Amaru (mitología)

serpiente divina de la mitología incaica From Wikipedia, the free encyclopedia

Amaru (también como: Amaro o Hatun Amaru; en plural: Amarukuna)[1] es una criatura mítica de colosal tamaño perteneciente a la mitología incaica y preincaica.

Estela de Raimondi, un claro ejemplo de representación del vínculo «felino-ofídico».

Etimología

El término Amaru proviene del quechua y significa literalmente serpiente; no obstante, se usa el término para designar a las gigantescas sierpes míticas presentes en la mitología andina. Es menester resaltar que, la forma plural para nominar a estas criaturas debe llevar el sufijo -Kuna. De esta manera, la palabra para designar a más de un Amaru es Amarukuna.[1]

De manera general, para designar a las serpientes comunes, se utiliza el término Machacuay.[2]

Concepto

El Amaru es fruto de la concepción de los antiguos pueblos andinos que, al contemplar la irreprimible fuerza del rayo, intuyeron que dicho fenómeno debía ser provocado por una deidad o criatura mítica distante digna de profunda veneración. De esta manera, surgieron cultos consagrados a divinidades que son el vivo reflejo de los turbulentos fenómenos meteorológicos. Dentro del extenso repertorio de deidades, sobresalen las imponentes serpientes celestes conocidas como Amaru. Estas entidades atmosféricas, junto con los demás dioses del rayo, reflejan por igual la profunda necesidad humana de interpretar y otorgar significado a las fuerzas invisibles que moldean nuestra existencia. Su presencia simbólica evidencia la manera en que las culturas andinas han intentado comprender fenómenos naturales y trascendentales mediante la personificación de elementos cósmicos.[3]

El Amaru es la contraparte ofídica de otra figura mítica: el Coa (felino). Tanto los felinos como las serpientes fueron reverenciados por los pueblos andinos anteriores a los incas, y la sacralidad de estos animales fue tal que fueron designados como artífices de múltiples fenómenos atmosféricos o estuvieron relacionados con los astros. Al igual que el Coa, el Amaru es la personificación de estos elementos que, a lo largo del tiempo, fue mutando hasta alcanzar un aspecto sobrenatural y mítico. Como ejemplo ilustrativo de ello, se tienen a serpientes representadas en la iconografía de culturas preincaicas: Chavín, Moche, Huari, Tiahuanaco, etc.[4] [5]

Mediante el transcurso del tiempo, el Amaru iba adquiriendo una figura mucho más sobrenatural, hasta consagrarse como una divinidad de alta jerarquía en el panteón religioso. El culto consagrado a estas criaturas divinas gozó de tanto privilegió que fue continuado por los incas. La raíz de su adoración se debe a que la mítica serpiente estaría representando al dios del agua y la fertilidad. Aun en mitos contemporáneos, su presencia es vinculada con el advenimiento de la lluvia y los fenómenos atmosféricos como el rayo, el trueno y el relámpago.[6]

El concepto del Amaru sobrevive en la actualidad a través de cronistas, fuentes coloniales, relatos que sobrevivieron de forma verbal, etc.

Como ejemplo de ello, el poeta y jurista Teodoro J. Morales recopiló algunos mitos de su natal Tarma en su libro Edad sin nombre. En dicha fuente, se expone al Amaru con lo siguiente:[7]

El polvo del tiempo se acumuló sobre ellos, tanto que, no los distingue el ojo humano; están a la espera de que, el Amaru, de fuego; y, vuelva a levantarse y a reptar como en un principio.

No es un sueño, los habitantes de Punchaumarca, Chontamarca […] y otros pueblos, iban hasta Cari a orar en este templo, donde esas formas pétreas se alzaban como verdaderos dioses […] Esa gente alcanzó a contemplar, como desde el fondo de la tierra emergía, como un chorro de agua viva, aquel fuego extraño que se iba extendiendo como una enorme boa. No es una boa de sal; tampoco, de alumbre. No es un animal mortal, posible de morir. No hay en ella una existencia material. Hay una simple idea, o creencia antigua, que arde como la llama de una vela dentro de la oscuridad de esa mente primitiva.

La noche está como antes, a la espera de que se cumpla los designios; ese día, aquel Dios, volverá a emerger con la misma furia de siempre; como un mar de fuego o una culebra viva que serpenteara por entre los cerros hasta abrazar por completo a todos estos pueblos.

Representación

El Amaru es una deidad cuya apariencia se asemeja a los dragones asiáticos. La representación del Amaru suele variar de acuerdo a las múltiples fuentes que lo mencionan; no obstante, todas concuerdan de que se trata de una serpiente gigantesca de aspecto quimérico, pues reunía diversos atributos de otros animales. Existen incluso referencias de serpientes Amaru con dos o más cabezas.[8]

En este tiempo dizen que llegó la nueba como en el Cuzco hubo un milagro que como un Yauirca o Amaro abía salido del serro de Pachatusan muy fiera bestia, media legua de largo y grueso de dos brazas y media de ancho, y con orejas y colmillos y barbas […] Eran animales con alas y orejas y colas y cuatro pies, y enzima de la espalda muchas espinas como de pescado, y desde lejos dicen que les parecía todo fuego.
Relación de Antigüedades deste Reyno del Perú, página 158

Naturaleza

Al igual que otras divinidades andinas, el Amaru es una entidad de naturaleza ambivalente o dual. Esto último se ve reflejado en su facultad como agente de cambio en el mundo por medio de sus habilidades sobrenaturales para normar el suministro del agua y regular a voluntad propia la intensidad y la frecuencia de las lluvias para los cultivos; no obstante, el Amaru también muestra su faceta destructiva al escupir el granizo, matar con sus rayos y desencadenar catastróficos terremotos al despertar y mover su pesado cuerpo por la tierra. Al igual que el Coa, del arbitrio del Amaru depende la vida misma, el sustento y la regeneración del universo.[1]

Asociaciones

Serpiente Amaru representado en un kero (vaso ceremonial). En él, se puede ver un arcoíris sobre la criatura.

Las fuentes describen al Amaru surcando su robusto y gigante cuerpo sobre los cielos. En la bóveda celeste, se encarga de producir tormentas y otros fenómenos meteorológicos; no obstante, otras fuentes también lo relacionan con las profundidades y los movimientos sísmicos. Esto último establece al Amaru como una fuerza de la naturaleza impredecible e incontrolable que simboliza la conexión entre el cielo y la tierra.[9]

Del mismo modo, el extenso cuerpo del Amaru representa la continuidad y el infinito. A raíz de lo anterior, su grueso y colosal cuerpo personifica al mismo arcoíris y a la Vía Láctea. Al momento de mudar de piel, la mítica serpiente encarna la regeneración del cosmos (el ciclo eterno de nacimiento, muerte y renacimiento de todas las cosas).[1]

Si bien algunas fuentes no lo nombran como Amaru, estas mencionan serpientes enormes de aspecto similar.

El origen celeste del Amaru

Al igual que los dragones asiáticos, los Amaru no nacen de manera convencional, sino que son creados por la propia naturaleza que controlan los dioses.

El surgimiento de los Amaru son diferentes en algunas fuentes, unas mencionan la creación del Amaru en la bóveda celeste, mientras que otras detallan su origen en las entrañas de la tierra.

En el relato verbal Amaru Aranway, el Amaru nace del pecho de Tulumanya (el arcoíris primordial) por orden de Viracocha para coadyuvar a los pobladores:[7]

Los hombres sufrían mucho y decidieron invocar la memoria de Wirakocha. Para ello hicieron sacrificios, pidiendo a grandes voces su protección. El señor supremo escuchó las plegarias y ordenó al dios Tulumanya que fuera en ayuda de los atribulados wankas. Tulumanya posó sus piernas de siete colores en los extremos del lago y produciendo un gran ruido, como el de rocas que se abrían, hizo nacer de su pecho a un macho de la gran serpiente alada llamada Amalu.
Amaru Aranway, relato verbal

Los agustinos, en la Relación de idolatrías de Huamachuco, hacen referencia a la existencia de un ser mítico llamado Uscaiguai. Esta criatura se describe como una enorme serpiente con rasgos de felino y venado. En dicha relación, se expone lo siguiente:[10] [11]

Dicen estos indios que antiguamente en tiempo de Chacochima, que era capitán del Inga que tenía toda la tierra, estando en Guamachuco con gran fuerza de gente, vino el demonio hecho serpiente á manera de culebra, la cual era según los que la vieron tan gorda como un muslo y tenía pelos y la cabeza como de un venado, y era tan larga que desde la cabeza no podían ver la cola estando en tierra llana. A esta culebra ó serpiente llamaban Uscaiguai, á esta mocharon tos indios para ser ricos, porque traía unas petaquillas de oro en la cola, y después que la hobieron mochadó y adorado, hicieron grandes alegrías, diciendo: «ya mochamos á nuestro Señor y Dios, y de aquí adelante seremos ricos». Otra vez se les apareció diciendo que se quería subir al cielo, lo cual vieron todas aquellas naciones que allí se hallaron, comenzó á subir haciendo vueltas por el aire y así se fue hasta que le perdieron de vista: yo he preguntado esto á muchos por ver si conformaban, y todos dicen lo mesmo; y en memoria desto hacían grandes fiestas y juegos, los cuales, como sean idolatría, vedan y han quitado los padres con gran fuerza y que no pinten serpientes ni culebras.

El origen ctónico del Amaru

En contraste a lo anterior, existen otras fuentes que exponen el origen ctónico del Amaru. Estos surgen del interior de la tierra y sus movimientos producen fuertes sismos e inclusive montañas y accidentes geográficos.[9]

En el Manuscrito de Huarochirí, se menciona que el dios Huallallo, en su desesperación de no poder contrarrestar la superioridad del dios Pariacaca, invocó a una enorme serpiente bicéfala para hacerlo combatir contra el dios pluvial:[12]

Entonces, Pariacaca con los demás cinco hermanos, casi arrasaron la peña con sus rayos y de nuevo ahuyentaron a Huallallo Carhuincho. Este hizo surgir una serpiente enorme llamada Amaru de dos cabezas, para que fuera nefasto a Pariacaca. Al verlo, Pariacaca se puso furioso y clavó un bastón de oro en medio de su lomo (del Amaru). En el mismo instante, el Amaru se convirtió en piedra. Se dice que, aún hoy se puede ver a este Amaru petrificado en el camino llamado de Caquiyoca de Arriba. La gente de Cusco, y todos los que saben de eso, golpean este Amaru con una piedra y llevan consigo los pedazos que caen en la creencia que los protegerá de la enfermedad.
Manuscrito de Huarochirí, Capítulo 16, página 261-263

A continuación, se tiene el siguiente mito que habla sobre el origen de los pueblos primigenios del callejón de Huaylas y Conchucos. Asimismo, el mito menciona a las serpientes Amaru, las cuales surgieron de las profundidades de la Tierra:

En un principio no existía más que humo y que la tierra se formó de él. Vivían los Huaris en el Ucupacha y soplaron las cadenas de los andes: los Amarus salieron del seno de la tierra por las resquebrajaduras de los cerros orkos bajo la forma de humo, transformándose en gigantes rojos, desnudos y con enormes dientes. Que hubo una época de desavenencias entre el Uran pacha (la tierra) y el Hanan pacha (los cielos) a causa de los Huaris, que en un principio vivían en Huaylas, y que entonces se partió en dos la gran cadena de los Amarus del Callejón de Huaylas, que antes era una sola, así se formó el Callejón de Huaylas, con las lluvias y las tormentas se llenó de agua inundando también las tierras de los Huaris, que por tal razón migraron al oriente y, poblando los valles de Chavín y el Marañon, llegaron hasta Huacrachuco. Que esos Huaris hercúleos y poderosos degeneraron y se convirtieron unos en hombres y otros en animales y plantas, que todos son descendientes de los Huaris, los dioses de las fuerzas de la naturaleza.
Sotelo. pp. 192 (1982)[13]
Huaca del Dragón, monumento religioso preincaico. Nótese la figura zoomorfa (ofídica) de los relieves.

Mitología

La naturaleza benefactora y destructora del Amaru ha sido plasmada en diversos mitos andinos. Si bien muchos mitos difieren entre sí, la mayoría de ellos expone a los Amaru como:

  • Un ser divino que personifica las fuerzas del caos y la disarmonía primigenia, el cual termina siendo asesinado y/o vencido en un ciclo eterno por un dios del rayo (como Illapa, Viracocha, Pariacaca o Tumayricapac).[14] [15] [12] [16]
  • Una entidad cósmica que encarna las fuerzas benefactoras de la naturaleza.[17]
  • Una criatura que anuncia el orden primordial (pachacuti).[11] [9]
  • Un ser que anuncia el preludio de eventos catastróficos como eclipses, desastres naturales, etc.[18]

Amaru Aranway

Esta leyenda de origen Huanca forma parte de un relato dentro del folklore del departamento de Junín. Esta historia ha ido transmitiéndose de generación en generación de manera oral, en la cual se explica el origen mitológico de los dos conjuntos de montañas que guarecen al Valle del Mantaro.[19]

Cuentan los Wancas, que sus ancestros vivían en cavernas, porque en los alrededores de un gran lago, habitaban unas terribles fieras que los atacaban.

Los Huancas imploraron ayuda al dios Wiracocha, quien a su vez ordenó al Tulumanya (el primer arcoíris) que les enviara ayuda. Fue así que este hizo brotar de su pecho, con un gran estruendo, a una bestia fabulosa de colosal tamaño: este poseía una cabeza de wanaku, alas y garras de águila, patas de uturunku (jaguar) en un cuerpo ofídico, cubierto de escamas, que terminaba en una cola de anaconda. A esta gigantesca criatura se le conoció como Yana Amaru (de color oscuro).

Esta criatura fue enviada para acabar con aquellas fieras que no permitían a los pobladores ir al lago; no obstante, todo se descontroló. El Yana Amaru ahora atacaba por placer a los pobladores y demás criaturas del mundo; de esta manera, el Yana Amaru se adueñó del lago.

La suplica de los Huancas volvió a llegar a los oídos del dios Wiracocha, entonces fue engendrado de la misma forma otro Amaru. Este tenía escamas plateadas, a diferencia de su hermano antes creado. El segundo Amaru fue conocido como Yuraq Amaru (serpiente blanca).

Ambos Amarus se enfrentaron; sin embargo, estos causaban mayores estragos. La batalla entre ambas sierpes parecía interminable y solamente trajo una profunda destrucción al mundo en lugar de una definitiva solución.

Es entonces que Wiracocha envió a Illapa (el Rayo) y a Wayra (el Viento) a combatirlos (en otras variantes del mito, Wiracocha envia solamente a Illapa para aniquilar a las mastodónticas serpientes).[14]

Las dos bestias intentaron atacar a los dioses. Sin embargo, ambas bestias no tuvieron éxito en dicho cometido. Al verse perjudicados, en un fútil intento, los dos Amarus trataron de huir hacia una laguna, pero Illapa destruyó la orilla y Wayra hizo que el agua se desbordase, haciendo que la laguna se seque. Acto seguido, ambos Amarus quisieron huir al cielo, pero Wayra con el poder de los vientos, los arrastró de vuelta a la tierra e Illapa batalló frente a frente a las dos criaturas, dándoles así, el combate definitivo.

Poco antes de morir, ambos Amarus se estiraron y crecieron aún más, transformándose en las dos cadenas montañosas que amurallan el valle. El mayor hacia el poniente, convirtiéndose en una cordillera de fértiles tierras de cultivo y amplias pasturas, mientras que el menor lo hizo hacia el saliente, con nieves perpetuas.

Ganchiscocha y Yanacocha

El siguiente mito fue recopilado por el poeta Marcos Yauri Montero en su libro Ganchiscocha: leyendas, cuentos y mitos de Ancash. Dicho libro contiene historias rescatadas del olvido que permanecen vivas en la memoria de los pobladores de aquella región. Prosiguiendo, la historia reza sobre dos serpientes colosales que planeaban devorar a la población; no obstante, sus maquiavélicos deseos se vieron frustrados.[15] [20]

El relato empieza con lo siguiente:

En tiempos primigenios, nacieron dos preciosos gemelos de una mujer ingenua. Pronto, ambos hermanos crecieron y se hicieron hombres. Un día, aparecieron unos monstruos con figura humana que vomitaban fuego y estos asesinaron a los hermanos. Enterado de la situación, el padre los revivió y, para salvarlos de peligros venideros, fueron transformados en serpientes.

Estas serpientes eran enormes y se fueron a vivir lejos. Ambas serpientes tuvieron distintos lugares de destino: la hembra (la serpiente más grande) se fue a vivir a la laguna de Ganchiscocha; el macho (grande, pero no tanto como su hermana) se trasladó a la laguna de Yanacocha. Todo esto sucedió en el Valle de Conchucos.

Un día, ambas sierpes sintieron un hambre pecaminoso y salieron en su búsqueda de alimentos. Empezaron a arrastrarse por la tierra y, como sus cuerpos eran gigantescos, hicieron tal estruendo que las montañas y quebradas se estremecieron. A raíz de ese movimiento, nacieron nuevos valles.

Al pasar por una montaña, ambos encontraron un montón de piedras hecho por los viajeros (posible apacheta), pero este se encontraba destruido. A juicio de las serpientes, los hombres eran malos por cometer semejante transgresión; por lo que ambas decidieron devorarlos.

En su camino, la serpiente hembra dijo: En la mañana, me alimentaré en Chacas; en el mediodía, en Piscobamba; y en la noche, en Yungay.

A su vez, la serpiente macho exclamó: En la mañana, me alimentaré en Casca; en el mediodía, en Curayacu; y en la noche, en Pasacancha.

Los habitantes de aquellos pueblos no sabían que el exterminio los acechaba.

Ambas serpientes se dijeron: Cuando los hayamos devorado a todos, nos juntaremos para dar la vuelta al mundo entero. Cruzaremos por la Cordillera Blanca y Negra.

Apenas comenzaron su labor destructora, el gran Viracocha enfureció y decidió intervenir. El dios lanzó sus poderosos rayos a las gigantescas serpientes y ambas acabaron transformadas en rocas agudas de color azul. Lo único que sobrevivió de ellas fueron sus cabezas, de las cuales emergen nuevos cuerpos de serpientes. Cuando se hayan desarrollado definitivamente, en el Valle de Conchucos renacerá la vida y el mundo será como en un principio. Las dos serpientes se convertirán en hombres-dioses y crearán una nueva sociedad donde los hombres serán libres y no habrá injusticias.[20]

Mayta Cápac y el Amaru

Según el historiador Giovanni Anello Oliva, en una de sus expediciones, el cuarto Inca Mayta Cápac tuvo un arduo combate con una gran serpiente. Al terminar la batalla, la sierpe acaba siendo vencida por el Inca:[21]

Y como en todos sus Reinos no hubo alteraciones, Mayta Cápac para ejercitar sus valentías, muchas veces se salía solo del Cuzco y se embarcaba por las montañas de los Andes, a buscar tigres (otoronqos), osos (ukumaris), leones (pumas) y otras fieras para pelear con ellas, y cuando volvía traía por triunfo, atados con colleras, estos animales. Sucedióle una vez que ejercitándose en esto, encontró en una montaña con una serpiente tan fiera y terrible, que le causó temor, porque era tan grande como el mayor animal de la tierra; tenía unas alas a manera de las del murciélago: los brazos cortos y muy gruesos y con grandes uñas; la cual viendo al Inca se levantó en el aire, infliccionados de fuego y sangre los ojos; vibrando la lengua, de vuelo quiso arrebatarle con las uñas; mas él viéndose en este peligro, cobrando ánimo, no quiso aguardar el primer ímpetu, porque se guareció en la espesura del monte; donde la fuera, con tremendo estrépito y ruido, le iba rodeando, dando tan espantosos silbos que atemorizaba toda la montaña; salió a lo raso animosamente el Inca, y hurtando el cuerpo, le dio un golpe con el champi (porra) por el pecho, y como por aquella parte no tenía la piel tan dura como por lo restante del cuerpo que estaba todo cubierto de durísimas escamas, le dio una herida mortal; de ella le comenzó a salir tan grande abundancia de sangre, que con ella manchó el campo; y así más embravecida volvió a levantarse en el aire para descubrirle; y tornando otra vez a batirse sobre él, le aguardó con tanta fuerza el champi que hiriéndole en la misma parte le penetró las entrañas, y como la bestia vertía tanta sangre de sí, el Inca andaba bañado de ella y aún resbalando en las hierbas; de manera que cayó la fiera con las ansias de la muerte; daba tan terribles golpes con la cola larga y gruesa, que cuanto topaba echaba por el suelo. En esta ocasión se vio en gran peligro, pues si le alcanzara, sin duda lo despedazara; y así como pudo se levantó y acogió a la montaña, a donde le siguió la fiera; y viendo que lo alcanzaba revolvió contra ella, y le dio otro golpe tan recio y fuerte sobre un ojo que se lo quebró, y como estaba ya muy desangrada y sin aliento cayó muerta, echando fuego y humo por las narices, ojos y boca.

La antedicha descripción probablemente se haya tratado de una anaconda o una serpiente de aspecto peculiar encontrada en algún área del Antisuyo (selva).

La serpiente del Contisuyo

El siguiente testimonio se encuentra en el libro Relación de Antigüedades deste Reyno del Perú, escrito por el historiador Santacruz Pachacuti. Dicha fuente hace énfasis en el desarrollo imperial de los incas, la figura del Inca Pachacútec y la conquista del Condesuyo (Contisuyo). La historia narra sobre la batalla del ejército del Inca contra sus enemigos en dicho territorio y, como la tropa incaica iba siendo devorada por una gran serpiente que estaba a servicio de la huaca del enemigo. Cuando todo parecía perdido, una gran águila tomó a la sierpe e hizo que el cuerpo de esta última reventara al ser soltada desde lo alto del cielo. Los soldados devorados salieron del vientre de la sierpe y se alzaron victoriosos.[22] [23]

Al fin el dicho Pachacuti Ynga Yupangui haze la entrada y conquista de los Condesuyos con cien mil hombres, y entonces la huaca Cañacuay se arde fuego temerario, y no los consiente passar la gente. Y al cabo se aparece temerario culebra, el qual dizen que consumió mucha gente, de que abia tenido gran pena y se aflexe y alza los ojos al Cielo, pediendo socorro al Señor del Cielo y la Tierra, con gran aflexion y llanto. Y entonces biene del Cielo vna anancana, ó gran águila, con vna furia temerario, dando gran sumbidos y arrebata á la culebra y alza al alto de la cabeza y después la dexa caer al suelo, y dizen que se rebento; otra su compañera lo mismo abia rebentado subiendo por vn gran árbol para coger al capitán Ttopacapac, su ermano bastardo del Ynga; y entonces dizen que los yndios salieron casi todos bibos. Al fin el dicho Ynga, en memoria de aquel milagro, le manda poner en vn andenes de essa prouincia culebra labrado de piedras, el qual se llama Uatipirca.
Relación de Antigüedades deste Reyno del Perú, página 279 y 280

La misión del colibrí

La siguiente leyenda reza sobre una profunda sequía que asoló todo el mundo. El destino de la Tierra recayó en un pequeño colibrí que, con sus exiguas fuerzas, pudo salvar a todos con la ayuda de la gran serpiente Amaru.[7]

El mito comienza con lo siguiente:

Cuentan que hace muchísimos años, una terrible sequía se extendió por las tierras de los quechuas. Todo el entorno, las plantas y animales comenzaron a perecer. El cielo yacía completamente limpio y sin nube alguna para resguardar al mundo de los fuertes rayos del Sol.

En medio de la desolación, la flor de qantu, la cual necesita de muy poca agua para sobrevivir, empezó a sufrir el mismo destino que los demás. La flor, al sentir que su vida se evaporaba gota a gota, depositó las fuerzas que le quedaban en el último pimpollo que le quedaba. Así fue durante una noche, hasta que al amanecer, los primeros rayos del Sol alumbraron el pimpollo y, en lugar de caer al suelo reseco, este se desprendió del tallo y se convirtió en un colibrí.

El colibrí sabía lo que debía hacer, debía subir la cumbre del monte donde vivía el Apu Huaytapallana. Al llegar al monte, la pequeña ave cruzó por la laguna de Wacracocha. Sediento pero decidido, el ave no se detuvo a beber ni una sola gota. El colibrí siguió volando, cada vez más alto, cada vez más lejos, sin ninguna distracción que lo alejara de su camino.

El Apu Huaytapallana se encontraba contemplando el amanecer. En el acto, el Apu se percató del perfume de la flor de qantu y, como era su flor favorita, trató de tomar un poco de aquellas flores; no obstante, no había ninguna planta a su alrededor. Extrañado, el Apu se preguntaba sobre la ausencia de dichas flores. En eso, Huaytapallana encontró al pequeño colibrí, oliendo a qantu, que murió de agotamiento en sus manos. Con sus últimas fuerzas, el colibrí imploró ayuda al Apu para la tan marchitada Tierra. Huaytapallana miró hacia abajo, y se dio cuenta del daño que la sequía le estaba produciendo a la tierra de los quechuas. El Apu colocó al colibrí con ternura sobre una piedra y, afligido, no pudo evitar que dos enormes lágrimas de cristal brotaran de sus ojos y cayeran rodando montaña abajo. Todo el mundo tembló mientras aquellas lágrimas iban cuesta abajo.

Las lágrimas de Huaytapallana fueron a caer en el lago Wacracocha, despertando a la gran serpiente Amaru. Allí, en el fondo del lago, descansaba su cabeza, mientras que su cuerpo imposible se enroscaba en torno a la cordillera por kilómetros y kilómetros. Con alas tan grandes, la serpiente era capaz de oscurecer al Sol por completo y dar sombra al mundo. Provisto de una extensa cola de pez y escamas de todos los colores. Cabeza llameante tenía, con unos ojos cristalinos y un hocico rojo. El Amaru salió de su sueño de siglos desperezándose, y el mundo entero se sacudió.

La gigantesca sierpe elevó la cabeza sobre las aguas espumosas de la laguna y extendió las alas, cubriendo de sombras la castigada Tierra. El brillo de sus ojos fue mayor que el propio Sol. Su aliento fue una espesa niebla que cubrió los cerros. De su cola de pez se desprendió un copioso granizo. Al sacudir las alas empapadas hizo llover durante días. Y del reflejo de sus escamas multicolores surgió, anunciando la calma, el arcoíris. Luego volvió a enroscarse en los montes, hundió la luminosa cabeza en el lago, y volvió a dormirse. Así fue como la misión del colibrí había sido cumplida. Aliviados, los quechuas veían reverdecer su imperio, alimentado por la lluvia, mientras descubrían nuevos cursos de agua, allí donde las sacudidas de Amaru hendieron la Tierra. Y cuentan desde entonces, a quien quiera saber, que en las escamas del Amaru están escritas todas las cosas, todos los seres, sus vidas, sus realidades y sus sueños. Y nunca olvidan como una pequeña flor del desierto salvó al mundo de la sequía.[17]

El Amaru y el Pachacuti

Como se vio anteriormente, la figura del Amaru es sumamente compleja, por lo que no se limita a un solo espacio, sino que transita por las tres esferas del universo andino (Hanan Pacha, Kay Pacha y Hurin Pacha).

El Amaru encarna las fuerzas destructoras y benefactoras de la naturaleza, remarcando así, su naturaleza ambivalente. Asimismo, estos elementos son los determinantes para la transformación de la Tierra. En este sentido, el Amaru evoca al mismo tiempo el concepto de pachacuti (cataclismo cósmico que restaura el orden primordial del universo y marca el inicio de una nueva era).[11] Esto último establece a la mítica serpiente como el impulsador de cambios estructurales en el cosmos. El Amaru es una fuerza ctónica (encarnación de los fenómenos terrestres y subterráneos) que duerme durante un largo tiempo en los cerros y que al despertar genera masivos terremotos. Otras veces se le describe como una fuerza celeste (encarnación de los fenómenos meteorológicos) que emerge de lo más profundo de las lagunas para transitar por los aires, exhibiendo su poder divino en cuanto arroja granizo, provoca heladas y enfermedades, desborda los ríos o desencadena huaycos.[9]

El Amaru como devorador del Sol y la Luna

Dios de los báculos perteneciente a la Puerta del Sol, Tiahuanaco. Es frecuentemente asociado con el dios Huiracocha. Nótese los detalles ofídicos en la iconografía del Dios supremo.

Al igual que muchas culturas del mundo, los incas tuvieron su propia percepción sobre el advenimiento de los eclipses. Según las creencias de dicha civilización, la interpretación de los eclipses es veleidosa, pues se tienen explicaciones distintas para los eclipses solares y lunares; sin embargo, todas estas interpretaciones establecen dichos acontecimientos como señales infaustas.[24]

Una de estas interpretaciones fue recopilada por el cronista Fernando de Montesinos en su obra Memorias antiguas, historiales y políticas del Perú. Dentro de la antedicha fuente, se hace referencia a la existencia de dos monstruos estelares: una sierpe y un felino (presumiblemente un Amaru y un Coa). Estos seres celestiales eran enviados por el todopoderoso Illatici (Illa Tiqsi Wiraqucha) para exterminar al Sol y la Luna y, de esa manera, se consuma la destrucción del mundo. Este castigo divino era efectuado para hacer escarmentar al mismo Rey (el Sapa Inca) por sus pecados y/o transgresiones cometidas.[18]

Al cabo de algunos años hubo dos cometas espantosos, que se aparecían en forma de león ó sierpe. Mandó juntar los astrólogos y amautas el rey, por haber sucedido dos eclipses de Sol y Luna muy notables; consultaron los ídolos, y el Demonio los hizo entender que quería el Illatici (Illa Tiqsi Wiraqucha) destruir el mundo por sus pecados, y para eso enviaba un león y una serpiente, para destruir la Luna. Y juntáronse entonces todos, mujeres y niños, y daban grandes alaridos, y lloraban con muy lastimosos gemidos, forzando á los perros que los diesen; porque decían que las lágrimas y suspiros de los inocentes son muy afectos al Supremo Criador. La gente de guerra se puso á punto de guerra, y tañendo bocinas y tambores, tiraban muchas saetas y piedras hacia la Luna, haciendo ademanes de herir al león ó serpiente, porque decían que de esta manera los asombraban, para que no despedazaran á la Luna. Aprendian que si el león y la serpiente hiciesen su efecto, quedarían á oscuras, y que todos los instrumentos del hombre y de la mujer serían convertidos en leones y culebras, y los husos de las mujeres en vívoras, y los telares en osos y tigres y otros animales nocivos. Y ésta es la causa que el día de hoy los peruanos dan estos gritos cuando hay algún eclipse. Después de haber sacrificado muchos mancebos y doncellas, y hombres y mujeres de oro y plata, del tamaño de una tercia, consumíanlo todo en fuego, excepto los mancebos, porque decían que el eclipse del Sol significaba la muerte de un gran Señor, y fingian que se vestía de luto el Sol por ella. Por esto enterraban vivos á los mozos, para que fuesen al Criador de todos á presentar sus muertes por la del príncipe.
Memorias antiguas, historiales y políticas del Perú, página 48 y 49

La destrucción del mundo a raíz de la "muerte" del Sol y la Luna también es un tema estudiado dentro del Manuscrito de Huarochirí. El cuarto capítulo del manuscrito empieza con la "muerte" del Sol. Este suceso marcó un periodo de completa oscuridad que duró 5 días. Durante ese periodo, se desencadenaron diversas calamidades y/o hechos sobrenaturales: las rocas comenzaron a moverse y chocar juntas, los batanes y los morteros cobraron vida y consumieron a los humanos, las llamas comenzaron a perseguir a los humanos, etc. La rebelión de animales y objetos es también un tema de la iconografía moche, que antecede al manuscrito en un milenio.[12]

La estrategia que ejecutaban los incas para neutralizar las perniciosas intenciones de las bestias estelares fue corroborada por el afamado cronista Garcilaso de la Vega en su obra Comentarios Reales. Sin embargo, Garcilaso asevera que la raíz del advenimiento de los eclipses lunares era porque la Luna enfermaba, mas no era producida por el ataque de criaturas estelares.[25]

Al eclipse de la Luna, viéndola ir negreciendo, decían que enfermaba la Luna, y que si acababa de oscurecerse había de morir y caerse del cielo y cogerlos a todos debajo y matarlos, y que se había de acabar el mundo. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la Luna, tocaban trompetas, cornetas, caracoles y atabales y atambores y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido; ataban los perros grandes y chicos, dábanles muchos palos para que aullasen y llamasen la Luna, que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la Luna era aficionada a los perros, por cierto servicio que le habían hecho, y que, oyéndolos llorar, habría lástima de ellos y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba.
Comentarios Reales de los Incas, Capítulo XXIII, página 130

Los Amarukuna del Sol

La figura del Amaru ha sido un tema central en la cosmovisión andina y, a raíz de ello, su presencia aun pervive en la memoria de los pobladores andinos.

Como ejemplo de ello, se tiene el siguiente mito llamado Fraile Huayjo (del quechua: wayqu, que significa quebrada). Este relato fue recopilado por Sergio Quijada Jara en su libro Estampas huancavelicanas.[1]

El mito comienza con lo siguiente:

En la época de los incas, en el centro del valle de Tocas, entre los riachuelos de Pojiaj y Ninabamba existía una próspera población edificada sobre una extensa meseta desde cuya altura dominaba el valle. El padre Sol (Tayta Inti) había asignado sus mejores dones a la zona: clima templado, fructíferas tierras, y, para asegurarles riqueza permanente mandó brotar abundante agua de regadío calcáreo de modo que, dejándoles en cada riego su sedimento de cal, las fortifica lejos de esquilmarlas. Agradecido por la bondad del Sol, el pueblo edificó un templo en su honor. A la llegada de los españoles, este templo se convirtió en iglesia de la religión y fe cristianas. A raíz de ello, los indígenas olvidaron sus antiguas creencias panteístas.

Deshonrado por semejante ingratitud, el padre Sol condenó a la población a ser destruida y sus habitantes devorados por dos Amarus (Amarukuna): uno macho y otra hembra. Estas colosales serpientes eran habituales ejecutores de sus temibles castigos. Ambos monstruos descendieron al valle para exterminar a los pobladores, pero estos acudieron al Taita cura para solicitar ayuda. En el acto, el fraile se revistió con sus sagradas vestiduras y, con su cáliz y hostia en manos, se encaminó a encontrarse con las sierpes. Al encontrarlas, el fraile las exorcizó y las convirtió en piedras que hoy yerguen sus terroríficas y enormes figuras a un kilómetro escaso del pueblo amenazado. A este pueblo, que tenía por nombre español de San Pedro, el fraile añadió al nombre: Huanacusja o Wanacusja (el arrepentido).

Después de este evento, el padre Sol, encolerizado, secó con sus ardientes rayos las vertientes de agua que vivificaban la meseta. Asimismo, el Sol maldijo al fraile por dicha transgresión y lo convirtió en piedra. En aquel momento, el fraile se dirigía a Pampas para informar a su superior lo sucedido. La maldición del Sol alcanzó al fraile a cinco kilómetros de San Pedro de Huanacusja.

Como memoria a esta historia, dicha zona tomó por nombre de Fraile Huayjo y se dice que, aun a día de hoy, se puede ver el cuerpo petrificado del fraile en actitud de bendecir.[1]

Véase también

Referencias

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