Vestido de novia de Letizia Ortiz
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| Vestido de novia de Letizia Ortiz | ||
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| Autor | Manuel Pertegaz | |
| Creación | 2004 | |
| Ubicación | Palacio Real de Aranjuez (Madrid, España) | |
| Material | falla de seda natural e hilos de plata y oro platinado | |
El vestido de novia de Letizia Ortiz es el traje que la reina de España lució en su boda con Felipe VI el 22 de mayo de 2004.
Contexto
Nacida en 1972 en Oviedo, Letizia es la mayor de las tres hijas del periodista Jesús José Ortiz Álvarez y su exesposa María Paloma Rocasolano Rodríguez.[1][2] Tras cursar Educación General Básica en el colegio público La Gesta de Oviedo,[3] continuó su formación en el Instituto Alfonso II, compaginando su educación con clases de ballet. El trabajo de su padre obligó a toda la familia a mudarse a Rivas-Vaciamadrid, prosiguiendo Letizia con sus estudios en el Instituto Ramiro de Maeztu, donde culminó el bachillerato para después matricularse en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, en la que se licenciaría en Ciencias de la Información. Ya en su etapa universitaria comenzó a participar activamente en el diario ABC[4] así como en el área de Política Internacional de la Agencia EFE en el último año de carrera. Poco después, entre 1992 y 1993, realizó prácticas como becaria en las áreas de Economía, Televisión y Espectáculos del periódico La Nueva España de Oviedo, tras lo cual obtendría una maestría en Información Audiovisual por el Instituto de Estudios de Periodismo Audiovisual.[5] Sus inicios en la televisión tuvieron lugar en 1997 en la cadena privada de Estados Unidos con sede en España Bloomberg TV, pasando en 1999 a la CNN+.[6][7] Acreedora en 2000 del Premio Mariano José de Larra, [8] en julio de ese mismo año[9] se incorporó a Televisión Española, donde estuvo a cargo de presentar el programa Informe semanal en La 1 hasta septiembre, formando a su vez parte de la segunda edición del Telediario en el mismo canal. Habiendo presentado diferentes ediciones entre 2000 y 2003,[10] en noviembre de este último año finalizó su relación laboral con Televisión Española,[11] produciéndose ese mismo mes el anuncio de su compromiso con el entonces príncipe de Asturias Felipe de Borbón, noticia que causó un gran asombro en la opinión pública puesto que la prensa desconocía por completo que hubiese alguna relación entre ambos.[12]
Compromiso
El anuncio del compromiso tuvo lugar el 1 de noviembre de 2003; la noche anterior, Letizia, quien había dedicado varias semanas a meditar la petición del príncipe, despidió el que sería su último informativo de la misma forma en la que había despedido los demás, declarando que estaría de regreso el 3 de noviembre. Aprovechando que el día 1 era festivo nacional (Día de Todos los Santos), la Casa Real emitió un comunicado anunciando el compromiso del príncipe con la periodista:[13]
Sus Majestades los Reyes tienen la gran satisfacción de anunciar el compromiso matrimonial de Su hijo, Su Alteza Real el Príncipe de Asturias Don Felipe, con Doña Letizia Ortiz Rocasolano.
La petición de mano tendrá lugar en el Palacio de la Zarzuela el próximo jueves, día 6 de noviembre.
La boda se celebrará a principios del verano de 2004 en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid.
Palacio de la Zarzuela, 1 de noviembre de 2003.[13]
A la pedida de mano fueron invitados un total de 340 periodistas y la misma transcurrió de manera un tanto distendida e informal debido a una anécdota que pasaría al imaginario colectivo casi de inmediato; mientras Letizia hablaba a los medios, Felipe la interrumpió, lo que provocó que la futura princesa de Asturias le diese un toque de atención con las siguientes palabras: «Déjame terminar». Esta reacción desató las risas del príncipe y de algunos de los presentes, quienes vieron este gesto como una graciosa y a la vez efectiva demostración de carácter frente a la seriedad y formalidad del protocolo real, mientras que otros lo percibieron como una grosería y un acto de desafío impropio de un miembro de la realeza. Durante el acto, Letizia dedicó varios halagos a su futuro esposo, quien con el fin de aligerar la tensión provocada por el anterior comentario de la periodista, declaró que en el futuro le haría recordar dichos halagos, desatando las risas de los presentes. El anuncio del compromiso sirvió a mayores para reparar por vez primera en el estilismo de Letizia; para la ocasión la futura reina se decantó por un sobrio traje en dos piezas de color blanco facturado por Armani. Respecto al anillo de compromiso, valorado en 3000 euros y el cual combinaba con unos gemelos de zafiros y oro blanco de 2000 euros adquiridos en la madrileña calle de Serrano por Letizia para su futuro esposo, este consistía en una alianza de la eternidad realizada en diamantes de talla baguette sobre oro blanco[13] con una hilera de gemas dispuestas de tal forma que no se sabe dónde empiezan ni dónde acaban (de ahí el nombre de esta tipología de anillos);[14] la joya fue encargada por catálogo por el propio Felipe[13] y recogida en las dependencias de la joyería Suárez de Barcelona[15] por su entonces cuñado Iñaki Urdangarin ante la imposibilidad de la infanta Cristina de acudir debido a una indisposición.[14] Pese a la importancia de la pieza, Letizia tomaría en 2011 la decisión de no volver a lucir el anillo argumentando que el mismo suponía un obstáculo para los besamanos, aunque se cree que dicha decisión estuvo motivada por la implicación de Urdangarin en el polémico caso Nóos. Sumado a estas alhajas, Felipe regaló a su futura esposa un collar y unos pendientes de perlas que en su momento fueron propiedad de María de las Mercedes de Borbón, mientras que el entonces rey Juan Carlos I obsequió a la pareja dos relojes de la firma Piaget.[13]
Creación

Debido a la magnitud del evento, el vestido de novia se convirtió en uno de los temas centrales de la boda. Pese a que la moda nunca había sido importante para Letizia, se esperaba que el traje nupcial fuese escogido con sumo cuidado ya que el mismo sería objeto de escrutinio tanto a nivel nacional como internacional. Un aspecto que llamó la atención en su momento fue el hecho de que para Letizia esta no era su primera boda, pues ya en 1998 había contraído matrimonio con el que fuera su profesor de lengua y literatura, Alonso Guerrero; en ese entonces optó por un vestido de sencilla factura creado por Victorio & Lucchino que reciclaría en múltiples ocasiones. La simpleza del diseño tenía que ver con el hecho de que la boda consistió en una ceremonia civil oficiada en el Ayuntamiento de Almendralejo, mientras que su reutilización evidenciaba que la futura reina no tenía un particular interés ni en la moda ni en las bodas, aspectos de gran importancia en la monarquía. Sin embargo, la elección del atuendo nupcial, dadas las dimensiones del evento, terminaría por convertirse no solo en un factor destacado sino incluso en una cuestión de Estado. El primer punto a tener en cuenta fue el diseñador, pues al tratarse de una boda real no cabía la opción de lucir un traje creado por un modisto que no fuese de renombre ni menos aún una prenda prêt-à-porter;[16] tras barajarse importantes diseñadores como Lydia Delgado o Lorenzo Caprile,[17] finalmente se decidió que el vestido corriese por cuenta de Manuel Pertegaz, elección motivada por la amistad entre el modisto y la reina Sofía de Grecia, quien recomendó expresamente al diseñador ya que Pertegaz había creado numerosos atuendos para la monarca, mientras que otra de las razones para esta medida era la gran fama que este poseía en el mundo de la alta costura al ser uno de los modistos más veteranos de España, lo que a la postre ayudaría a evitar celos entre otros diseñadores. Sumado a estos dos motivos, hubo una tercera razón para encargar el diseño a Pertegaz la cual tenía que ver con sus vínculos catalanes, pues a pesar de haber nacido en Teruel, había desarrollado toda su carrera en Barcelona, considerándose el propio modisto como «catalán en un 95%», un detalle de gran importancia para la Casa Real, deseosa de estrechar lazos con esta comunidad autónoma.[16] De acuerdo con Dione Caus, sobrina de Pertegaz, el origen de la elección del diseñador estaría sin embargo en un encuentro fortuito en noviembre de 2003 en el mercadillo Nuevo Futuro entre ella y la infanta Pilar de Borbón, quien le habría dado a entender el deseo de la familia real de que fuese el modisto el encargado de la confección de la prenda.[18][19]
Una vez solventado el problema de la elección del diseñador, surgió un segundo tema a tratar y que tuvo que ver con el tiempo. Pertegaz fue designado a cargo del diseño del traje a principios de diciembre de 2003,[16] aunque otras fuentes sitúan el primer contacto de la Casa Real con el diseñador a finales de enero de 2004, produciéndose la confirmación del encargo la noche del 5 de febrero tras haber visitado Letizia su taller;[20] con fecha límite el 22 de mayo, día de la boda, el modisto dispuso de un plazo de menos de medio año para acometer la labor de crear el atuendo. Pertegaz aceptó el cometido consciente de que no podía negarse a ello dada la importancia del mismo, aunque tuvo serias dudas de que la prenda pudiese estar lista en un plazo de tiempo tan reducido,[16] motivo por el que preparó un equipo de veinte empleados para su dedicación exclusiva a la confección del traje[21]: 129 y rechazó cualquier otro encargo a excepción del vestido de madrina de la reina Sofía. En total, se necesitaron intensas jornadas de 24 horas durante un total de cinco meses para la creación del atuendo,[16] cuya elaboración, acometida principalmente de noche para evitar filtraciones a los medios, fue supervisada por la propia Letizia,[21]: 130 quien llegó a acudir al taller del modisto,[16] ubicado en el nº 423 de la avenida Diagonal,[18] hasta en diez ocasiones, las primeras dedicadas a hablar del diseño y las siguientes a pruebas de vestuario:[22] en dos de ellas se presentó acompañada por su futura suegra, acudiendo en otras dos con su madre y sus dos hermanas, mientras que el resto de visitas las realizó con alguna de sus amigas y posiblemente una de ellas acompañada por la infanta Cristina, con quien después de acudir al taller habría ido a comer a un restaurante junto con Victoria de Suecia, quien se encontraba en la ciudad condal[16] (aunque la primera visita se produjo a comienzos de febrero, ya el modisto había acudido previamente al Palacio de la Zarzuela con varios bocetos).[23] Pese a la supervisión del proceso de elaboración por parte de la futura reina, Pertegaz, tal y como declararía años después, gozó de total libertad creativa en lo tocante al diseño y la elección de la tela, lo que permitió al modisto imprimir su sello personal en la factura del atuendo, aunque el escote creó cierto nivel de conflicto; Letizia deseaba que este fuese más pronunciado que el del diseño original, algo a lo que Pertegaz se mostraba reacio, si bien ambos lograrían llegar a un acuerdo mediante el cierre del escote en pico a la altura del pecho y la abertura del mismo lo suficiente como para dejar las clavículas parcialmente al descubierto (a mayores, la libertad creativa del modisto estuvo condicionada a la inclusión de diversos detalles que, al tratarse de una prenda de corte real, debían estar presentes para reflejar el sentimiento monárquico del evento).[16] Cabe destacar que hacia el final del proceso, cuando se estaban acometiendo las últimas labores del bordado floral en el cuello y el bajo de la falda, el hilo de oro empleado en la confección se terminó, y ante la ausencia de dicho material tanto en España como en Francia, se tuvo que deshacer el bordado y reconstruirlo intercalando hilo de oro y de plata.[18]
Pese a todas las precauciones tomadas para evitar que la identidad del diseñador saliese a la luz, esta información se terminaría filtrando a la prensa tres meses antes de la boda tras ser Letizia captada por el diario La Vanguardia saliendo del taller del modisto,[17][18] a donde había acudido aprovechando que Felipe se encontraba en un acto junto al entonces presidente de la Generalidad de Cataluña Pascual Maragall.[24] Apenas unas pocas semanas antes de la boda el diario ABC publicó detalles del diseño: «El vestido, de tono marfilino, tendrá un escote modesto, de forma chimenea, es decir levantado por detrás y por los lados, similar al que lució la Princesa Máxima de Holanda el día de su boda. Las mangas, acampanadas, llegarán hasta el codo, y la falda, que tendrá mucho volumen y terminará en una gran cola».[25] Objeto de numerosas modificaciones,[15] una vez terminado el vestido fue custodiado bajo fuertes medidas de seguridad en un camión de la Guardia Civil, en el que viajó desde el taller de Pertegaz hasta Madrid compleamente envuelto en papel de seda para que nadie pudiese verlo,[18] surgiendo tras el fin de las labores de confección un contratiempo de gran magnitud; durante el proceso de elaboración Letizia sufrió varias crisis, siendo la más virulenta la ocurrida en su última prueba de vestuario,[16] llevada a cabo en el taller de Pertegaz el 29 de abril.[17] Al igual que Diana de Gales, la futura reina experimentó una drástica pérdida de peso que provocó que la prenda no se ajustase correctamente a su cuerpo, por lo que se hizo necesario abrir todo el arterial de la parte delantera del vestido para recortar varios centímetros en la zona de la cintura. No obstante, este inconveniente no quedó solucionado en ese entonces, pues el mismo día de la boda hubo que efectuar unos cuantos retoques por el mismo motivo,[16] lo que no evitó que la prenda pareciese demasiado grande para la novia[22] y que el cuello no quedase bien ajustado, defecto que Pertegaz achacó al hecho de que no se le hubiese permitido vestir a Letizia el día de la boda.[18] En lo tocante al precio, el diseñador se negó desde el primer momento a cobrar por la elaboración del atuendo, valorado según expertos en 45 000 euros (algunas fuentes llegaron a elevar esta cifra al millón,[26] mientras que el Daily Mail situó el precio en 6 millones de libras),[27] si bien la futura reina se empeñó en realizar un pago, por pequeño que este fuese, acordándose finalmente la entrega de una cantidad simbólica la cual ascendió a 6000 euros.[16]
Boda

El 22 de mayo, Letizia, quien amaneció con 38 °C de fiebre a raíz de una infección de garganta,[28] se presentó en las dependencias de mayordomía del Palacio Real de Madrid, instalándose en una de las salas que fueron especialmente habilitadas para ella por Patrimonio Nacional, donde un biombo compuesto por tres paneles en madera tallada y un tocador sirvieron como único mobiliario junto con una butaca en color blanco idéntica a las empleadas en las peluquerías y un espejo iluminado con un total de cinco bombillas, todo ello supervisado por Luz Varelo, amiga de la novia y estilista de Televisión Española; en un momento dado Letizia se acercó al vestido, dispuesto en la misma sala, con el fin de examinarlo para después leer la prensa e informarse sobre lo que los diarios habían publicado acerca de una cena ofrecida la noche anterior en el Palacio Real de El Pardo con motivo del enlace. Teniendo en cuenta la magnitud del evento (era la primera boda de Estado celebrada en España desde el matrimonio entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia en 1906), el rey Juan Carlos I pidió horas antes del anuncio del compromiso al entonces alcalde Alberto Ruiz-Gallardón que la ciudad contase con una logística adecuada, lo que se tradujo en la creación de dos equipos perfectamente coordinados por el Palacio de la Zarzuela en colaboración con Patrimonio Nacional y el Ayuntamiento de Madrid, todo lo cual se vería seriamente afectado con los atentados del 11 de marzo de 2004, suponiendo la boda real un acontecimiento que recuperó el ánimo de la nación tras los ataques (en su deseo de tener presentes a las víctimas y sus familiares, los novios se dirigieron al término de la ceremonia a la Real basílica de Nuestra Señora de Atocha para depositar allí el ramo de novia a modo de ofrenda, habiendo solicitado previamente la suspensión del espectáculo multimedia preparado con motivo de la boda y el empleo de los fondos destinados a dicho espectáculo para el levantamiento de un memorial).[28][29]
Pese a que numerosas crónicas de la época señalaron que la boda contó con entre 1200 y 1700 asistentes, el número de invitados ascendió realmente a 2100,[29] entre los que se encontraban representantes de treinta y ocho casas reales, quince presidentes del Gobierno y jefes de Estado, varios primeros ministros y numerosas figuras ligadas a la cultura y el deporte,[17] lo que requirió la asistencia de equipos de protocolo de otras casas reales. Debido a los atentados, se extremaron las medidas de seguridad, requiriéndose a todos los asistentes que estuviesen en el interior de la catedral a las 8:00 CET. Existía temor ya desde el día anterior a que el clima arruinase la entrada de la novia en el templo, de modo que dos miembros del personal del Palacio de la Zarzuela y de Patrimonio Nacional plantearon a las 3:30 CET del 22 de mayo la alternativa de que, ante el riesgo de lluvia inminente, la novia efectuase su entrada en coche. Felipe, del brazo de la reina Sofía, pudo efectuar su desfile a pie desde el Palacio Real, escuchándose el sonido de un trueno en cuanto entró en la catedral; poco después, una intensa lluvia impidió a la futura reina realizar el mismo recorrido a pie,[29] por lo que en compañía de su padre, Letizia recorrió los 200 metros que separan el Palacio Real del templo a bordo de un Rolls-Royce Silver Wraith propiedad de Patrimonio Nacional,[14] descendiendo del mismo a las 11:22 CET[24] y caminando con dificultad a causa de la longitud y el peso de la cola, esto último producto de la humedad (dicho contratiempo, el cual desató el nerviosismo de Pertegaz, quien empezó a dar vueltas sobre sí mismo en el interior de la catedral, acabaría siendo visto con buenos ojos debido al refrán «novia mojada, novia afortunada»). Durante la ceremonia, presenciada por más de 25 millones de espectadores en España,[29] se produjo un hecho anecdótico que a lo largo de los años sería retransmitido en múltiples ocasiones por tratarse de uno de los acontecimientos más destacados del evento; en un momento dado, Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón, primogénito de la infanta Elena, propinó una patada a Victoria López-Quesada, hija de Cristina de Borbón Dos Sicilias y Orleans, prima segunda de Felipe, y el banquero Pedro López-Quesada.[26] Otro de los momentos más memorables de la jornada fue la lectura de la primera epístola de San Pablo a los corintios por parte de Menchu Álvarez del Valle, abuela paterna de la novia, cuya conmovedora intervención terminaría siendo vista por diversos analistas como un acontecimiento relevante.[30]
Finalizada la ceremonia, en el Palacio Real, cerrado al público desde principios de mayo, se habilitaron las escaleras del príncipe, de damas, de gerencia y de Cáceres con el fin de facilitar el tránsito de los invitados entre los diversos salones oficiales, en los que se sirvió un cóctel, y las galerías del Patio del Príncipe, donde se celebró el almuerzo; debido a que las cuatro escaleras descendían hacia el comedor principal, en apenas doce minutos todos los comensales estaban sentados. En lo relativo al decorado, el Patio del Príncipe fue cubierto con una gran estructura que dejó al descubierto los paramentos del palacio, mientras que los muros de las galerías fueron ornamentados con valiosos tapices y los suelos con un entarimado de madera sobre el que se hallaba la alfombra del Salón del Trono, presidida a su vez por una alargada mesa de forma ovalada en la que los recién casados se sentaron junto con los reyes y los padres de la novia además de otros veinte comensales (la mesa se decoraba en el centro con el Dessert de las Glorias de España, hoy conservado en la Galería de las Colecciones Reales). Frente a la mesa de los novios se ubicaban alrededor de cien mesas redondas engalanadas con manteles blancos y decoradas con la vajilla de los monarcas y con cristalería de gala de la firma Moser, donde se sentaron los representantes de las casas reales, situándose en la galería superior, en mesas para ocho comensales, las amistades de los novios. Pese al gran despliegue de medios, en el Palacio Real solo se contaba con servicio para entre 250 y 300 personas, por lo que Patrimonio Nacional debió recurrir al alquiler de platos, cubiertos y servilletas, los cuales encargó a la compañía Options España, llegando procedentes de Barcelona un total de 170 mesas y 2600 sillas estilo Napoleón, 900 de ellas dispuestas en la catedral y las 1700 restantes en el palacio (un despiste de última hora por parte del restaurante Jockey, encargado del menú, provocó que Options España tuviese que solicitar a su sede en París el envío de las 200 bandejas de plata necesarias para que los 300 camareros pudiesen servir la comida a la inglesa, llegando este pedido en doce horas).[29] El banquete, compuesto entre otros por diecisiete platos típicos (uno por cada comunidad autónoma) seleccionados por la reina Sofía y en el que la pieza central fue la tarta, de 150 kilogramos y realizada por el pastelero Paco Torreblanca,[31] se celebró sin mayores contratiempos, aunque durante la comida se produjo un fuerte altercado entre Víctor Manuel de Saboya y Amadeo III de Saboya-Aosta, si bien ya horas antes de la boda había tenido lugar una discusión entre Francisco Rocasolano, abuelo materno de Letizia, y el padre de la novia.[28]
Repercusión

Apenas unos días después del enlace varios expertos empezaron a expresar su opinión acerca del vestido, el cual recibió en su mayoría críticas positivas e incluso llegó a ser calificado de obra maestra, si bien algunos entendidos, como la diseñadora Amaya Arzuaga, emitieron opiniones desfavorables, existiendo desde entonces y hasta la actualidad un marcado contraste de opiniones acerca del atuendo y de si el mismo resultó apropiado tanto para la ceremonia como para Letizia. De acuerdo con la diseñadora Teresa Helbig, el traje se ajustaba perfectamente a su usuaria y a la magnitud del evento puesto que el diseño era romántico pero no empalagoso, además de haber convertido a la futura reina en la protagonista, opinión compartida por la firma de moda The 2nd Skin, la cual hizo hincapié en que Letizia se veía muy favorecida con el vestido, del que alabó principalmente el escote y los bordados del cuello y las mangas. Por su parte, el diseñador y presidente de la Asociación de Creadores de Moda de España Modesto Lomba destacó su elegancia y sobriedad, aludiendo a su calidad artesanal, a la par que el director de Flash Moda Jesús Mari Montes-Fernández resaltó lo bien que combinaban los hilos de oro y plata con la piel y el cabello de Letizia, definiendo el trabajo de Pertegaz como «impoluto». Del mismo modo, Virginia Pozo, fundadora de la firma Coosy, subrayó lo adecuado de la prenda para el evento debido a su corte clásico y solemne, aunque criticó la excesiva rigidez de la tela y su configuración demasiado «armada» para una novia tan joven, dejando patente cierta sobrecarga en la ornamentación. Siguiendo esta misma línea, el diseñador Alejandro de Miguel opinó negativamente sobre la pesadez del tejido y el hecho de que el mismo no marcase la silueta, aunque lo describió como «majestuoso» además de recalcar que la prenda había soportado muy bien el paso del tiempo. Francis Montesinos fue de los que más alabaron la creación de Pertegaz, calificándola de «obra de arte», si bien criticó el peinado de la novia, argumentando que la raya que dividía el cabello debió haberse llevado en el medio en vez de a un lado. Sumado a esto, el diseñador y peletero Miguel Marinero consideró el atuendo como un «icono de moda» y «una de las lecciones de Pertegaz», opinión con la que coincidió la experta en moda Fiona Ferrer al declarar que el vestido era «un traje que podría estar en cualquier museo del mundo», si bien destacó que el cuello y las mangas eran «demasiado clásicas». La estilista Cristina Reyes mencionó su porte regio y atemporal, aunque a su parecer los puños deberían haber sido cerrados en vez de estilo campana, con la experta en protocolo Ana Palezuela asegurando que independientemente de lo mucho o poco favorecedor que el traje fuese, Letizia, como futura reina, estaba correctamente vestida para la ocasión.[24]
Entre quienes emitieron opiniones negativas se encuentran la diseñadora Ágatha Ruiz de la Prada, quien declaró que el traje fue desacertado además de no encajar correctamente en el cuerpo de la novia, calificándolo de «incómodo» y «poco lucido». El estilista Pelayo Díaz fue todavía más crítico y sentenció que Letizia había recibido un mal asesoramiento en cuanto a vestuario en la época en la que se casó, describiendo el atuendo nupcial como un «vestido cárcel» además de recalcar que el mismo era anticuado ya en aquel entonces y que fue una equivocación al no representar el carácter de la futura reina; las críticas de Pelayo no solo se redujeron a la prenda sino que alcanzaron al ramo de novia, el cual criticó por su gran tamaño, opinando favorablemente del conjunto que Letizia lució en el anuncio de su compromiso y que nada tenía que ver estilísticamente con el vestido de novia[24] pese a que ambos compartían un cuello similar.[15] Otro de los expertos que no se mostró conforme con el traje fue el diseñador Pedro Mansilla, pues según él la prenda era «un poco grande», aunque aclaró que esto se debió a la drástica pérdida de peso de la novia, añadiendo a su vez que la humedad de aquel día provocó que la tela se volviese más pesada, todo lo cual causó desánimo en Letizia al punto de dejarla incapacitada para defender el porte regio del atuendo. Finalmente, el diseñador Javier Larrainzar, pese a considerar que la elección de Pertegaz fue acertada puesto que con ello se rendía tributo al modisto, opinó que el diseño no había envejecido bien al haber quedado rápidamente obsoleto debido a veloz cambio que suele experimentar la moda, atribuyendo este desfase sobre todo al cuello, las mangas y la rigidez de la tela, si bien subrayó como punto fuerte los bordados, característica que no suele pasar de moda en las prendas nupciales.[24]
Paradero
El vestido permanece en exposición permanente desde finales de 2005 en el Palacio Real de Aranjuez, ubicado a 50 kilómetros de la capital española; esta construcción, cuya edificación comenzó bajo el reinado de Felipe II en 1564, está estrechamente ligada a la monarquía española puesto que durante años fue empleada por la familia real como destino vacacional. El vestido, guardado en la sala del Museo de la Vida en Palacio, ubicada en la planta baja, se encuentra protegido en una vitrina acristalada dispuesta de tal forma que el traje puede ser visto desde todos los ángulos, siendo la prenda una de las piezas más valiosas exhibidas en dicha sede, donde se halla también un retrato de boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia así como los vestidos de novia de las infantas Elena y Cristina, diseñados respectivamente por Petro Valverde y Lorenzo Caprile, además del atuendo nupcial de la reina Sofía,[22][32] obra de Jean Desses.[33] El vestido de novia de Letizia, expuesto en la misma vitrina que los otros tres y en un maniquí el cual reproduce las medidas de la reina, se guarda bajo estrictas medidas de conservación, entre ellas una temperatura de 20 °C, una humedad relativa del 50%, y una iluminación tenue (máximo 50 luxes) para evitar el deterioro del tejido, motivo por el que la sala en la que se exhibe se encuentra casi en penumbra ya que no se pueden abrir las ventanas por el daño que produciría la luz natural.[34]