Joel 2
segundo capítulo del Libro de Joel
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Joel 2 (abreviado Yl 2) es el segundo capítulo del Libro de Joel en la Biblia hebrea y el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana. Contiene la palabra de Dios que fue revelada al profeta Joel hijo de Petuel.[1][2]

Texto
- El texto original fue escrito en hebreo.
- Este capítulo se divide en 27 versículos, centrados en «La plaga de langostas como castigo del Señor», que comienza en capítulo 1, versículo 2, y en la misericordia de Dios hacia su pueblo.
Fuente principal
- Hebreo:
- Masorético (siglo X d. C.)
- Rollos del mar Muerto: (finales del siglo II a. C.). [3]
- Griego:
- Septuaginta (siglo III a. C.)
- Versión Teodoción (~180 d. C.)
Texto bíblico
Estructura
- Joel 2:1-11 {{{2}}} = Señales de un gran peligro.
- Joel 2:12-17 {{{2}}} = Llamado al pueblo a arrepentirse.
- Joel 2:18-27 {{{2}}} = La misericordia de Dios hacia el pueblo; la promesa de Dios a la nación que se arrepiente.
- Joel 2:28-32 {{{2}}} = Bendición para el pueblo; Día del Señor.
Comentario a los versículos 1-11
Estos versículos forman un único poema, señalando la presencia majestuosa y poderosa de Dios en medio de su pueblo mediante la técnica literaria de la «inclusión», con referencias al «día del Señor» en los vv. 1 y 11. Evocan la teofanía del Monte Sinaí (Ex 19,16-25; Dt 4,9-14) y otros textos proféticos (So 1,15; Is 13,8), recordando la trascendencia de Dios y preparando al pueblo a la conversión, ya que sólo Él puede castigar y liberar de las angustias.
Los vv. 1-2 actúan como alerta: el toque de trompeta indica alarma de guerra, anunciando la llegada de un ejército terrible con el «día del Señor». Juan retoma esta simbología en su Evangelio, asociando oscuridad y noche a fuerzas hostiles a Cristo.
Los vv. 3-11 desarrollan la visión inicial, utilizando imágenes apocalípticas: las langostas comparadas con caballos (v. 4) reaparecen en Apocalipsis 9,1-7; los temblores de tierra y estremecimiento de los cielos (vv. 10-11) remiten a Is 13,13; el oscurecimiento del sol y la luna a Is 13,10; la imposibilidad de soportar el día del Señor (v. 11) se vincula con Na 1,6 y Ap 6,17. Con estas imágenes, Joel subraya la gravedad del pecado, la necesidad de conversión y la constante preparación ante la llegada imprevisible del día del Señor.[5]
La incertidumbre del juicio sirve para estar vigilantes por dos motivos. Primero, porque, no sabiendo si tardará tanto cuanto dure la vida del hombre, ambas incertidumbres le mueven a mayor vigilancia. Segundo, porque como el hombre cuida no sólo de su persona, sino también de la familia, de la ciudad, del reino o de toda la Iglesia, cuyo tiempo de duración no se ajusta al de la vida del hombre, tendrá que vigilar, puesto que hay que disponer bien todo eso para que el día del Señor no los coja desprevenidos.[6]
Versículo 13
- «Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras; volveos al Señor, vuestro Dios, porque él es misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia, y se arrepiente del castigo».[7]
El profeta pide un corazón contrito y humillado (Salmos 51:19 {{{2}}}). Si el pueblo se convierte de sus pecados a Dios, Él tendrá misericordia de ellos. La naturaleza de Dios es mostrar misericordia y bondad a su pueblo si se arrepienten sinceramente.[8]
Comentario a los versículos 12-17
La primera parte del libro concluye con una exhortación general a la conversión, que abarca la proclamación profética —el oráculo del Señor— y la acción sacerdotal de ayuno y oración. El núcleo del mensaje se encuentra en el v. 13, donde se subraya que la verdadera conversión depende tanto de la misericordia y compasión de Dios —«clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia»— como de la disposición sincera del ser humano hacia el cambio interior.[9]
Jerónimo explicaba este versículo 13 de la siguiente manera:
Convertíos a Mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos —como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfematorias—, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestros pecados, os perdonará por la magnitud de su misericordia.[10]
Versículo 25
- «Os restituiré los años en que os devoraron la langosta, la langosta saltadora, la langosta devoradora y la langosta calva, mi gran ejército que envié contra vosotros».[11]
Referencia cruzada: Joel 1:4.
El significado exacto de los cuatro tipos de langostas mencionados aquí no está claro. Quizás se refiera a las diferentes etapas de crecimiento de las langostas (véase Joel 1:4).[8]
Comentario a los versículos 18-27
El primer oráculo de la segunda parte refleja la respuesta de Dios ante la penitencia aceptada por el pueblo, marcando el inicio de la narración de la salvación. Mientras antes el pueblo (1,13-19) y hasta las bestias (1,20) clamaban ante la plaga de langostas (1,2-12), ahora Dios promete multiplicar los bienes del pueblo (vv. 23, 26), de los campos (vv. 24-25) y de los animales (v. 22). El versículo final es especialmente significativo: si antes se preguntaban «¿Dónde está su Dios?» (2,17), ahora pueden afirmar que Dios habita en medio de su pueblo (v. 27). La invitación a la alegría (v. 21) y la presencia divina remiten al lector cristiano a la Anunciación a María (Lc 1,26-33), donde se cumple plenamente la promesa de salvación.[12]
Versículos 28-32
Referencia cruzada: Hechos 2:14-21 {{{2}}}
Joel profetizó un día en que Dios derramaría su Espíritu sobre «todos los que invoquen el nombre del Señor» (Joel 2:32 {{{2}}}). Este derramamiento produciría un flujo de profecía carismática entre el pueblo de Dios. El apóstol Pedro citó este versículo el día de Pentecostés y explicó que el derramamiento del Espíritu en ese día era el comienzo del cumplimiento de la profecía de Joel (Hechos 2:14-21 {{{2}}}). Esta profecía es una promesa continua para todos los que aceptan a Jesucristo como Señor, porque todos los creyentes pueden y deben ser llenos del Espíritu Santo (compárese Hechos 2:38-39 {{{2}}}; Hechos 10:44-48; 11:15-18 {{{2}}}).[8]
- «Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán»: Joel tuvo una visión en la que una de las principales consecuencias del derramamiento del Espíritu Santo sería el otorgamiento y la liberación de los dones de profecía. La manifestación del Espíritu a través de sus dones anuncia la presencia de Dios entre su pueblo. El apóstol Pablo afirma que si la iglesia profetiza, un invitado que aún no cree se verá obligado a reconocer: «¡Verdaderamente, Dios está entre vosotros!» (1 Corintios 14:24-25 {{{2}}}).[8]
- «Milagros en el cielo»: La manifestación plena del derramamiento del Espíritu y la oferta de salvación a todos los hombres en un día determinado irá acompañada de señales en el cielo de los últimos tiempos y del «día del Señor» (compárese Mateo 24:29-31 {{{2}}}). En ese momento, los enemigos de Dios experimentarán su ira (compárese con Apocalipsis 6:12-17 {{{2}}}). Si se examina desde el punto de vista de la profecía bíblica, la situación del mundo entero indica que el momento en que ocurrirán estos acontecimientos futuros está cerca.[8]
Véase también
- Langosta
- Pentecostés
- Simón Pedro
- Pasajes bíblicos relacionados: Salmo 51, Joel 1, Mateo 24, Hechos 2, Hechos 10, 1 Corintios 14, Apocalipsis 6