Extirpación de idolatrías

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Destrucción de códices, atavios y ropas de los sacerdotes originarios llevada a cabo por los frailes fransciscanos españoles en México, Lienzo de Tlaxcala, circa 1585.

La extirpación de idolatrías hace referencia principalmente a las políticas y prácticas institucionalizadas de la Corona Española de erradicación forzosa de las religiones originarias y suplantación de las mismas con la religión católica en el Virreinato del Perú durante los siglos XVI y XVII.[1] En el Virreinato del Perú, la extirpación de idolatrías fue complementaria a las actividades de la Inquisición española (o Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición), ya que las personas nativas no estaban sujetas a la inquisición ya que se los consideraba neófitos en la fe católica.[2][3][4]

La extirpación consistió en la destrucción de las huacas —adoratorios, apachetas, esculturas y piedras de adoración de los indígenas (como illas llama o bezoares)—,[5] la prohibición de ofrendar y bailarle a las deidades andinas, y la confiscación de objetos de oro y plata,[5] además de la incineración de tejidos finos, queros de madera, tambores y los cuerpos momificados de los antepasados (los mallki).[6][7] Asimismo, se capturó, torturó y encarceló los practicantes de las religiones originarias.[8] A los condenados por los extirpadores se les daba, como castigo y penitencia: la pena de azotes, la confiscación de bienes, la exposición y humillación pública, el rapado de la cabeza y el corte de cejas, el portar la cruz al cuello a perpetuidad o por un cierto período mínimo de seis meses, la pena de destierro y la pena de galeras.[9]

Las grandes campañas de extirpación de idolatrías se aplicaron principalmente en el arzobispado de Lima (en las provincias coloniales de Huarochirí y de Cajatambo); también hubo otras campañas de igual magnitud (pero con registros escasos) en las provincias de Huamachuco, Huanuco, Bombón,Conchucos, [10]Huamanga,[3] Cuzco, Arica, Atacama,[11] Huaylas (Ancash), Arequipa, y en las Audiencias del Río de la Plata, Quito y Charcas.[11] No obstante, impactaron mucho en los pueblos donde se realizaron y aparte de atentar contra las religiones andinas y sus actividades de comunión con las deidades locales, también se afectó la identidad cultural de los pueblos afectados y disminuyó la cohesión social de los grupos étnicos.[6]

Este tipo de actos promovidas por las autoridades virreinales y la corona española representan una destrucción deliberada y sistemática del patrimonio cultural; y caben dentro del concepto de "Etnocidio" propuesto por Pierre Clastres quien lo definió como una "destrucción sistemática de los modos de vida y pensamiento".[12] También llega a ser "Genocidio cultural", cuya definición fue propuesta por Raphael Lemkin como «vandalismo» en perjuicio del patrimonio y la herencia cultural.[13]

Idolatría

La idolatría hace referencia a la adoración a los ídolos. En el Concilio de Trento (1545-1563), la Iglesia católica afirmó que las imágenes religiosas cristianas de Cristo, de la Virgen y de otros santos no eran seres sagrados más si eran representaciones de estos, por lo que era correcto adorar a las imágenes a través de besos o el arrodillarse al estar frente a estas, o usarlas como medio para comunicarse con Dios.[14] Cualquier adoración a otros ídolos, fueron calificadas como paganas, infieles o idolátricas.[14]

El contexto de la época marca a los evangelizadores y conquistadores con ideologías cristianas como la del filósofo italiano del siglo XIII Tomás de Aquino, quien advierte que tanto la herejía como la idolatría son pecados contra la fe y «que cualquier cosa inventada por el hombre para hacer y adorar ídolos o para dar culto a una criatura es supersticioso».[15]

Extirpación en el Virreinato del Perú (siglo XVI)

Inicios de la extirpación en el siglo XVI

La lucha contra las religiones originarias de América se dio desde el descubrimiento por parte de los europeos, como lo evidencian las Donaciones Papales de 1493 donde el Papa Alejandro VI encomendó a los Reyes Católicos la evangelización de los habitantes del Nuevo Mundo.

En el caso sudamericano; una de las primeras muestras de supresión forzosa de la religión andina es el incidente de Pachacamac en 30 de enero de 1533 donde Hernando Pizarro luego de arribar al pueblo de Pachacamac, en busca de metales preciosos por mandato de Francisco Pizarro, desenvainó su espada y quebró el madero de Pachacamac, luego ordenó desbaratar la bóveda que lo abrigaba frente a todos los sacerdotes "presentes que vieron con gran espanto … esperando una manifestación de ira del dios",[16] Pizarro prosiguió a "hablarles del error de su idolatría y de que aquel madero no era dios sino la representación del mismo demonio"[16] como lo cuenta el mismo:

Hice a todos los caciques de la comarca que me vinieron a ver, entrar dentro para que perdiesen el miedo. E a falta de predicador les hice mi sermón, diciendo el engaño en que vivían
Carta de Hernando Pizarro a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo, 23 de noviembre de 1533.

La erradicación de las religiones andinas se ratifica en 23 de marzo de 1534 con la Fundación de la ciudad del Cuzco:

quel enemigo malo nuestro contrario e perseguidor les tiene puesta y de las ydolatrias y malas costumbres que tienen por la conbersación y trato bajo de los españoles que a cargo les tubieren y buena doctrina que en ellos haran y apartados desta yrronia y ceguedad siendo amonestados por los mesmos españoles y alunbrados por la gracia del spiritu sancto vengan en conocimiento de dios nuestro señor y de su sanctiszima fee para que por ellos sea enzalzada y por siempre loada
ACTA DE FUNDACIÓN ESPAÑOLA DE "LA MUY NOBLE Y GRAN CIUDAD DEL CUZCO"

Los Concilios Limenses

En el año de 1545, el arzobispo Geronimo de Loayza (quien años después lideraría el Primer Concilio Limense) redacta “La Instrucción” que contenía los lineamientos iniciales de la evangelización, uno de sus puntos está orientado a la “Destrucción de monumentos paganos”, en este texto se asientan las bases para las futuras “visitas de idolatrías”: [17]

Los doctrineros personalmente hieran por todos los pueblos del repartimiento y detenerse en cada pueblo seis u ocho días entendiendo si tienen guacas o otros lugares donde acostumbran hazer algunas ceremonias o ritos y deshazerlas y pondrán una cruz donde mejor les pareciere y en los días que allí estuvieren platicalles an de las cosas de nuestra santa fe
Gerónimo de Loayza

Con los Concilios Limenses realizados en 1551, 1567 y 1582 se considera la creación de campañas que consistieron en la destrucción de esculturas y piedras, adoratorios y huacas utilizados por la población local.[18]

Campañas de Polo de Ondegardo en Cuzco

El corregidor de Cuzco, Juan Polo de Ondegardo asumió su cargo desde 1558 a 1561, en sus dos primeros años de administración logró confiscar todos los mallkis incas que aún quedaban en la clandestinidad, destruyó la mayor parte de ellas y las mejor conservadas las envió a Lima.[19]

También mando extraer la arena sagrada del Haucaypata (plaza del Cuzco, considerada la cuarta guaca), allí se extrajeron varias ofrendas y conopas de oro, es muy probable que durante estas campañas se quitó la huanca central, que Cieza de León la llamaba "Piedra de la guerra".[20]

Para contrarrestar las idolatrías que aun permanecían, Polo de Ondegardo se empeñó en estudiar y clasificar las huacas incaicas, así logró redactar un informe sobre los ceques, líneas imaginarias alineadas con las huacas cuyo eje central era el Coricancha.[21]

Campañas en Huamachuco en 1560

En la provincia de Huamachuco se adoraba a Apo Catequil desde épocas preincaicas, a la llegada de los españoles, los sacerdotes trasladaron la imagen a un sitio apartado por miedo a que estos destruyeran el santuario. Cuando los frailes agustinos iniciaron la campaña anti idolátrica en la década de 1560, tras varios años de labor evangelizadora, descubrieron el escondite, llevaron el ídolo de Catequil al monasterio y la molieron hasta convertirla en polvo, que arrojaron al río a escondidas; trasladaron a otra parte el pueblo de Porcon, que había estado al servicio del culto, y confiscaron el ganado que pertenecía a la deidad. Parece que no hallaron gran cantidad de oro y plata, pero si recogieron gran número de textiles y algunos instrumentos musicales, realizados en plata.[22]

Los Agustinos notaron que sus esfuerzos por convertir a los indígenas no habían dado los resultados esperados. Aunque los pobladores aparentaban ser buenos cristianos, seguían practicando en secreto sus antiguos ritos religiosos. Esta forma de resistencia cultural, en la que los andinos aceptaban exteriormente las costumbres cristianas pero continuaban en la clandestinidad con sus creencias ancestrales, se mantuvo incluso durante el siglo XVII.[23] Las acciones que tomaron los Agustinos para eliminar los cultos locales consistieron en destruir piedras, estatuas y otros objetos sagrados que representaban a las divinidades andinas.

Campañas de Cristóbal de Albornoz contra el Taqui Oncoy

Entre las décadas de 1560 y 1570, Cristóbal de Albornoz recorrió parte de la sierra central del Perú, con la misión de reprimir el movimiento nativista del Taki Onqoy, cuyo centro principal estaba en Huamanga (actual Ayacucho).

Durante su inspección, que marcó el final del Taki Onqoy, Albornoz también halló y destruyó templos, huacas y lugares de culto, castigando a los sacerdotes locales, como el caso de Juan Chocne que fue condenado a recibir azotes y encarcelado en Cusco, donde murió en circunstancias misteriosas en 1570.[24]

Los protocolos elaborados durante su visita anticiparon el tipo de registros que caracterizarían a futuras campañas; incluyendo listas con los nombres de las huacas y de los sacerdotes autóctonos de cada comunidad, todo ello plasmado en su "Instrucción para descubrir todas las guacas del Pirú y sus camayos y haziendas"(1582), este escrito tenía el objetivo de:[25]

instruir a los curas extirpadores de idolatrías, informándoles acerca de las costumbres y ritos indígenas y enseñándoles la manera de rastrear y descubrir los santuarios y los ídolos ocultos, para destruirlos
Cristóbal de Albornoz

Intentos de extirpación masiva en Cuzco

Albornoz solicitó al rey en 1585, una "comisión" para llevar a cabo extirpaciones masivas en todo el arzobispado del Cuzco:[26]

Particular comission para que yo pueda ocuparme y me ocupe en todo el dicho obispado del Cuzco y en sus comarcas en la extirpación de las dichas goacas e ydolos y reduccion de los yndios dando sus reales cédulas para el dicho efecto y para que el birrei y las audiencias de aquellos reinos y los gobernadores y corregidores y otras justicias de a todo el fauor nezcesario
Cristóbal de Albornoz

Intentos de sujetar a los indígenas en la Inquisición

La década de 1570 estuvo marcada por la figura del virrey Francisco de Toledo, en su gobierno llegaron los jesuitas y la Inquisición al Perú. Toledo, reconocido por reorganizar la administración virreinal, propuso que los indígenas fueran también juzgados por la Inquisición, al igual que los demás habitantes del virreinato.

Es importante recordar que los indígenas no estaban sujetos a la Inquisición, ya que se les consideraba recién convertidos al cristianismo (neófitos) y, por tanto, no podían ser evaluados con las mismas normas que los “cristianos viejos”.[3]

Sin embargo, hacia esa época ya había pasado suficiente tiempo desde la Conquista, y muchos comenzaron a cuestionar si los indígenas aún podían considerarse neófitos, pues sus padres ya habían sido evangelizados. En este contexto, el primer inquisidor del Perú Licenciado Serván de Cerezuela consultó al Consejo de la Inquisición en enero de 1570 sobre:[3]

... si se podrá proceder contra algunos indios bautizados que en la Provincia de Guamanga enseñan públicamente a otros ser falso lo que los sacerdotes les enseñan
Serván de Cerezuela

De igual forma, el dominico Fray Francisco de la Cruz escribió al Rey, recomendando que la Inquisición también se aplicara a los indígenas peruanos, puesto que “casi todos estaban ya baptizados”.[27]

Toledo, liderando la postura que pretendía someter a los pueblos originarios a la Inquisición, acusó con dureza a los sacerdotes indígenas, considerándolos los principales responsables de la persistencia de los cultos antiguos y del fracaso de la cristianización total. Los comparaba con rebeldes españoles, destacando el supuesto peligro que representaban para la dominación colonial. Además, afirmaba que estos “dogmatizadores” empleaban venenos y maleficios para eliminar a sus enemigos, motivo por el cual, según él, ya habían sido perseguidos por los propios incas. Por ello, el virrey solicitó la pena de muerte para dichos sacerdotes y pidió que la Inquisición, o en su defecto otra institución, se encargara de erradicarlos completamente.[3]

Probablemente, las intenciones de Toledo no eran solo religiosas, sino también políticas. Si los indígenas quedaban bajo la jurisdicción de la Inquisición, la Corona incrementaría su poder, al sustraerlos de la autoridad eclesiástica del arzobispo de Lima. En cualquier caso, esta medida habría facilitado el control de la población indígena. Sin embargo, pese a la intensa propaganda de Toledo y al apoyo que recibió de parte del clero y de las autoridades coloniales, la Corona española rechazó su propuesta. Así, la población indígena continuó excluida de la Inquisición durante todo el siglo XVI.

En el año de 1588, el clérigo Bartolomé Álvarez, doctrinero de Aullagas (Real Audiencia de Charcas), en su Memorial a Felipe II, de las Costumbres y la Conversión de los Indios del Perú denunció el fracaso de los primeros 50 años de evangelización y propuso aplicar métodos más radicales y dejar que la Inquisición aplique los castigos a los "indios idolatras"[28] Álvarez proponía que la evangelización avanzaría más rápido si se quemara a los idolatras ancianos para intimidar a los más jóvenes:[29]

La gente esta tan timida y vil que si viesen quemar a uno por el caso, los parientes de aquel animarian [a convertirse] a los otros; y la gente moza huiria de los viejos y engañadores, y de los que los llaman a semejantes sacrificios, por miedo de no ser quemados
Bartolomé Alvarez

Años más tarde en 1626 el arzobispo Gonzalo de Campo plantearía que la Inquisición se encargue de los indios frente al enorme rebrote de idolatrías que se daba en los indígenas bautizados, a quienes consideraba dogmatistas, herejes y apostatas, y que estos estaban “firmes en su gentilidad y ritos”:[10]

“que la inquisición entienda de la herejía e idolatría y hechicerías de los indios, aunque con menos rigor”
Gonzalo de Campo, 1626

Extirpación institucionalizada en el siglo XVII

El primer extirpador de idolatrías

En 1609, el presbítero doctrinero de la reducción de San Damián en la Huarochirí, Francisco de Ávila, puso a las autoridades coloniales en Lima en alerta al denunciar sus feligreses andinos de proseguir clandestinamente con los cultos originarios.[30] Ávila afirmó que los indígenas de su parroquia, pese a ser bautizados desde hace mucho tiempo, eran idólatras y rendían culto a las deidades andinas como antes de la conquista. Esta denuncia desencadenó en las autoridades civiles y religiosas las campañas institucionalizadas para extirpar la idolatría. Es así que en 1610, Ávila fue nombrado el primer juez extirpador de idolatrías por el arzobispo de Lima, el español Bartolomé Lobo Guerrero.[6]

Campañas en el arzobispado de Lima

Primera etapa de campañas (1609 - 1622)

A partir del sínodo de Lima de 1613, el sistema de visitas de idolatrías se formalizó en el derecho canónico siguiendo el modelo de la Inquisición, aunque con diferencias de procedimientos y dirigido a sujetos distintos: los indígenas apóstatas.[4][31] El juez visitador, o Visitador General, era acompañado por lo menos por un fiscal y un notario. Las campañas de extirpación de idolatrías cumplieron la doble tarea de servir fines judiciales y de evangelización.[3] De acuerdo a Pierre Duviols,[32]

cuando un equipo llega a un pueblo, el visitador debe publicar el ‘edicto de gracia’ por el cual se conceden tres días a los indígenas para entregar sus huacas, denunciar a los demás idólatras, hechiceros, etc. Luego se exhiben los ídolos, se manifiestan los hechiceros, y se hace un inventario de ellos. Después se puede proceder a sesiones públicas de abjuración y absolución, seguidas de la cremación de las huacas en la plaza del pueblo y de la destrucción a los adoratorios y templos paganos fuera del pueblo. Por último, se debe aplicar a los ‘hechiceros y dogmatistas’ las penas previstas por el Concilio III, con el subsiguiente ‘apartamiento’ de los tales

Movido por la campaña de extirpación de idolatrías, el virrey del Perú de 1615 hasta 1621, Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, fundó en 1620 en el Cercado de Lima el colegio para los hijos de caciques (a llamarse el colegio del Príncipe) y la adjunta casa de reclusión de Santa Cruz, para los "dogmatistas y hechiceros".[33] Ambas instituciones estuvieron a cargo de los jesuitas y contaron con el apoyo del arzobispo de Lima.[34][9]

Segunda etapa de campañas (1649 - 1670)

En la segunda etapa del proceso de extirpación, entre 1649 y 1670, los jesuitas dejaron de participar.[32]

La masacre de Yauyos

En el contexto de las extirpaciones de idolatrías, el cronista Felipe Guamán Poma de Ayala presenció, en su viaje a Lima en 1614, y denunció los excesos y abusos de los curas de la doctrina de San Cristóbal en la provincia de Yauyos. En su crónica nos menciona que estos curas acusaron falsamente de "hechiceros" a los indios de Yauyos, y que consiguientemente los "colgaron" y "atormentaron" para que admitiesen su supuesto delito de idolatría. Posterior a estos sucesos llevaron cien indígenas al juez de Castrovirreyna para que los azotase "cruelmente" y los llevase a la cárcel; estando en prisión "sin darle de comer ni ropa" se murieron 80 indios según lo contado por este cronista:[35]

Estando en este estado ubo un alboroto y daños de los pobres que le auía leuantádole testimonio a los yndios Yauyos, Uachos los quras de las dotrinas de San Cristóbal. Dizen que abía pedido el dicho padre que le diesen yndios rrescatadores y muchas solteras para texer rropa y de otros tratos y trauajos. Respondió don Pedro. Y de ello para hazelle mal y daño a los yndios, leuanta testimonio, deziéndole hechisero que adoraua a las piedras.

Y para ello comensó a colgalle de uno a uno a los biejos y biejas y a los niños y atormentalle hasta hazelle hablar falsamente. Con el dolor dixeron que tenía uacas ýdolos; mostrauan piedras de deferentes maneras. Y ancí trageron a cien yndios y les asotó muy cruelmente con el jues de Castrouirreyna. Y en la cárzel cin dalle de comer ni rropa, se murieron ochenta yndios tributarios y biejos, yndias. Con el principal don Pedro, el dicho padre les quitó todas las galanterías y baxillas de plata y topos [prendedor] y rropa con que ellos en las fiestas cantan y dansan y baylan, como aquilla [vasija de plata] y topos y bestidos, todo de plata, y rropa de cunbe [tejido fino] y de auasca [corriente], uacra [cuerno], pluma chacpac de lana colorado. De todas las casas ajuntó, y de ella hizo baxillas y de la llana, sobrecama.

¡O, gran Dios mío, señora Santa María, o altícimo señor, nuestro rrey católico, doleos de ello de la criatura hechura que le costó tanto trauajo y castigos y tormentos y muerte y conprado con su preciosa sangre, doleos, Jesucristo, de buestros pobres! ¡O, señor, nuestro rrey, de buestra hacienda cómo se a perdido ochenta ánimas!

En el texto citado, Guamán Poma nos cuenta que los curas lucraban con los objetos de plata quitados a los indígenas. Más adelante (el día de Ceniza correspondiente al 3 de marzo de 1614), el cronista menciona lo siguiente:[36]

Esto pasó en el año de 1614: Estubo el dicho autor el Día de la Cenisa oyendo un sermón tan espantable del dicho padre en que dezía que le auía de matalle y curalle como a carneros, caraches y desollalle a los yndios. Como oyó el dicho autor de las malas palabras y sermón, luego en esa ora sale el autor por no uer más tantos tormentos de los pobres, questaua ya muy harto de uella en el mundo. Pero fue forsoso de sauella por auerse muerto ochenta ánimas, hazienda de su Magestad, a quien le duele como cosa suya y propia que le costó su trauajo y propetario, rrey.

Campañas en la sierra central (Huánuco, Bombón, la sierra limeña y Conchucos)[10]

Gonzalo de Campo fue arzobispo de Lima por un corto periodo de tiempo (del año 1623 al 1626) siendo su obra más resaltante de su gobierno eclesiástico la visita pastoral que realizó en toda la sierra central. La principal razón de esta visita fue la labor anti idolátrica que ya había iniciado su predecesor Bartolomé Lobo Guerrero; según palabras de Campo:[10]

”Entender de raíz y por vista de ojos si en este arzobispado había idolatría y herejía en los indios …; porque hallé variedad de opiniones cuando entré en Lima”
Gonzalo de Campo, 1626

Esta campaña inicio el 27 de mayo de 1626 acompañado de jesuitas y del extirpador Hernando de Avendaño quien redacto su “Relación de las idolatrías de los indios”. El primer lugar visitado fue Carabayllo, luego continuo en la provincia de Bombón (ubicado en los actuales departamentos de Pasco y Junín) donde halló una enorme abundancia de idolatrías, posteriormente llegó a Huánuco el 15 de julio, en su transcurso hacía predicas anti idolátricas y logró confiscar y quemar una gran cantidad de ídolos y amuletos. Consiguientemente se dirigió a la provincia de Huamalíes (ubicada en el norte de Huánuco), allí celebró un auto de fe y ordenó la quema de varios adoratorios con sus ídolos, y castigó a los naturales por herejía y apostasía. Después continuó su recorrido hacia Conchucos, ya colindante con el obispado de Trujillo. Posteriormente de dirigió a la provincia de Huaylas (ubicado en la actual provincia de Ancash) enfermando y muriendo días después en Recuay en plena visita pastoral.[10] Según el historiador León Pinelo habría sido envenenado por el cacique de Recuay, en venganza por la severa reprensión que le hizo el arzobispo públicamente, por vivir «en pecado» con una mujer (amancebamiento).

Frente a la idolatría, Gonzalo de Campo proponía medidas radicales como la sujeción de los indígenas en la Inquisición a causa de la persistencia de las idolatrías y de que «los indios están hoy tan rudos e ignorantes como al principio”. También propuso implementar con mas severidad el sistema de las reducciones, que para ese entonces aun no se había aplicado en su totalidad, el motivo fue:[10]

"que los indios prefieren vivir en los lugares donde tienen sus huacas y adoratorios para permanecer en sus idolatrías"
Gonzalo de Campo, 1626

Para lo cual ordenó la quema de pueblos dispersos y aplicar castigos corporales para que regresen a sus reducciones; estas medidas provocaron las quejas de caciques frente a la autoridad civil.[10]

Campañas en Atacama (1635-1674)

Primera campaña (1635)

La primera campaña fue encabezada por Francisco de Otal en 1635, durante la noche del 23 de junio, víspera de San Juan. Allí sorprendió a varios indígenas realizando ceremonias idolátricas en Calama y, en los días siguientes, dio un plazo de tres días para que los pobladores confiesen sus idolatrías y serían perdonados, caso contrario los habría de quemar.[37]

(...) dilatasen el manifestarse o manifestar a los culpados, aviendose averiguado judicialmente ser injustos y culpados los avia de quemar públicamente y abraçar sus haziendas y bienes.
Información de los servicios del licenciado Francisco de Otal

Gracias a esta presión, logró confesiones masivas y la identificación de múltiples lugares de culto. Como resultado, quemó numerosos ídolos en la plaza de Calama, incluyendo la famosa imagen de Sotar Condi, descrita como un “picaflor”, además de otros ídolos de Chiu Chiu, Ayquina y Caspana[37]

Segunda campaña (1638)

La segunda campaña, menos documentada, también estuvo a cargo de Otal y se desarrolló en 1638 en un contexto político crítico. Una carta del corregidor Gerónimo de Contreras describe una sublevación indígena vinculada al tributo y un conflicto con el gobernador indígena Pedro Liquitaya, acusado de ser “sacerdote mayor de la idolatría” y condenado a muerte en rebeldía. Esta campaña representó una expansión hacia Atacama la Alta, más allá de la jurisdicción inicial de Otal, aprovechando su título de Visitador de Atacama la Alta y la Baja. Las acciones se orientaron a controlar tanto las prácticas rituales como las tensiones políticas indígenas vinculadas al poder local[37]

Tercera campaña (1641–1642)

La tercera campaña comenzó en 1641, cuando el arzobispo de La Plata otorgó a Otal el título de vicario y juez de idolatrías, legitimando aún más su labor. En esta etapa, Otal trabajó con el sacerdote Joseph Caro de Mundaca y descubrieron una cueva utilizada como centro ritual, con ofrendas de alimentos, animales y hierbas. Según los registros, tomaron más de 1.500 confesiones, confiscaron ídolos “desde el tiempo del inga” y castigaron a los líderes rituales, incluyendo azotes, rapados y condenas a servir en conventos. Aunque las autoridades indígenas declaraban que ya habían abandonado la idolatría desde 1635, esta campaña evidenció la persistencia y renovación de cultos en Atacama la Alta[37]

Cuarta campaña (1674)

La cuarta campaña fue realizada por Domingo Suero Leiton de Rivera en 1674, varias décadas después de la muerte de Otal. Este sacerdote, nombrado cura y vicario de Atacama la Baja en 1671, llevó a cabo nuevas pesquisas y retiró ídolos en los pueblos de Lassana, Caspana y Ayquina. Entre los objetos confiscados se describen un ídolo de madera con figuras de simios utilizado para recibir las primeras cosechas; otro en forma de lagarto al que se ofrecían piedras y polvos de colores; y un tercer ídolo instalado sobre una roca en medio de un río caudaloso. La documentación certifica formalmente estas acciones, mostrando que las prácticas idolátricas seguían activas y diversificadas incluso cuarenta años después de la primera campaña[37]

Campañas en Arequipa y Arica

Pedro de Villagomez, teniendo a su cargo la arquidiócesis de Arequipa entre los años de 1635 al 1640 llevó a cabo algunas campañas de extirpación anti idolátrica en la jurisdicción de su obispado (Caylloma, Arequipa e Islay), llegando a extirpar idolatrías en la región de Arica, asimismo envío a jesuitas visitadores a las provincias de Condesuyos y Collaguas.[38]

El entusiasta arzobispo Villagómez comenzó a visitar su arquidiócesis personalmente o encargando a delegados idóneos.
Dino León Fernández, 2013

En 1639 escribió las Constituciones Sinodales, que tratan temas sobre la idolatría indígena.[38]

Campañas en la provincia de Huaylas

En el año de 1672 en Santiago de Aija (Huaylas), se hizo una denuncia de idolatría contra el cacique don Diego de Yaruparia y otros indígenas. El encargado de la pesquisa fue el visitador Ignasio Castelbi, designado por el arzobispo Pedro de Villagómez para extirpar idolatrías y castigar supersticiones en la provincia. El proceso se inició a partir de la denuncia de Rodrigo de Villalobos, minero que acusó al cacique de prácticas religiosas “antiguas”, incesto y brujería.[38]

Castelbi procedió minuciosamente, recogiendo declaraciones y elaborando interrogatorios basados en rumores y sospechas. Los métodos empleados buscaban confundir a los acusados, aislándolos o enfrentándolos entre sí, e incluso sometiéndolos a tortura para obtener confesiones. Varias declaraciones reforzaron las imputaciones: se afirmaba que el cacique encabezaba ceremonias nocturnas con guitarras, flores, velas, un carnero adornado y panes rituales; que usaba amuletos como una cola de víbora en su sombrero; que convivía con dos hermanas; y que en su casa se realizaban reuniones con "borracheras", incumplimientos religiosos y "cabildos y camachicos". Además, tras su prisión, se confiscaron sus bienes conforme al Tercer Concilio Limense.[38]

En tres de marzo de mil seiscientos i setenta i dos años yo Juan Pascual nombrado por el juez ordinario deste arzobispado de fiscal en conformidad del mandamiento despachado por el señor juez eclesiastico desta doctrina prendi el cuerpo de don Diego Yaruparia casique i gobernador en interin deste pueblo y lo puse a buen recaudo y con guardias i le di por carsel su propia casa por no allarse al presente en que prenderlo por estar la carsel deste pueblo ocupada la cual prisión hise con asistencia del presente notario que dio fe como queda preso siendo testigo de su prision Juan Mateos, Tomas Bedon y el alferes Francisco rico de Chabes i no firme por no saber ante mi el presente notario Marcos Lopez de la Hermosa.

Extirpación de idolatrías en el siglo XVIII

La extirpación de idolatrías se llevó a cabo hasta fines del siglo XVIII e inicios del siglo XIX; un caso muy notable fue el sucedido entre 1751 y 1755 en el pueblo de Andagua (Arequipa) con el cacique Gregorio Taco y sus seguidores, denunciados por idolatría al descubrirse que adoraban mallkis, paqarinas y machayes. Este caso fue procesado por el corregidor Joseph de Arana, él llevó a cabo los juicios y la quema de momias en 1753:[39]

Acompañado del cura Don Joseph Delgado del Casique y Alcaldes, segundas y otras personas del Pueblo de Andagua, pasé a las grutas en donde los yndios de dicho Pueblo visitaban y veneraban cadaveres de gentiles, i las hallé llenas de piedras hasta las puertas, que se pusieron y serraron de orden del Corregidor de esta Provincia mas por reconocer si en los interiores avia adoratorios que destruir, o solo que dar al fuego, mande abrirlas y no aviendo hallado cosa alguna de los dichos porque el estado Corregidor las arruinó y quemó los cadaveres se bolvieron á serrar, despues ordené por autho publicado en la yglesia presente la feligrecia i congregada con anticipacion para estos fines, que todos los que supiesen de los reos de ydolatrias, brujerias i abusos pasasen a denunciarlos ante mi

Posteriormente, Joseph de Arana, dio sentencia que los indios de Andagua y su líder Gregorio Taco sean desterrados, expulsados y azotados:[39]

Y por lo que hase a los delitos de ydolatria cometidos por aquellos yndios, consta de los autos y nuebo prozezo, hallase absolutamente, complizes en este crimen todos aquellos yndios, que estan presos en la carzel de Chuquibamba por orden del General Don Joseph de Arana; siendo de ellos prinsipal reo y inducidor Gregorio Taco, a quien (por allarse este con sobradas combeniencias y ser de los yndios caziques prinsipales) davan los demas siego asenso en sus engaños: por lo qual es de sentir el Fiscal, que dicho reo con todos los demas cooperantes sean (siendo Vuestra Señoria servido) conduzirlos a esta carzel publica, ó al mismo Pueblo de Andagua, si hubiere en el oportunidad de tenerlos prezos, para que siendo este el lugar del delito, se les dé alli la pena que sea exemplo y terror a los demas yndios que se allan oy en dicho Pueblo sin delito calificado. Y en qual quiera de las dos partes que Vuestra Señoria, tubiere por combeniente sean puestos dichos ydolatras a la publica vengansa, en havito de penitentes con corosas en las cavesas, y de esta suerte, a voz de pregonero que publique sus delitos, se les den dozientos asotes; lo qual executado se les impondrá pena de destierro; separandolos unos de otros porque con la compañía y union de ellos, no prenda otra ves la sisaña.

Consecuencias: Sincretismo religioso

A pesar de la dureza de la represión contra las religiones andinas, los resultados fueron limitados. Las prácticas religiosas andinas no desaparecieron, sino que persistieron en la clandestinidad. Hacia finales del siglo XVII, incluso la Iglesia reconoció esta realidad y optó por calificar tales costumbres como “supersticiones” en lugar de idolatrías. Se había producido un profundo sincretismo religioso, resultado de la capacidad indígena para fusionar elementos cristianos y tradicionales con el objetivo de ocultar sus prácticas debajo de una faceta cristiana, frente a las campañas anti idolátricas; manteniendo así vivas sus creencias bajo nuevas formas.[38]

Extirpación en otros territorios

Los investigadores inicialmente encontraron documentos sobre la extirpación de idolatrías en el Virreinato del Perú. Estudios posteriores han demostrado que se llevaron a cabo acciones de extirpación en el Arzobispado de Charcas y en Arzobispado de La Plata.[32]

Virreinato de Nueva España

En el Virreinato de Nueva España, el obispo español y franciscano Diego de Landa, a través de la Inquisición, entre 1574 y 1579, procedió a aplicar medidas para extirpar la idolatría maya en la península de Yucatán como fueron los interrogatorios, los castigos, la prisión, la tortura (por ejemplo, la garrucha),[40][41] y hasta la ejecución de los acusados.[42][43] El gobernador de Yucatán, Guillén de las Casas, desde su llegada a la península en 1577 se opuso a las campañas del obispo insistiendo en forma pública que el castigo a los indios idólatras correspondía a su jurisdicción.[44]

Extirpadores de idolatrías

Ilustración de Cristóbal de Albornoz por Guamán Poma, circa 1615

Para algunos sacerdotes, el prestar servicios como extirpadores de idolatrías fue una forma de acumular méritos religiosos ante las autoridades políticas y eclesiásticas, y con ello «aspirar a dignidades superiores en los templos o lugares más centrales, de mayor prestigio y de mejor renta».[11] Es así que en algunos casos, varios curas locales que iniciaron acciones de extirpación antes de recibir el título formal de Visitador de Idolatrías entregado por su arzobispo, como si pasó con Francisco de Ávila en 1610.[11]

Extirpadores

Véase también

Referencias

Bibliografía

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