En 1972, algunos trabajadores que restauraban una pared en el ático de madera de la Gran Mezquita de Saná (Al-Jāmiʿ al-Kabīr bi-Ṣanʿāʾ), en Yemen, encontraron por casualidad en ella grandes cantidades de antiguos manuscritos y pergaminos. Originalmente no tenían ninguna idea de lo que habían encontrado, hasta el punto que reunieron todos los documentos y los colocaron en el interior de una veintena de grandes sacos de patatas y fueron dejados en la escalera interior de uno de los minaretes de la mezquita.
Qadi Ismail al-Akwa', entonces presidente de las antigüedades de Yemen, se dio cuenta de que podía ser un importante descubrimiento inesperado y pidió ayuda internacional para investigar y preservar los fragmentos. En 1979 intercede para atraer a un investigador alemán, Gerd-Rüdiger Puin, quien a su vez convenció al gobierno de su país para organizar y financiar un proyecto de restauración.
Las pruebas realizadas con la técnica del carbono-14 a los pergaminos los datan en una oscilación entre el 645 y el 690 de nuestro calendario. Su edad real puede cambiar un poco, ya que el C-14 identifica el año de la muerte de un organismo vivo, pero ignora cuánto tiempo se puede gastar desde el inicio del proceso de degradación y la preparación final del manuscrito realizado por un copista.
Los Manuscritos de Saná son prácticamente contemporáneos a los inicios del islam y es considerado la versión coránica más antigua del mundo hasta ahora hallada. Tienen la particularidad de no seguir el orden de las azoras -o capítulos- impuesto por el califa Uthman hacia el año 650, según el cual las azoras se disponen por su longitud, de mayor a menor, sin seguir el orden cronológico en que fueron (según el islam) reveladas a Mahoma. Los Manuscritos de Saná son considerados dentro de la historia islámica los equivalentes a los manuscritos de Nag Hammadi en la historia del cristianismo o los manuscritos del Mar Muerto en el judaísmo.