Investidura
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La investidura era la entrega simbólica del bien concedido por el señor feudal a su vasallo. Se hacía entregando tierra, luego una espada y por último un documento de reconocimiento feudal.
Mediante el homenaje y la investidura se establecía un contrato que imponía diversas obligaciones recíprocas entre vasallo y su señor, todo ello fue propia de la Edad Media en el periodo del Feudalismos.
Este término se toma por el derecho de investir o por la acción misma de investir. Equivale algunas veces a la misma posesión, como se ve en muchas de las leyes de los lombardos.
En materia feudal, el término investidura se toma algunas veces por el título primitivo de concesión de un feudo o por el acto por el cual un señor inviste de él a un vasallo. El nombre investidura se deriva del latín vestire, vestir o revestir.
Antiguamente, las investiduras eran acompañadas de ciertas señales exteriores o simbólicas para expresar la traslación que se hacía de la propiedad o posesión de una persona a otra. Estos símbolos eran fijos y determinados por las leyes o por el uso y a este efecto se servían de las mismas cosas entre casi todas las naciones. Por lo común, tenían estas la mayor relación posible con las cosas de las cuales se quería hacer entrega. Así es que para la investidura de un campo se daba un terrón o pedazo de césped de unos cuatro dedos.
Se confería también la investidura per festucam seu per baculum et virgam, es decir, por la entrega de un pequeño bastón llamado festuca. Se empleaba igualmente como un símbolo de tradición un cuchillo o una espada para indicar el poder que se confería o trasmitía al nuevo propietario de cambiar, destruir, cortar, variar y en una palabra, hacer en la nueva posesión todo cuanto juzgara a propósito o conveniente. En algunos casos se servían además de otros objetos para conferir ciertas investiduras, como poner un anillo en el dedo, entregar una moneda, una piedra u otra cosa.
Los soberanos solían conferir la investidura de una provincia o gobierno per vexillum, que era como se llamaba, es decir, entregando al agraciado una bandera. Los objetos que habían servido para conferir las investiduras se solían guardar con mucho cuidado y con el objeto de que no pudiesen servir para otros, se acostumbraba a inutilizarlos, cortándolos o partiéndolos por el medio. La fórmula con que se conferían antiguamente las investiduras de los beneficios eclesiásticos variaba según las dignidades:
Sobre lo concesión de las investiduras eclesiásticas por señores seculares se promovieron algún tiempo las más acaloradas disputas, que finalmente se cortaron desprendiéndose estos de un derecho que no les correspondía.[1]


