José López Mendoza García

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José López Mendoza García

Obispo de Pamplona
11 de marzo de 1900-31 de enero de 1923
Predecesor Antonio Ruiz-Cabal y Rodríguez
Sucesor Mateo Múgica y Urrestarazu

Obispo de Jaca
24 de agosto de 1891-11 de marzo de 1900
Predecesor Ramón Fernández y Lafita
Sucesor Francisco Javier Valdés y Noriega
Información religiosa
Congregación Orden de San Agustín
Ordenación sacerdotal 16 de marzo de 1872
Información personal
Nacimiento 4 de febrero de 1848
Frías (España)
Fallecimiento 31 de enero de 1923
Pamplona (España)
Estudios Doctor en Derecho canónico

José López Mendoza García (Frías, 4 de febrero de 1848-Pamplona, 31 de enero de 1923) fue un fraile agustino y obispo católico español. Ocupó los cargos de obispo de Jaca (1891-1900) y obispo de Pamplona (1900-1923).

Estudios y formación

Hizo sus estudios primarios en su pueblo. A los doce años ingresó en el Seminario Conciliar de Burgos, donde estudió latín y humanidades e inició sus estudios de filosofía. Ingresó en la Orden de San Agustín en el Colegio-seminario de Filipinos, vistiendo el santo hábito el 9 de septiembre de 1866. Allí prosiguió sus estudios filosóficos. En 1869 fue enviado al monasterio de Santa María de La Vid, donde cursó sus estudios de teología. Durante sus últimos años de carrera en ese monasterio fue nombrado responsable de los hermanos legos, en todo lo relacionado con su instrucción, vigilancia y educación.[1]

Concluidos sus estudios fue ordenado sacerdote el 16 de marzo de 1872, y nombrado lector (profesor) de Sagrada Teología, cargo que desempeñó durante cuatro años (1872-1876). En 1877 sus superiores le envían a cursar estudios de derecho canónico en Roma, donde obtuvo el doctorado en Cánones.[2] Durante sus años de estudio en Roma fue condiscípulo de Giacomo Della Chiesa (futuro Benedicto XV).

Vida religiosa y docente

En 1879 regresó a España. Fue profesor de Derecho canónico en el monasterio de Santa María de La Vid durante cinco años (1879-1884). En 1885 fue nombrado vicerrector, director espiritual y profesor del Real Colegio Alfonso XII de El Escorial. También fue redactor y colaborador de la revista La Ciudad de Dios y prosiguió su labor pastoral, con una elocuente oratoria, llegando a ser predicador supernumerario de la Real Capilla, el 7 de mayo de 1889.[3] Hablaba francés e italiano "con corrección y soltura admirables". [4]

Episcopado

Obispo de Jaca

En 1891 fue nombrado obispo de Jaca. Durante los nueve años en los que estuvo al frente de dicha diócesis (1891-1900), fundó el Círculo de Obreros Católicos y la Casa-Asilo para ancianos desamparados, además de impulsar la restauración del Real Monasterio de San Juan de la Peña. Pero no supo ganarse la estima y el respeto de sus diocesanos y su situación llegó a ser insostenible, hasta el punto de que el arzobispo de Zaragoza se dirigió al Nuncio apostólico para proponerle el traslado de López Mendoza a otra diócesis, pues escribía: «Ni el Cabildo ni el pueblo lo estiman y respetan como deben, y creo que difícilmente logrará hacer eficaz su ministerio. ¿Convendría trasladarlo a otra diócesis ahora que hay vacantes?» [5]

Obispo de Pamplona

El papa León XIII le nombró obispo de Pamplona el 11 de marzo de 1900. Tras hacer su entrada pública en la catedral de Pamplona, comenzó su gobierno al frente de la diócesis que se prolongaría durante veintitrés años, hasta su fallecimiento. Escribió más de cuatrocientas circulares y un buen número de pastorales entre las que destacan las conmemorativas de varios centenarios: Jubileo (1900), Edicto de Milán (1913) y canonización de San Francisco Javier (1922).

Aunque su autoridad episcopal se vio atacada en varias ocasiones, supo defenderla e imponerla con fuerza y decisión. A los ocho meses de su llegada a Pamplona, el 28 de noviembre de 1902, decretó la excomunión de Basilio Lacort como director del periódico republicano «El Porvenir Navarro» y a «todos los que le diesen auxilio, consejo y favor, »[6] viéndose apoyado por una multitudinaria manifestación católica, que tuvo lugar el 9 de enero de 1900, y que contó con resonancia nacional; Retiró las licencias sacerdotales a cinco canónigos —Legaz, Garnica, Irujo, Hernán y Tirapu—, que habían acudido a protestar. El asunto se resolvió tras la intervención del arzobispo de Zaragoza; destituyó fulminantemente a siete profesores del Seminario y declaró al Diario de Navarra un diario “rebelde a la autoridad eclesiástica y colocado en la pendiente del cisma”, ya que desde sus páginas había sostenido una campaña contra el Obispo (1905) a raíz de la no comparecencia del seminario en la consagración en Pamplona de dos obispos navarros —Francisco Javier Baztán Urniza y Eustaquio Ilundain—. Ello originó una oleada navarrista antiepiscopal. Finalmente, el director del diario Eustaquio Echauri Martínez se retractó.[7]

Así pues, el clima de crispación que había marcado su mandanto en Jaca se reprodujo en la diócesis de Pamplona al poco tiempo de tomar posesión de ella, tal y como describe Orlandis:

Palacio arzobispal de Pamplona (Siglo XVIII)
Largos años de inquietud, motivados por conflictos del más diverso orden. Conflictos con el clero pamplonés, especialmente con sectores del Cabildo y del profesorado del Seminario; conflictos con seglares católicos o menos católicos, que llegaron a provocar la excomunión de don Basilio Lacort, director del semanario «El Porvenir Navarro» y la prohibición a los sacerdotes, bajo pena de pecado mortal, de leer el «Diario de Navarra». Todo ello en un confuso contexto de dimisiones, retractaciones, sumisiones y nuevas sanciones. Y todo en un trasfondo político-religioso, dominado por las luchas entre carlistas, integristas, anticlericales y católicos.[8]

Con todo, durante su gobierno apoyó e impulsó al catolicismo social, a través de la fundación de La Conciliación —una organización tripartita (obreros, patronos y protectores) que buscaba el bienestar moral y económico de la clase obrera—; el nacimiento de las Cajas Rurales; la erección de la Federación Católico-Social de Navarra —organización más poderosa e influyente del campo navarro—; la celebración de la VI Semana Social (1912). Además, dispuso que el boletín diocesano sirviera de crónica para todos los acontecimientos religiosos; puso a disposición del clero la biblioteca del seminario y nombró las comisiones preparatorias para convocar un sínodo (1917) que no llegó a celebrarse a causa de la promulgación del Código de Derecho Canónico.[7]

Sea como fuere, en 1905 la tensión llegó al límite, tal y como detalla Orlandis:

La Santa Sede intervino y envió a un religioso, el carmelita P. Ezequiel Bilbao, con la misión de recoger información sobre el terreno y transmitirla a la Secretaría de Estado. En 1906, el Obispo presentó la dimisión, que fue inmediatamente aceptada en Roma. Pero la reacción del Gobierno Español en favor del Prelado tuvo como resultado que se suspendiera la ejecución de la denuncia. Y así pasaron los años, y ni siquiera la decisión tajante del papa Pío X, en 1909, de que se aceptase la dimisión presentada por el Obispo tres años antes fue suficiente para que su cese se hiciera efectivo. El cansancio de la Santa Sede se trasluce en el hecho que, en 1913, el Secretario de Estado, Cardenal Merry del Val, dejaba la solución del caso de la renuncia a la prudencia del Nuncio de España. Y así fue como tras tantas polémicas, ambigüedades e incertidumbres, fray José López de Mendoza continuó como Obispo de Pamplona, hasta su piadosa muerte, en enero de 1923.[9]

Falleció en la capital navarra, el 31 de enero de 1923, cuatro días antes de cumplir 76 años.[10]

Venta de objetos de arte religioso

Un asunto que produjo sorpresa en la sociedad y las instituciones civiles de Navarra fue la participación del obispo López de Mendoza en la venta de arte religioso perteneciente a su diócesis, asunto sobre el que Goñi Gaztambide ofrece un detallado y extenso relato. [a] [11]

A los dos años de su llegada a Pamplona, en junio de 1902, Estella se conmovió con el rumor de que el báculo del obispo de Patrás, relacionado con San Andrés, el patrón de la ciudad, había desaparecido de la parroquia de San Pedro de la Rúa donde se custodiaba. Se trataba de una pieza medieval, de esmaltes de Limoges, de singular valor tanto sentimental como artístico. El Ayuntamiento de la ciudad nombró una comisión para indagar el paradero del báculo y enseguida llegó a la certeza de que había sido trasladada al palacio episcopal. La Corporación municipal solicitó cuatro veces al obispo la devolución y finalmente éste declaró que lo haría en la primera visita que realizara a la ciudad, como así fue.[b][13] Pero lo que los fieles de la parroquia estellesa no sabían era que también habían desaparecido tres cajas cilíndricas y una píxide, todas ellas de marfil. Las cajas estaban catalogadas como marfiles musulmanes de los siglos XII-XIV y la píxide como perteneciente al arte bizantino del siglo VI. Una de las cajas fue comprada en subasta por el Museo de Artes Decorativas de Madrid en 2014 y la píxide se muestra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.[14]

También en 1902, el obispo autorizó a la comunidad Santa Clara de Estella la venta de una Virgen con el Niño, de alabastro, datada a comienzos del siglo XIV, con la condición de que el comprador fuera católico.Acabó en manos de Julio Anieu,[c] anticuario de Zaragoza, quien pagó a la comunidad 30.000 pesetas. Fernández Gracia considera que se trataba «de una de las grandes obras del arte medieval navarro».[15]

En el 2l verano de 1904 la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra se puso en contacto con el obispo López Mendoza para conocer el fundamento de la noticia sobre la venta de bienes religiosos de la iglesia de Santiago de Puente la Reina, entre los que destacaban dos tibores ofrecidos por un devoto en el siglo XVI.[16] Esta gestión frustró su desapareción.

En 1911 el obispo intervino decisivamente en la venta por el convento de Agustinas Recoletas de Pamplona de once tapices y dos alfombras al anticuario francés León Leví,[d] al que acompañó personalmente en su visita a la comunidad, en la que animó a las religiosas a efectuar la venta "para que no se apoderen de ellas [alfombras y tapices] el Gobierno o los impíos" y a aceptar el precio ofrecido sin pretender aumentarlo.[17]

En mismo año de 1911, concretamente el 8 de diciembre, «El Demócrata Navarro», periódico afín a José Canalejas, publicó que el obispo López de Mendoza había intervenido en la venta solapada de una Virgen románica, chapeada en plata, propiedad de la parroquia de Villatuerta, junto con otros objetos artísticos guardados en ese templo. La talla de la Virgen se vendió por cinco mil pesetas.[18]

Causó enorme revuelo en 1921 el rumor de que desde el obispado se hacían gestiones para vender la arqueta de marfil de arte hispanoárabe, fechada en 1004, que era propiedad de la catedral de Pamplona. En esta ocasión, de nuevo, la intervención de las autoridades civiles frustró la iniciativa.[19]

Al siguiente año autorizó a la comunidad de Santa Clara de Estella la venta de una gran colgadura, que se utilizaba para el ornato de la capilla, con la condición de que el dinero obtenido se destinara a las necesidades de la comunidad. La pieza había sido comprada por el convento en 1706, durante la guerra de Sucesión, tenía 564 metros de largo y 56 centímetros de ancho. No se tiene noticia de su paradero.[20]

Para concluir, conviene apuntar que en aquellos años eran frecuentes las ventas de objetos artísticos por parte de los titulares de catedrales, parroquias y conventos, para lo que era preceptiva las autorizaciones del obispo de la diócesis y del Nuncio Apostólico. El escándalo que estas actividades provocaban en ocasiones las frustraba, como sucedió en 1902 con el caso del báculo medieval de la parroquia estellesa o 1904 con la colección de tapices del arzobispado de Zaragoza.

Notas

Referencias

Bibliografía

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