La batalla duró cuatro días y terminó en victoria para los cubanos.
El 6 de febrero de 1878, en el camino de San Ulpiano, las tropas de Maceo le tienden una emboscada a una columna española, la cual estaba al mando del coronel Pascual Sanz Pastor, jefe de la segunda brigada Sagua-Mayarí.
También venía con ellos el personal de la tropa del batallón cazadores de San Quintín n.º 11, famosos por su valentía, esta última bajo las órdenes de su segundo jefe el comandante Alonso de Santocildes. También venían algunos guerrilleros al servicio de España.
Esa noche acamparon cubanos y españoles a escasos 50 metros unos de otros. Los cubanos hostigaron a los españoles, sin dejarlos descansar, mediante pequeñas guerrillas que se relevaban, debilitando todavía más a las fuerzas españolas.
Al amanecer del día 7, los españoles dieron sepultura a sus muertos y curaron a los heridos. Trataron de avanzar, aprovechando que las fuerzas mambisas no eran numerosas. El día siete transcurrió con fuego graneado.
Durante la noche el cuadro español tuvo que permanecer en tinieblas. Los que decidieron cruzar el cerco fueron apresados por los cubanos. El correo enemigo fue capturado también. Por el mensaje que portaba, conoce Maceo de la situación crítica del adversario, tras lo cual decidió vencerlos.
El combate se mantuvo el día ocho. Sanz Pastor intentó romper el cerco iniciando de nuevo la marcha. Antonio Maceo no lo impidió, se conformó con hostigar la columna española lentamente, desde el centro hasta la retaguardia.
Las bajas españolas aumentaron considerablemente. Estos apenas contaban ya con un puñado de hombres para defenderse, pues la mayoría estaban heridos o muertos. Ya de noche no habían podido avanzar por el cansancio, el hambre, la dificultad del terreno y el hostigamiento de los mambises cubanos.
La situación de los españoles era difícil. Sus bajas aumentaban y los que se mantenían en pie ayudaban a los demás. Se habían quedado sin cabalgaduras, medicamentos ni vendajes, pero continuaban la marcha y, a cada exigencia de rendición, respondían: “San Quintín muere, pero no se rinde.” Los cubanos acometían y se retiraban sin perderlos de vista.
En la mañana del día 10, cuando se preparaba Antonio Maceo para ordenar la carga final contra los sitiados, los toques de cornetas anunciaron la llegada de refuerzos españoles que iban a salvar los remanentes de sus compañeros.
Al mando de los que llegaron en ayuda de las tropas españolas venía Juan Salcedo y el teniente coronel Valenzuela. Maceo creyó conveniente la retirada. Ya había destrozado el primer batallón y no iba a arriesgar a sus hombres.
Los españoles sufrieron 245 bajas, solo quedaron 25 hombres ilesos. Los cubanos apenas tuvieron tres muertos y cinco heridos.[1]