Mujeres en el Movimiento de 1968 en México
El rol de las mujeres en el Movimiento estudiantil del 68 en México es un estudio que a principios de los 2000s empezó a tener auge y está vinculado a la ola de revisión histórica que subraya la participación de las mujeres en diversos procesos históricos de los que habían sido excluidas. Ejemplo de esto, son los estudios de la participación de la mujer en la Independencia de México o en la Revolución Francesa. Las integrantes más conocidas del Movimiento del 68 son Ana Ignacia Rodríguez activista política, líder estudiantil y defensora de derechos humanos y Roberta Avendaño, activista y profesora. Sin embargo, a partir de 2018, diversos trabajos periodísticos recobraron una narrativa oral de la participación de otras participantes a través de entrevistas, además de algunos trabajos académicos que analizaron el papel desempeñado por estas mujeres y su repercusión en la historia. Una de las principales consecuencias de esta participación, de acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, fue que formó la "antesala" de la segunda ola del feminismo mexicano y de la militancia de grupos como "Mujeres en Acción Solidaria, Movimiento Nacional de Mujeres, Movimiento de Liberación de la Mujer, Colectivo La Revuelta (1975), Movimiento Feminista Mexicano Colectivo de Mujeres (1976) y Lucha Feminista (1978)".
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El rol de las mujeres en el Movimiento estudiantil del 68 en México es un estudio que a principios de los 2000s empezó a tener auge[1][2][3][4] y está vinculado a la ola de revisión histórica que subraya la participación de las mujeres en diversos procesos históricos de los que habían sido excluidas.[5] Ejemplo de esto, son los estudios de la participación de la mujer en la Independencia de México o en la Revolución Francesa. Las integrantes más conocidas del Movimiento del 68 son Ana Ignacia Rodríguez ("La Nacha") activista política, líder estudiantil y defensora de derechos humanos[6][7] y Roberta Avendaño ("La Tita"), activista y profesora. Sin embargo, a partir de 2018, diversos trabajos periodísticos recobraron una narrativa oral de la participación de otras participantes a través de entrevistas,[6][8][9] además de algunos trabajos académicos que analizaron el papel desempeñado por estas mujeres y su repercusión en la historia.[1][2][3][4] Una de las principales consecuencias de esta participación, de acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, fue que formó la "antesala" de la segunda ola del feminismo mexicano y de la militancia (según Ana Lau Jaiven) de grupos como "Mujeres en Acción Solidaria (MAS, 1971), Movimiento Nacional de Mujeres (MNM, 1973), Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM, 1974), Colectivo La Revuelta (1975), Movimiento Feminista Mexicano (MFM, 1976) Colectivo de Mujeres (1976) y Lucha Feminista (1978)".[10]


El interés de la ciudadanía en una mayor apertura y participación política también fue compartido por amplios sectores de mujeres que, a diferencia de años pasados, en los 60s contaban con un mayor capital cultural por el acceso ganado a participar en las universidades.[11]
El 8 de agosto de 1968 cuando quedó formalmente constituido el Consejo Nacional de Huelga (CNH), empezaron a conformarse las brigadas estudiantiles, algunas mixtas, pero otras incluso exclusivamente de jóvenes mujeres pertenecientes a escuelas de matrícula femenina. Otras participaron en las cocinas colectivas construidas para alimentar a las/os militantes del movimiento estudiantil. Susana Rivas, militante del movimiento, matiza esta tarea recordando que: “Sí, cocinar era nuestra función y lo hacíamos bien. Pero también rompimos con ella. Nos salimos de nuestro papel y convocamos a reuniones espontáneas en los mercados [como la de Carmen Torres] y en las esquinas de las calles, en distintas colonias”. De acuerdo con Pech y Romero (2013) tanto las labores en la cocina como en la creación de panfletos fue minimizada; a pesar de la vitalidad de la primera, y la relevancia de la segunda que era vista más como una actividad de comunicación que de activismo político. Algunas también tuvieron un papel activo en las asambleas de las facultades, aunque, como recuerda Rosa Bañales, tenían que enfrentar el machismo de algunos compañeros que les chiflaban o gritaban cosas cuando intentaban hablar; o como recuerda Carla Martínez, enfrentarse al descrédito de sus compañeros.[3]
Además de las mujeres participantes en las brigadas del Consejo Nacional de Huelga (CNH) hubo la presencia de mujeres que representaban a algunas escuelas, tanto de la UNAM como del IPN, por ejemplo, Roberta Avendaño, por la Facultad de Derecho;[12] Marcia Gutiérrez, por la Facultad de Odontología; Adriana Corona, por la preparatoria nocturna número seis de la UNAM;[13] Gladys López Hernández, de la preparatoria popular Tacuba;[14] y, Myrthokleia González, por la Escuela Técnico Industrial, Wilfrido Massieu,[15] quien, además, participó en el mitin estudiantil del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas como maestra de ceremonias.[16]
También contribuyeron mujeres organizadas en sus sindicatos, oficinas, barrios y colonias, ya que el movimiento era también de carácter popular. Participaban como “importantes difusoras informales a través de sus redes cotidianas más cercanas, realizando un importante papel de sensibilización y movilización, destacando su contribución al movimiento popular desde su posición de género”.[17]
La Unión Nacional de Mujeres Mexicanas (UNMM) también ayudó en la emisión y difusión de panfletos como medio de movilización e información, en la que junto con “5 mil mujeres, muchas de ellas madres de familia, trabajadoras, oficinistas, campesinas, intelectuales, maestras, profesionistas, artistas, amas de casa. Exigían libertad a los presos políticos y se solidarizaban con la movilización estudiantil.”[18]
Prisión en Santa Martha
Luego de la masacre del 2 de octubre, varias mujeres fueron presas en el Reclusorio Femenil de Readaptación Social de Santa Martha Acatitla. De acuerdo con el testimonio de Ana Ignacia Rodríguez "La Nacha", fueron 8 mujeres de las cuales la mitad salió después de algunos días y cuatro se quedaron durante más años. A este último grupo pertenecen Roberta Avendaño (alias "La Tita”),[19] Ana Ignacia Rodríguez[20] --ambas representantes de la Facultad de Derecho ante el CNH-- y Adela Salazar, dirigente del Comité de Padres de Familia. Roberta Avendaño y Ana Ignacia Rodríguez fueron sentenciadas a 16 años de cárcel y Adela Salazar a 10 años, entre los delitos que se les imputaron estuvieron el de robo, homicidio, lesiones, sedición e incitación a la rebelión. Antes de fallecer y con motivo de la publicación de su libro Testimonios de la cárcel, de la libertad y del encierro, "La Tita" declaró que "los estudiantes no estábamos fuera de la ley, ni éramos delincuentes, sólo seres queriendo ejercer su derecho a la democracia".[9]
La Unión Nacional de Mujeres Mexicanas (UNMM) el 31 de octubre de 1968 exigió que dejaran en libertad a las mujeres que habían sido presas el 2 de octubre en Tlatelolco ante el subprocurador [general de Justicia] del Distrito Federal, José Dzib Cardoso.[17]
Diferencias de género
La diferencia de género era muy significativa en el movimiento puesto que los hombres, por el simple hecho de ser hombres, tenían un papel más activo que las mujeres. Varias de las participantes del movimiento, como Rafaela Morales, Elena Castillo o Gloria Jaramillo, han hecho notar que enfrentaron "la oposición por parte de su familia, así como el autoritarismo que existía tanto en las escuelas como por parte del Estado, y en fin, a todo un sistema patriarcal".[3][10]

Claudia Rincón menciona su experiencia en el artículo “Las mujeres que deseaban cambiar al mundo: movimiento estudiantil de 1968”:[21]
"En el movimiento había más hombres que mujeres porque la familia te cuida más como mujer que como hombre. Los hombres se podían quedar a dormir ahí en la prepa y una mujer imposible. Al menos así fue en mi caso. Todavía estamos en una sociedad machista a la fecha, pero era más en aquel entonces, obviamente ellos tenían más facilidad de participar y estar activos y todo eso porque la misma educación así te lo marcaba".
Varias militantes pedían ser acompañadas a sus casas, y de acuerdo con las investigadoras Cohen y Frazier (2004) esto es indicativo de las diferencias de acceso y libertad de movimiento que tenían las mujeres.[2] Otra desventaja se desarrolló en la práctica política, mientras que los varones participan en un terreno conocido y masculinizado, para muchas mujeres ésta fue su primera experiencia fuera de la esfera doméstica.[1]
Sin embargo, de acuerdo con algunas participantes como Zamudio la participación de las mujeres tuvo un efecto positivo en la actitud de los hombres del movimiento: "Antes, eran conquistadores. Después, hablaban sobre relaciones basadas en la amistad, el compañerismo y la solidaridad".[2]
También en la cárcel sufrieron un trato distinto, de acuerdo con Ana Ignacia Rodríguez:
Con los hombres hubo una diferencia, porque como ellos eran muchos, se estacionaron en una crujía y ahí les permitían escribir, les permitían leer, muchas cosas que les permitieron y con eso vivieron su prisión más tranquila. Tenían visita en celda, cosa que nosotros jamás tuvimos, podían jugar en el patio, meter libros, a nosotras no nos daban chance de comer en nuestras celdas. Siempre tuvimos que convivir con las presas comunes, bajábamos y recogíamos el rancho con toda la necesidad que teníamos y lo que hacíamos era lavarlo todo y luego le poníamos verduras, todo de contrabando, porque no estaba permitido. Y así era como comíamos un poco mejor.[9]
Marchas estudiantiles
La asistencia por parte de las mujeres a las marchas significaba incomodidad y mentiras para poder asistir, pues debido a los imaginarios sociales que constituían a las mujeres y la moralidad de la época, la mayoría de ellas acudía en falda y tacones, además de involucrar mentiras a sus familias con respecto a sus destinos para poder asistir sin ninguna represalia. Gladys López menciona su experiencia en su libro Ovarimonio ¿Yo guerrillera?:
Las mujeres teníamos que mentir para poder salir de nuestras casas, al acudir a las marchas nos vestíamos como si fuéramos a una reunión social, con zapatos de tacón, medias, falda, porque los pantalones eran socialmente prohibidos para nosotras, si los usabas te señalaban como "machorra"
A su vez, Gladys relata como en el uso de la fuerza y la represión no existía la distinción de género:
"...la represión por parte de la policía no distinguía sexo y a pesar de los tacones altos y la minifalda pegada había que correr fuerte ante el temor de que los oficiales te fueran a violar, además de golpear. Existía igualdad de derechos entre hombres y mujeres para la represión física por parte del Estado."
