Juan González de Criptana
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Juan (González) de Criptana o de Critana (Villarrubia de Santiago, ¿1550?-Madrid, d. de 1613) fue un fraile agustino, biógrafo y escritor español.
Poco se sabe sobre él. Era natural de Villarrubia de Santiago (o de Villarrubia de los Ojos, según José Sanz y Sanz),[1] aunque por su apellido se infiere que debía tener alguna relación con la localidad próxima de Campo de Criptana.
Fueron sus padres Fernando de Soria y Ana Lupesia. Ingresó en la Orden de San Agustín hacia 1572, recibió el hábito de manos de Fray Alonso de la Veracruz y profesó en San Felipe el Real de Madrid (26 de mayo de 1573). Estudió en Alcalá de Henares y en Salamanca, donde, como él mismo afirmó, fue discípulo de su compañero de orden fray Luis de León, y también de Diego de Tapia y Alfonso de Villanueva; en sus obras se llama solo predicador, maestro y capellán del Duque de Lerma; pero fue también prior del convento de Carbajales en 1589 y después su vida transcurrió casi enteramente en los conventos de Madrid y de Valladolid, en este último entre 1596 y 1607 con algunas interrupciones. Debió morir poco después de 1613, siendo conventual en San Felipe de Madrid.
La Inquisición prohibió sus Horas de Nuestra Señora, pero el autor la corrigió y la volvió a publicar en 1599 con el título de Oratorio Santo; sin embargo el Santo Oficio volvió a encontrar trazas de heterodoxia y el 29 de mayo de 1600 la mandó recoger otra vez. De nuevo enmendó el autor la obra, esta vez definitivamente, y la publicó en Valladolid con el título de El Perfecto Cristiano para levantar el espíritu a Dios (1601) con un éxito notable, pues en 1787 ya contaba seis ediciones con ese título, aunque puede que hubiera algunas más desconocidas.[2] La obra se divide en dos partes y recoge los siete Salmos penitenciales, el Oficio de Nuestra Señora y muchas oraciones para las diversas partes del día y los siete días de la semana; la oración de San Agustín escrita durante el cerco de Hipona, la de Santa Matilde, versos de San Gregorio, etc.[3] Escribió además dos biografías, la de San Agustín y la de San Nicolás de Tolentino, y además un compendio de las vidas de los frailes más destacados de su orden que quedó inédito entre otras obras de carácter místico y devoto. También se le recuerda por un singular tratado contra las comedias incluso en su Tercera parte del confesionario, impresa en 1610.
Este tratado es ciertamente extenso y se articula en cinco partes. No pretende el autor que se suspendan las representaciones de comedias, sino que se reformen, de modo que:
- «Lo que se representare sea de cosas morales y de historia doctrinal maravillosa con dichos y hechos graciosos, circunstanciado todo, como queda dicho; que la representación podrá ser sólo las fiestas por la tarde, y que no anden compañías de hombres y mugeres por el Reyno, sino que la de la Corte se esté en la Corte y la de Toledo en Toledo, para que el representante atienda a su oficio entre semana, como lo hacían en sus principios Lope de Rueda, y Navarro y Cisneros, aunque después comenzaron a juntarse en Compañías y andarse de pueblo en pueblo. Que no saquen vestidos tan costosos, ni invenciones de trages, ni representen mugeres y, si representasen, sea con vestido honesto y nunca se vistan de hombres. Porque quitar del todo la representación no conviene ni es necesario, porque se han resumido y cifrado en ella todos los entretenimientos de la república buenos y malos, y assi tiene de todo y consiguientemente necesidad de reformación.»[4]
Más adelante: «No sé que haya hombre de razón que diga que es bueno que todos los días de la semana y de todo el año vaya el pueblo a pendón herido a oír comedias, cebados del deleite sensual que los trae los sentidos ocupados, y encantadas las potencias, y engañado el gusto, y el juicio de la razón, con las músicas, con los bailes, con las invenciones y las fábulas, con el verso limado y la maraña y la razón aguda, con el donaire y el traje y el buen talle dellos y dellas.»[5]