Matrimonio en la América precolombina
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El matrimonio en la América precolombina era una institución social presente en la mayoría de las culturas y civilizaciones que habitaban el continente americano antes de 1492 (llegada de Colón a América), con diferentes percepciones y concepciones a nivel social, siendo las bodas celebradas con un predominante sentido religioso y espiritual de las uniones, algunas incluso consideradas como sagradas, que podían ser tanto monógamas como polígamas, bajo un sistema mayoritariamente patriarcal y asociados por lo general a la misma casta, cuando existía ese sistema de organización social.
Una vez instaurada la conquista de América y su posterior colonización europea, en muchas ocasiones el choque cultural con los conquistadores y demás europeos provocó fuertes cambios en el modo de ver las relaciones sexoafectivas de los amerindios, adaptando sus costumbres y tradiciones durante un largo proceso de aculturación y asimilación cultural acorde con la moral sexual de los conquistadores. Por ejemplo, en el caso de los imperios español, portugués y colonial francés, se vieron obligados a seguir la moral sexual católica y modificar algunas conductas, como la falta de pudor a la desnudez, la poligamia, la fornicación, la tolerancia social a la homosexualidad y bisexualidad, la castidad y la conservación de la virginidad hasta el matrimonio, entre otros aspectos y dependiendo de cada etnia en particular, mientras que se conservaron el rechazo al adulterio, al incesto y a la violación, prácticas condenadas de igual manera por la gran mayoría de los pueblos indígenas.[1]
Con respecto a la homosexualidad en los pueblos precolombinos, se tiene registro de una diversidad muy heterogénea de percepciones en los diferentes pueblos nativos de América, que van desde la más amplia tolerancia social hasta la condena a muerte, dependiendo de cada etnia y época determinada. Era socialmente aceptada en algunas tribus aborígenes de Norteamérica, donde se encuentra asociada al concepto tribal de "dos espíritus", y las autoridades religiosas o espirituales no objetaban las uniones entre dos hombres según una cosmovisión de la identidad de género.[2]
América del Norte


Para las tribus siux, el matrimonio es un símbolo de unidad de la pareja bajo el principio de «juntos pero no atados», explicada como moraleja en una leyenda tradicional llamada «el águila y el halcón», en la que un sabio le obliga a una pareja a cazar estas dos aves rapaces vivas pero por separado. Al juntarlas, les pide que las aten a sus patas y las liberen, por lo que acto seguido las aves no pueden volar y se pelean la una a la otra, dejando como enseñanza que ambos deben «volar siempre juntos» pero nunca amarrados, priorizando el amor mutuo pero respetando la individualidad de cada ser.[3]
En los apaches, quienes compartían rasgos socioculturales similares con los siux y cheyenes, la castidad de la mujer antes del matrimonio era uno de los valores más importantes para su sociedad y espiritualidad, que era de tipo animista. La primera menstruación de la mujer era celebrada con un ritual de transición sagrado llamado «naihes», que consistía en una bendición para la ahora púber, con bailes, banquetes y cánticos, que comienza al amanecer y dura cuatro días.[4] Para realizar la boda, las familias de los contrayentes se reunían para organizar los aspectos prácticos de la unión, siempre con el beneplácito de la novia, donde la familia del novio tenía una responsabilidad económica con su familia política de tipo matrilocal. El marido recién casado se mudaba al grupo familiar de su esposa para brindarles protección, sin olvidar la alimentación y cobijo de sus propios padres. Los cónyuges se trasladaban a una vivienda separada dentro de la misma tribu, donde se establecía el «tabú de la suegra», que se refiere a que el marido no podía mantener comunicación verbal directa con la madre de su esposa.[4]
La concepción del matrimonio dentro del sistema esquimal de parentesco era de naturaleza exógama y con una cosmovisión diferente a otras culturas, al no existir ceremonia de boda ni rito especial para la ocasión, iniciándose la vida marital cuando las familias de los distintos clanes inuits pactaban la convivencia entre un hombre y una mujer de sus comunidades, aunque también era posible el matrimonio por amor con el mismo propósito claro: servirse de cooperación mutua y asegurar la sobrevivencia del grupo étnico, donde la virginidad de los contrayentes tampoco jugaba ningún rol.[5]
Mesoamérica
Para la cultura maya, el matrimonio era bajo un sistema matrilocal, siendo considerada como la institución que entrega la vida y representaba el origen divino de ésta en la Tierra, incorporando elementos espirituales y sagrados para su religión.[6] Los mayas contaban con expertos en realizar matrimonios concertados llamados Ah atanzahob, quienes cumplían una labor de «casamenteros», es decir, ser intermediarios entre las familias de los novios y preparar la ceremonia nupcial, con un profundo sentido sagrado. Los matrimonios tenían por lo general un fuerte carácter endógamo, donde era bien visto casarse con alguien de la misma casta y misma localidad, pero estaba estrictamente prohibido el matrimonio entre parientes (personas con el mismo apellido) y el adulterio era considerado una falta grave.[7] La boda era un rito religioso donde las familias de los novios se intercambiaban obsequios y un Chilam (sacerdote) oficiaba la boda, realizando un ritual de purificación de los novios con inciensos.[7]
Para los mexicas, era un matrimonio concertado por los padres del novio, quienes formaban parte esencial del ritual nupcial: debían acudir a pedir la mano de la muchacha con presentes para la familia de la novia y siempre la primera respuesta por parte de sus eventuales consuegros debía ser negativa. Al segundo día se repetía el procedimiento, esta vez consultando la voluntad de la novia. Si la respuesta era afirmativa, se proseguía con la ceremonia y la novia era llevada a la casa del novio en un jolgorio pomposo de música y bailes. Luego de celebrada la boda, los novios debían permanecer durante cuatro días encerrados en un cuarto haciendo penitencia y ayuno por el futuro juntos, mientras los sacerdotes prepabaran el lecho para que pudiera consumarse allí el matrimonio.[8]
En las tribus ngäbe, quienes habitaban en los actuales territorios de Panamá y parte de Costa Rica, también eran comunes los matrimonios arreglados (o de conveniencia) entre las familias de la misma etnia, donde las niñas eran asignadas a temprana edad como futuras esposas de su eventual marido, pudiendo concretarse la boda una vez que ella tuviera su menarquia, entre los 12 y 14 años de edad, cuando ya eran consideradas como adultas y responsables ante la sociedad. Esto iba acompañado con un ceremonial de cuatro días, donde la joven era aislada del resto de la comunidad y aconsejada por las mujeres mayores de su tribu, donde recibe una dieta especial y baños purificadores. Una ceremonia muy similar ocurría con las tribus emberá, habitantes entre Panamá y la actual Colombia.[9]
El Caribe
Para los kalinagos, pueblo que habitó históricamente en la costa caribeña de América del Sur y las Antillas Menores, la naturaleza de la institución matrimonial era versátil, dependiendo cada situación particular, pudiendo ser tanto monógama como polígama, y endógama o exógama entre las diferentes tribus con fines expansionistas, así como matrilineales o patrilineales, por acuerdos entre las familias que tenían un fuerte sentido de clan.[10] Para ellos también existían los matrimonios concertados con la voluntad de la novia, no obstante, en periodos de guerra entre las tribus había un tipo de matrimonio forzado, siempre y cuando hayan sido abatidos todos los varones de la tribu de la novia.
Para el pueblo taíno, habitantes aborígenes de las Antillas, se distinguía entre dos tipos de matrimonio: el «general», de naturaleza monógama y duradera por razones primordialmente afectivas; y el real, que podía ser polígamo para los caciques y realeza de la tribu, cumpliendo funciones más bien protocolares y fines políticos, como también de estabilidad y paz entre las tribus, por lo que el amor no era un factor determinante. La pérdida de la virginidad iba asociada a rituales previos al matrimonio y la fidelidad era uno de los valores fundamentales en ambos tipos de matrimonio, por lo que el adulterio era condenado con la muerte de quien lo cometiese.[11]
