Huallallo Carhuincho
dios inca del fuego, los volcanes y la sequedad
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Huallallo Carhuincho (conocido también como: Huallallo Carhuancho, Wallallo, Wallallu Karwinchu, Qalalu Karwancho) es el dios del fuego y divinidad tutelar de los wankas. Posteriormente, esta antigua deidad ígnea fue incorporada dentro del panteón incaico.[1] [2] Primordialmente, Huallallo Carhuincho personifica los volcanes, la aridez y el mundo interior; sin embargo, se le considera una entidad multifacética. En algunos mitos regionales, la divinidad en cuestión está asociada con otros conceptos antagónicos, entre los cuales se encuentran la luna, la agricultura y la fertilidad.[3]
Etimología
El significado del nombre de la divinidad ígnea no está perfectamente definido. A raíz de ello, diversos estudiosos e investigadores han realizado sus propias apreciaciones. Una de ellas afirma que el nombre de la deidad proviene de palabras quechuas (específicamente, del quechua huanca): Hualla (guerrero), Allu (perro), Qarwa o Carhua (dorado o de color amarillo) y Winchu (ave pequeña o colibrí).[4] Esta apreciación etimológica corresponde a múltiples aspectos propios del dios flamígero: su naturaleza conflictiva y metamorfa.[1] [5]
Concepto
Las edades divinas del mundo
En tiempos primigenios, el mundo estaba inmerso en una eterna oscuridad y en un caos informe. En este periodo gobernaban los dioses oscuros Yanañamca y Tutañamca; sin embargo, ambos fueron derrotados por el dios Huallallo Carhuincho, quien se consolidó como deidad suprema de la región. La victoria del flameante dios sobre los dioses de la noche representa un nuevo orden estructural en el cosmos (el desvanecimiento de la oscuridad eterna y la institución del fuego como fuerza creadora o animadora). También simboliza el inicio del culto en torno al fuego y la institucionalización de la agricultura (más concretamente, la agricultura de secano). Durante este régimen, Huallallo decretó sanguinarios sacrificios para ejercer un estricto control demográfico. Sin embargo, el ocaso de estas cruentas prácticas llegó con el advenimiento del dios Pariacaca. La supremacía de Pariacaca sobre Huallallo simbolizó un nuevo orden en el cosmos, sustituyendo los sacrificios humanos por sacrificios animales y ofrendas materiales como mullu y hojas de coca. De igual modo, el agua fue institucionalizada como la fuerza creadora y, simultáneamente, la agricultura primitiva se adaptó a una nueva forma: la agricultura de regadío.[6] [7]
Representación
Huallallo Carhuincho, deidad de imponente poder, es representado bajo una configuración antropomorfa con rasgos caninos, ya sea mediante una testa de perro o el uso de sus pieles como atavío. En consecuencia, dicho cánido se constituye como su principal símbolo zoomorfo y entidad sagrada.
El dios Huallallo, al igual que cualquier dios andino, tenía la capacidad de manifestarse de cualquier forma; pero siempre hay elementos que le eran más usuales para hacerlo. En Huarochirí, Huallallo se transformó en llamas de fuego tan ardientes que llegaban hasta el cielo. Posteriormente, Huallallo se convirtió en un pájaro (posiblemente un colibrí) para huir del combate contra el dios Pariacaca; ya que Huallallo se había quedado sin fuerzas.[1] En la versión wanka, cuando Huallallo montaba en cólera, este se transformaba en poderosos vientos huracanados y estos no tenían respeto por nada, aun si se tratase de hogares, niños, animales, etc.[5]
Mitología
La historia de Huallallo Carhuincho se entiende como una sucesión de acontecimientos que definieron el orden y estructura del cosmos. Su historia se explica de manera pormenorizada en el Manuscrito de Huarochirí. En dicha fuente, se destaca a Huallallo como una fuerza creadora y animadora del mundo. Después del ocaso de la primera edad del mundo, los textos expresan la consolidación de Huallallo Carhuincho como deidad máxima de la región. Acto seguido, el dios incandescente gobierna con rectitud la segunda edad del mundo (este periodo de tiempo se encontraba inmerso de animales majestuosos y de hechos sobrenaturales). Posteriormente, el régimen de Huallallo Carhuincho llegó a su fin tras ser vencido y exiliado por el dios Pariacaca. Tras la derrota del dios ígneo, Pariacaca establece una reforma que cambia el orden social y las reglas naturales del mundo.[1]
En aquella época, los hombres resucitaban sólo cinco días después de morir y los cultivos también maduraban sólo cinco días después de haber sido sembrados. Todas estas comunidades estaban pobladas por yuncas. Los hombres proliferaban tanto que, faltándoles espacio para sus sembradíos, vivían en gran estrechez. Fue así como subieron a los cerros donde, para hacer sus chacras, sólo escarbaban y raspaban las crestas y laderas. Dicen que, aún hoy, se ven estas chacras, grandes y pequeñas, sobre todos los cerros. En aquel tiempo, los pájaros eran todos muy hermosos, los loros y los caquis deslumbrantes de amarillo y rojo. Cuando más tarde apareció otro huaca llamado Pariacaca, esos pájaros fueron expulsados, junto con todas las demás obras de Huallallo Carhuincho hacia la región de los antis (selva).Manuscrito de Huarochirí, Capítulo I, página 47-49
Mitos fuera de Huarochirí
Aunque el Manuscrito de Huarochirí constituye la fuente primaria que proporciona información sobre esta deidad, existen otros relatos mitológicos que se distancian de dicha fuente y ponen énfasis en diferentes aspectos de Huallallo Carhuincho. Estos mitos alternativos ofrecen perspectivas complementarias que enriquecen la comprensión de la figura y su significado dentro del corpus mitológico regional.
El exilio de Huallallo

Este mito se inicia con la figura de la deidad primordial Viracocha, a quien se le atribuye la creación y configuración del universo. Una vez edificado el cosmos, el dios supremo crea a los seres humanos para poblar el mundo. En el caso del pueblo huanca, Viracocha hizo brotar un manantial en Huari, lugar de donde emergió la primera pareja huanca: Atay Imapurancapia (varón) y Uchurumpi (mujer). En dicho lugar, los progenitores legendarios fundaron el primer pueblo; más adelante, sus hijos comenzaron a poblar otras comarcas. No obstante, sus descendientes afirman que, con el transcurso del tiempo, se olvidaron de su creador y veneraron a la deidad Huallallo Carhuincho.
El supremo Viracocha contempló con una profunda decepción la ingratitud de aquellos descendientes. En respuesta a su deslealtad, decretó un destino inexorable: serían sometidos y conquistados por los poderosos invasores Huari, que avanzaban desde las tierras del sur, trayendo consigo un cambio irreversible para su mundo. En virtud de esta condición, el dios Huallallo Carhuincho huyó hacia el este, pero fue transformado en el nevado Huaytapallana, una majestuosa montaña que se alza en el horizonte y puede contemplarse desde el momento en que el Sol comienza a despuntar.[8]
La hija de Huallallo Carhuincho
El siguiente relato es una leyenda oral que narra acerca del imposible amor entre Huaytapallana (hija del dios Huallallo Carhuincho) y Amaru (hijo del dios Pariacaca). Fruto de este amorío, los padres de ambos, quienes ya estaban enemistados antes de dicho evento, desencadenan una batalla que ocasiona calamidades en la Tierra.
El mito narra lo siguiente:
Se dice que la primogénita de Huallallo, llamada Huaytapallana, era la más hermosa entre todas las mujeres de la región. Con el propósito de poder ocultarla de los hombres, su orgulloso padre sembró para ella un hermoso jardín lleno de las más bellas flores dentro del abrigo de las montañas.
Por su parte, Pariacaca tuvo un hijo varón a quien llamaría Amaru. Por ser hijo de un Apu (dios), este joven tenía el poder de tomar la forma de cualquier animal, además a este joven le encantaba realizar extensos viajes bajo la forma de diversos animales. Y es así que un día, mientras se trasladaba por los valles de su padre, encontró a su pareja con quien se casó y tuvo una hija.
Sin embargo, uno de los días en los que Amaru sobrevolaba unas montañas bajo la forma de un águila y, sin darse cuenta, salió de los dominios de su padre. En eso, el joven vislumbró un jardín de flores como nunca antes había visto y, dominado por la curiosidad, se transformó en hombre para adentrarse en aquel paraje escondido. Al pie de la laguna Carhuacocha se encontraba Huaytapallana, la hija de Huallallo, cuya belleza era tal que logró hacer de que el joven Amaru olvidase todo al instante para posteriormente quedar perdidamente enamorado de ella; del mismo modo, la hermosa doncella también se enamoraría de él y tal fue la mutua atracción que fruto de este romance nacieron cinco hijos.
Cuando Huallallo se enteró de esto, quiso averiguar acerca del misterioso joven que había tomado el corazón de su hija. Al consultar a los vientos, Huallallo se enteró de que aquel hombre era el hijo de su rival Pariacaca, y que además de Amaru ya estaba casado y tenía una hija. Herido en lo más profundo por el adulterio cometido, Huallallo ordenó a los vientos que llevasen a los oídos de Amaru noticias de su esposa y de su hija. Al recordarlas, Amaru tomó conciencia de todo lo que había hecho y salió en busca de su familia. Al pasar por una quebrada, Huallallo se le acercó sigilosamente y le dio un golpe mortal que terminó con su vida. Al enterarse de la tragedia, Pariacaca quedó abatido por la pérdida de su hijo. A raíz de su aflicción, el apesadumbrado Pariacaca ahogó a Huaytapallana en la laguna Carhuacocha y a los cinco hijos en las lagunas aledañas.
Esto marcó el inicio de una terrible batalla entre ambos dioses. Conforme duraba la batalla, ambos dioses iban arrasando con todo a su paso. La sangrienta conflagración tuvo como desenlace la victoria de Pariacaca contra Huallallo Carhuincho. Al darse cuenta de que su suerte estaba echada, Huallallo decidió huir a la selva que se extendía hacia el oriente, donde sediento de venganza por la muerte de su hija, se convirtió en un devorador de hombres. Según él, estos fueron los culpables de su desgracia.
Al enterarse de todo, el gran Viracocha, juzgó que estas crueldades no podían quedar sin castigo y condenó a los responsables. A manera de escarmiento, Viracocha convirtió a Pariacaca en una montaña nevada que hoy lleva su nombre, mientras que Huallallo corrió igual suerte, solo que la montaña en la que se convertiría llevaría el nombre de su hija.[9]
El hambriento Huallallo
En leyendas orales, se menciona que un hambriento Huallallo avistó a un joven al cual pensó devorar. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando se entera de que aquel joven era una simple manifestación de Inti, el dios Sol. A raíz de esto, Huallallo fue castigado por Viracocha, quien ordenó que fuera amarrado completamente y enviado a una isla. En dicho lugar, Huallallo estará a merced de animales que le morderán y le picarán. Al tratarse de un dios andino, este es inmortal, por lo que su sufrimiento será eterno.
Huallallo como dios lunar
En ciertas regiones de Ayacucho, persiste una leyenda que vincula a Huallallo con la Luna, una asociación que, desde una perspectiva antropológica y cultural, no resulta sorprendente. Diversas culturas preincaicas han concebido a la Luna no únicamente como un astro femenino, sino también como una entidad masculina o incluso andrógina, reflejando una cosmovisión compleja y plural en torno a los cuerpos celestes.
La leyenda nos dice lo siguiente:
En tiempos muy antiguos, la Tierra se encontraba penosamente iluminada bajo una claridad agónica. En aquel entonces, la humanidad consagraba cuantiosas ofrendas a los dioses de la región para obtener más lumbre y calor. Haciendo caso del clamor humano, el dios Qalalu consintió en otorgarles un resplandor plateado más generoso, evitando así lacerar los ojos de aquellos hombres habituados a la penumbra. Esta deidad se caracterizaba por su comportamiento salaz y lujurioso; además de ello, era muy afecta a los sacrificios humanos (en especial, de varones y mujeres jóvenes). Asimismo, en aquel tiempo, los hombres experimentaban constantemente un frío asolador; sin embargo, vivían reconfortados porque poseían grandes reservas de alimento. En ese momento, ellos se multiplicaron gracias a la voluntad del dios viril, quien ordenó el nacimiento de mellizos. El dios Qalalu era descrito como un primoroso efebo y su vestimenta consistía únicamente de un manto de piel blanca de perro. Esta divinidad no iba sola, sino que la acompañaba su leal perro llamado Karwancho, una criatura sobrenatural.
El raudal de vituallas estaba sustentado por Qalalu, puesto que el dios fecundaba a múltiples entidades sagradas femeninas que personificaban a los alimentos. Progresivamente, ellas parían los nutrimentos que se legaban a esta humanidad. La licenciosidad de la deidad lunar no se detenía allí, sino que también mantenía relaciones con las hembras de todos los animales y con las mujeres predilectas de su culto (todas ellas consideraban a Qalalu como objeto de su universal anhelo). Esto último despertó la envidia de los mencionados dioses regionales, quienes pactaron que tanto la libidinosa deidad como la humanidad fueran castigadas. Para condenar estas transgresiones, los dioses invocaron dos soles refulgentes que casi calcinaron a la humanidad entera, dejando apenas unos pocos supervivientes junto a la divinidad lunar. Durante ese periodo de calor voraz, aquellos sobrevivientes se refugiaron en profundas cuevas. Posteriormente, los dioses castigadores, compadecidos ante el aire del mundo que emanaba mortandad, ordenaron que la Tierra fuera alumbrada únicamente por un Sol. Tras este milagro, los hombres volcaron su devoción hacia el benevolente astro rey, condenando al olvido al dios lunar Qalalu.
Un día, Qalalu halló a una mujer cuya presencia jamás había sido vista ni sentida. Se trataba de una anciana que despertaba la más dulce consideración entre los dioses andinos: la Pachamama. Pese a su sagrada investidura, el dios lunar la tomó por la fuerza, mancillando a la Madre Tierra. Enfurecidos por el blasfemo ultraje, los dioses pactaron aprisionar al responsable para quitarle la vida; sin embargo, al consultar a Pachamama, esta intercedió pidiendo clemencia, puesto que, en su osadía, el dios lunar le había brindado placer. A pesar del esclarecimiento de la Madre Tierra, los dioses procedieron a castrar a la Luna solitaria y a desterrarla para siempre de la faz de la Tierra. Durante el exilio del dios lunar, su perro Karwancho lo acompañó hacia el oscuro firmamento; de esta manera, el amo y su fiel mascota fueron expulsados del mundo. Para asegurar la guardia infinita de los cielos, los dioses impusieron la vigilancia eterna del Sol y de Venus, personificado este último en dos hermanos celestiales que gobiernan tanto el alba como el ocaso: Chisi Chaska y Qella Maqta Qoyllur.
En determinadas épocas del año, el astro rey se aproxima a inspeccionar el reducto lunar; en ese instante, Qalalu, encolerizado, le exige al Sol que le entregue nuevamente sus cercenados atributos. Cuando esto sucede, el rostro de la deidad lunar se manifiesta enrojecido durante los eclipses. Aquellos atributos cercenados fueron entregados por los dioses al curaca Pacora, originario de Huamanga, para que custodiara el despojo de la deidad caída.
Cuando Qalalu se cansa de clamar, se lanza en un combate desesperado contra el Sol, pero siempre es derrotado. El astro rey se impone para evitar que el mundo retroceda a la era de las tinieblas, asegurando su calor para los nativos, quienes temen regresar a los tiempos de penumbra y frío implacable en los que vivían. Cada mes, durante la luna menguante, la silueta de Karwancho desaparece del firmamento; es entonces cuando el fiel can desciende a la Tierra en un viaje desesperado, buscando recuperar los atributos de su señor para restaurar su honor perdido.
A su paso por la Tierra, el cánido celeste persuade a las fuerzas de la naturaleza para que busquen refugio en el interior de su oreja. De esta forma, logra contener el ímpetu de las aguas turbulentas, frenar los aludes de piedra y apaciguar la ferocidad de los animales salvajes, como el puma. Al llegar a la morada del curaca, Karwancho venció con una facilidad pasmosa al perro guardián del lugar. Este despliegue de fuerza sobrenatural captó de inmediato la atención de los subordinados, quienes contemplaron con temor la superioridad del visitante lunar. En un intento por defender su hogar, el curaca y sus siervos descargaron sus palos sobre el visitante; no obstante, los garrotes se deshacían en pedazos antes del impacto, como si una fuerza sagrada impidiera cualquier contacto con Karwancho. Ante la hostilidad de los hombres, el cánido divino liberó los fenómenos ocultos en su oreja; de este modo, desató las aguas y los derrumbes, y soltó la ferocidad del puma junto a los otros animales salvajes para frenar el avance de quienes pretendían dañarlo. Buscando su muerte, el señor Pacora sentenció a Karwancho a un encierro eterno sin sustento alguno. Sin embargo, el cánido divino sospechaba que el tesoro de su amo se ocultaba en aquella cámara rebosante de plata; movido por esa corazonada, engulló toda esta riqueza antes de desvanecerse de su celda, burlando la vigilancia para emprender el regreso con el botín en sus entrañas.
Al regresar al firmamento, Qalalu se alegró profundamente al ver a su fiel perro, quien se presentó ante él con un ladrido de júbilo. El cánido, henchido de orgullo, instó a su señor a extender su manto blanco y diversas pieles del mismo color, asegurándole que allí volcaría sus pertenencias recuperadas. Sin embargo, al abrir sus fauces, Karwancho solo expulsó una cascada de plata. El silencio se apoderó de los cielos cuando ambos comprendieron, con amargo pesar, que la virilidad del dios seguía perdida en el mundo de los hombres. Cegado por la ira y el desengaño, Qalalu dispersó a los cuatro vientos aquel tesoro inútil, lanzando la plata hacia los confines de su reino. El metal precioso cubrió por completo la superficie lunar, otorgándole ese resplandor blanco y puro que los hombres contemplan durante el plenilunio; un brillo eterno que sirve como vestigio del engaño que sufrió Karwancho. Así se selló el destino de ambos: Qalalu manda a su perro a la Tierra en un ciclo perpetuo, repitiendo su viaje cada luna menguante en una búsqueda que no conoce el descanso.[3]
Huallallo y Wampu
Según este mito, se le atribuye a Huallallo (Wallallo en este mito) la fundación de Marcahuasi; de la misma manera, se establece a dicho lugar como su morada. Al igual que el mito anterior, este gira en torno a las partes intimas del dios.
El mito comienza con una divinidad de nombre Wampu. La morada de este se ubica en un gran peñón que lleva su nombre y se eleva sobre la región de Huanza y Carampoma. El dicho Wampu estaba celoso de la exuberante flora que constituía la riqueza de la morada de Wallallo en Marcahuasi. El ambicioso Wampu, instigado por sus súbditos, se propuso en arrebatarle todos sus dominios y despojarlo de sus riquezas.
Para ello, se preparó por mucho tiempo; se empoderó bebiendo grandes cantidades de sangre humana que gustosos le prodigaban los suyos; le tendió a Wallallo varias celadas y, en todas ellas, el celoso dios fracasó.
Al fin, conociendo que una de sus mujeres era perseguida tenazmente por los requerimientos amorosos de Wallallo, le aconsejó que aparentara dejarse seducir, y que en el instante en que Wallallo pretendiera finalizar sus intenciones, le arrancara un testículo y gritara a fin de que el propio Wampu y todos los dioses acudieran en su auxilio.
El plan de Wampu gozó de éxito y, en consecuencia, Wallallo perdió los órganos que lo capacitaban de procrear mellizos y de poder fertilizar la Tierra. Fue tanto el alboroto que hizo la diosa (la mujer de Wampu) que todos los demás dioses atacaron al mismo tiempo a Wallallo con devastadores rayos, granizo, lluvia, fuego, etc. Apremiado por la situación, Wallallo escapó de la celada hacia Marcahuasi; sin embargo, fue aquí el momento en donde el dios se percató de haber perdido uno de sus más primordiales atributos.
Se menciona que Wampu escondió los órganos de Wallallo en una cueva cercana a Marcahuasi. Esto lo hizo tomando en cuenta lo siguiente: según la tradición, los dioses podían conocer todos los secretos del campo enemigo, pero no los de su propio campo.
Poco tiempo después, pasó por ahí un Yachaq (sabio) del Titicaca a transmitir su conocimiento a las comunidades y, al mismo tiempo, a recoger piedras mágicas o huacas de diversas áreas. De modo casual, él fue a descansar dentro de la cueva para refugiarse del frío, misma cueva en la que Wampu ocultó el órgano viril de Wallallo. El Yachaq encontró el objeto y supo de lo preciado que era este hallazgo. Él creyó firmemente en que dicho objeto era capaz de realizar hechos extraordinarios que solo los dioses pueden hacer. El sabio volvió precipitadamente al Collao para mostrarles a los Yachaq de esa región su valioso hallazgo.
Por otro lado, el poder de crear y engendrar del derrotado Wallallo se había mermado; sus fuerzas disminuían y la carencia de su órgano genital se hacía notar cada vez más. La diosa que sirvió a Wampu en su maquiavélico objetivo no vivía nada complacida, puesto que ella se encontraba celosa de otra a quien Wallallo también perseguía con sus requerimientos amorosos; tratando de desacreditar a Wallallo, le refirió a aquella lo que esta divinidad había perdido; y la diosa comunicó la noticia a Wallallo. Él supo, además, que un Yachaq del Collao se lo había llevado. Salió en su persecución transformándose en humano. Siguió el camino que va por la cordillera, y al llegar a Wamanka, se enamoró de una india bellísima que había llegado a este lugar traída por el Yachaq del Collao. Acompañada de esta, siguió su viaje en persecución del Yachaq.
Al llegar al Collao, Wallallo supo por los parientes de su consorte acerca del paradero del tan buscado Yachaq. Ellos informaron a Huallallo de que el Yachaq había muerto y que su órgano generatriz había sido escondido nuevamente. Los autores de semejante acto no fueron otros que la gente de Wampu, quienes también habían perseguido al Yachaq para recuperarlo y esconderlo nuevamente en un lugar más seguro. Acompañado siempre de la india del Collao, Wallallo recorrió por algún tiempo todo aquel territorio buscando el órgano que le permitía derrochar a las gente de su región exuberantes cosechas de maíz, papas, quinua, oca y todos los productos alimenticios que ofrece la Tierra. Fue este poder el que enriqueció la región de Wampu.
La desaparición de Wallallo marcó la ruina de todos sus súbditos; las tierras se hicieron estériles; la floresta formada por Keñua, Linko y Chachacoma que suministraba madera para la leña necesaria de las construcciones de las casas y templos; y los extensos pajonales que servían de alimento para sus ganados; todo desapareció por la rapacidad de Wampu que lo hizo trasladar a su propia región.
Pasaron muchos años bajo la ausencia de la lluvia, y en cuyo tiempo los habitantes fueron azotados por innumerables desgracias y pestes que los extenuaron. Después de mucho tiempo, Wallallo regresó a Marcahuasi llevando consigo las lluvias y tratando de reparar los acueductos y lagunas; de esta manera, se volvió a sembrar en los diferentes sitios el Linko, Keñua, Chachacoma, Lloke y las pupas que hasta hoy existen, aunque no como en los tiempos del apogeo de Marcahuasi, cuando allí reinaba Wallallo, dueño absoluto de estas plantas, y cuando ellas solo existían en sus dominios.[10]
El dios antropófago
Durante su régimen, Huallallo Carhuincho había establecido la institucionalización del fuego como la fuerza creadora del mundo. Al igual que otros dioses andinos, el dios Huallallo se caracteriza por su carácter complejo y ambivalente, puesto que encarna conceptos contradictorios en sí mismo: es el garante de la fertilidad y prosperidad de las tierras (creación), pero también castiga las transgresiones de los seres humanos con catastróficos incendios y sequías (destrucción). Del mismo modo, la naturaleza ambivalente de Huallallo se manifiesta en su propio culto: el flameante dios exigía el sacrificio y consumo de uno de los hijos de sus propios adoradores (cuando nacía más de uno). En aquel entonces, el mundo antiguo estaba supeditado a esta forma de gobierno, la cual contrasta con el nuevo orden civilizador impuesto por el dios Pariacaca (sustituyó los sacrificios humanos por ofrendas animales y elementos sagrados, tales como el mullu y la hoja de coca). Aunque con ciertos matices, esta presencia de antropofagia se explica tanto en el Manuscrito de Huarochirí como en la memoria oral de los pueblos wankas. Del mismo modo, ambas versiones se caracterizan por mencionar el consumo de carne de perro en el culto de Huallallo, aunque con notables diferencias respecto a su origen.[11]
Y los yndios Yauyos al ýdolo de Pariacaca sacrificauan con chicha y mollo (concha) y uaccri zanco (pan remojado en sangre) y comidas y conejos. Los yndios Uancas, Xauxa, Hanan Uanca, Lurin Uanca sacrificauan con perros porque ellos comían perros y ací sacrificauan con ello y con coca y comidas y sangre de perro y mollo. Y ací dizen que dezía: «Señor guaca Caruancho Uallullo, no te espantes quando digere ‘uac’ (ladrido) que ya saues que son nuestros ganados». Y ací hasta hoy día les llaman Guanca, alco micoc (Wanka comeperros). Y algunos por no quebrantar la ley que tienen comen todauía a los perros y se le deue castigar por ello.Nueva córonica y buen gobierno, Capítulo 12, página 269
Según el Manuscrito de Huarochirí
En tiempos primordiales, se menciona la existencia de los hermanos divinos Yanañamca y Tutañamca. Estos dioses reinaban en un mundo primigenio en donde solo primaba el caos y la oscuridad. En una época posterior, ambos hermanos fueron derrotados por el dios Huallallo Carhuincho. A partir de este momento se originan los actos antropófagos. El dios vencedor sentó las bases de su culto mediante el sacrificio y consumo de uno de los hijos de sus propios fieles. En un punto de vista occidental, Huallallo puede considerarse un dios maligno y/o deleznable; sin embargo, hay que resaltar que la mitología andina trasciende de los conceptos del "bien" y el "mal". Ahora bien, la razón detrás de dichos actos está fundamentada en la limitación poblacional. Ante el crecimiento demográfico y la consecuente presión sobre los recursos, Huallallo Carhuincho instauró ritos sacrificiales como mecanismos de regulación poblacional para preservar el equilibrio del entorno.
Posteriormente, el mundo contempló el advenimiento del dios Pariacaca. A diferencia de Huallallo Carhuincho, Pariacaca mostraba su oposición hacia estos cruentos sacrificios y, por ello, se enfrentó a Huallallo en una batalla que duró tres días y tres noches. Al finalizar el enfrentamiento, el dios Pariacaca fue el vencedor e impone su superioridad sobre el vencido Huallallo. Tras esta derrota, el dios Huallallo huyó hacia la región de los antis (selva) y, de esa manera, el pueblo se libró del yugo de la deidad ígnea. Después de esta victoria, Pariacaca humilló a Huallallo condenándolo a alimentarse de perros, sustituyendo así el sacrificio de niños que este exigía inicialmente. Consecuentemente, Pariacaca se consolidó como el dios supremo de la región y suprimió las antiguas prácticas sanguinarias instituidas por Huallallo.[1]
Se dice que, después de la victoria de Pariacaca, Huallallo huyó hasta los antis. Entonces, Pariacaca le sentenció así: «Por haber comido a los hombres, ¡que coma ahora perros y que los Huanca lo adoren!». Los Huanca, cuando lo adoraban, le sacrificaban perros y ellos mismos, ya que su dios comía perros, los comían también.Manuscrito de Huarochirí, Capítulo 9, página 161
Según la versión Huanca
La versión wanka difiere ligeramente de la expuesta en los textos de Huarochirí. Como se vio anteriormente, esta última menciona que Huallallo cumplió su mandato devorándose a uno de los niños, mientras que al otro se le permitió ser criado por sus padres.[1] La razón de ser de estas acciones en la versión wanka coincide con la expuesta en el relato de Huarochirí; sin embargo, la diferencia radica en la decisión final del flameante dios. En contraste con la versión de Huarochirí, el testimonio wanka expone que, ante las angustiosas súplicas de los pobladores, Huallallo revocó su mandato inicial y solicitó que los hombres combatieran a su lado para conquistar nuevos territorios.[5]
Cuando Huallallo derrotó a los dioses Yanañamca y Tutañamca, varios capitanes de estos últimos se rehusaron a aceptar la derrota y, pertrechando sus ejércitos, se rebelaron.
Huallallo, después de medir sus fuerzas y la de sus hombres, para evitar una derrota, hizo llover granizo, tierra colorada y mucha agua sobre sus enemigos, finalmente los fulminó con truenos y rayos. Una vez cesó la tormenta, Huallallo encontró diezmado a sus enemigos; no obstante, la sorpresa del dios huanca fue grande cuando se percató de que todos los capitanes de los dioses vencidos seguían con vida. Aquellos soldados enemigos lograron sobrevivir debido a que sus parciales los habían protegido con escudos y con sus propios cuerpos.
Huallallo montó en cólera, extendió las manos y estirando los dedos como si quisiera atraparlos dijo: "¡De hoy en adelante seréis perros!"
Las protestas de los capitanes se fueron tornando en ladridos. Desde entonces, estos perros fueron muy buenos y leales a los hombres, tanto en vida como después de la muerte. El mismo Huallallo, para celebrar esta victoria, enseñó a los huancas a quitar la piel todavía fresca de los guerreros enemigos y ponerla de cuero de tambor. Para completar la ceremonia, el mismo dios, escogió cinco perros, los sacrificó, e hizo comer su carne y beber su sangre mezclada con chicha. Aparte de servir como alimentación, sus cráneos fueron usados para fabricar instrumentos de viento, los cuales producían un sonido aterrador y fueron usados contra sus enemigos.[5] [12]
En su antigua gentilidad, antes de ser conquistados por los Incas, (los Huancas) adoraban por dios la figura de un perro, y así lo tenían en sus templos por ídolo y comían la carne de los perros sabrosísimamente, que se perdían por ella. Sospéchase que adoraban al perro por lo mucho que les sabía la carne; en suma, era la mayor fiesta que celebraban el convite de un perro, y para mayor ostentación de la devoción que tenían a los perros, hacían de sus cabezas una manera de bocinas que tocaban en sus fiestas y bailes por música muy suave a sus oídos; y en la guerra los tocaban para terror y asombro de sus enemigos, y decían que la virtud de su dios causaba aquellos dos efectos contrarios: que a ellos, porque lo honraban, les sonase bien y a sus enemigos los asombrase e hiciese huir.Comentarios Reales de los Incas, Capítulo X, página 284