Arrianismo en Hispania
El arrianismo en Hispania no tuvo arraigo tras su surgimiento en el Mediterráneo Oriental. No obstante, la ayuda del obispo de Córdoba, Osio, al emperador Constantino I contribuyó a solventar el conflicto en la Iglesia y ayudó a la configuración del credo de Nicea de 325. Desde finales del siglo IV el Imperio Romano vio mermada su capacidad defensiva a causa de las invasiones germánicas. A comienzos del siglo V los vándalos, junto con suevos y alanos entran en la península. Los vándalos eran arrianos, pero su presencia solo duró un par de décadas. Los visigodos entraron en Hispania como gerentes de Roma y terminaron controlando la península tras la caída del Imperio Romano. Algunos reyes visigodos tuvieron una política intolerante hacia los católicos hispanorromanos y galo-romanos, que se fue suavizando en el siglo VI. En 587 Recaredo I se convierte al catolicismo, que, a partir del III Concilio de Toledo de 589 pasa a ser la religión del Estado y no se tolerará la libertad de culto.
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El arrianismo en Hispania no tuvo arraigo tras su surgimiento en el Mediterráneo Oriental. No obstante, la ayuda del obispo de Córdoba, Osio, al emperador Constantino I contribuyó a solventar el conflicto en la Iglesia y ayudó a la configuración del credo de Nicea de 325.
Desde finales del siglo IV el Imperio Romano vio mermada su capacidad defensiva a causa de las invasiones germánicas. A comienzos del siglo V los vándalos, junto con suevos y alanos entran en la península. Los vándalos eran arrianos, pero su presencia solo duró un par de décadas. Los visigodos entraron en Hispania como gerentes de Roma y terminaron controlando la península tras la caída del Imperio Romano. Algunos reyes visigodos tuvieron una política intolerante hacia los católicos hispanorromanos y galo-romanos, que se fue suavizando en el siglo VI. En 587 Recaredo I se convierte al catolicismo, que, a partir del III Concilio de Toledo de 589 pasa a ser la religión del Estado y no se tolerará la libertad de culto.
Difusión del cristianismo
El cristianismo probablemente entró en Hispania a finales del siglo I y hay constancia de su presencia en el siglo II.[1] Durante 150 años no hubo un núcleo central cristiano sino una gran atomización. Con la convocatoria de los primeros concilios, los núcleos urbanos adoptaron cierto sentido de capitalidad religiosa y contaban con una figura episcopal relevante.[2] Las dos grandes sedes patriarcales de la zona occidental del Imperio Romano eran Roma y Cartago, y ambas sedes se disputaban su primacía sobre las iglesias hispánicas.[3] Aunque Roma había sido tolerante con las religiones, a partir de mediados del siglo III Decio comienza con persecuciones hacia los cristianos.[4] La siguiente persecución fue ordenada por Valeriano aunque su sucesor, Galieno, no las llevó a cabo. Estas continuaron con Diocleciano. A comienzos del siglo IV se convocó un concilio en Elvira (la actual Granada) con 19 obispos, venidos de las cinco provincias de la diócesis de Hispania, y 24 presbíteros, mayoritaríamente de la Bética.[5]
Primeras invasiones germánicas
La primera invasión germánica de Hispania había tenido lugar en torno al año 100 a. C. y había sido protagonizada por teutones y cimbrios, que fueron combatidos por los celtíberos ante la pasividad de las autoridades romanas.[6]
A partir de la década de 230 se inició en el Imperio Romano una época de crisis política y militar.[7] En 264 francos y alamanes rebasaron la frontera imperial de Renania e invadieron la Galia e Hispania, pero fueron combatidos por Póstumo[6] y por Sertorio.[8] En 274 los germanos vuelven a invadir la Galia e Hispania.[6]
Diocleciano (284 a 305) iniciará una actividad depuradora y reorganizativa del Imperio. Diocleciano creó la tetrarquía: el Imperio Romano de Occidente sería gobernado por Dioceciano y el de Oriente sería gobernado por Maximiano. Roma sería la capital simbólica y la sede del senado. Las dos capitales del Imperio serían Milán y Nicomedia. Diocleciano y Maximiano fueron los dos augustos y cada uno tenía subordinado a un César: Galerio en Sirmio y Constancio Cloro en Tréveris. En el 305 los dos augustos vieron finalizada su tarea y abdicaron.[9] Tras esa abdicación pasaron a ser augustos Constancio Cloro, como Constancio I, y Galerio. Con la muerte de Constancio se produce una pugna dinástica entre romanos que deriva en que haya seis gobernadores, entre augustos y césares, para el Imperio. Tras esto tienen lugar una serie de maniobras de Constantino para hacerse con el poder absoluto del Imperio.
Entre esas maniobras, Constantino derrotó a Majencio la Batalla del Puente Milvio de 312. Esta batalla fue ensalzada por la cristiandad, porque, supuestamente, a Constantino se le apareció en el cielo una cruz con el lema "In hoc signo vinces" ("Con este signo vencerás"). En 313, Licino, el gobernante del Imperio Romano de Oriente, se reúnió con Constantino y firman el Edicto de Milán, en el que se consagra la libertad de culto y, por consiguiente, cesan las persecuciones a los cristianos.[10] Finalmente, Constantino I logró hacerse con el poder de un imperio indiviso en el 324.[11]
Surgimiento de movimientos heréticos
Los dos movimientos heréticos más importantes del siglo IV, el donatismo y el arrianismo, no tuvieron una especial transcendencia en Hispania ese mismo siglo. Sin embargo, Osio, obispo de Córdoba, si tuvo un importante papel a la hora de intentar buscar una solución.
Al morir Mansurio, obispo de Cartago, se erigió a Ceciliano. Una matrona llamada Lucila, que, según algunos autores, era hispana,[12] se rebeló contra Ceciliano y consiguió que se escogiese como obispo de Cartago a uno de sus servidores, Donato.[12] Al parecer, había discrepancias en la abolición del culto a los mártires por parte de Ceciliano, aunque el motivo real pudiera ser que los clérigos cartagineses habían gastado los fondos de la iglesia que Mansurio les confió antes de partir a un viaje a Roma.[12]
Osio nació en 256 y había participado en el Concilio de Elvira, de comienzos del siglo IV. Había sufrido martirio durante las persecuciones de cristianos de Maxiniano pero había conseguido salvar la vida. En vísperas de la firma del Edicto de Milán de 313, Constantino le solicitó su ayuda para intentar frenar la herejía donatista. Osio se posicionó a favor de Cecilio y logró frenar una misión donatista enviada por Lucila a Hispania.[12] Gracias a los consejos de Osio, Constantino se alineó también a favor de Ceciliano. No obstante, los cismáticos apelaron a la justicia imperial y el emperador encargó al papa Melquíades que decidiera. Melquíades condena a los donatistas pero estos insisten y se produce el Concilio de Arlés, al que no asisten ni el papa ni Osio,[13] y se les condena de nuevo su herejía.[13] El problema se alargaría hasta principios del siglo V, cuando surgió la firme oposición de san Agustín de Hipona.[13] Mientras la disputa entre los cristianos norteafricanos tenía lugar, se produce la invasión de los vándalos de 429, que llegaban tras ser expulsados Hispania,[14] y se pone fin al debate.[13]
Aparición del arrianismo y mediación de Osio de Córdoba

No obstante, la ayuda de Osio al emperador sería mucho más decisiva con el arrianismo. Arrio, un obispo de Alejandría, pasó a personificar la opinión de que Cristo (o Logos) había sido creado por Dios Padre antes de la creación del mundo. Esto iba en contra de la Trinidad, que dice que Dios, el Hijo de Dios y el Espíritu Santo son la misma esencia y que no tienen comienzo (son eternos). Arrio se basó en las teorías de otros teólogos anteriores, como Orígenes (siglo III).[15]
Constantino, situándose por encima del problema, mandó una carta a ambos bandos (arriano y ortodoxo) para que se reconciliasen.[16] No obstante, esto no surtió efecto, de modo que el emperador envió a Osio a Alejandría para que recabase información sobre el problema e intentara solventarlo. No obstante, el intento fue en vano, y el emperador convocó un concilio en Nicea en el 325 para solventar este asunto. Osio, como el prelado más influyente, sería el encargado de presidirlo.[16] Las tres opiniones básicas de Osio terminaron recogidas en el credo de Nicea, y son: "[El Hijo] engendrado, no creado", "de la misma substancia del Padre", "consubstancial al Padre".[16] Esta última frase, que en su versión original se definía como "homousio", fue especialmente condenatoria para el arrianismo. En este concilio, la divinidad total de Cristo, al mismo nivel que el Padre, quedó fijada.[16]
