Secreción vaginal

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El flujo vaginal es una mezcla de líquidos, células y bacterias que lubrican y protegen la vagina.[1][2] Este fluido es producido de manera continua por las células de la vagina y del cuello uterino, y se expulsa a través de la abertura vaginal. Su composición, calidad y cantidad varían entre personas y pueden cambiar a lo largo del ciclo menstrual y de las distintas etapas del desarrollo sexual y reproductivo.[3]

Fotografía de un cuello uterino (frontal) y las paredes de un canal vaginal (que lo rodea) donde se inserta una cámara en el canal con un espéculo médico. El cuello uterino y las paredes del canal están recubiertos por la mezcla de líquido, células y bacterias que forma el flujo vaginal al salir por la abertura vaginal
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El flujo vaginal considerado normal puede presentar una consistencia que oscila entre líquida y acuosa, o espesa y pegajosa, y suele ser transparente o blanquecino.[1][2] Puede ser abundante, pero por lo general no posee un olor fuerte ni se asocia con picazón o dolor.[3]

Aunque la mayor parte del flujo vaginal es fisiológico —es decir, forma parte del funcionamiento normal del organismo—, ciertos cambios pueden indicar la presencia de una infección u otros procesos patológicos.[4][5] Las infecciones que pueden alterar el flujo incluyen candidiasis vaginal, vaginosis bacteriana y diversas infecciones de transmisión sexual.[6][2] Las características del flujo anormal varían según la causa, pero suelen incluir cambios en el color, mal olor y la aparición de síntomas como picazón, ardor, dolor pélvico o dolor durante las relaciones sexuales.[7]

Flujo normal

Secreción elástica alrededor del período de ovulación
Secreción espesa cercana a la menstruación

El flujo vaginal normal está compuesto por moco cervical, fluido vaginal, células desprendidas de la vagina y el cuello uterino, y diversas bacterias.[1]

La mayor parte del líquido que lo conforma corresponde al moco producido por las glándulas del cuello uterino.[1][4] El resto proviene del trasudado de las paredes vaginales y de las secreciones de las glándulas de Skene y de Bartholin.[4] Los componentes sólidos están formados por células epiteliales exfoliadas del epitelio vaginal y cervical, así como por parte de la microbiota vaginal.[1]

Las bacterias presentes en la vagina normalmente no producen enfermedad; por el contrario, pueden ofrecer protección frente a microorganismos patógenos mediante la producción de sustancias como ácido láctico y peróxido de hidrógeno, que inhiben el crecimiento de bacterias invasivas.[6] La flora vaginal puede variar entre personas, aunque suele estar dominada por distintas especies de Lactobacillus.[1] Se estima que, en promedio, hay entre 10⁸ y 10⁹ bacterias por mililitro de flujo vaginal.[4][1]

El flujo vaginal fisiológico suele ser transparente, blanco o blanquecino.[1] Su consistencia puede variar entre lechosa y ligeramente grumosa, y su olor tiende a ser leve o inexistente.[1] La mayor parte se acumula en el fórnix posterior de la vagina,[3] desde donde sale gradualmente por efecto de la gravedad.[1][4] En promedio, una mujer en edad reproductiva produce aproximadamente 1,5 gramos de flujo vaginal al día.[1]

Durante la excitación sexual y las relaciones sexuales, la cantidad de fluido vaginal aumenta debido a la congestión de los vasos sanguíneos circundantes, lo que incrementa el volumen de trasudado producido por las paredes vaginales.[4] Este trasudado posee un pH neutro, por lo que su aumento puede modificar temporalmente la acidez vaginal.[4] El semen, con un pH básico, puede neutralizar la acidez vaginal durante un periodo de hasta ocho horas.[4]

La composición y cantidad del flujo vaginal varían a lo largo de las etapas del desarrollo sexual y reproductivo.[4] No obstante, algunas personas pueden experimentar cambios en el flujo debido a condiciones subyacentes como estrés, diabetes, trastornos inflamatorios, lactancia, ciertos medicamentos o enfermedades autoinmunes.[8]

En los recién nacidos, puede observarse flujo vaginal durante los primeros días tras el nacimiento, ocasionado por la exposición al estrógeno materno durante la gestación. Este flujo neonatal puede ser blanco o transparente con consistencia mucosa, o bien contener pequeñas cantidades de sangre debido al desprendimiento endometrial fisiológico.[9]

Etapas de la vida

Infancia

La vagina de las niñas antes de la pubertad presenta un epitelio más delgado y una flora bacteriana distinta a la de las personas adultas.[1][4] En las niñas prepúberes, el flujo vaginal es escaso y posee un pH neutro a ligeramente alcalino, que suele oscilar entre 6 y 8.[10] La microbiota vaginal en esta etapa está dominada principalmente por especies de Staphylococcus, además de diversos anaerobios, Enterococcus, Escherichia coli y Lactobacillus.[10]

Pubertad

Durante la pubertad, los ovarios comienzan a producir estrógenos.[3] Incluso antes del inicio de la menstruación —hasta 12 meses antes de la menarquia y generalmente coincidiendo con el desarrollo mamario—, el flujo vaginal aumenta en cantidad y cambia su composición.[4][10] El estrógeno favorece la maduración del epitelio vaginal y estimula una mayor producción de glucógeno por las células epiteliales.[1] El aumento de glucógeno en la vagina favorece el crecimiento de lactobacilos frente a otras bacterias.[1][3]

Los lactobacilos metabolizan el glucógeno y lo convierten en ácido láctico,[1][3][4] lo que genera un ambiente vaginal más ácido. Como resultado, el pH vaginal y del flujo tras la pubertad suele situarse entre 3,5 y 4,7.[1]

Ciclo menstrual

La cantidad y la consistencia del flujo vaginal varían a lo largo del ciclo menstrual.[5] En los días posteriores a la menstruación, el flujo suele ser escaso, espeso y pegajoso.[11] A medida que se aproxima la ovulación, el aumento de los niveles de estrógeno provoca un incremento progresivo del flujo vaginal.[11] Durante la ovulación, la cantidad de flujo puede ser hasta treinta veces mayor que la observada inmediatamente después de la menstruación.[11]

En esta fase, el flujo se vuelve transparente y adopta una consistencia elástica, a menudo comparada con la clara de huevo.[11] Tras la ovulación, el aumento de los niveles de progesterona provoca una disminución de la cantidad de flujo, que vuelve a ser más espeso, pegajoso y opaco.[11] El volumen del flujo continúa reduciéndose hasta el final del ciclo menstrual, para aumentar nuevamente tras la menstruación.[11]

Embarazo

Durante el embarazo, el volumen del flujo vaginal aumenta debido a los elevados niveles de estrógeno y progesterona.[12][2] El flujo suele ser blanco o ligeramente grisáceo y puede presentar un olor leve.[12][2] El flujo vaginal fisiológico durante el embarazo no contiene sangre ni se asocia con picazón.[12] El pH vaginal durante el embarazo tiende a ser más ácido de lo habitual como consecuencia del aumento en la producción de ácido láctico.[12] Este entorno ácido contribuye a la protección frente a numerosas infecciones, aunque también incrementa la susceptibilidad a infecciones vaginales por hongos.[12][2]

Posparto

En los primeros días tras el parto, el flujo vaginal puede ser abundante y de color rojo, ya que contiene sangre y restos de la mucosa uterina que recubría el útero durante el embarazo. Con el paso del tiempo, el flujo disminuye en cantidad, se vuelve más acuoso y cambia de color, pasando de un tono marrón rosado a blanco amarillento.[5]

Menopausia

Con la disminución de los niveles de estrógeno característica de la menopausia, la vagina adquiere características similares a las de la etapa prepuberal.[9] Los tejidos vaginales se adelgazan y pierden elasticidad, disminuye el flujo sanguíneo y las células epiteliales superficiales contienen menos glucógeno.[9] Como consecuencia, la flora vaginal presenta una menor proporción de lactobacilos y el pH aumenta, situándose generalmente entre 6,0 y 7,5.[9]

Durante la menopausia, la cantidad total de flujo vaginal disminuye. Aunque este cambio es fisiológico, puede provocar síntomas como sequedad vaginal[8] y dolor durante las relaciones sexuales con penetración.[5] Estos síntomas suelen tratarse con humectantes o lubricantes vaginales, así como con terapias hormonales vaginales.[5]

Secreción anormal

El flujo vaginal anormal puede presentarse en diversas situaciones, entre ellas infecciones y alteraciones del equilibrio de la flora vaginal o del pH. En algunos casos, no se identifica una causa específica. En un estudio realizado en mujeres que acudieron a consulta por flujo vaginal o mal olor, se observó que el 34 % presentaba vaginosis bacteriana y el 23 % candidiasis vaginal.[7] Asimismo, el 32 % de las pacientes fue diagnosticado con alguna infección de transmisión sexual, como clamidia, gonorrea, tricomoniasis o herpes genital.[7]

El diagnóstico de la causa del flujo vaginal anormal puede resultar complejo. Para su evaluación se emplean pruebas como la medición del pH vaginal o el uso de hidróxido de potasio. Cuando el flujo anormal se acompaña de ardor, irritación o picazón en la vulva, el cuadro se denomina vaginitis.[9]

Se recomienda buscar atención médica ante la presencia de flujo vaginal anormal o cambios en sus características. Los síntomas asociados a causas patológicas incluyen picazón, irritación o inflamación de los genitales externos, flujo verdoso o espumoso, presencia de sangre no relacionada con la menstruación, olor inusual, dolor de reciente aparición o que empeora, así como dolor durante las relaciones sexuales o al orinar.[5] No se aconseja el autotratamiento, ya que puede agravar los síntomas o retrasar un diagnóstico adecuado.[13]

Tras el diagnóstico de vaginitis, suele realizarse un examen ginecológico con espéculo para evaluar la vagina, el cuello uterino y el flujo vaginal. Durante el procedimiento, el profesional de la salud examina la presencia de inflamación, lesiones, verrugas, cuerpos extraños o hematomas. Posteriormente, se obtiene una muestra del flujo vaginal mediante un hisopo, que se utiliza para analizar el pH y realizar un examen microscópico.[5]

A continuación, se describen las causas más frecuentes de flujo vaginal patológico en adolescentes y personas adultas.

Vaginosis bacteriana

La vaginosis bacteriana (VB) es una alteración de la flora vaginal caracterizada por un desequilibrio en la comunidad de microorganismos que habitan la vagina.[14] Es la causa más frecuente de flujo vaginal patológico en mujeres en edad reproductiva y representa entre el 40 % y el 50 % de los casos.[5]

En la VB se observa una disminución de los lactobacilos y un aumento relativo de bacterias anaerobias, especialmente Gardnerella vaginalis.[15] Este desequilibrio produce un flujo característico, generalmente fino, de color gris o verdoso, con un olor intenso a pescado.[14][15] En ocasiones se acompaña de ardor al orinar, mientras que la picazón es poco frecuente.[5]

Las causas exactas de esta alteración no se conocen completamente.[5] No obstante, se han identificado factores asociados como el uso de antibióticos, las relaciones sexuales sin protección, las duchas vaginales y el uso de dispositivos intrauterinos (DIU).[5] Aunque su relación con la actividad sexual no está completamente clara, la vaginosis bacteriana no se considera una infección de transmisión sexual.[14]

El diagnóstico se basa en criterios clínicos, que incluyen la apariencia del flujo, un pH vaginal mayor a 4,5, la presencia de células clave al microscopio y un olor a pescado al realizar la prueba con hidróxido de potasio («prueba del olor»).[14][15] El método de referencia es la tinción de Gram, que muestra una disminución de lactobacilos y una flora polimicrobiana. El tratamiento suele consistir en antibióticos orales o intravaginales, como metronidazol,[5] y en algunos casos en el uso de lactobacilos.[5]

Candidiasis vaginal

La candidiasis vaginal es una infección causada por el crecimiento excesivo de Candida albicans en la vagina.[16] Es una afección frecuente; se estima que más del 75 % de las mujeres experimentará al menos un episodio a lo largo de su vida.[5] Entre los factores de riesgo se incluyen el uso reciente de antibióticos, la diabetes, la inmunosupresión, niveles elevados de estrógeno y el uso de ciertos métodos anticonceptivos, como dispositivos intrauterinos, diafragmas o esponjas vaginales.[17][16][18] No se considera una infección de transmisión sexual.[18]

El flujo vaginal puede estar ausente; cuando se presenta, suele ser blanco, espeso, grumoso e inodoro.[16] El síntoma más común es la picazón vaginal, acompañada en algunos casos de ardor, irritación, dolor al orinar o dolor durante las relaciones sexuales.[16][18] El diagnóstico se realiza mediante el examen microscópico de una muestra vaginal, en la que se observan hifas o levaduras, o mediante cultivo.[5] El tratamiento consiste en fármacos antimicóticos administrados por vía intravaginal u oral.[18]

Vaginitis por Trichomonas

La tricomoniasis vaginal es una infección de transmisión sexual causada por Trichomonas vaginalis y suele asociarse con flujo vaginal.[16] Puede transmitirse a través de relaciones sexuales vaginales entre personas con pene y vagina, o entre vaginas.[19]

El flujo suele ser amarillo verdoso, en ocasiones espumoso, y puede presentar un olor desagradable.[16][20] Otros síntomas incluyen ardor o picazón vaginal, dolor al orinar y dolor durante las relaciones sexuales.[19] El diagnóstico se establece mediante la observación microscópica del flujo, donde se identifican tricomonas móviles.[16] Pruebas adicionales, como el cultivo o ensayos de PCR, presentan mayor sensibilidad diagnóstica. El tratamiento consiste en una dosis única de antibióticos orales, generalmente metronidazol o tinidazol.[16]

Clamidia y gonorrea

La clamidia y la gonorrea también pueden causar flujo vaginal, aunque con frecuencia cursan sin síntomas.[20] Cuando está presente, el flujo asociado a la clamidia suele ser purulento; sin embargo, aproximadamente el 80 % de los casos son asintomáticos.[20] De manera similar, la gonorrea puede producir flujo purulento, pero hasta el 50 % de las infecciones no presentan síntomas.[20]

La presencia de flujo vaginal acompañada de dolor pélvico puede indicar una enfermedad inflamatoria pélvica (EIP), una afección en la que las bacterias ascienden por el tracto reproductivo femenino.[20]

Otras causas

Los objetos extraños pueden causar un flujo vaginal crónico con mal olor.[21] Los objetos extraños comunes que se encuentran en adolescentes y adultos son los tampones, el papel higiénico y los objetos utilizados para la excitación sexual.[21]

Antes de la pubertad

La causa más frecuente de consulta ginecológica en niñas prepúberes es la preocupación por la presencia de flujo vaginal o por el olor vaginal.[22] Las causas del flujo vaginal anormal en este grupo etario difieren de las observadas en personas adultas y suelen estar relacionadas con factores del entorno y del estilo de vida, como la irritación provocada por jabones fuertes o el uso de ropa ajustada.[22]

Debido a los bajos niveles de estrógeno antes de la pubertad, la vagina presenta paredes más delgadas y una microbiota distinta; además, la vulva carece de vello púbico. Estas características anatómicas y fisiológicas aumentan la susceptibilidad a infecciones bacterianas.[22] Los microorganismos más comúnmente asociados al flujo vaginal en niñas prepúberes incluyen especies de Bacteroides, Peptostreptococcus y Candida, que pueden proceder de la colonización vaginal por bacterias de origen oral o fecal.[23]

Otra causa de flujo vaginal en esta etapa es la presencia de cuerpos extraños en la vagina, como fragmentos de papel higiénico u otros objetos pequeños.[21] En estos casos, la secreción suele ser persistente y puede presentar un color marrón o sanguinolento.[21]

Véase también

Referencias

Enlaces externos

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