Monocitosis
aumento del número de monocitos circulantes en la sangre
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La monocitosis es el aumento del número de monocitos circulantes en la sangre.[1] Los monocitos son un tipo de glóbulo blanco producidos en la médula ósea que forman parte de la inmunidad innata, patrullando continuamente el organismo para detectar y combatir infecciones, y ayudando a eliminar tejidos dañados y células cancerosas.[2][3] Tras circular en la sangre durante unas horas, los monocitos migran a los tejidos (como bazo, hígado, pulmones y médula ósea), donde maduran hasta convertirse en macrófagos.[2]
| Monocitosis | ||
|---|---|---|
| Especialidad | Hematología | |
| Diagnóstico | Hemograma completo | |
| Tratamiento | Dependiente de la causa subyacente | |
En los seres humanos, el recuento normal de monocitos oscila entre el 1% y el 10% de los leucocitos totales, o entre 200 y 800 células por microlitro (0,2 a 0,8 × 10⁹/L).[2][3] La monocitosis se define generalmente como un aumento sostenido en el recuento absoluto de monocitos por encima de 800-1000/μL (0,8-1,0 × 10⁹/L), o un porcentaje superior al 10% del total de leucocitos.[4][3]
Aunque a veces se ha denominado «mononucleosis»,[5] este término suele reservarse específicamente para la mononucleosis infecciosa.
La monocitosis no suele causar síntomas por sí misma; sin embargo, la afección subyacente que la provoca puede manifestarse con diversas sintomatologías.[2][4]
Causas
La monocitosis suele ocurrir en contextos de inflamación aguda o crónica como respuesta del organismo a diversas agresiones.[3] Las enfermedades y condiciones que pueden producir este estado inflamatorio incluyen:
- Infecciones: tuberculosis, brucelosis, listeriosis, endocarditis bacteriana subaguda, sífilis, salmonelosis, así como diversas infecciones protozoarias (p. ej., kala-azar, malaria, toxoplasmosis), rickettsiosis (p. ej., fiebre de las Montañas Rocosas), e infecciones virales (como mononucleosis, paperas, sarampión, VIH, COVID-19).[4][3][2] También infecciones fúngicas como aspergilosis, candidiasis sistémica o histoplasmosis.[4][3]
- Causas hematológicas e inmunológicas: neutropenia crónica, trastornos mieloproliferativos, enfermedad de células falciformes y anemia hemolítica.[3]
- Enfermedades autoinmunes y vasculitis: lupus eritematoso sistémico, artritis reumatoide y enfermedad inflamatoria intestinal (como la enfermedad de Crohn).[2][4] La monocitosis puede ser un síntoma del síndrome de activación mastocitaria (SAM).[6]
- Enfermedades inflamatorias crónicas: sarcoidosis.[2][3]
- Neoplasias malignas: enfermedad de Hodgkin, ciertas leucemias como la leucemia mielomonocítica crónica (LMMC) y la leucemia monocítica, así como linfomas.[2][4][3] La LMMC se caracteriza por una monocitosis persistente (>0,5 × 10⁹/L) que cumple criterios diagnósticos específicos según las clasificaciones de la OMS y el Consenso Internacional.[7]
- Fase de recuperación: tras una neutropenia o una infección aguda.[4]
- Obesidad: se ha descrito asociación con estados inflamatorios crónicos relacionados con la obesidad.[8]
- Otras causas: traumatismos graves, esplenectomía (extirpación del bazo, que actúa como reservorio de monocitos), radioterapia (especialmente sobre médula ósea), infarto de miocardio, embarazo, estrés crónico, y ciertos medicamentos (uso prolongado de corticosteroides, olanzapina, alopurinol).[3] También la deficiencia de ZNFX1.[9]
En contextos de inflamación extrema, como en casos de sepsis, la monocitosis puede contribuir al daño tisular al aumentar la activación de la respuesta inmunitaria y dificultar la resolución de la inflamación.[10]
Diagnóstico
El diagnóstico de monocitosis se realiza mediante un hemograma completo que muestra:[2][4]
- Un recuento absoluto de monocitos superior a 0,8 × 10³/μL (800/μL) o 1,0 × 10³/μL (1000/μL), según la referencia utilizada.[4][3]
- Un porcentaje de monocitos superior al 10 % del total de leucocitos.[11]
Dado que la monocitosis no produce síntomas específicos, a menudo se descubre incidentalmente durante análisis de rutina o al investigar otras condiciones.[3] Para determinar la causa subyacente, pueden ser necesarias pruebas adicionales como:[4][3]
- Frotis sanguíneo para examinar la morfología celular.
- Hemocultivo o coprocultivo para identificar infecciones.
- Proteína C reactiva para detectar inflamación sistémica.
- Pruebas de PCR para identificar patógenos específicos.
- Factor reumatoide u otros autoanticuerpos para evaluar autoinmunidad.
- Biopsia de médula ósea en casos de sospecha de neoplasias hematológicas o trastornos medulares.[4]
Tratamiento
El tratamiento de la monocitosis depende exclusivamente de la causa subyacente. No existe un tratamiento específico para la monocitosis en sí, sino que se debe abordar la enfermedad que la provoca.[2][4] Algunos ejemplos:[3]
- Si la causa es una infección bacteriana, se emplean antibióticos específicos (p. ej., ceftriaxona, levofloxacino o moxifloxacino para fiebre tifoidea; combinaciones como gentamicina y doxiciclina para brucelosis).
- Para infecciones fúngicas, se utilizan antifúngicos.
- En enfermedades autoinmunes o inflamatorias crónicas, pueden emplearse corticosteroides o inmunosupresores para reducir la inflamación y disminuir el recuento de monocitos.[3]
- En neoplasias hematológicas como leucemias o linfomas, el tratamiento puede incluir quimioterapia, radioterapia o trasplante de células madre.[3]
Durante el tratamiento, pueden realizarse hemogramas de control periódicos para monitorizar la eficacia terapéutica.[3]
Véase también
- Monocito
- Leucocitosis
- Neutrofilia
- Linfocitosis
- Eosinofilia
- Basofilia