Representación de la mujer en la tragedia ateniense
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La representación de la mujer en la tragedia ateniense corría a cargo exclusivamente de hombres y es probable (aunque la evidencia no es concluyente) que también se representara exclusivamente para hombres.[1] La cuestión de si las mujeres eran admitidas o no en el teatro es muy discutida y tiende a polarizar los frentes.[2] Aunque Henderson excluye a las mujeres de toda poesía pública, no descarta a las espectadoras.[3]
La evidencia arqueológica recopilada por Haigh[4] y Lucas[5] y, más recientemente, por Hughes parecen apuntar en la dirección en que las mujeres eran admitidas en la tragedia, y probablemente incluso en la comedia. Dover agregó que las mujeres, al igual que los niños, los extranjeros y los esclavos, sólo podían ocupar un asiento después de que se acomodara a los ciudadanos varones.[6] Como señala Hughes: “deberíamos decir que no tenemos pruebas directas de que las mujeres participaran; solo hay una ausencia masiva de pruebas, un vacío histórico”.[7]
En una sociedad que valoraba el silencio de la mujer, sen la más pública de las formas artísticas atenienses constituye una paradoja. Sólo una de las 32 obras conservadas carece de personajes femeninos: Filoctetes de Sófocles. Además, los coros trágicos femeninos superan en número a los masculinos en una proporción de veintiuno a diez.[8]
Macaria, en las Heráclidas afirma que "para una mujer, lo mejor es el silencio y el autocontrol".[9] El filósofo Jenofonte pensaba que las mujeres poseían los rasgos positivos de "vigilancia" y "amor por los niños". Sin embargo, Jenofonte refleja el miedo griego a estas 'otras', destacando su irracionalidad, fervor religioso y pasión sexual.[9] Aristóteles fue más allá al afirmar que las mujeres eran machos deformes e incompletos, diseñados para estar al servicio de los hombres.[10]
En consecuencia, se restringió la libertad de las mujeres y se creía que vivían en zonas separadas de los hombres. En un discurso recogido en las Oraciones de Lisias 3.6, un orador trata transmitir el libertinaje de su oponente al contar cómo entró sin autorización en "los baños de mujeres donde estaban mi hermana y mis sobrinas, mujeres que siempre han vivido tan decentemente que se avergüenzan de que las vean incluso sus parientes".[9] Sheila Murnaghan argumenta que "no es casualidad que la poca evidencia que tenemos de las mujeres atenienses reales, procedan en gran medida de discursos en los tribunales o de tratados médicos, géneros creados por conflictos y enfermedades".[9]
En la Antigua Grecia, la mujer era considerada como un conducto pasivo de la fertilidad masculina, cedida a largo plazo por su padre.[11] El matrimonio era una relación desigual, en la que el marido era dueño de los hijos y no tenía la misma obligación de fidelidad sexual que la esposa.[9] El dramaturgo Eurípides presenta dos reacciones muy diferentes a esta norma cultural. En primer lugar, su protagonista femenina, Alcestis, representa a la "esposa perfecta" que sacrifica su propia vida, para que su marido, Admetos, pueda vivir.[11] Sin embargo, como señala Blondell, esta "fama femenina es difícilmente ganada, incluso sinsentido", ya que su propio matrimonio la mata.[11]
Las relaciones más importantes dentro de esta obra son entre los hombres. Heracles va al inframundo no por Alcestis, sino para honrar la hospitalidad de su amigo. Admetos va en contra de la promesa que le hizo a su esposa, para obedecer a su amistad masculina. "Alcestis se retira", argumenta Easterling, "para facilitar la interacción entre los hombres".[8]
En contraste, sin embargo, la Medea de Eurípides rompe las convenciones matrimoniales, eligiendo ella misma a su marido y reaccionando contra la infidelidad de éste rompiendo el juramento femenino y matando a sus hijos. "En cierto sentido", argumenta Blondell, "toda novia era una extraña en una tierra extraña. Y toda mujer casada dependía de su marido.”[11]