Insurrección del 12 de germinal del año III

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Al día siguiente de la fracasada insurrección del 12 de germinal la multitud intenta detener la deportación de los tres antiguos miembros del Comité de Salvación Pública: Jean-Marie Collot d'Herbois, Jacques Nicolas Billaud-Varenne y Bertrand Barère de Vieuzac.

La insurrección del 12 de germinal del año III (1 de abril de 1795 en el calendario gregoriano) fue una insurrección fallida de los sans-culottes de París en protesta por el elevado precio del pan y la vuelta del hambre, como consecuencia de la abolición del máximum general decretada por la Convención Nacional el 4 de nivoso del año III (24 de diciembre de 1794). Una segunda insurrección, mejor preparada pero también fracasada, tendría lugar poco después, el 20 de mayo (la insurrección del primero de prairial año III). Constituyó una de las últimas journées de la Revolución francesa.

Según el historiador Albert Soboul, fue una «manifestación más bien que una insumisión, [fue] la reunión desordenada de una multitud desarmada que se contentó con invadir la Convención y expresar sus deseos: la Constitución de 1793 y las medidas contra el hambre». «Marcó el grado de desorganización a que había llegado el movimiento popular, privado de sus cuadros, víctimas de la represión», añade Soboul.[1]

Tras la caída de Robespierre el 28 de julio de 1794 (10 de termidor del año II, en el calendario republicano) los termidorianos procedieron rápidamente a deshacer la obra del periodo anterior de «El Terror». Solo cuatro días después del 10 de termidor la Convención derogó la ley del 22 de pradial y a continuación ordenó la liberación de todos los «sospechosos» encarcelados.[2] El 24 de agosto (7 de fructidor del año II) fueron reducidos los poderes del Comité de Salud Pública y el 12 de noviembre (22 de brumario del año III) fue clausurado el Club de los Jacobinos. También acabaron con el «terror económico» y el 24 de diciembre (4 de nivoso del año III) fue abolida la Ley del máximum general de los precios y de los salarios, aunque dejó a las autoridades locales la prerrogativa de requisar los suministros de alimentos en caso necesario.[3][4] La mayoría de los diputados eran favorables a la libertad económica y consideraban a la ley del máximum, impuesta a la Convención por la presión popular, como «la fuente de todas las desgracias que hemos tenido», como afirmó el diputado Antoine Thibaudeau, ya que en su opinión había «llenado Francia de un enjambre de mercaderes negros y arruinado a los hombres de buena fe que respetaban las leyes».[2]

La abolición de la ley del máximum general resultó catastrófica porque agravó la inflación del asignado, lo que unido al crudo invierno que heló el Sena e hizo impracticables los caminos, provocó la vuelta del pan caro y del hambre (y del frío, al cortarse los suministros de leña y carbón).[3][5] «El invierno y la primavera de 1795 fueron atroces», ha señalado Denis Richet.[6] Los informes de la policía de París atestiguaban la creciente agitación social a causa de la escasez del pan y de su elevado precio.[5] Los tumultos ante las panaderías y las tiendas se multiplicaban, protagonizados por las mujeres que habían estado haciendo cola desde altas horas de la madrugada.[7][6] Como ha señalado Albert Soboul, «el asignado se hundía y la crisis económica empujaba a las masas populares a la desesperación».[8] En uno de los informes de la policía se decía lo siguiente:[5]

Es de la mayor justicia e importancia acudir en ayuda de la clase indigente, que no puede conseguir lo que más necesita debido al abrumador y súbito aumento de los precios. Sobre todo, es de la mayor importancia asegurar a esta clase trabajadora y útil el suministro de pan, que es, por así decirlo su único alimento... Es de temer que, si continúan las preocupaciones sobre este asunto esencial, los malintencionados se aprovecharán del descontento general para causar revueltas violentas.

Al mismo tiempo que la situación económica empeoraba bandas de muscadins de la jeunesse doré ('juventud dorada'), dirigidos por el diputado moderado Louis Marie Stanislas Fréron (quien había calificado la Constitución francesa de 1793 «como creación de unos desalmados»), se dedicaban a hostigar y a apalear a los sans-culottes y a los jacobinos. Estos por su parte se defendían, produciéndose numerosos altercados, e intentaban hacer llegar sus demandas a la Convención. El 17 de marzo (27 de ventoso) habitantes de los faubourgs de Saint-Marceau y de Saint-Jacques fueron a la Convención para decir: «Nos falta el pan, estamos a punto de lamentar todos los sacrificios que hemos hecho por la Revolución». Cuatro días después era el barrio de Saint-Antoine el que reclamaba que se pusiese en vigor la Constitución de 1793, que se tomasen medidas para paliar el hambre y que se denunciase a los enemigos del pueblo, «esclavos de sus riquezas». La respuesta de la Convención fue aprobar ese mismo día 21 de marzo una «ley del alto mando policial», a propuesta de Sieyès, que castigaba con la pena de muerte a aquellos que «atentasen contra la Convención con movimiento concertado y gritases expresiones sediciosas». También se distribuyeron armas a los «buenos ciudadanos», cabezas de familia acomodados de confianza. Esto no impidió que los «desarrapados» fueron ganando apoyos en las secciones de París.[9][10][11][12]

Insurrección

El 11 de germinal del año III (30 de marzo) la sección de Quinze-Vingts se presentó ante la Convención exigiendo la abolición de la ley del máximum, la reapertura de las sociedades populares y la puesta en vigor de la Constitución de 1793. «Estamos en pie para sostener la República y la libertad», dijeron. «Esa fue la señal del levantamiento popular», señala Albert Soboul.[1]

En la mañana del 12 de germinal (1 de abril) algunas secciones de París redujeron la ración de pan a un cuarto de libra por persona, su nivel más bajo hasta entonces. Esto provocó la indignación de la población y las mujeres arrastraron a los hombres a reunirse delante de Notre Dame. Allí se decidió marchar sobre la Convención y entre la una y las dos de la tarde, como relató Le Moniteur, «una gran multitud entró a la fuerza en la sala de la Convención, gritando que querían pan, la Constitución de 1793 y la liberación de los patriotas». Uno de los líderes de los manifestantes dijo: «Es hora de que la clase indigente deje de ser víctima del egoísmo de los ricos y de la avaricia de los comerciantes... Hagan justicia contra el ejército de Fréron, estos messieurs con sus grandes palos». También pidió la liberación de «varios miles de padres de familia patriotas encarcelados desde el 9 de termidor». Pero la sesión se fue alargando sin que se tomara ningún decisión, a pesar de que algunos diputados «radicales» habían pedido que se atendieran sus demandas, y los manifestantes se fueron volviendo a sus casas, por lo que la guardia nacional de los barrios acomodados del oeste de la capital no tuvo ninguna dificultad en controlar la situación. No hubo ni un solo muerto.[13][1][14][15] Como ha señalado Albert Soboul, «la jornada había fracasado por falta de un plan preciso de acción y también de jefes; las horas en las que los sans-culottes fueron dueños de la Convención se perdieron en el tumulto y en los discursos vanos».[1]

La agitación continuó al día siguiente, especialmente en la sección de Quinze-Vingts del barrio de Saint-Antoine, pero la Convención decretó el estado de sitio y el orden fue rápidamente restablecido.[1] No obstante, como ha señalado Jeremy D. Popkin, «la situación en París seguía siendo explosiva».[16]

Consecuencias

Referencias

Bibliografía

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