, deseando la anexión: vale la pena mencionar a este respecto al ingeniero militar Charles Pasley, quien con su escrito An Essay on the Military Policy and Institutions of the British Empire [Un ensayo sobre la política militar e instituciones del Imperio británico] (el primero de su tipo sobre geopolítica, en el que se afirmaba, en términos claros, que Inglaterra debía anexar Sicilia al Reino Unido)[146] fue junto con el escocés Leckie el más influyente promotor respecto del posible futuro de una Sicilia unida a las Islas Británicas.

También pertenecían al mismo período intervencionista siciliano el general John Moore (entonces segundo al mando) y Lord Amherst](William Pitt Amherst), quien fue el predecesor inminente de Bentinck y quien exigió mayores poderes para los británicos en el gobierno de la isla (estos poderes permitieron a Bentinck exiliar a la reina y derrocar al rey). Moore, en particular, también escocés, fue invitado de Gould Francis Leckie durante su mandato (y también pasó varias veces con Collingwood), quien le dio un recorrido por la ciudad y luego lo llevó a su hogar en Tremilia. Moore consideró seguras las fortificaciones siracusanas (restauradas por los británicos), pero aún así quería más protección.[147]

El soldado escocés creía que la anexión de Sicilia a Gran Bretaña era la única manera de ganarse el apoyo del pueblo siciliano, que en aquel entonces veía a los británicos solo como una fuerza beligerante en su propio territorio. Moore culpó a la corte borbónica de los abusos y las miserables condiciones en las que se encontraba el pueblo siciliano.[148] Moore, debido a sus propias ideas revolucionarias, terminó enfrentándose con los demás emisarios británicos, y tanto él como su compatriota Leckie tuvieron que abandonar la isla (Leckie por entrar públicamente en conflicto con la corte borbónica).[148]

La constitución siciliana (que sólo pudo ver la luz gracias a la constante supervisión armada de los británicos) se había basado, al igual que muchos discursos anexionistas, en el antiguo vínculo medieval que unía a ingleses y sicilianos, es decir, la época de los normandos (tanto Sicilia como Inglaterra habían sido conquistadas por ellos durante la era vikinga); por lo tanto, podría haber un retorno a la antigua unión en nombre de los derechos sicilianos recién adquiridos.[149][150] Sin embargo, los acontecimientos que siguieron no lo permitieron.

El fin de la guerra

Tanto el embajador ruso Dmitri Pavlovich Tatischeff[151] como el miembro de la familia real francesa, el duque Luis Felipe de Orleans,[152] advirtieron varias veces a los Borbones, afirmando firmemente que los británicos, y en particular el militar y plenipotenciario Lord William Bentinck, estaban tramando un plan encubierto para tomar posesión de Sicilia, pero antes de que estos supuestos planes pudieran implementarse de alguna manera, se produjo la caída de Napoleón, que lo trastocó todo: el general firmó el llamado Tratado de Fontainebleau el 14 de abril de 1814, por el cual, para obtener la paz y el fin de la guerra, abdicó y se entregó a los británicos, quienes lo exiliaron a la isla de Elba.

El irlandés Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, comandante de las fuerzas aliadas que finalmente derrotaron a Napoleón en Waterloo. En el Congreso de Viena tranquilizó a los sicilianos sobre la viabilidad de su nueva constitución.
Por lo tanto, era fácil prever adónde conduciría si la repentina caída de Napoleón no lo hubiera impedido. Un cambio repentino en la política inglesa en Sicilia fue responsable de dicha caída.
It was therefore easy to see where it would lead if the sudden fall of Napoleon had not prevented it. A sudden change in English policy in Sicily was responsible for that fall.
Historical Archives for Eastern Sicily, vol. 21–22, 1925, p. 5.

Si Napoleón no hubiera renunciado a su trono imperial, según diversas fuentes, Gran Bretaña habría dado el paso decisivo de anexionarse Sicilia. Pero con el nuevo escenario, para alcanzar el acuerdo de paz, era absolutamente necesario que renunciara a sus ambiciosos objetivos, ya que Francia «nunca aceptaría ceder la isla a los británicos».[151]

Napoleón decidió huir de Elba y regresar a París. Sus enemigos se unieron entonces de nuevo en una nueva alianza: la Séptima Coalición. Tras el período de Les Cent Jours, el ejército de Napoleón Bonaparte libró su última batalla, la batalla de Waterloo, de la que salió derrotado el 18 de junio de 1815. Los británicos se volvieron mucho más duros con Napoleón y lo exiliaron lejos de Europa, a la isla de Santa Elena, donde su influyente exministro Talleyrand quiso confinarlo desde el principio;[153] un territorio británico de ultramar situado en el océano Atlántico Sur (Napoleón moriría en Santa Elena en el año 1821).

El destino de Sicilia en el Congreso de Viena

Después de las guerras napoleónicas, nada pudo volver a ser como era, a pesar de que Inglaterra –y especialmente Lord Castlereagh[154]– persistían en repetir como un mantra que era necesario restaurar «el antiguo territorio, la antigua dinastía»; esto significaba volver a poner en boga el antiguo régimen; un propósito que luego sería aplicado estrictamente por Austria, Prusia y Rusia (que juntas formarían la Santa Alianza, destinada a mantener bajo su influencia el nuevo orden político de Europa).

Robert Stewart (también conocido como Lord Castlereagh) pictured in 1817. fotografiado en 1817. Fue uno de los protagonistas indiscutibles del Congreso de Viena.

En cuanto a Sicilia, durante el Congreso de Viena, los británicos consintieron en la supresión de la constitución que se había promulgado precisamente por su voluntad e insistencia. Los sicilianos, que habían disfrutado del posible cambio, protestaron, pero sin éxito. Lord Castlereagh se mostró indiferente a las acusaciones de sus antiguos aliados de guerra y sentenció: «¿No era la máxima de Bonaparte que deseaba aplicar su código a las naciones más dispares? Hemos tenido experiencia reciente de la falacia de este principio en Sicilia. Nuestra constitución no pudo ser adoptada allí».[154][155] Lord Castlereagh especificó además:«La necesidad constituyó el derecho, y con el fin de esa necesidad, cesó cualquier pretensión de intervención» (‘Necessity constituted right, and with the end of that necessity, any pretence of willingness to intervene ceased.’)[156]

Lord Castlereagh, sin embargo, advirtió a Fernando IV de Borbón (que estaba cerca de la restauración), advirtiéndole que los británicos se sentirían obligados a regresar a la isla si la monarquía borbónica pisoteaba severamente los derechos de los sicilianos y perseguía a aquellos que, por necesidad, habían sido parte del proyecto constitucional de 1812.[156]

Lord William Bentinck (quien no estaba de acuerdo con la supresión de la Constitución), afirmó airadamente a Lord Castlereagh que «nunca ha habido una supresión más total de todos los derechos que ésta; ni se puede encontrar en los anales de ningún país una mayor acumulación de injusticia, opresión y crueldad» que la que sufrieron los sicilianos.[157]

Sin embargo, el regreso de los Borbones al trono de Nápoles no fue deseado con entusiasmo por Gran Bretaña ni por Austria (ambos habían hecho el pacto con Murat precisamente para impedir que los Borbones de Francia y España se unieran de nuevo con los sicilianos, y que habían mantenido a propósito a los Borbones de la isla en una posición extremadamente débil), sino que fue implementado por Talleyrand, que había hecho que pareciera inaceptable a los ojos de Europa mantener en el trono a un hombre que había sido leal, así como pariente, de Napoleón (Talleyrand estaba preparando el regreso de los Borbones al trono de Francia y tenía todo el interés en restaurarlos también en el sur de Italia).[158][159]

En cuanto a la [[[Orden de San Juan de Jerusalén|Orden de los Caballeros de la Isla de Malta]], por otra parte, que había compartido toda su existencia con Sicilia, ya no pudo ser revivida: los británicos conservaron con el Tratado de París (30 de mayo de 1814) la posesión del archipiélago maltés; Francia, que con la Paz de Amiens todavía consideraba que Malta pertenecía a la Orden, también se resignó a cederla a Su Majestad Británica (Rusia hizo lo mismo).[160] Al principio, los caballeros intentaron resistir y establecieron su sede desde Rusia a la ciudad siciliana de Catania (que no había sido ocupada por los británicos durante las guerras napoleónicas), pero cuando se dieron cuenta de que no había nada más que pudieran hacer para recuperar su antigua sede del Imperio británico, en 1834 se establecieron en Roma (donde la Orden, que conservó la denominación de Malta, se transformó: al no tener que defender ya ningún reino en guerras religiosas, sus miembros asumieron un carácter puramente asistencial y hospitalario).[161]

Nacimiento del Reino de las Dos Sicilias

Con el Tratado de Casalanza (20 de mayo de 1815) Murat renunció forzadamente al Reino de Nápoles, que fue devuelto por los aliados al rey Fernando; suprimió la corona del Reino de Sicilia un año después y la unió a la corona napolitana: en diciembre de 1816 se formó así el Reino de las Dos Sicilias y el Borbón cambió su título a Fernando I de las Dos Sicilias.[8] Los sicilianos, ya desilusionados por el regreso a la monarquía absoluta, no aceptaron la unión y pronto se sublevaron:

Y como hubo muchos disturbios en Mesina, Catania y Siracusa, donde la rebelión llevó incluso a insultar a las autoridades legítimas profiriendo palabras prohibidas y destruyendo las insignias del gobierno, se enviaron numerosas tropas desde Nápoles, junto con el Marqués Del Carretto, Ministro de Estado para la Policía General, a quien, por decreto real del 31 de julio, se transfirieron todos los poderes del Alter Ego para los valles de Mesina, Catania y Siracusa, para restaurar la paz y la tranquilidad e incitar a las buenas personas a una conducta prudente. Muchos de los que habían participado en las diversas rebeliones fueron perseguidos y castigados, y Siracusa fue severamente castigada.
And as there were many disturbances in Messina, Catania and Syracuse, where the rebellion went so far as to insult the legitimate authorities by shouting forbidden words and destroying the insignia of the government, many troops were sent from Naples, together with the Marquis Del Carretto, Minister of State for the General Police, to whom, by a royal decree of July 31st, all the powers of the Alter Ego were transferred for the valleys of Messina, Catania and Syracuse, to restore peace and tranquillity and to animate the good men to a wise conduct. Many of those who had taken part in the various rebellions were persecuted and punished, and Syracuse was severely punished.[162]

El Congreso de Viena había dejado a los pueblos de Europa descontentos e insatisfechos en el período posterior a la Revolución Francesa. La chispa en Europa comenzó en España en 1820 (levantamientos de 1820-1821): España, rebelándose contra su propio régimen absolutista, obtuvo una constitución,[163] que también despertó en los sicilianos el deseo de volver al gobierno constitucional de 1812, que se había formado en su isla durante la ocupación británica. En Sicilia, sin embargo, el movimiento revolucionario adquirió diferentes connotaciones, todas conflictivas entre sí: estaban aquellos que, además de la constitución, deseaban obtener la independencia de la isla, aquellos que se contentaban con ser parte de un Reino constitucional (los napolitanos también se habían rebelado para obtener una constitución unitaria) y aquellos que finalmente permanecieron leales al rey y su voluntad.

El nuevo reino duo-siciliano experimentó así agitación social y rebeliones desde el principio: la primera, sin embargo, afectó solo a una parte de Sicilia, la parte occidental, y especialmente a la capital Palermo, mientras que la parte oriental de la isla permaneció casi completamente silenciosa y tranquila. Esos primeros levantamientos fueron sofocados por las tropas del Imperio austríaco, enviadas por orden del rey Fernando tras el Congreso de Liubliana en 1821.[164] La situación siciliana cambió decididamente de aspecto con el inicio de la epidemia de cólera de la década de 1830 y sus efectos en la política borbónica: esta vez la chispa comenzó en el este de Sicilia; desde Siracusa, cuya rebelión sirvió para reavivar los planes revolucionarios nunca del todo latentes de aquellos sicilianos más decididos a terminar con la unión de las dos coronas borbónicas: esto conduciría a la conocida revolución siciliana de 1848.

Disturbios de 1820: las revueltas de Palermo

La supresión de la constitución siciliana de 1812 desencadenó un movimiento de protesta en la isla y el 15 de junio de 1820 los independentistas de Palermo se levantaron (unos 14.000 fusiles del arsenal de Palermo cayeron en manos de los insurgentes).[165] El príncipe Francisco I de Borbón, duque de Calabria, hijo mayor del rey Fernando I de las Dos Sicilias y desde 1817 teniente general de Sicilia, se vio obligado a abandonar la capital siciliana el 27 de junio para refugiarse en Nápoles.

La insurrección de Palermo en 1820

Se formó entonces en Palermo (23 de junio) un gobierno dirigido por el príncipe Giovanni Luigi Moncada y Giuseppe Alliata di Villafranca,[166] que restauró la constitución heredada de los británicos.

En Palermo y su provincia, los constitucionalistas napolitanos no tenían muchos seguidores, ya que la antigua capital del Reino de Sicilia ansiaba recuperar los privilegios y poderes ejecutivos que había conservado hasta su unión forzada con la capital real continental. Encomendaron al noble siracusano Gaetano Abela (soldado de profesión, uno de los últimos en vestir el uniforme de caballero de Malta y uno de los primeros separatistas de la historia moderna de Sicilia)[167] la tarea de conseguir que el Val di Noto se alzara a favor de la independencia, mientras que a otros dos comandantes guerrilleros se les encomendó la tarea de conseguir que el Val di Mazara y el Val Demone se alzaran.[168] Abela se dirigió así contra su propia patria, Siracusa, que en aquel momento parecía serena y sin problemas ante las diversas facciones políticas independentistas o constitucionalistas, ya que su gente, como muchos otros pueblos sicilianos de la época, no quería inmiscuirse en los asuntos públicos.[169] El intento de Abela fue aplastado por su propia milicia de Palermo, que, siendo demasiado sediciosa e indisciplinada, se volvió contra él, desarmándolo, saqueando su equipo de guerra e interrumpiendo así su marcha hacia el sureste de Sicilia (Abela fue finalmente condenado a muerte, lo que fue llevado a cabo públicamente en Palermo por las autoridades borbónicas).[168][170]

El 23 de julio, se envió una delegación a la corte de Nápoles para solicitar oficialmente la restauración del Reino de Sicilia, permaneciendo bajo la monarquía borbónica, y sancionar definitivamente el retorno constitucional. El rey Fernando se negó, y el 30 de agosto envió un ejército (unos 6.500 soldados, que se sumaron al mismo número de los guarnecidos en la ciudadela de Messina) bajo las órdenes del general Guglielmo Pepe, quien, tras algunos enfrentamientos, llegó a un acuerdo con el gobierno siciliano el 22 de septiembre en Termini Imerese, por el cual la decisión final de establecer un parlamento siciliano se remitió a los representantes de los municipios que iban a ser elegidos.[171]

La llamada "Convención de Termini" también fue ratificada el 5 de octubre por el pueblo de Palermo, pero el recién formado parlamento napolitano, o parlamento de las Dos Sicilias, con sede en Nápoles, la rechazó y el 14 de octubre retiró a Pepe de la isla y envió al general Pietro Colletta en su lugar, quien, para reprimir por completo los levantamientos independentistas, reconquistó la Sicilia rebelde, librando luchas sangrientas y restableciendo en ella, el 7 de noviembre de 1820, la voluntad del gobierno central napolitano.[171]

La isla, nuevamente sometida a los Borbones en la corte de Nápoles, también recibió contingentes militares austriacos enviados desde Viena, con la complicidad de Fernando, quien mientras tanto había abolido la constitución incluso en la parte continental de su reino. Estos soldados fueron puestos bajo el mando del general alemán Ludwig von Wallmoden-Gimborn, con la misión de mantener el orden monárquico absolutista.[172][173]

Disturbios de 1837: la rebelión de Siracusa y Catania

En el verano del 37, Siracusa se convirtió, junto con Palermo, Agrigento y Trapani, en uno de los lugares más afectados por la epidemia de cólera.[174][175] En la ciudad aretusa, sin embargo, ocurrió algo aún más siniestro que hizo la situación insoportable: la gente, ya aterrorizada por la alta mortalidad de la enfermedad, fue inducida a creer que esta calamidad les había llegado por obra de misteriosos envenenadores; y no cualquier envenenador, sino hombres de confianza del rey: sus emisarios. En esencia, corría un fuerte rumor en las calles de Siracusa de que el cólera había sido enviado para envenenar al pueblo siciliano a instancias del gobierno del nuevo rey Fernando II de las Dos Sicilias, quien estaba enojado con los sicilianos porque estos últimos deseaban su independencia de Nápoles.

Soldados borbones en Siracusa durante los días del levantamiento de 1837

Siracusa, la primera de las ciudades sicilianas, experimentó odio mezclado con miedo; sentimientos que pronto abarcaron también a las vecinas Catania y Messina. Los habitantes de Ortigiano se rebelaron y buscaron a los verdugos: los envenenadores de comida y agua. La convicción de los siracusanos se vio agravada por la confesión del francés Joseph Schwentzer: había sido uno de los sospechosos arrestados por el pueblo, pero en lugar de negar la teoría del envenenamiento, quizás para ganar tiempo,[176] la apoyó, alegando que el envenenador era un alemán llamado Baynardy, enviado por Austria en complicidad con el gobierno borbónico; cuando en realidad era un emisario de Francia y su misión era observar al pueblo de Italia y Sicilia. Sus palabras solo lograron una mayor inclinación a la venganza, pero no pudieron salvarle la vida.[177] La incitación del pueblo contra los Borbones, incluso antes de las declaraciones de Schwentzer, comenzó con los revolucionarios locales, quienes desde 1820 intentaban que Siracusa se sublevara, obligándola a imitar los levantamientos antinapolitanos que ya se estaban produciendo en el oeste de Sicilia. Si los líderes de la insurrección realmente creyeron en el envenenamiento que afirmaban haber descubierto sigue siendo incierto hasta el día de hoy; sin embargo, sin duda alguna, el veneno representó el punto de inflexión decisivo para ellos: el fuego que avivó las llamas de la revolución en toda Sicilia.[178] Los siracusanos cometieron masacres e instigaron a las ciudades vecinas a hacer lo mismo: Floridia, Sortino y Avola fueron culpables de los mismos crímenes.[179]

Catania, tras los sucesos siracusanos, se alzó a su vez e intentó organizar una revuelta mayor, involucrando a toda la zona oriental de la isla. Sin embargo, Messina, aunque lo intentó, no pudo seguirla, ya que estaba estrechamente custodiada por los reyes debido a su ciudadela homónima, y la propia Siracusa estaba dividida internamente: los revolucionarios presionaban para que la ciudad fuera declarada rebelde, pero el pueblo estaba convencido de que, tras haber sacado a la luz las conspiraciones encubiertas del gobierno napolitano, el rey estaría agradecido a la ciudad,[180] por haberlo salvado de sus traidores, y la perdonaría por los disturbios que había provocado.[181][182] Por lo tanto, no creyeron necesaria una nueva revuelta. Los cataneses se quedaron solos.[180]

Sin embargo, los siracusanos, completamente desprevenidos ante la llegada de los reyes, pronto se dieron cuenta de que no habría perdón por parte del monarca. Si bien la respuesta de los siracusanos a las instigaciones revolucionarias fue cruel, igualmente despiadada fue la reacción del ejército borbónico contra ellos. La tarea de la realeza era restablecer el orden; someter las ciudades rebeldes a la ley marcial bajo la insignia borbónica: Fernando II envió al ministro de policía del Reino de las Dos Sicilias, el marqués Francesco Saverio Del Carretto (ya conocido por los revolucionarios por haber reprimido con la misma fiereza las revueltas del Cilento en 1828, durante las cuales destruyó ciudades enteras), para sofocar a los alborotadores con poderes absolutos.

Del Carretto, procedente de Reggio Calabria, sofocó con extrema violencia la revuelta en Catania (que en ese momento maldijo a Siracusa, declarándola mentirosa, culpable de haber seducido al pueblo etneano con la historia del veneno y merecedora, por ello, del sangriento castigo que ya sufrieron los cataneses).[180] Posteriormente se dirigió a la capital aretusa y, con sus habituales métodos violentos, sofocó también la rebelión siracusana. Entre Siracusa y Catania, 750 personas fueron arrestadas, de las cuales 123 fueron condenadas a muerte.[183] Antes de partir, Del Carretto declaró oficialmente que Siracusa había perdido su título de capital: la acusó de villanía y rebelión. Afirmó que ya no era tolerable que el gobierno de Su Majestad mantuviera como cabeza de provincia una ciudad que había instigado masacres y vuelto insolentes incluso a sus poblaciones vecinas. Por lo tanto, el 4 de agosto de 1837, se le otorgó su título a Noto, una antigua ciudad que había dado nombre al Val di Noto desde la época del dominio árabe, que hasta entonces se había mantenido al margen de las demandas de los siracusanos.[184]

Antes de los disturbios de 1837, la Sicilia oriental había permanecido alejada del deseo palermitano de separarse del antiguo Reino de Nápoles, y después de estos trastornos esta posibilidad fue un estímulo constante para ella.

La crisis del azufre

En 1838, Fernando II afrontó su primer conflicto diplomático serio con una potencia europea que hasta entonces había sido su aliada, o al menos no hostil: Gran Bretaña.

Este problema surgió debido a la concesión monopolística que el gobernante napolitano había hecho a Francia (eterno rival de Inglaterra) respecto a la venta del preciado mineral, abundante solo en Sicilia (exactamente en la Sicilia central), que hasta entonces había sido explotado, de forma igualmente monopolística, exclusivamente por los británicos. Sin embargo, solo había tres centros sicilianos donde los británicos gestionaban el comercio del azufre: Siracusa, Mesina y Palermo.[185]

Fernando II de las Dos Sicilias retratado en el año 1840

Fernando, en previsión de una potencial invasión, dada la alta tensión del momento, envió soldados a las fortalezas de la isla, con la tarea de resistir una posible agresión británica (en la parte continental de su reino ya se habían producido incidentes militantes entre buques mercantes napolitanos y buques de guerra de Su Majestad Británica).[186][187]

Como el problema no se apaciguaba, el rey Fernando II de Borbón decidió vigilar Sicilia en persona, llegando allí en 1840 y estableciendo el principal campamento de operaciones de guerra cerca del estrecho de Mesina. En esa ocasión, se dirigió a la principal fortaleza de la isla, representada por Siracusa y, más concretamente, su parte insular, Ortigia. El Borbón quería inspeccionar su munición, artillería e infantería. Consideró que los esfuerzos realizados eran insuficientes: contra Inglaterra era necesario ser más fuerte. Los habitantes de la fortaleza, muy escépticos sobre las posibilidades de éxito de esta eventual guerra (considerando que el Reino Unido de la reina Victoria no tenía rivales en el mar y solo Francia podía en ese momento mantener, con dificultad, una ventaja sobre los ingleses), no se hicieron ilusiones cuando el rey prometió claras mejoras en las condiciones sociales, ya que interpretaron esas palabras como dictadas únicamente por el miedo a la situación actual.[188][189]

Finalmente, la guerra entre el Imperio Británico y el Reino de las Dos Sicilias no estalló gracias a la mediación de Francia, que logró calmar los ánimos de las partes en disputa y aconsejó a Fernando que cancelara el contrato que había firmado con su propio pueblo para resolver definitivamente el problema del azufre. Fernando accedió.

Sin embargo, en momentos de tensión, cuando los británicos capturaron los barcos napolitanos y los mantuvieron como rehenes en Malta, el ministro británico Lord Palmerston instruyó a sus hombres a no fomentar ninguna revuelta de los sicilianos contra el gobierno borbón, manifestando que evidentemente había un alto riesgo de que esto pudiera suceder.[190]

Disturbios de 1848: Sicilia se declara independiente

Primera fase de la revolución

Aunque había sido objeto de visitas y escritos de varias personalidades italianas ilustres que protestaban por la unificación de la península itálica (los periódicos del movimiento republicano unitario Giovine Italia, fundado por Giuseppe Mazzini, llegaron y se difundieron en Sicilia a través de Malta),[191] Sicilia decidió en el 48 separarse de ellos —en aquel momento consideraba la unificación un objetivo utópico—[192] y rebelarse contra la monarquía borbónica con el único objetivo de proclamarse un reino independiente.

Entre 1838 y 1848 los revolucionarios sicilianos habían celebrado numerosas reuniones entre ellos, en las que se afirmaba cada vez más la hipótesis independentista (ya en 1840 se había establecido el orden de la insurrección: Palermo se rebelaría primero, luego Messina, luego Catania, luego Siracusa y finalmente Trapani, buscando involucrar también la parte continental del Reino Borbón).[193]

La aversión hacia los Borbones y hacia el gobierno napolitano también había ido creciendo: en sus últimas reuniones llegaron a decir que Sicilia estaría mejor con los turcos que en su estado actual (comparando, provocativamente, el período en que Sicilia sufrió los ataques del Imperio otomano con el período del insatisfactorio gobierno napolitano; prefiriendo los primeros a los segundos).[193] Los siracusanos, que con curiosidad y ansiedad eran a menudo interrogados por otros sicilianos sobre la cuestión del veneno —sobre cómo habían logrado descubrir la cruel maquinación gubernamental (que para entonces se había convertido en un tema querido por todos los revolucionarios de la isla)[194]— apoyaron firmemente lo que se había establecido en las reuniones y dieron su pleno apoyo a lo que hubiera sido la «voluntad universal de Sicilia».[195]

Los levantamientos revolucionarios de 1848 también marcaron el regreso de los británicos a la isla. Gran Bretaña, preocupada por la posible interferencia de otras potencias en la cuestión siciliana, intervino inicialmente enviando militares y mediadores a las ciudades de Sicilia que ya habían presenciado su presencia durante el período napoleónico. Francia se unió casi de inmediato, de modo que los revolucionarios sicilianos, en sus luchas por la independencia, se engañaron al creer que podrían subyugar el poder napolitano y borbónico apoyándose casi exclusivamente en fuerzas extranjeras, sin considerar los intereses contradictorios que cada una de estas dos potencias tenía respecto a ellos.

Palermo en la rebelión de 1848

La primera parte del plan había funcionado bien: los palermitanos se habían alzado el 12 de enero de 1848 y, con un levantamiento popular liderado por Rosolino Pilo y Giuseppe La Masa, lograron expulsar a los reyes napolitanos de la capital (esto también representó el primer evento cronológico de lo que se llamó la Primavera de los Pueblos en Europa). Después, se produjeron otros levantamientos espontáneos: la segunda de las siete capitales en alzarse fue Agrigento (Girgenti en aquel entonces), el 22 de enero; seguida por los agrigentinos, el 29 de enero, Catania, y el mismo día Caltanissetta también se alzó. El 30 de enero fue el turno de Trapani, mientras que el 4 de febrero Noto también se unió a la rebelión.[196]

El 29 de enero, al Comité General Siciliano (con sede en Palermo) llegaron las adhesiones de más de 100 municipios de la isla que se habían unido con éxito a la revolución.[196]

Messina en 1848: enfrentamientos entre los Borbones reales y los insurgentes

Sin embargo, una situación muy diferente era la de las dos fortalezas mejor custodiadas y equipadas de la isla: las ciudadelas de Mesina y Siracusa, que, teniendo en su interior un considerable sistema fortificado y numerosas tropas reales, no pudieron ser levantadas tan rápidamente: Mesina, sin embargo, siendo a diferencia de Siracusa libre en sí misma (mientras que los siracusanos vivían dentro de una fortaleza, los mesinianos estaban más bien amenazados por una fortaleza que se encontraba cerca de ellos: la ciudadela militar del mismo nombre), tomaron el control de su ciudad allí, declarándose libre y comenzando a bombardear la fortaleza adyacente.

Solo Siracusa permaneció completamente en manos de los reyes:[197] cada día llegaban allí nuevos soldados napolitanos, quienes, abandonando los centros de donde habían sido obligados a huir, se retiraban al interior de la fortaleza aretusa, a la espera de órdenes de Nápoles. El rey, mientras tanto, se encontraba en graves dificultades, pues el pueblo napolitano también se había vuelto contra él, exigiendo la suprimida constitución de 1820. La concedió y la difundió en todas las ciudades de Sicilia. Sin embargo, la isla la rechazó unánimemente: esta constitución no preveía la separación de los dos reinos —algo que para los sicilianos era ahora un punto firme—; querían la de 1812, en la que se le garantizaba a la isla su propia monarquía parlamentaria.

Fue en este punto cuando Gran Bretaña intervino: Lord Palmerston encargó a Lord Minto que mediara la paz con el gobierno de Nápoles. La Flota del Mediterráneo de la Royal Navy, estacionada en la bahía de Palmas (golfo de Palmas, Cerdeña), fue enviada a Malta y puesta bajo el mando del vicealmirante William Parker, primer baronet de Shenstone,[198] quien fue encargado de vigilar las aguas sicilianas y actuar como portavoz de los deseos del gobierno de su nación. Un poco más tarde Francia, recuperándose de la Revolución de Febrero, por la cual acababa de proclamarse República (un preludio al ascenso al poder de Napoleón III y el nacimiento del Segundo Imperio Francés), llegó, uniéndose a los británicos, enviando a aguas sicilianas a su vicealmirante Charles Baudin, comandante en jefe en el Mediterráneo de las fuerzas navales de la Segunda República Francesa, mientras que la mediación con Fernando fue confiada al ministro plenipotenciario parisino Alphonse de Rayneval. La influyente intervención británica obligó a Fernando II a liberar Siracusa, aunque también momentáneamente. Con la cesión de la última fortaleza siciliana a los revolucionarios, Palermo pudo declarar la independencia de la isla: el 25 de marzo, Sicilia se alzó como estado independiente y nació un nuevo Reino de Sicilia.[199] Ruggero Settimo, de Palermo, expresidente del comité insurreccional, fue elegido «Padre de la Patria» por los sicilianos.[9] Sin embargo, la tregua con la corte de Nápoles fue limitada en el tiempo: la intervención extranjera solo había logrado imponer un armisticio a los Borbones, tras el cual el soberano se sentiría con derecho a recuperar las tierras sicilianas por la fuerza y restablecerlas bajo su propio gobierno.

La búsqueda de un rey para la isla

El orden político de Italia en la década de 1840

A principios del verano, todas las ciudades sicilianas formaron una Guardia Nacional (Ejército Nacional Siciliano). Mientras tanto, el gobierno siciliano, tras diversas discusiones, decidió ofrecer la corona de la isla a un príncipe italiano el 11 de julio: la elección, condicionada por los deseos de Inglaterra, recayó en el duque de Génova, Fernando de Saboya, hijo del rey de Piamonte, Carlos Alberto de Saboya.[200] Francia, por su parte, había propuesto que los sicilianos eligieran como nuevo rey al jovencísimo heredero al trono del Gran Ducado de Toscana, Carlos de Habsburgo-Lorena, pero como el príncipe toscano necesitaba un regente y la influencia de Inglaterra sobre los sicilianos era mayor que la de Francia, la propuesta de elegir a otro Habsburgo para el trono siciliano cayó en saco roto.

Los sicilianos enviaron su propia representación a Marmirolo, en la región de Mantua (donde se desarrollaban los acontecimientos de la Primera Guerra de Independencia de Italia), con la intención de reunirse con el príncipe elegido. Desde el principio quedó claro que su deseo nunca se vería cumplido: el duque de Génova se mostró completamente desinteresado en la oferta siciliana; no tenía ningún interés en ocupar ese trono, atareado como estaba con asuntos militares en el norte de Italia. El duque también había estado en Sicilia en persona; estuvo allí en 1845, acompañando a la familia imperial rusa Romanov, y en la ciudad de Palermo se enamoró de la hija del zar, Olga de Rusia, con quien finalmente no pudo casarse debido a que la princesa no se convirtió al catolicismo.[200]

Por otro lado, el padre del duque, Carlos Alberto, se mostraba reticente, pues esperaba una unión entre las dos coronas (sin olvidar que los sicilianos querían crear su propia dinastía, independiente de cualquier otra), pero quería garantías sólidas de Inglaterra: era consciente del pasado extremadamente turbulento entre las dos naciones, cuando, tras el Tratado de Utrech, Sicilia fue arrebatada a España y unida a la Casa de Saboya, concentrando la ira de los españoles contra los piamonteses y creando una serie de fuertes tensiones con media Europa. Tensiones que amenazaban con resurgir, ya que el rey Fernando II de Borbón ya había advertido a Carlos Alberto que si su hijo aceptaba el trono de Sicilia, Nápoles declararía la guerra al Piamonte[201] (lo que iría en contra de la unión que los estados italianos intentaban establecer entre sí).[202]

Inglaterra reaccionó con frialdad ante Saboya, dejando claro que reconocería al duque como rey de Sicilia solo tras una exitosa conquista militar de dicho trono, y que los británicos no lucharían por él.[201] Francia fue aún más fría: habiendo propuesto Habsburgo-Lorena y no Saboya, habría preferido que Sicilia finalmente declarara una república y se uniera a ella. Esto se vio agravado por la total indiferencia del príncipe de Saboya, quien no deseaba conquistar un trono. Los sicilianos recibieron una negativa de Turín.[202]

La reconquista de los Borbones

Fernando II de Borbón no esperó más: a finales del verano de 1848 preparó su propia expedición para reconquistar la Sicilia rebelde y a principios de septiembre envió a sus hombres a Messina; le facilitó la fortaleza del mismo nombre, que, a diferencia de Siracusa, no había sido desarmada y siempre había permanecido lista para disparar: sólo el armisticio la había frenado hasta entonces.

La primera ciudad en ser reconquistada por los napolitanos fue Messina, sitiada y atacada por 16.000 soldados. El general Carlo Filangieri, príncipe de Satriano, lideró las tropas. Messina fue bombardeada y saqueada: masacres y violaciones, incluso en las iglesias, provocaron la huida masiva de los mesineses. Muchos lograron escapar subiendo a los buques de guerra franceses y británicos, que habían permanecido en el puerto durante días, observando en silencio las masacres. Los ataques comenzaron el 3 de septiembre, y para el dia 9, Messina ya se consideraba conquistada.[10]

Finalmente, el 11 de septiembre, el almirante francés Baudin, persuadido por la excesiva crueldad de la conquista, decidió, de acuerdo con el almirante inglés Parker, imponer un segundo armisticio a las tropas de Fernando en nombre de Dios y la humanidad. La iniciativa de ambos almirantes fue inmediatamente apoyada por sus respectivas naciones, Francia e Inglaterra. Sin embargo, antes de que el príncipe de Satriano recibiera la orden de aceptar la tregua desde Nápoles por telégrafo, tras enérgicas protestas, ya había enviado su flota recién conquistada a Siracusa ese mismo día.[203] Esta segunda tregua, que impidió a los reyes atacar inmediatamente la otra fortaleza principal de la isla, solo logró posponer temporalmente la caída del gobierno de Ruggero Settimo.

Cuando la ofensiva se reanudó en abril del año siguiente, los sicilianos aún carecían de armas y de una organización militar adecuada (no había coordinación entre las tropas dispersas por la isla, que además se encontraban físicamente distantes). Fernando II envió esta vez 24.000 soldados reales a la reconquista. Así, el 6 de abril de 1849, Catania cayó: la ciudad etneana fue abandonada al saqueo y se repitió exactamente lo que había sucedido tras la conquista de Messina.[204] La rendición de Siracusa, por otro lado, estuvo condicionada por la presencia constante de los almirantes de Francia y Gran Bretaña; ofrecieron a la fortaleza la oportunidad de aprovechar su influyente mediación, ahorrando a la población los tormentos que ya habían sufrido Messina y Catania, pero a cambio exigieron la rendición incondicional de la ciudad a la realeza. Aceptando esta propuesta, los siracusanos se rindieron sin luchar el 9 de abril de 1849.[11]

El resto de Sicilia, siguiendo el ejemplo de la ciudad aretusa, capituló sin luchar: la última capitulación fue la de Palermo, que también aceptó, el 15 de mayo de 1849, la mediación de los oficiales enviados por los almirantes Parker y Baudin. El Reino de Sicilia volvió a desaparecer.[12]

El papel de las grandes potencias en la revolución

Henry John Temple, tercer vizconde de Palmerston, fue duramente criticado en Europa por el comportamiento de Inglaterra respecto a la cuestión siciliana.

La cuestión siciliana atrajo la atención de gran parte de Europa en ese momento, y algunas naciones, específicamente Gran Bretaña y Francia, quisieron erigirse como potencias mediadoras en el asunto, buscando una solución que pudiera pacificar al gobierno borbón con los sicilianos.

Sin embargo, la idea que circuló en Europa desde el principio fue otra: Sicilia, separada del resto de Italia y situada sola en el centro del Mediterráneo, sería presa fácil de diversas potencias. La revolución de la isla, por lo tanto, podría socavar el equilibrio europeo (un tema clave en la era del equilibrio de poder y el Concierto Europeo). Francia se convenció de que la intromisión de Inglaterra en la revolución siciliana tenía como único propósito arrebatar la isla a los Borbones de Nápoles y someterla al dominio británico; en ese momento, las continuas negaciones de los sicilianos, que aseguraron no querer ser anexionados a Gran Bretaña de ninguna manera, fueron en vano.[205]

Con la Revolución Francesa de 1848, el principal objetivo de Gran Bretaña pasó a ser impedir que Sicilia también declarara una república. Con la intervención francesa en la cuestión siciliana, surgió una profunda contradicción en los objetivos de la rebelión: existía un partido minoritario republicano y un partido mayoritario monárquico.

Cuando Inglaterra y Francia comenzaron a discutir sobre quién o qué debería gobernar Sicilia, los sicilianos, que dependían en gran medida de la ayuda militar de ambas potencias, se quedaron en la estacada: emblemáticamente, los ministros del Reino Unido llegaron al extremo de decirle al Ministro de Guerra siciliano, que seguía presionando para que se suministrara a la isla armas para sus soldados, que Sicilia no necesitaba su propio ejército después de todo.[206]

Francia tampoco envió la ayuda de guerra necesaria a los sicilianos. Las dos grandes potencias habían acordado poco a poco reunificar Sicilia con la corona de Nápoles, evitando así una guerra de intereses entre ellas: Sicilia no se convertiría en territorio francés ni inglés.[207]

El aumento de las tensiones europeas a medida que Sicilia buscaba un nuevo rey independiente hizo que ambas naciones se mostraran cautelosas: tanto España como Rusia habían advertido que no tolerarían ningún cambio en el actual Reino de las Dos Sicilias: los españoles se jactaban de su parentesco con los Borbones de Nápoles y, por lo tanto, estaban preparados para actuar, mientras que los rusos, que estaban vinculados a Fernando por una alianza permanente y cuya familia imperial había residido en la isla de Sicilia durante casi un año (el zar Nicolás I Romanov se quedó en Palermo durante un mes mientras que su esposa, la zarina Alejandra Fjodorovna, y su hija, la zarina Olga de Rusia, y su hija, Olga de Rusia, se quedaron allí desde octubre de 1845 hasta la primavera de 1846 por razones de salud),[208] advirtieron abiertamente que si Francia o Inglaterra violaban de alguna manera la neutralidad con la que habían tenido la intención de intervenir en la cuestión siciliana, Rusia no dudaría en entrar en conflicto con estas dos naciones, incluso militarmente.[209]Quienes intervinieron en los asuntos de la isla sólo podrían hacerlo «en nombre de la humanidad»,[209] sin ningún beneficio personal; una situación que terminó llevando a los sicilianos de nuevo bajo la hegemonía de los Borbones napolitanos.[210]

La Expedición de los Mil y el fin del período borbónico

Los garibaldianos entran en Messina

Desde entonces, los barones sicilianos desarrollaron un odio hacia los Borbones, culpables de aniquilar el antiguo Reino de Sicilia y convertirlo en una provincia del Reino de Nápoles (aunque el nuevo estado se llamara Reino de las Dos Sicilias). En 1853 y 1856 se produjeron otras sublevaciones lideradas por Francesco Bentivegna y Salvatore Spinuzza, quienes fueron ejecutados.[13] En abril de 1860, la rebelión se reanudó bajo el liderazgo de Francesco Riso en el Levantamiento de Gancia.[14]

Poco después, los sicilianos apoyaron a Garibaldi y a la Expedición de los Mil, que desembarcó el 11 de mayo en Marsala[15] y a la que se unieron en el asedio de Palermo patriotas liderados por Rosolino Pilo.[16] Tres días después del desembarco, Garibaldi formó un gobierno dictatorial. El 30 de mayo, Palermo fue conquistada, y el 27 de julio los garibaldinos entraron en Messina, ciudad desde la que se desplazaron para desembarcar en el continente.

El 21 de octubre, con el Plebiscito de las provincias sicilianas de 1860, Sicilia fue anexada al Reino constituyente de Italia.[17]

Situación económica

Económicamente, los Borbones no asociaron Sicilia con las actividades industriales que se iniciaron en Campania y Calabria. De hecho, los ferrocarriles y la industria solo se crearon en la región napolitana (entendida como la parte continental del reino y, por lo tanto, el territorio «de este lado del faro», que se extendía desde los Abruzos hasta Calabria). En Sicilia, sin embargo, se desarrolló la producción y el comercio de azufre, sal, mármol, cítricos y trigo (Sicilia había sido el «granero de Europa» desde la época de los antiguos romanos). En Sicilia, al igual que en el sur, la emigración era un fenómeno prácticamente desconocido.[211]

Por otra parte, se desarrolló el comercio marítimo: la Flotte Riunite Florio fue una compañía naviera fundada en Palermo en 1840 como Società dei battelli a vapore, por el empresario Vincenzo Florio.[212]

Buques registrados en las Comisiones Marítimas Sicilianas a partir de 1859[213]
Navíos listados por Comisión marítima
Comisión marítima
Numero
Tonelage (t)
Palermo 256 20.492
Messina 279 14.036
Catania 254 11.551
Noto 136 2.512
Girgenti 313 2.765
Caltanissetta 69 1.129
Trapani 517 8.970
TOTAL 1.814 61.455

La compañía Sicula Transatlántica, propiedad de los armadores palermitanos Luigi y Salvatore De Pace, estaba equipada con el Sicilia, un vapor de construcción escocesa que, en 1854, se convirtió en el primer vapor italiano en llegar a América, navegando desde Palermo a Nueva York en 26 días.[214]

Véase también

Bibliografía

  • Great Britain (1849). Correspondence Respecting the Affairs of Naples and Sicily: 1848–1849. 
  • Giuffrida, Romualdo (1985). Nel Palazzo dei Normanni di Palermo: ritratti di viceré, presidenti del regno e luogotenenti generali di Sicilia (1747–1840). Accademia nazionale di scienze, lettere e arti. 
  • de Benedictis, Emmanuele (1861). Siracusa sotto la mala signoria degli ultimi Borboni. 
  • Bufardeci, Emilio (1868). Le funeste conseguenze di un pregiudizio popolare: memorie storiche. 
  • Chindemi, Salvatore (1869). Siracusa dal 1826 al 1860 pel professore Salvatore Chindemi. 
  • Privitera, Serafino (1986) [1878]. Storia di Siracusa antica e moderna. Forni. ISBN 88-271-0748-7. 
  • Whitaker, Tina Scalia (1948). Sicilia e Inghilterra: ricordi politici; la vita degli esuli italiani in Inghilterra, 1848-1870; con una premessa di Biagio Pace. 
  • Renda, Francesco (1963). La Sicilia nel 1812. Salvatore Sciascia Editore. 
  • Hamel, Pasquale (1986). La Sicilia al Parlamento delle due Sicilie 1820/21. Palermo: Thule editore. 
  • Romeo, Rosario (1950). Il Risorgimento in Sicilia. Bari: Editori Laterza. 
  • Acton, Harold (1997). Gli ultimi Borboni di Napoli (1825–1861). Giunti. 
  • Palmieri, Nicolò (1848). Storia della rivoluzione di Sicilia nel 1820. Palermo. 
  • Pace Gravina, Giacomo (2014). Il codice e la sciabola. La giustizia militare nella Sicilia dei Borbone tra repressione del dissenso politico ed emergenza penale (1819–1860). Bonanno editore. 

Notas

Referencias

Enlaces externos

Related Articles

Wikiwand AI