Literatura victoriana

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Se entiende por literatura victoriana aquella producida en el Reino Unido y en sus colonias durante el reinado de la reina Victoria. El calificativo «victoriana» equipara el periodo al reinado de Victoria (1837-1901) con una rotundidad excesiva, pues ni la monarquía británica gozaba de poderes tales como para que una reina marcase con su impronta una época ni el periodo considerado presenta una homogeneidad sin fisuras.[1] La verdad es que el adjetivo «victoriano» no es una invención de los historiadores. Aparece por vez primera en 1851.[2] Paradójicamente, fueron los críticos de aquel periodo quienes más contribuyeron a darle una entidad propia, aunque fuese negativa.[2] Desde entonces resulta usual hablar de economía, costumbres o sociedad victoriana, dando por supuesto que al hacerlo se remite a aquel periodo.[2] La denominada era victoriana constituye en la historia de Inglaterra y en la de Europa una etapa cultural importantísima. Es el gran momento de Inglaterra, y aunque no tiene el brillante esplendor del período isabelino y jacobino ―la muerte de Byron señala el ocaso de una edad heroica―, presenta, en cambio, una trabada coherencia, una organizada tenacidad en todos los campos de la actividad humana, y muestra una decidida voluntad de transformar el mundo y las fuerzas de la naturaleza para el bienestar y servicio del hombre.[3]

Las características esenciales de aquella época son: una indiscutible preocupación por la decencia, con la consiguiente elevación del nivel moral; un creciente interés por las mejoras sociales y el despertar de un fuerte espíritu humanitario; cierta satisfacción derivada del incremento de riquezas, de la prosperidad nacional y del inmenso desarrollo industrial y científico; conciencia de la rectitud, y un sentido extraordinario del deber; indiscutible aceptación de la autoridad y de la ortodoxia; notable carencia de humor. La era victoriana es época de transformaciones políticas y sociales, inquietudes religiosas («Oxford Movement»), firme trabazón moral, rapidísima expansión del comercio inglés y culminación de la Revolución Industrial.[4]

Algunos de los valores que hoy se asignan al victorianismo ―sentido de la familia, obediencia a los superiores, sobriedad y espíritu ahorrativo― igualmente podrían emplearse para caracterizar momentos anteriores. Otros valores que, como el culto al trabajo, se consideran arquetípicos distaron de estar amplia y libremente asumidos por la sociedad.[5] Además, para casi todos estos valores u otros que podrían añadirse ―una sexualidad reprimida, una creencia en la superación a través del propio esfuerzo y en las virtudes de la no intervención de los poderes públicos―, el reinado de Victoria resulta una época en exceso larga y variable como para cobijarlos correctamente.[5]

En líneas generales, la literatura británica, a diferencia de la francesa, consta, ante todo, de individuos y no de escuelas.[6]

En literatura, el largo reinado de Victoria es uno de los más gloriosos de la historia inglesa.[4] La era victoriana cubre prácticamente desde el Romanticismo hasta finales de siglo, y representa literariamente un cambio de estilo en un sentido realista. La fecha fronteriza entre el Romanticismo y la era victoriana es el año 1832. En realidad, Victoria no ascendió al trono hasta 1837,[7] pero para entonces la mayoría de los grandes escritores del primer tercio del siglo, a quienes podríamos denominar «georgianos tardíos», habían enmudecido:[8] en 1832 moría Walter Scott; Keats, Shelley, Byron y Hazlitt ya no existían; Coleridge y Lamb estaban llegando al fin de sus días, y Wordsworth, aunque viviría aún bastantes años, había escrito ya lo mejor de su producción.[7] Del mismo modo,Southey, Campbell, Moore, Jeffrey, Sydney Smith,[Nota 1] De Quincey, Miss Edgeworth, Miss Mitford, Leigh Hunt, Brougham y Samuel Rogers aún vivían, pero la parte esencial de sus obras ya estaba hecha. Los principales autores que pertenecen por igual a las épocas georgiana y victoriana son Landor, Bulwer, Marryat, Hallam, Milman[Nota 2] y Disraeli; ninguno de los cuales, con la excepción de este último, se acerca al máximo nivel en ninguna de las dos épocas.[8] A la vez, aparecían los primeros volúmenes de Tennyson, el futuro poeta laureado representante de la poesía victoriana. Aunque de hecho perduraba el Romanticismo, su energía creadora estaba agotada, y la literatura buscaba otras fuentes de inspiración. En las alternancias rítmicas del fenómeno literario, la reacción psicológica contra los excesos del Romanticismo inclinaba el gusto hacia la concreción y el orden. Después del reinado de la emoción y de los sueños y las tempestades del alma romántica, empezaba a manifestarse una época razonadora y realista, que emparentaba mejor con la actitud mental del siglo XVIII[7](el siglo de las luces). La nota predominante era la racionalización del impulso literario. Ante los postulados del Romanticismo, los escritores victorianos consideraron la verdad concreta como uno de los motivos esenciales de la creación literaria. En consecuencia, su tono de expresión general fue el realismo; y, en conjunto, se preocuparon más que sus antecesores románticos por la perfección estilística y la organización formal de la obra de arte.[7]

Brillante en poesía y rico en pensamiento, el victoriano es un período en que la novela aparece en su máximo esplendor, floreciendo también en él un grupo de eminentes mujeres novelistas.[4] Además, hacia 1860, el teatro experimenta una renovación saludable.[4] Más adelante, a partir de 1875, las influencias francesas fueron preponderantes, sobre todo en el decadentismo del poeta A. Ch. Swinburne, en el esteticismo del ensayista Walter Pater y, sobre todo, en la obra poética, narrativa y dramática de Oscar Wilde.[9] Mientras que la poesía de los últimos años de la era victoriana parecía sumirse en una fase de menor confianza, la explosión de energía que impulsó la narrativa no se agotó después de los primeros años. Si echamos una mirada retrospectiva, el último cuarto de siglo aparece dominado por dos figuras, la de Thomas Hardy y la de Henry James, que van seguidos de una hueste de escritores menores, aunque no faltos de interés.[10] Por su parte, la poesía de Hardy habría de esperar al siglo XX para ser valorada[9] en su justa medida. En la novelística, destacarían en ese último período victoriano los nombres de Samuel Butler, George Meredith y, sobre todo, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle[9] y Bram Stoker, maestros respectivamente de los géneros de aventuras, policíaco y de terror.

Victorianismo temprano y medio

El inicio de esta era victoriana lo podríamos situar hacia 1830, cuando la economía industrial se está asentando firmemente y su principal beneficiaria, la burguesía, está a punto de conseguir su reconocimiento oficial. Su final ocurriría en torno al comienzo de la nueva centuria, cuando la muerte de la reina (1901) coincide con fenómenos tan simbólicos como la aparición del partido laborista (un proceso que se concreta entre 1903 y 1906) o la guerra bóer (1899-1902).[11]

La propia historiografía ha asentado la división de la época victoriana en tres etapas, tomando como años bisagra 1851 ―la exposición de Londres― y 1873 ―el inicio de la Gran Depresión―. Una primera etapa, el Victorianismo temprano («Early Victorian»), se nos presenta como fase de asentamiento de la sociedad surgida de la Revolución Industrial, con importantes conflictos reveladores de fuertes tensiones de clase: Cartismo, Liga contra las leyes de cereales. La segunda etapa, Victorianismo medio («Mid Victorian»), es un periodo de estabilidad interna, en el que triunfan aquellos valores que luego serán conocidos como victorianos y en el que el poderío británico en el mundo, apoyado en una privilegiada posición económica derivada de la temprana realización del proceso industrializador, resulta incontestable.[12] En la tercera etapa, Victorianismo tardío («Late Victorian»), se alzan serias dificultades a la hegemonía británica, desafiada en su liderazgo colonial por países a los que los problemas económicos iniciados en 1873 afectan en menor medida, al tiempo que aumentan las tensiones internas, representadas por la insoluble cuestión irlandesa y el desarrollo de un movimiento obrero y sindical de corte más revindicativo.[2]

En el mundo las circunstancias pocas veces han sido más favorables a un gran estallido de energía literaria. La nación era segura y próspera en un grado sin precedentes, cosciente de su voluntad y facultad de expandirse aún más.[8] La época victoriana fue de gran actividad comercial, financiera e industrial. Diversas circunstancias fueron especialmente favorables a los esfuerzos ingleses. La Revolución Industrial la había adelantado a sus rivales del continente europeo, ya que contaba en su propio territorio con las materias más necesarias. La estabilidad política confirmó esa supremacía. Al no impedirse que el esfuerzo tuviera éxito, el proceso parecía ajustarse al derecho, y la ciencia (si lo es) de la economía política hizo grandes progresos en esta su época clásica, desde los Principios de Ricardo hasta los de J. S. Mill.[13]

Los poetas victorianos, como los novelistas, se enfrentaban a una sociedad muy cambiada frente a la que describían los románticos: casi podían palpar cómo cambiaba la estructura de clases; la clase media iba tomando posiciones cada vez más influyentes frente a la antigua aristocracia y comenzaba a introducir un nuevo sistema de valores; ya nadie podía ignorar el proceso de industrialización ni sus secuelas de contaminación y miseria; la fe religiosa se veía amenazada por los descubrimientos geológicos y biológicos y por un espíritu de escepticismo que se volvía contra la Biblia.[14]

Es demasiado simple decir que los primeros victorianos hicieron un mundo de su crisis religiosa. El vacío espiritual hoy apenas significa nada (aunque algunos lampan por extraños terrenos para llenarlo). Sin embargo, los primeros que vieron cómo su fe iba desapareciendo vivían inmersos en una comunidad creyente, una comunidad que profesaba abiertamente sus creencias y en la que representar una vanguardia intelectual no resultaba nada cómodo. Mientras que el ateísmo de Shelley asesta un duro golpe al cristianismo convencional, las dudas convierten al victoriano en un reincidente sin ganas, en alguien que se debate entre problemas espirituales, alguien melancólico y añorante de lo que ha perdido y que los demás aún conservan. Más que como liberación, la falta de fe se vive como una pérdida.[15]

Parte de la vitalidad con que nos salpican las páginas de las novelas victorianas se debe a la nueva concepción que ofrecen del mundo. Gran Bretaña dejaba de ser un país rural y se transformaba rápidamente en una sociedad urbana, proceso terrible y emocionante a la vez por las consecuencias y las potencialidades que implicaba. Además, el tren iba descubriendo todos los rincones de la isla, que despertaban la curiosidad y admiración de los ciudadanos. Si antes el ámbito en el que discurría la vida de la gente era de unos quince o veinte kilómetros a la redonda, ahora este ámbito se multiplicaba por diez. Grupos enteros de población se desplazaban, geográfica y socialmente. En las nuevas ciudades industriales, que no solo eran nuevas, sino que representaban un nuevo modelo de ciudad, la gente se enriquecía y se arruinaba en cuestión de meses. Los milagros empresariales afectaban a todo el mundo, no solo a los nuevos capitalistas o a la fuerza trabajadora, y todos se bandeaban año tras año entre la confortable prosperidad y la inanición.[16]

La nueva religión de los nuevos capitalistas era el laissez-faire, normalmente denominado economía política o benthanismo. Inicialmente para los victorianos las nuevas doctrinas económicas, que abogaban por una economía de mercado sin restricciones y la total libertad del empresario (pero no del sindicalista), constituían dogmas de fe tan incuestionables como los que emanaban del púlpito; las leyes siderúrgicas no admitían refutación posible. Y el nuevo empresario, que divulgaba estas leyes y se aprovechaba de ellas, venía a ser el héroe nacional, el equivalente moderno del filibustero isabelino.[17]

Evidentemente, para los intelectuales la época era muy distinta y mucho menos atractiva. La crisis religiosa, que en 1867 se convirtió en objeto de debate popular con El origen de las especies de Darwin, ya la habían librado en su interior escritores como Tennyson o George Eliot años antes. Al asomarse a la Inglaterra victoriana, Matthew Arnold vio un horrible patio en el que jugaban bárbaros y filisteos. John Stuart Mill vio la degradación de las clases trabajadoras y el sometimiento de las mujeres.[18]

Victorianismo tardío

En la segunda mitad del mandato de la reina Victoria, la etapa de viudedad pública más prolongada de la historia, empezaron a criticarse cada vez con mayor intensidad la ética, los gustos y las costumbres eminentemente victorianos. Hoy vemos esta situación con más claridad que la gente de la época. Los guardianes de la moral pública que decidían, según Dickens, "qué es lo que debía sacarle los colores a los jóvenes" seguían dominando el panorama, lo cual obligaba a muchos escritores a expresarse de manera soterrada, sobre todo en materia sexual. Gran Bretaña volvía a poner ahora un enorme empeño en "aparentar" ser la gran potencia mundial que había sido a mediados de siglo, con la confianza de entonces: gobernaba, en medio de serias amenazas, el más vasto imperio que ha habido en el mundo y mantenía un alto poder de decisión en Europa.[19]

Sin embargo, el poder y los ideales victorianos estaban en decadencia. La depresión agraria (debida en parte a la competencia que suponían América del Norte y del Sur) empezaba a socavar los cimientos financieros de los nobles y los aristócratas hacendados. La depresión industrial iba sumiendo en la pobreza a las ciudades afectadas y se oían ya los murmullos de un socialismo de masas. Con la publicación de El origen de las especies de Darwin el debate sobre el verdadero carácter literal de la Biblia saltó a la calle y dejó de estar confinado al estudio.[20] Al debilitarse los principios religiosos, empezaron a surgir todo tipo de liberaciones, grandes y pequeñas, que se fueron expandiendo. La propia honestidad comenzaba a ser objeto de burla (Wilde y Samuel Butler utilizaron el nombre propio que la evocaba para ridiculizarla). A través de estas sátiras se puso en evidencia que la religiosidad victoriana era un timo y su moralidad mera hipocresía; que su afición por las artes resultaba vulgar, materialista y mecánica.[21]

El cambio de talante puede verse reflejado en todos los aspectos de la vida, en la aparición de periódicos populares, en el teatro, en la búsqueda de nuevas religiones (el socialismo, la estética, el cultivo del espíritu), cualquier cosa que pudiera llenar el vacío de la fe. Particularmente interesantes son los cambios que tienen lugar en el terreno sexual.[21]

Poesía

Diez años separan la muerte de Shelley de los primeros versos de Tennyson, y otros diez median entre la última novela de Scott y la consagración de Tennyson como poeta. En esos estrechos límites temporales había dado comienzo una época nueva, aunque sin señal ninguna de rebelión. Keats y Tennyson, Shelley y Browning, Wordsworth y Matthew Arnold guardan entre sí relaciones de maestros a discípulos respectivamente.[22] Browning fue discípulo de Shelley, si Tennyson lo fue de Keats. También lo fue Swinburne.[23] Los poetas victorianos no reaccionan contra los representantes de la poesía romántica. Más bien se puede decir que siguen en la misma corriente. Pero, si aquéllos experimentaron, éstos pulen y perfeccionan; si aquéllos se dejaron arrebatar por su inspirado impulso, a veces genial, éstos se caracterizan por la armonía de su obra, por su mayor perfección estructural y penetración psicológica.[7]

En la poesía de la época victoriana pueden distinguirse dos grandes tendencias. La primera, más característicamente victoriana, está dominada por las figuras de Tennyson, de gran virtuosismo formal, y Browning, de marcado carácter psicologizante, y se interesa por la objetividad, el equilibrio y la precisión de las ideas. La segunda tendencia, la del movimiento prerrafaelita, presidido por Rossetti, tiende a una reacción idealista de ansiedades emotivas, busca el culto a la belleza, siente inclinación al ensueño y a la visión, combina la imaginación con la sensibilidad. A la entrada de la era victoriana se encuentran las personalidades, hasta cierto punto complementarias, de Tennyson y Browning, ambos interesados en mantener el nivel que la poesía había alcanzado con Byron y Walter Scott, los autores más leídos hacia 1830.[24] La inquietud de Arnold forma un punto de transición a la abstracción estética de los prerrafaelistas y al radicalismo revolucionario de Swinburne.[25] Arnold fue una figura prominente en esa gran pléyade de poetas victorianos que trabajaron simultáneamente ―Tennyson, Browning, Rossetti, William Morris y Swinburne―, poetas entre los cuales existía al menos este nexo de unión, que la búsqueda de todos ellos era la desfasada búsqueda poética de lo bello. La belleza era su consigna, como había sido la consigna de sus inmediatos predecesores: Wordsworth, Coleridge, Keats, Shelley y Byron.[26] A partir de 1850, el grupo prerrafaelista infundiría un tono de melancolía gótica y de languidez a la poesía y a la pintura de esa fase de la época victoriana.[27] Por último, cabe destacar a una serie de poetas del tramo final del período victoriano (último tercio del siglo XIX) que se caracterizaron por sus inquietudes religiosas y sus anhelos de espiritualidad.[27]

Narrativa

Contexto

Las raíces morales y religiosas del espíritu victoriano se remontan al siglo XVIII, a los Wesleys y al renacer de las ideas evangélicas. A comienzos del siglo XIX la gente ya empezaba a rechazar a escritores como Fielding o Swift por no tener pelos en la lengua.[28] A mediados de los años cuarenta ya estaba seriamente limitado lo que un novelista podía decir sin perder el favor del público familiar. Para muchos este público familiar ―que se reunía para leer las novelas en voz alta, en una especie de liturgia entretenida― resultaba básico; en él radicaba su medio de subsistencia. Como los límites eran tan estrictos, había muchos temas, como la inmoralidad sexual, los desvíos sexuales, la prostitución, etc., que se evitaban o que, en todo caso, aparecían rodeados de un tono absolutamente falso, como si el autor caminara siempre sobre arenas movedizas. Por otra parte, esta costumbre de leer en voz alta, unida al método de publicación semanal o mensual que utilizaban muchos escritores, estrechó el contacto entre novelista y lector, lo cual anima y refuerza muchos aspectos de la ficción victoriana, sobre todo el humor y la conciencia social. La fuerza de esta relación hace que las prohibiciones impuestas resulten comparativamente triviales en escritores como Dickens.[28]

Panorama de la narrativa inglesa a lo largo del siglo XIX

El reinado de la reina Victoria fue la Edad de Oro de la novela inglesa. Fueron varios los escritores cualificados para pretender la supremacía artística a base de méritos muy diferentes.[29] En los primeros años del reinado las novelas reflejan la confianza de la gente normal y corriente, más que las dudas y el abatimiento de los intelectuales. Nadie como Charles Dickens, el primer novelista de la época victoriana y su favorito, ha retratado en sus obras el paso que se vivió en la época: del exuberante optimismo al asco y la desesperación.[30] El sentido social, las esencias culturales producidas por el choque con esa realidad que llamamos vida, y los frutos del esfuerzo que los ingleses del siglo XIX hicieron para ser lo que tenían que ser, sí aparecen claramente en las obras de imaginación escritas por los novelistas de la época.[3] Pero como ninguna transformación de la vida deja de ir acompañada por el sufrimiento, tampoco se libró de él esta etapa, y la dirección de las energías y propósitos de los victorianos, por muy constructivos que fueran sobre todo en su aspecto externo, fomentó la agresividad y el afán de dominio, y supeditó el trabajo humano a fines no siempre honrosos.[3] Dickens fue el novelista que acusó con singular eficacia crítica las grietas y defectos del edificio aparentemente compacto de la sociedad victoriana.[3]

La variedad y el vigor excepcional de la novela inglesa de mediados del siglo XIX se debió al interés con que los escritores se aplicaron a dar forma artística a los modos de vida, distintos y cambiantes, de la sociedad en que vivían. Quizá sus obras no parezcan bien acabadas, debido a la costumbre generalizada de publicarlas por entregas; pero su espontaneidad creadora y su alcance son comparables a la explosión dramática del período isabelino.[31] Por primera vez en la historia, la novela se convierte en el género literario dominante en Inglaterra, y el hecho de que fuera el vehículo más adecuado para el estudio psicológico y sociológico de las realidades humanas atrajo a muchos de los grandes creadores de la época.[31]

Así pues, la época victoriana fue, sobre todo, la del auge y expansión de la novelística inglesa. Su mayor representante, y uno de los autores más célebres de la literatura universal, fue Charles Dickens, a cuyo nombre hay que sumar los de otros autores no menos destacados como William Thackeray, Anthony Trollope o George Eliot. Un brote original y diferenciado, más afín al temperamento romántico, surgió en las novelas de las hermanas Brontë. La novela social estuvo representada por Elizabeth Gaskell y Charles Kingsley, y la narrativa histórica por las obras del barón Edward Bulwer-Lytton, mientras que los novelistas más relevantes de los que intentaron prescindir de incidentes sensacionalistas, falsas emociones y convenciones melodramáticas para captar los tonos vitales que experimenta la gente normal en su vida más cotidiana fueron George Eliot y Anthony Trollope.[32]

Dickens y Thackeray fueron amigos personales, si prescindimos de una desgraciada incomprensión; los dos eran humoristas, sentimentales, reformadores y de la misma clase social: la clase media. Pero el humorismo de Thackeray se inclinaba a los juegos de ingenio, y el de Dickens a la farsa; el sentimentalismo de Thackeray estaba refrenado por su "cinismo", mientras que el de Dickens rebosaba; Thackeray usaba la ironía contra las cosas malas, pero Dickens enronquecía de gritarles; Thackeray puso en sus libros a gentes que conoció, pero Dickens descubrió al cockney.[33]

La Inglaterra del siglo XIX fue prolífica en mujeres novelistas, algunas de las cuales hicieron aportaciones de importancia cardinal para el arte.[34] Las hermanas Brontë con su interpretación de las pasiones, y George Eliot con su penetración psicológica, trajeron al arte dos factores nuevos que han seguido predominando.[34]

En la época también escribían figuras como Benjamin Disraeli, Frances Trollope, Harrison Ainsworth, Mrs. Oliphant, Wilkie Collins y muchos otros. Sus obras fueron publicadas y traducidas en toda Europa y en América y basta echar una ojeada a los periódicos europeos para ver con qué tristeza recogieron la muerte de Dickens y para comprobar, por tanto, el lugar tan especial que ocupaban los novelistas ingleses entre los lectores extranjeros y en la tradición que iba retoñando en Francia, Italia, España y sobre todo en Rusia.[35]

Narrativa humorística y humanitaria

Retrato de Charles Dickens (1859), obra del pintor inglés William Powell Frith.

Fuera de ciertas circunstancias biográficas, lo único indiscutible que se puede decir de Charles Dickens (1812-1870) es que era un hombre de genio.[36] Destacado ejemplo de novelista victoriano, Dickens no solo cultivó lo sentimental, sino lo humorístico, lo grotesco, lo sobrenatural y lo trágico.[36] Extraordinariamente popular en su día (todas sus obras gozaron de una notable difusión) gracias a unos personajes que cobraron vida propia más allá de las páginas de sus libros, al frescor y la cordialidad de su estilo, a la fuerza de sus descripciones y a su incomparable poder para crear personajes, situaciones y ambientes, Dickens sigue siendo uno de los autores más populares y leídos de todos los tiempos. Legó al mundo una galería de personajes, que, sin dejar de ser un tanto caricaturales, son imperecederos también.[36] Como escritor, trabajó diligente y prolíficamente para producir el tipo de literatura entretenida que el público de la época demandaba, pero también para ofrecer un análisis de los retos sociales de su tiempo, ocupándose en muchas de sus novelas de la difícil situación de los pobres y oprimidos. Byron, Scott y Wordsworth habían descubierto la belleza del mar y de las montañas; Dickens descubrió la emoción de los barrios humildes.[36] El arte de Dickens no consistía en retratar la vida como después hicieron con gran acierto Thackeray y Trollope, sino, como la vida misma, que nunca imita, en crear de nuevo.[37]

El arte de Dickens, el observador, el vigoroso poeta de la vida urbana del XIX, se basa en la habilidad con que el autor percibía lo extremo, lo grotesco, lo anormal.[38] Atrapaba acertadamente el espíritu esencial de la gente, de los lugares, de los ambientes; los elevaba y obligaba al lector a reconocer la infinita variedad y la riqueza de lo que veía. Por esta capacidad Dickens atrae a veces el desprecio de quienes piensan que solo sabe crear personajes planos, caricaturas.[38] Lo mismo que el resto de los grandes artistas, Dickens contemplaba el mundo como si se tratase de una experiencia enteramente nueva vista por vez primera, y poseía una extraordinaria versatilidad en el lenguaje, dominando desde la creación cómica hasta la gran elocuencia. Creó personajes y situaciones tan diversos como nunca había conseguido nadie desde Shakespeare e influyó de manera muy profunda en su público hasta el punto de que la concepción del mundo que encontramos en sus novelas ha pasado a formar parte de la tradición inglesa.[39] Junto a esto Dickens ofrece una aguda sensibilidad lingüística, para las implicaciones que subyacen a lo dicho, y por eso los diálogos resultan absolutamente reveladores.[38] No creó escuela, no tuvo sucesores. Resulta imposible ser como Dickens, igual que uno no puede copiar a Shakespeare.[38] Dickens marcó un antes y un después en la literatura inglesa: la posterior a su muerte (1870) es notablemente diferente de la producida en los inicios de la época victoriana.

Novela de aventuras y novela militar

Frederick Marryat (1792-1848), marino y novelista inglés, fue contemporáneo y amigo de Charles Dickens, y destacó por ser uno de los primeros autores de novelas de ambiente marinero. Sirvió en la Royal Navy durante un cuarto de siglo (1806-30), y cuando comenzó a escribir novelas volcó en su obra su madura experiencia y su irreprochable vivacidad.[40] Asentándose en su nueva profesión literaria, produjo con asombrosa rapidez[41] una trepidante sucesión de historias,[40] hasta alcanzar su más alta cota de habilidad constructiva en El perro diabólico (1837).[40] Marryat poseía un don admirable para la narrativa lúcida y directa, y un fondo inagotable de episodios, y de humor, en ocasiones rayano en la farsa.[40] Creó muchos personajes que adquirieron categoría entre las figuras características de la ficción inglesa.[40] Entre sus restantes obras están El buque fantasma (1839);[40] Poor Jack (1840); Joseph Rushbrook (1841); Percival Keene (1842); The Privateer's Man (El corsario, 1844); y Valerie (1849), inconclusa. Sus novelas constituyen un importante vínculo entre Smollett y Fielding, y Charles Dickens.[42]

Como escritor, Marryat ha sido juzgado de forma diversa, pero su lugar como narrador está asegurado. Extrajo de su experiencia profesional y de sus conocimientos el material para sus historias.[43] Marryat es el príncipe de los narradores del mar; su conocimiento del mar, su vigorosa definición de personajes y su humor campechano y honesto, si bien algo grueso, nunca dejan de complacer.[44]

Tras retirarse en 1827, el capitán de la Marina Frederick Chamier (1796-1870) se consagró a la profesión literaria.[45] Escribió varias novelas de temática náutica en la línea popularizada por Marryat,[46] que tuvieron en su momento una popularidad considerable, aunque actualmente casi han caído en el olvido.[45] Entre ellas cabe mencionar El «Aretusa» (1837), Jack Adams (1838), Tom Bowling (1841) y Jack Malcolm's Log (1846).[46]

Las aventuras del médico y novelista irlandés Charles James Lever (1806-1872) en el Trinity College de Dublín (1823-28) forman la base de la enorme reserva de anécdotas de la que se derivan las mejores cosechas de sus novelas. El inimitable Frank Webber en Charles O'Malley era Robert Boyle, un amigo irlandés de la universidad, posteriormente párroco.[47] Lever viajó a Canadá como cirujano no titulado en un barco de emigrantes, y se basó en algunas de sus experiencias para Con Cregan, Arthur O'Leary y Roland Cashel.[47] En febrero de 1837, tras diversas experiencias, comenzó a publicar Las confesiones de Harry Lorrequer en las páginas del recientemente fundado Dublin University Magazine[47] (publicación de la que posteriormente sería editor entre 1842 y 1845). Harry Lorrequer era meramente una sucesión de historias irlandesas y de otro tipo, buenas, malas y regulares, pero en su mayoría emocionantes.[47] Fue su primer y quizás su mayor éxito literario,[48] y la inmediata y gran aceptación que recibió decidieron a su autor a dedicarse a la literatura.[49] Lever nunca había tomado parte en una batalla, pero sus tres libros siguientes, Charles O'Malley,[50] que también apareció por vez primera en el Dublin Magazine en 1840;[48] Jack Hinton the Guardsman (1842) y Nuestro Tom Burke (1843), escritos bajo el estímulo de la extravagancia crónica propia del escritor, contienen algunas páginas militares espléndidas y algunos de los pasajes bélicos más vigorosos que se recuerdan.[50] Tom Burke resulta especialmente valiosa por su representación del entusiasmo suscitado por Napoleón I, y de la vida de los irlandeses exiliados en París.[51] Estas obras carecen de arte y casi de forma; la influencia de Maxwell[Nota 3] es claramente perceptible en ellas.[48] Pero las primeras novelas de Lever muestran sus mejores cualidades en su máxima expresión: su espíritu animal y su alegría jovial, su copioso y eficaz anecdotario, su poder de delineación vigorosa, aunque de ningún modo sutil, de los personajes dentro del alcance de su propia experiencia.[48]

Pintura datada en torno a 1835 que representa la batalla de Ponte Ferreira (22-23 de julio de 1832), obra de A. E. Hoffman, un oficial extranjero que luchó en la guerra civil portuguesa en el bando de Pedro, duque de Bragança.

En las páginas de Charles O'Malley, su libro más popular,[49] y de Tom Burke, una de sus novelas más características,[48] Lever anticipa no pocos de los mejores ecos de Marbot, Thiébault, Lejeune, Griois, Séruzier, Burgoyne y otros similares.[Nota 4] Se ha dicho que su narración de la batalla del Duero no tiene nada que envidiar a la de Napier.[50] Durante esos años apenas pasaba uno sin una contribución a la lista de sus joviales, frescas y divertidas historias.[49] No obstante, a causa de que su estilo era demasiado fácil de parodiar, la fama de Charles Lever sufrió un eclipse pasajero.[52]

Tras publicar Arthur O'Leary: sus andanzas y meditaciones en numerosos países (1844), Lever consideró que su "savia original" estaba agotada y decidió renovarla en el Continente.[50] Su siguiente obra importante, The O'Donoghue (1845), una novela ambientada en Killarney, debe su origen a unas vacaciones pasadas en dicha región; en la siguiente, El caballero de Gwynne (1847), uno de sus mejores libros, recurrió a la historia y se sirvió de los recuerdos contemporáneos de la Unión.[53] En Las confesiones de Con Cregan (1849), Roland Cashel (1850) y Maurice Tiernay (1855) aún encontramos vestigios de su antiguo estilo; pero estaba empezando a perder su originaria alegría compositiva.[50] La materia de Roland Cashel fue extraída en parte de sus vivencias en el continente,[54] y la novela ilustra de manera especial la transición de su estilo inicial al postrero.[54] Al igual que sus personajes de The Daltons (1852) o The Dodd Family Abroad (1853-54), viajó por todo el continente, de Karlsruhe a Como, de Como a Florencia, de Florencia a las termas de Lucca y así sucesivamente.[50] La familia Dodd en el extranjero es un cuadro de la vida inglesa en el continente en el que el autor aparece más a la luz de un humorista reflexivo que antes.[54] En Florencia escribió The Martins of Cro' Martin (1856), un excelente cuadro de la vida en el oeste de Irlanda.[54] Se puede decir que estas obras marcan la culminación de Lever como novelista.[54] Continuaría escribiendo novelas hasta el final de su vida.[49] Desde 1857 residió consecutivamente en La Spezia y Trieste. Sus principales creaciones literarias durante su estancia allí fueron: The Fortunes of Glencore (Las andanzas de Glencore, 1857); Davenport Dunn (1859); One of them (Uno de ellos, 1861); Barrington (1862); Tony Butler (1865); A Campaigner at Home (1865); Luttrell of Arran (1865); Sir Brooke Fosbrooke (1866), su favorita entre sus novelas, si bien no muy popular;[54] Los Bramleigh de Bishop's Folly (1868) y Lord Kilgobbin (1872).[49]

Lever era un narrador nato.[50] Con escaso respeto por la unidad de acción o por la estructura novelística convencional, sus libros más brillantes, como Harry Lorrequer, Charles O'Malley y Tom Burke, son en realidad poco más que un recital de escenas de la vida de un "héroe" en particular, sin interconexión alguna mediante una trama continuada.[50] Con todo, sus descuidados esbozos contienen creaciones tan evocadoras como Frank Webber, el mayor Monsoon y Micky Free, «el Sam Weller de Irlanda». Falstaff es único en la literatura universal; pero si alguna vez llegó a haber otro Falstaff después de aquel, ese fue Monsoon.[50] Los críticos podrán elogiar a voluntad las reflexivas y esmeradas novelas posteriores de Lever, pero Charles O'Malley siempre será el arquetipo de la novela militar.[50]

Sus escritos más tempranos y populares difícilmente pueden calificarse como literatura, aunque su vigor y su alegría, y las excelentes anécdotas y enérgicas canciones intercaladas en ellos, los harán siempre atractivos. Está casi desprovisto de inventiva o imaginación, sus personajes son generalmente trasuntos de la vida, y sus historias incidentales narradas de segunda mano. En un período posterior de su carrera, atendería en cierta medida las demandas del arte y manifestaría una mayor pericia como escritor, con menor perjuicio a su naturaleza de humorista, de lo que cabría esperar. El punto de inflexión lo marca Roland Cashel, pero en Glencore ensayó de manera deliberada por primera vez el análisis de caracteres.[51]

La carencia de habilidad artística de Lever y de comprensión de los rasgos más profundos del carácter irlandés han obstaculizado su reputación entre los críticos.[50] Lever ha hecho mucho para perpetuar los errores comunes con respecto al carácter irlandés; no se trata de que los tipos que describe sean irreales, pero están lejos de ser universales o siquiera generalizados.[51] Sus joviales pinturas de la sociedad irlandesa, despreocupada y aficionada a beber, no pueden quedar en el limbo, aunque muchas veces el lector no vaya más allá de Las confesiones de Harry Lorrequer.[52]

El escocés James Grant (1822-1887) llegó a ser un hábil delineante, pero otros gustos ―literarios― afloraron por sí mismos, y entonces se dedicó a escribir novelas, convirtiéndose rápidamente en un escritor sumamente prolífico.[55] Escribió más de 50 novelas en un estilo enérgico y vivaz;[56] sus historias, plenas de vivacidad y sucesos,[57] se ocupan principalmente de escenas y personajes militares.[57] Su primera y en ciertos aspectos mejor novela, The Romance of War, apareció en 1845. Debía su origen a las numerosas anécdotas de la guerra hispano-francesa, que le habían sido relatadas por su padre, y describía las aventuras de los Gordon Highlanders en la Península.[55] La vívida descripción de batallas le reportaría rápidamente a la novela unas enormes ventas. Pronto llegaría una secuela titulada The Highlanders in Belgium [Los Highlanders en Bélgica]. Después vendría The Adventures of an Aide-de-Camp [Las aventuras de un ayudante de campo], cuya popularidad igualó a la de su primera novela. The Yellow Frigate [La fragata amarilla], Bothwell, Jane Seton y muchas más tuvieron éxito, y a partir de ese momento hasta su muerte nunca pasaría un año sin que fueran publicadas una, a menudo dos, e incluso tres novelas.[58] Otros títulos destacados: Frank Hilton; or, The Queen's Own [Frank Hilton, o propiedad de la Reina] (1855); The Phantom Regiment [El regimiento fantasma] y Harry Ogilvie (1856); Lucy Arden (1858); The White Cockade [La escarapela blanca] (1867); Only an Ensign [Solamente un alférez] (1871).[57] En total escribió unas cincuenta y seis novelas. Una rápida sucesión de episodios, un estilo muy vivaz, y unos diálogos que raramente decaen caracterizan todas ellas. Las que tratan la historia de Escocia incorporan una labor de investigación considerable, son de un estilo vigoroso y pintoresco, y expresan mucha simpatía hacia el temerario arrojo, la lealtad y la hombría de los héroes escoceses y fronterizos.[59]

Novela histórica

Son innumerables los seguidores que tuvo Walter Scott por la novela histórica, y entre ellos se incluyen Bulwer-Lytton, Dickens, Thackeray, Reade y George Eliot.[60]

Novela realista

La novela victoriana de carácter realista deriva de Richardson, Fielding y Jane Austen, sobre todo de los dos últimos, y en su primera etapa está representada por Thackeray y Trollope, novelistas tan notables, que en ciertos aspectos se pueden alinear con Dickens.[61]

A finales de los cuarenta aparecieron nuevos autores que no se parecían en nada a Dickens, pero que también merecen lugares destacados: Thackeray, las Brontë y Mrs. Gaskell. De todos ellos Thackeray es quien más unido suele ir a Dickens y a finales de siglo el público más educado solía aclamarle como gran maestro. Sin embargo, esta idea se ha desvanecido.[62] En general este autor ha pasado a la historia como creador de Vanity Fair (La feria de las vanidades) y poco más, lo cual puede que sea razonablemente justo.[62]

Novela de tesis y novela filosófica

Charlotte Mary Yonge (1823-1901), perteneciente a una familia extraordinariamente religiosa y devota de la Iglesia cristiana de Inglaterra, se propuso expresar sus ideas religiosas en forma novelada.[63] Yonge estuvo entre los escritores más prolíficos de la época victoriana:[64] publicó durante su larga vida alrededor de un centenar de obras, principalmente novelas, interesantes y bien escritas, bajo la influencia de la High Church.[65] Su primer éxito sobresaliente lo consiguió con The Heir of Redclyffe (El heredero de Redclyffe, 1853), que gozó de una muy buena aceptación.[64] El libro satisfizo perfectamente el fervor religioso de la época, y su tendencia al autoanálisis. Alcanzaría su vigésima segunda edición en 1876, y fue reeditado en incontables ocasiones.[66] A esta siguieron otras narraciones orientadas en el mismo sentido:[63] Heartsease (Viola tricolor, 1854) y The Daisy Chain (La guirnalda de margaritas, 1856), que fueron acogidas con especial efusividad.[66] Otras historias moldeadas de modo similar fueron Dynevor Terrace (1857); The Trial: more Links of the Daisy Chain (1864); The Clever Woman of the Family (1865); The Pillars of the House (1873) y Magnum Bonum (1879).[66] Gracias a su firme dominio de los personajes y a su comprensión de los detalles de la vida doméstica, las ficciones de Miss Yonge atrajeron a variados círculos de lectores.[66]

Retrato de George Eliot a la edad de treinta años, obra del pintor suizo Alexandre-Louis-François d'Albert-Durade (1804-1886).

De todas las novelistas del siglo XIX, George Eliot (Mary Ann Evans, 1819-1880) fue, sin duda, la más ilustrada, y la más adulta por lo que se refiere a sus obras.[67] La obra de esta mujer tiene cierta calidad shakespeariana. George Eliot resolvió el problema que había desconcertado a Cervantes: el de narrar un asunto largo sin acudir a cosas ajenas al mismo y sin aburrir.[68] Con Eliot la unidad del asunto y la cohesión del mismo se convirtieron en los rasgos principales de la construcción novelesca. Trabaja partiendo de los caracteres.[68] En sus novelas más sociales, Eliot seguiría otro rumbo distinto al realismo; aseguradas las conquistas de las hermanas Brontë y de Elizabeth Gaskell, se basará en el positivismo de Comte y tratará de convertir la novela en un fiel estudio de la vida y en un análisis lo más completo posible de las reacciones psicológicas y de las motivaciones humanas.[69] Describió sobre todo la Inglaterra de los pequeños propietarios, que estaba a punto de desaparecer por la absorción que de los campesinos hizo la ciudad, y por el paso de la pequeña propiedad a los grandes industriales.[70] En contacto con prohombres como John Chapman,[Nota 5] Herbert Spencer y especialmente George Henry Lewes, bajo la influencia de sus lecturas, y dotada de un temperamento similar, George Eliot difícilmente podía orientarse en otro género de novela que no fuera el filosófico.[71]

Su producción novelística se divide en dos etapas condicionadas, hasta cierto punto, por el predominio de las experiencias vividas, vertebradas por la inspiración, la primera, y por la observación metódica, la profundización del carácter de los personajes y el análisis filosófico de la vida, la segunda.[72] Las obras del primer ciclo son cuatro, y vienen a ilustrar su positivismo en un aspecto psicológico y profundamente ético, en un marco campestre o de pequeñas comunidades rurales.[72]

No fue sino hasta que frisaba ya los cuarenta cuando la escritora parece haber descubierto la verdadera naturaleza de su genio; porque no fue hasta 1857 cuando Los infortunios del reverendo Amos Barton apareció en el Blackwood's Magazine, anunciando el surgimiento de un nuevo escritor de singular energía.[73] Esta novela corta supuso el primer trabajo literario de Evans. La misma revista publicó también las otras dos novelitas que, junto con Amos Barton (sin duda, la mejor del conjunto), componían las Escenas de la vida clerical (1857-58), que alcanzaron un éxito inmediato. En ciertos aspectos, las Escenas de la vida clerical nunca fueron superadas por la autora. Su poderío no forzado, su patetismo y la comprensiva apreciación de la vida a la antigua usanza por parte de un gran intelecto les otorgan un encanto singular.[74] Este fue el inicio de un ciclo de cuatro años (1858-61) en el que la escritora compuso cuatro de sus mejores obras. Tras ese primer éxito, George Eliot comenzó a trabajar en su primera obra extensa, Adam Bede (1859), novela de ambiente rural en la que la escritora pone de relieve toda su capacidad creadora. Es una novela de seducción, crimen y remordimiento, cuyas consecuencias sufren tanto los culpables como los inocentes.[75] Adam Bede, a juicio de muchos la obra maestra de George Eliot,[76] fue recibida con un aplauso unánime,[74] y situó de inmediato a su autora en primera fila de la literatura contemporánea.[74]

La plenitud creativa de Eliot continuó en la novela rural Silas Marner (1860-61), que señaló el final de su primer período literario,[74] y que supone quizás el más artísticamente elaborado de sus libros,[73] y, sin duda, la mejor y más equilibrada obra de este primer período, que revela la culminación de las posibilidades creadoras de la novelista.[77] Silas Marner muestra un retorno a su estilo primigenio ―el estilo de las Escenas de la vida clerical―.[76] Aunque en el espacio y el tiempo su argumento esté situado en una pequeña comunidad rural y a principios del siglo XIX, la obra recoge, dentro de las posibilidades artísticas del género, las direcciones más importantes de la problemática de la época.[77]

En general, en sus novelas hay mucho pensamiento y honda crítica de la vida, a veces incluso directa. Su peculiar facultad de novelista consiste en el profundo substrato de pensamiento moderno y psicología teórica que posee, y el íntimo conocimiento de una gran variedad de aspectos de la naturaleza humana.[72] También hay algo de shakespeariano en su objetividad. La autora revela más parcialidad en Silas Marner que en Adam Bede, quizás porque el primero de estos libros es una exposición más directa de su credo positivista.[78] Es característico de ella que sus retratos de personajes masculinos y femeninos no presenten ninguna inclinación sexual:[78] sus personajes no ofrecían ninguna pista para conjeturar su sexo. La veracidad de esos personajes está garantizada con frecuencia por el lugar que tuvieron en su vida.[78] Rasgo específicamente femenino de su obra son los tipos de mujeres con una misión que cumplir; tal es la dulce Dinah Morris de Adam Bede, cuya vocación para ayudar a los pobres enfermos y predicar en sentido metodista tuvo realidad histórica.[79] Su visión general de la vida es pesimista, aliviada por una capacidad para extraer los elementos jocosos de la estupidez y el mal proceder humanos. También hay, sin embargo, mucha seriedad en su tratamiento de las fases de la vida, y pocos escritores han mostrado con mayor poder el endurecimiento y los efectos degradantes que conlleva la insistencia en malas conductas, o las inevitables e irreparables consecuencias de una mala acción.[73] Es indiscutible que con su fuerza intelectual, su capacidad creadora de caracteres y de plasmación artística de la realidad en sus distintas manifestaciones, George Eliot contribuyó a proporcionar a la novela inglesa madurez de contenidos y una dinámica ideológica de alta calidad, que repercutió en novelistas[63] posteriores. De todos los autores ingleses del XIX sería ella, sin duda, la que más se aproximaría a la literatura de Balzac. Leyendo la obra de George Eliot, se es consciente del deseo de la autora por aumentar las posibilidades de la novela como forma de expresión: le gustaba incluir temas nuevos y penetrar en el personaje con una mayor profundidad.[80]

George Meredith (1828-1909) causó poca impresión en la masa general de lectores, no porque tuviese una doctrina excesivamente difícil para ellos, sino a causa del preciosismo de su estilo y método.[81] En consecuencia, su fama fue disminuyendo progresivamente a lo largo de los años debido a la complejidad de sus novelas. Se interesó profundamente por revelar el alma del hombre y la mujer en el marco psicológico, filosófico, científico y moral de su tiempo.[82] Como se ha dicho al referirse a su obra poética, Meredith entiende que las tendencias evolucionistas de la naturaleza tienen un desarrollo paralelo en el plano espiritual; de modo que, para él, la evolución física carecería de sentido si no implicara una evolución del espíritu.[83] Su realismo idealista tiene un sustrato romántico, y su filosofía tiende a reconciliar el pensamiento científico positivista con un idealismo humanista, que para él era lo único que justificaba el vivir.[83] Su defensa de los derechos y de la emancipación de la mujer, y el respeto por su dignidad e inteligencia, emanaban de su idea de que la mujer, formada intelectual y moralmente podría contribuir eficacísimamente en la superación de la raza humana.[83]

Meredith es hombre de temperamento individualista y aun excéntrico, y como novelista no se le puede relacionar con sus antecesores. Si Dickens, Thackeray y Trollope enmarcaban sus novelas más o menos en la sociedad de su tiempo, Meredith las encierra en un sentimiento de casta casi feudal, y describe ambientes y expresa emociones muy personales en forma sumamente intelectualizada y estilo muy exigente.[83] Su estilo se va haciendo increíblemente artificioso a medida que avanzamos desde La prueba de Richard Feverel hasta Diana de las encrucijadas, pasando por El egoísta.[84] Las novelas destacadas del primer período de su producción ―The Ordeal of Richard Feverel (1859); Evan Harrington (1860-62); Emilia in England (1864) y su secuela, Vittoria (1866); Rhoda Fleming (1865) y The Adventures of Harry Richmond (1870-71)― analizan los años de formación y aprendizaje en la vida de distintos jóvenes de familias acomodadas o, en el caso de Rhoda Fleming, pertenecientes a la clase rural trabajadora. El viejo tema de padres e hijos proporcionó el asunto de La prueba de Richard Feverel, libro que, por ser el primero que ofrece ya plenamente la manera de Meredith, pero libre aún de ingeniosidad excesiva, algunos críticos consideran el mejor de los suyos.[85] Con esta novela Meredith abandonó el reino de la fantasía por el del estudio filosófico y psicológico de la naturaleza humana.[86] El tema esencial de esta sutil crítica de la vida es la cuestión de la educación de un muchacho. Describe el fallido empeño de un padre orgulloso y obstinado, aferrado a las teorías y a los preceptos, por llevar a su hijo a un estado perfecto de hombría a través de un "sistema" que controla todas sus circunstancias precoces y reprime muchos de los instintos e impulsos naturales y saludables de la adolescencia. Las escenas amorosas en Richard Feverel resultan gloriosamente naturales y llenas de vitalidad.[86] La idea principal del libro, la victimización del héroe príncipe de las hadas por un indulgente sistema educativo paterno, fue sugerida por el famoso artículo de Herbert Spencer en la British Quarterly Review (abril de 1858), con toques ocasionales de Tristram Shandy, Émile y la más reciente The Caxtons.[Nota 6][87] Pero su poderío fue escasamente reconocido.[87]

El 11 de febrero de 1860 comenzó la publicación por entregas de la segunda de sus novelas de la vida moderna,[86] Evan Harrington, or He would be a Gentleman, que estaba ilustrada por Charles Keene.[Nota 7][87] Novela hasta cierto punto autobiográfica, describe el esfuerzo que a veces ciertas personas hacen en la vida por ocultar su origen humilde, y contiene una trama ricamente humorística ―espléndidamente caricaturesca, en su formato no revisado―, con algunos magníficos estudios de caracteres.[86] Evan Harrington es la más realista, y tal vez la más entretenida en general, de todas las novelas de Meredith. Describe con tono sardónico los frenéticos intentos de las hermanas de Evan[87] de escapar del Demogorgon de Tailordom.[Nota 8] El espíritu de «Great Mel», que muere antes de que comience la acción, impregna el libro.[87] En abril de 1864 sacó a la luz Emilia in England (posteriormente rebautizada como Sandra Belloni), la única historia a la que proporcionaría una secuela (Vittoria, 1866). La pasión de Emilia por Italia conforma el tema central del conjunto. Su figura, la más bella y elaborada que el autor había retratado, domina las dos novelas.[88] Meredith formula por vez primera su filosofía anti-sentimental y su creciente creencia en la llama purificadora del espíritu cómico. La recepción del libro fue, sin embargo, pobre.[88] Vittoria (o Emilia in Italy), publicada en The Fortnightly Review en 1866, y en formato de libro en 1867, es una secuela de Emilia in England.[86] Esta novela de la Revolución de 1848-49, posee una compleja trama en la que figuran Carlos Alberto, Mazzini y otros personajes históricos.[89] En el momento de su publicación el estilo del libro fue discutido por tratarse de prosa intentando ser poesía, y el autor fue advertido de estar perjudicándose a sí mismo por la carga extra que suponía tratar de novelar la historia.[89]

Siguió poco después su poderosa historia Rhoda Fleming (1865).[86] Se trata de un estudio psicológico de las vicisitudes con que dos hermanas se encuentran en la vida hasta alcanzar cierta estabilidad. Rhoda Fleming es, comparativamente hablando, una historia simple, principalmente acerca del amor, y se refiere ante todo a personas de vida humilde. Meredith intenta la delicada tarea de describir la pureza innata de una mujer después de un desliz moral.[89] Durante 1869 y 1870 se mantuvo ocupado en la gran novela en primera persona The Adventures of Harry Richmond [Las aventuras de Harry Richmond].[90] La primera parte fue publicada por entregas en The Cornhill Magazine en septiembre de 1870.[90] Trata también del interés por ascender en la escala social. El tema de padre-hijo de [Richard] Feverel es reanimado en una atmósfera en ocasiones "deslumbrantemente" operística.[90] Ninguno de los libros del autor rivaliza con éste en inventiva.[90]

La fama que la escocesa Margaret Oliphant (1828-1897) se ganó con sus primeras obras (véase el artículo sobre «Novela realista en lengua inglesa») se vería muy incrementada por el éxito de su serie de cuatro novelas, titulada Las crónicas de Carlingford, tres de las cuales fueron publicadas de forma anónima en el Blackwood's Magazine[91] (1862-65). La primera fue La capilla de Salem (en 2 volúmenes); y fue seguida por El rector y la familia del doctor (1863), El coadjutor vitalicio (1864) y Miss Marjoribanks (1866). La última de la serie fue publicada en 1876, y se titulaba Phoebe Junior: última crónica de Carlingford. Con frecuencia fueron tomadas como obras de George Eliot, y aunque los críticos más perspicaces nunca cayeron en este error, la semejanza superficial es muy marcada. Los personajes hablan y se comportan muy a la manera de George Eliot, y con no menos consistencia y fidelidad hacia la naturaleza, pero la mentalidad que hay tras ellos es de un calibre intelectual manifiestamente menor.[91]

Al separarse de su esposo, Eliza Lynn Linton (1822-1898) retomó su actividad literaria, que había tenido aparcada durante varios años, adoptando un estilo totalmente diferente al de sus primeras obras. Tras haberse mostrado anteriormente romántica e imaginativa, ahora demostraba que la experiencia del mundo había hecho de ella una escritora muy lúcida y práctica, excelente en sus construcciones, vigorosa en su estilo, completamente capacitada para satisfacer las demandas del lector de novelas medio, pero despojada del resplandeciente entusiasmo que había empapado sus obras anteriores. Hubo, no obstante, dos notables excepciones a las manifestaciones generalmente mecánicas de su talento. Joshua Davidson, que fue publicada en 1872 y alcanzaría seis ediciones en dos años, es una osada pero en modo alguno irreverente adaptación del relato de los evangelios a las circunstancias de la vida moderna, situando la antítesis entre el sentimiento humano y "la supervivencia del más apto" bajo un foco que llamaba la atención y con una fuerza que movía irresistiblemente a la reflexión. Su otro libro notable, la Autobiografía de Christopher Kirkland (1885),[92] es en gran medida su propia autobiografía, curiosamente invertida por su asunción de un personaje masculino, y, aparte del interés de la narración misma, esta extraña metamorfosis, una vez percibida, es una fuente de entretenimiento continuo.[92]

Narrativa de terror, suspense y temática sobrenatural

La carrera del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873) como narrador se circunscribe casi por completo a la época de su retiro[93] (desde 1858, fecha en la que enviudó). Le Fanu destacó en la narrativa gótica y de terror y suspense, y está considerado el padre del cuento de fantasmas victoriano y uno de los mejores autores de la narrativa fantástica del siglo XIX.[94] Escribió algunas inteligentes novelas, de un nivel sensacional, en las que da rienda suelta a su vigorosa imaginación y a su pasión irlandesa por lo sobrenatural.[95] Compaginó sus actividades periodísticas con la literatura.[94] En el Dublin University Magazine publicó, entre 1838 y 1840, sus doce primeros relatos, entre ellos su primer cuento de fantasmas, El fantasma y el ensalmador (1838).[Nota 9] Su especialidad era el efectismo para sorprender y sobresaltar al lector y su capacidad para dejar en el aire los detalles más importantes de la historia, buscando así conservar el halo de lo inexplicable y misterioso.[cita requerida] Trató de evitar que lo sobrenatural fuera demasiado evidente en sus relatos, prefiriendo que apareciera en la mayoría de los casos como algo sutil e implícito, e incluso racionalmente explicable (así sucede, por ejemplo, en su novela corta Té verde).[cita requerida] Para sus relatos casi siempre se inspiró en el folclore irlandés.[cita requerida] Entre sus primeras obras cabe destacar la novela corta de ambientación típicamente gótica Spalatro (1843), que Le Fanu publicó como anónima y cuya autoría solo sería tardíamente reconocida a finales del siglo pasado. Fue autor, además, de numerosos relatos publicados en revistas y de otras novelas como Wylder's Hand (1864), Guy Deverell (1865), The Wyvern Mystery (1869), The Rose and the Key (1871) y Willing to Die (1873),[94] su última obra. Pero, sobre todas ellas, sus grandes obras fueron: Tío Silas (1864), novela de misterio y horror macabro, y En un vidrio misterioso (1872), un volumen que incluía los que pasan por ser sus mejores relatos de terror: Té verde, La habitación del dragón volador y la novela corta Carmilla, precursora del género de historias de vampiros, que influiría notablemente en el Drácula de Bram Stoker.[cita requerida] Tío Silas, en muchos aspectos su obra más poderosa y original, confirmó su reputación en 1864, y entre esa fecha y la de su muerte, nueve años más tarde, publicaría doce volúmenes más de ficción.[93] Aparte de Carmilla, las obras de Le Fanu influyeron notablemente en autores posteriores, como M. R. James,[cita requerida] y, por lo general, todas ellas se distinguen por su hábil construcción, una trama ingeniosa, y por su poderío en la presentación de lo misterioso y sobrenatural.[96] La obra de Le Fanu ―refinada, ya despojada de los trucos fáciles y ruidosos de la degradada ficción gótica de las primeras décadas del XIX― marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana: aunque muchos de sus argumentos recuperan el manido tema de la doncella atrapada en las garras de un pérfido villano, se trasladan ahora a los ambientes contemporáneos, provocando un curioso contraste entre lo arcaizante de las tramas y la modernidad de los escenarios. Precisamente, esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del género fantástico posterior.[94]

Entre los modernos novelistas irlandeses iguala a Lever en popularidad, y, si es inferior a éste en vigor narrativo, le supera en poder imaginativo. Lo sobrenatural poseía un poderoso encanto para él, probablemente intensificado por la melancolía de su vida postrera, y este rasgo proporciona a sus novelas un efecto que recuerda algunas características de Hawthorne. En la ingeniosidad de sus tramas rivaliza con Wilkie Collins.[93]

Catherine Crowe (¿1800?-1876), novelista y escritora sobre temas sobrenaturales,[97] fue una mujer de brillante intelecto que se codeó sin complejos con los mejores sabios europeos de todas las disciplinas a la hora de cotejar experiencias y conocimientos.[98] Sus creencias ocultistas no excluían ni la razón ni a Dios, como tampoco el sentido de la oportunidad comercial.[98] Crowe debe su fama a su obra The Night-Side of Nature; or, Ghosts and Ghost-seers (El lado nocturno de la naturaleza; o Fantasmas y sus testigos), que es, sin lugar a dudas, uno de los grandes clásicos de la literatura esotérica del mundo anglosajón. Publicado en 1848, en dos volúmenes, por George Routledge & Sons, a lo largo de más de 500 páginas su autora conjuga elementos estilísticos propios de la narrativa gótica, tan popular en la época, con reflexiones de corte científico, filosófico y espiritista; recopila los elementos más misteriosos e inquietantes del folclore popular en torno a sucesos terroríficos y/o extraños, y los contrasta con fenómenos paranormales auténticos, extrayendo en la operación interesantes conclusiones sobre la existencia real de un mundo espiritual, trascendente, no físico, capaz de dar un nuevo sentido a la vida humana. Por todo ello, no es nada gratuito afirmar que The Night-Side of Nature es uno de los textos más influyentes en el nacimiento de la moderna parapsicología. Sus páginas recogen, con afán enciclopedista, numerosos casos de clarividencia, telepatía, premoniciones, poltergeist, apariciones espectrales, casas encantadas, Doppelgängers, sueños premonitorios y telequinesis, sin olvidar los poderes mentales que intervienen en las sorprendentes prácticas de un faquir, y subraya el importante papel que desempeña la autosugestión en la aparición de estigmas, sin intervención sobrenatural alguna.[99] Se trata de una de las mejores colecciones de relatos sobrenaturales[97] en lengua inglesa, y la energía de las creencias de la propia autora aporta animación a su narrativa. Desde cualquier otro punto de vista posee escaso valor, resultando excesivamente crédula y acrítica.[97] La fascinación por The Night-Side of Nature en sucesivas generaciones de espiritistas, teósofos y ocultistas fue tremenda.[98] Por medio de esta obra, Crowe dio carácter «hermenéutico» a incidentes considerados hasta ese momento como pura fantasía.[98]

En esta misma línea hallamos la recopilación de relatos de fantasmas Ghost Stories and Family Legends (1859), en cuya preparación intervinieron de manera indirecta los amigos de la escritora, quienes le contaron historias espectrales «verídicas» ―lo que hoy llamaríamos leyendas urbanas― y sucesos folclóricos relacionados con el retorno de los muertos al mundo de los vivos.[100]

Resulta notable que la inventiva de Elizabeth Gaskell (1810-1865) se mostrara muy atraída por todo lo relativo a lo sobrenatural, a través de cuyos límites se aventuró en más de uno de sus escritos menores ―por ejemplo, My Lady Ludlow (1858), The Poor Clare (La clarisa pobre, 1856) o The Old Nurse's Story (Historia de la vieja niñera, 1852)―.[101] En 1859, bajo el título de Round the Sofa, recopiló muchas de sus contribuciones a publicaciones periódicas. Round the Sofa apareció en dos volúmenes, conteniendo el primero únicamente My Lady Ludlow, y el segundo cinco relatos breves. Estos relatos reaparecerían el mismo año en un volumen, como My Lady Ludlow and Other Tales.[102] Otros títulos de Gaskell en este género: Disappearances (Desapariciones, 1851); The Squire's Story (La historia del caballero, 1853); The Doom of the Griffiths (La maldición de los Griffith, 1858); Lois the Witch (La bruja Lois) y The Crooked Branch (La rama torcida) (ambos de 1859); y The Grey Woman (La mujer gris, 1861).

Novela social y novela política

En el período que va de 1830 a 1850, el problema político y social inglés cobra grandes proporciones.[103] En estas circunstancias aparece la novela interesada por la condición social de la Inglaterra de este período. Surge como transformación y ampliación de la novela histórica, y es histórica hasta cierto punto, ya que responde a motivaciones político-sociales.[104]

Catherine Crowe escribió en 1841 su obra de ficción más exitosa,[97] Adventures of Susan Hopley; or, Circumstantial Evidence. Sus novelas son una mezcla curiosa y nada desagradable de imaginación y hechos reales. La ingeniosidad de las tramas y la naturaleza romántica de los sucesos contrastan vigorosamente con el carácter prosaico de los personajes y la desapasionada sencillez del lenguaje.[97]

La acometida más fuerte contra el nuevo industrialismo y la denuncia del empobrecimiento por él ocasionado no vinieron, como pudiera suponerse, del lado revolucionario, sino del conservador. Y el eficaz crítico de esta situación fue Benjamin Disraeli (1804-1881),[104] cuya reputación como personaje político esencial (llegó a ser primer ministro del Reino Unido en 1868 y entre 1874 y 1880) oscureció en cierta medida su faceta literaria. Brillo, inteligencia y temas políticos mantienen vivas sus novelas.[52]

Tras siete años (1837-44) dedicado de lleno a la labor parlamentaria, Disraeli comenzó su período literario más fructífero. Lo más importante de su producción literaria lo constituyen las novelas de su famosa trilogía de la «Young England» («Joven Inglaterra»), exposición clara de su idealismo político: Coningsby, o la nueva generación (1844), ambientada en los acontecimientos políticos ocurridos entre la promulgación de la Ley de Reforma de la Representación Parlamentaria (1832) y la caída del primer ministro Lord Melbourne (1841); Sybil, o las dos naciones (1845), novela de ambientación realista y tono romántico centrada en denunciar la miseria y las degradantes condiciones en que vivían los desheredados de la Inglaterra victoriana; y Tancred, o la nueva cruzada (1847), en la que el autor aborda la cuestión de las relaciones entre la religión y el Estado. Estas novelas presentan, en forma articulada y artística, un programa político para la solución de los problemas de Inglaterra, consistente en un conservadurismo reformado[105] y en una nueva concepción de la nacionalidad.[106] En 1845, una controversia política disolvió la facción de la Joven Inglaterra; pero su espíritu sobrevivió y pervive aún en las páginas de Coningsby y Sybil.[107] Estas obras fueron publicadas justo antes de la derogación de las Corn Laws, y mientras el Partido Conservador aparentemente se mantenía intacto. La sensación que causaron fue enorme, y perdurable el efecto que produjeron. Los puntos de vista políticos expuestos en estas célebres novelas ya habían sido abordados en la Vindicación de la Constitución británica, pero entonces suscitaron escasa atención; y tal vez por esta razón el autor decidió refundirlos en forma de ficción. La esencia y el meollo de la teoría que exponían consistían en que desde 1688 hasta 1832 el gobierno del país había sido una oligarquía cerrada, "la constitución veneciana", y que por la Ley de Reforma de 1832 la corona, habiendo quedado liberada de las conexiones aristocráticas que habían usurpado sus prerrogativas, podría quizá estar destinada a recuperar parte de sus poderes suspendidos, y que en esto podría residir la mejor solución a muchas de las dificultades actuales[107] de la nación británica.

Lo que Coningsby había hecho hasta cierto punto por el campesinado inglés al llamar la atención sobre sus derechos ancestrales, y en la medida en que habían sido invadidos por la nueva «ley de pobres»,[Nota 10] lo hizo Sybil de manera mucho más eficaz tanto para el campesinado como para los artesanos.[108] Cuando fue escrita Sybil, finalizaba un largo periodo histórico en Inglaterra, comenzaba una nueva era; y ningún ojo vio tan claramente como los de Disraeli la muerte del viejo periodo, el nacimiento del nuevo, o cuáles y cuán grandes serían sus diferencias.[109] Sybil estaba basada en las experiencias del sistema fabril que Disraeli adquirió durante un viaje por el norte de Inglaterra en 1844.[108] Los cuadros gráficos de la miseria y la sordidez de la población fabril, que infunden a sus páginas un interés dramático tan vívido, dieron un poderoso impulso a la causa de la reforma fabril iniciada en primer lugar por Mr. Sadler[Nota 11] y posteriormente llevada adelante por Lord Ashley.[108] Los hechos en ella expuestos, y la interpretación de Disraeli de los mismos ―un prodigio de crítica perspicaz y profética― abrieron los ojos, despertaron conciencias y condujeron directamente a numerosas reformas.[109] En Sybil, la Iglesia desempeña el papel que en Coningsby es desempeñado por la corona.[108] En ambas novelas, las tramas están hábilmente construidas, los personajes admirablemente delineados y el estilo en los pasajes más coloquiales y humorísticos es fresco, vivo y picante.[110] La trama de Coningsby es quizás la mejor de todas, pero tanto en esta historia como en la que vendría inmediatamente después tenemos un desfile de personajes que habrían subsanado ampliamente la peor trama que jamás se haya construido.[110] Con la publicación de Tancred (1847) Disraeli se despidió de la ficción durante un cuarto de siglo.[108]

Las dos novelas de sus últimos años son Lothair (1870) y Endymion (1880).[111] Lothair, también de carácter biográfico, contiene muchas referencias a la política y a la religión, aunque no propone, como Coningsby, por ejemplo, un programa político concreto.[111] Diez años después de Lothair apareció Endymion, su novela postrera. Es una mezcla de fantasía y realidad; relata la vida de aventuras amorosas y éxitos sociales del protagonista, que consigue triunfar influido por admirables mujeres que se identifican con sus ideales e intereses.[111]

Que Beaconsfield, de no haber renunciado a la literatura por la política, podría haber igualado la fama de algunos de los más grandes escritores ingleses, es una opinión que ha sido expresada por críticos muy competentes e imparciales.[112] Como escritor, Disraeli resulta generalmente interesante, y sus libros están repletos de ideas llamativas, perspicaces máximas y frases brillantes que se quedan grabadas en la memoria. Por otro lado, a menudo resulta artificial, extravagante y ampuloso, y su posición literaria definitiva resulta difícil de predecir.[113]

Charles Dickens odiaba el sistema social en el que había nacido,[114] y en muchas de sus novelas se proponía atacar la corrupción de su época. Sin embargo, esa misma época le exigiría su tributo al imponerle que, si quería que sus novelas fuesen populares, debían respetar las convenciones de la clase media en lo referente a moralidad y a vocabulario.[114]

La ciudad de Mánchester en 1840 (grabado del ilustrador Percy William Justyne). La acción de Mary Barton, primera novela de Elizabeth Gaskell, se desarrolla en esta ciudad industrial en los años 1839-42.

Elizabeth Gaskell se casó con un pastor unitario de Mánchester, una de las zonas de mayor miseria e inestabilidad de la Inglaterra industrial.[115] Ella y su marido idearon una especie de crónica de la crueldad del sistema industrial sobre las clases humildes de la ciudad de Mánchester, siguiendo la tendencia realista de George Crabbe. Este proyecto cuajó en Mary Barton, la primera novela de Mrs. Gaskell,[116][Nota 12] en la que la vida y los sentimientos de la clase obrera fabril están representados con mucha energía y empatía.[118] Mary Barton: A Tale of Manchester Life (Mary Barton: un relato de la vida en Mánchester) fue la obra que sentó las bases de la carrera literaria de Mrs. Gaskell.[102] Esta historia tuvo una enorme popularidad, y su autora se ganó primero los elogios y después la amistad de Carlyle, Landor y Dickens.[102] Quizá sea el retrato que describe (y condena) con mayor intensidad el escenario industrial de los que se hicieron en el siglo XIX. Los matices melodramáticos, imaginativos y sentimentales que incluye no empañan la imagen que nos ofrece sobre la vida de la clase trabajadora, de sus momentos prósperos y de los más deprimidos. Esta imagen convence por la honestidad que encierra, por la meticulosidad con que observa los detalles más significativos, por la cercanía que muestra sin llegar a rebasar el límite del alegato.[115] Nadie consiguió poner sobre la palestra victoriana una visión tan profunda (quitando a Disraeli) y una reflexión tan aguda del panorama industrial.[119] El fondo de inquietud industrial que vemos en Shirley se convierte en el asunto principal de Mary Barton.[120] La obra tiene dos aspectos, el social y el rural o idílico-humorístico. Mary Barton (1848) es una novela inquietante, que describe la vida tal como la vio la escritora en los barrios industriales de Mánchester durante sus primeros años de casada, y resulta más atractiva porque no se propone enfrentar hostilmente a los diversos estratos sociales, sino describir y, en lo posible, incluso conciliar realidades.[116] La novela causó mucho revuelo en su tiempo, y todavía resulta un libro interesante porque describe con realismo los horrores y desequilibrios sociales de la Inglaterra de los años 1840.[116] A pesar de alguna inverosimilitud, es uno de los mejores estudios de la vida industrial victoriana en el momento en que empezaba a entablarse en Inglaterra la lucha de clases.[121] De todos los libros de Mrs. Gaskell, el primero ha gozado de más amplia fama. Ha sido traducido al francés y al alemán y a muchos otros idiomas, incluido el finés.[117] La sinceridad de su patetismo y la penetración en los mismísimos corazones de los pobres poseen un valor perdurable.[122]

Mrs. Gaskell escribió otra novela industrial, North and South (Norte y Sur), admirada por muchos, aunque resulta algo más floja porque la autora evitó situarse en uno o en otro bando de la batalla industrial.[119] Publicada por entregas en el Household Words entre septiembre de 1854 y enero de 1855, en ella Gaskell vuelve a la novela social del estilo de Mary Barton, aunque proyectada desde otro ángulo.[123] Como aquella y Tiempos difíciles, de Dickens, esta novela, en la que Gaskell compara la situación en las dos mitades de Inglaterra,[120] se propone infiltrar los valores humanos en el formidable dique del mundo industrial de mediados del siglo XIX.[123] Presenta, al menos hasta cerca del final, un notable avance en el poderío constructivo; los personajes están delineados con una firmeza sin precedentes, y en algunos casos teñidos de genuino humor,[124] y el juicio de los problemas sociales muestra una mayor imparcialidad y una reflexión más madura.[124] Salvo por algunos defectos constructivos, quizá debidos en parte al método fragmentario de publicación semanal que la autora despreciaba enérgicamente, Norte y Sur podría con toda seguridad ser descrita como su ficción narrativa más lograda.[124]

La trama de Sylvia's Lovers (Los amantes de Sylvia), publicada a principios de 1863, refiere los hechos de las levas hacia finales del siglo XIX.[125] Gaskell expone retrospectivamente la lucha de clases mediante una historia de enredos periodísticos.[120] Es una novela de conflicto familiar y carácter romántico, situada en la zona costera del condado de York.[126] La autora combinó con talento la crítica social y el melodrama, aunque sus cualidades no se reducirían a ese tipo de novelas de protesta social.[106] En sus primeras partes el relato se mantiene en el más alto nivel de la escritora; el colorismo local es genuino y vívido; el patético encanto de la inocente Sylvia está admirablemente contrastado con el humor desatado de las figuras de su padre y el criado de éste, Kester, aunque el efecto queda bastante estropeado por las coincidencias introducidas para asegurar una conclusión simétrica.[125]

Gaskell tenía gran intuición para someter a forma artística el material conflictivo tanto en el aspecto moral como en el social, y con ello prestó un servicio notabilísimo a la novelística inglesa de su tiempo.[126] Mrs. Gaskell poseía algunas de las características de Miss Austen, y si bien su estilo y delineación de personajes resultan menos minuciosamente perfectos, están, por otro lado, imbuidos de una veta más profunda de sensibilidad.[127] La autora ha disfrutado de una popularidad cada vez mayor desde su muerte.[102]

Como escritor político-social ―más social y humanitario que político―, Charles Kingsley abordó temas semejantes a los estudiados por Disraeli: los campesinos, los obreros de las ciudades, los terratenientes, los propietarios industriales.[128] Kingsley puso todo su empeño en la lucha por la mejora de las condiciones higiénicas y sanitarias de la población más desfavorecida. Sus ideas en esta tendencia y, en definitiva, su doctrina social se encuentran en las novelas propagandísticas Yeast (Levadura) (1848) y Alton Locke, sastre y poeta (1850), en las que se ocupa de cuestiones sociales como las que afectan a la clase trabajadora agrícola y al trabajador de la ciudad, respectivamente.[129] La influencia de estos libros en el momento de su publicación fue enorme y motivó que fuera aplicado a Kingsley el epíteto de socialista cristiano.[130] En estas obras, aunque señalaba incansablemente el disparate de los extremismos, ciertamente simpatizaba no solo con los pobres, sino con mucho de lo hecho y dicho por los líderes del movimiento cartista.[131] Yeast fue publicada en el Fraser's Magazine en el otoño de 1848. Estaba muy emocionado por los acontecimientos de los meses previos, y la escribió por las noches, después de días de ardua labor parroquial.[132] Yeast: a Problem y Alton Locke son libros que tratan de problemas sociales que surgen de un alto grado de civilización; y aunque en la actualidad gran parte de Alton Locke incumbe a una generación pasada, personajes como el joven sastre-poeta y el viejo Sandy Mackaye siempre encandilarán e interesarán a quienes los conozcan.[133] Ambas obras muestran ciertamente una compasión incluso apasionada por los padecimientos del jornalero agrícola y del artesano de Londres. La balada de La viuda del cazador furtivo en Yeast es una denuncia de los cotos de caza lo suficientemente enérgica para satisfacer al cartista más convencido.[132] Tanto estas dos novelas como Two Years Ago (Dos años atrás, 1857) resultan interesantes por la información que ofrecen y por las aspiraciones a que apuntan, aunque de escaso valor artístico. Constituyen una trilogía de orientación social y moral, en la que se descubren las causas del movimiento obrero inglés.[134] Kingsley había llegado a estar profundamente interesado en este tipo de cuestiones, y se lanzó en cuerpo y alma, en colaboración con F. D. Maurice y otros, en pos del bienestar social, que apoyaron bajo el nombre de socialismo cristiano.[129] Influido por Coleridge, que insistía en que el cristianismo debía comprometerse en la reforma de la sociedad, Kingsley trató de impulsar a la Iglesia anglicana para que realizara esta transformación.[134] Su tipo de religión, alegre y robusto, fue definido como «cristianismo muscular».[129] En Two Years Ago, Kingsley expresa un punto de vista, que resultaba menos sorprendente de lo que ahora pudiera parecer posible, según el cual la guerra consistía en ejercer la gran influencia regeneradora. La novela resulta mucho más floja que sus predecesoras, y muestra claramente que si bien su deseo de reforma social no había menguado, ya no tenía una sensación tan fuerte de que los tiempos estaban fuera de lugar.[135]

Charles Reade (1814-1884), dramaturgo y novelista, transformaba con frecuencia sus novelas en obras de teatro o viceversa, y en ellas ataca con frecuencia los vicios y abusos de la sociedad contemporánea, apoyándose en numerosos testimonios documentales. Reade se sirve de la novela convencido de que con ella puede colaborar en la reforma social, y para ello investiga la vida de las prisiones, aprende oficios artesanos, estudia los sectores de la abogacía, de la banca, e incluso se dedica a la observación de la vida del mar o de las minas de oro de Australia.[136]

Tras unos comienzos novelísticos adscritos al realismo literario, en 1856 Reade marcó una época diferente en su carrera literaria al terminar una novela largamente planificada, It is Never Too Late to Mend [Nunca es demasiado tarde para enmendarse],[137] un poderoso documento social.[138] A partir de entonces el propósito principal de sus obras de ficción fue exponer los notorios abusos sociales.[137] It is Never Too Late to Mend ilustraba con extraordinario poderío los abusos de la disciplina penitenciaria tanto en Inglaterra como en Australia.[137] Reade describió la vida carcelaria con una fidelidad que a veces llega a ser tediosa y repulsiva; pero el poderío de las descripciones era innegable, y el interés era profundo.[139] La novela exhibe favorablemente las facultades de Reade y sus limitaciones. Las características más notables son las descripciones de la naturaleza y de la vida en los yacimientos auríferos de Australia, cuyo conocimiento Reade debía enteramente a la investigación literaria.[137] Pero en la trama, que es melodramática, y en la caracterización, que es insustancial, desciende a niveles inferiores.[137] Los personajes son meras encarnaciones de virtudes o vicios, insuficientemente matizadas, y consecuentemente no logran convencer al lector de su vitalidad. Sus descripciones de las brutalidades carcelarias, aunque vigorosas, estaban toscamente exageradas, y principalmente en este aspecto el libro suscitó una desfavorable acogida entre los críticos.[137] La verosimilitud de algunos de sus detalles fue cuestionada, y el novelista se defendió con vigor contra los intentos de refutar sus aseveraciones.[139] La novela tuvo, sin embargo, una enorme difusión.[137]

Entre sus novelas basadas en la documentación aparecen las que, siguiendo la línea de Defoe, descubren modos de vida u ocupaciones, como The Autography of a Thief (Autobiografía de un ladrón, 1858) y Jack of All Trades (El hombre de muchos oficios, 1858); otras, de carácter humanitario y en la trayectoria de Dickens, pero mucho más acusadoras y directas,[136] como la ya citada Nunca es demasiado tarde para enmendarse (1856) y Hard Cash (Al contado, 1863), son una feroz denuncia, respectivamente, de los horrores que había visto en las cárceles de Reading, Oxford y Durham, y en los asilos; o delatan la insalubridad de la vida en ciertos poblados, como A Woman Hater (Un misógino, 1877); o critican el celibato de los clérigos, como Griffith Gaunt, or jealousy (Griffith Gaunt o los celos, 1866), motivo que había tratado ya en The Cloister and the Hearth (El claustro y el hogar, 1861).[136] Hard Cash es otra sobrecogedora novela con propósito,[139] un fascinante registro de agónicas evasiones por mar y tierra, culminando con revelaciones de las iniquidades en los manicomios privados, y con críticas un tanto extravagantes sobre la profesión médica.[140]

Posteriormente fueron emprendidas otras tres novelas semejantes a Hard Cash, en al menos dos de las cuales el propósito moral, aunque visible por completo, no permitía entorpecer el flujo incidental: Foul Play (Juego sucio, 1869), en la que expuso las iniquidades de los ship-knackers (desguazadores de barcos), y allanó el camino para los trabajos de Samuel Plimsoll;[Nota 13] Ponte en su lugar (1870), en la que lidió con los tiránicos desmanes de los sindicatos; y Un misógino (1877), en la que exponía las degradantes condiciones de la vida rural.[139] Juego sucio fue escrita en colaboración con Dion Boucicault.[141]

Su dependencia sistemática de la información documental, y su capacidad para vivificar los resultados de sus investigaciones, lo conectan estrechamente con la categoría de los novelistas realistas, de los cuales Defoe y Zola son tipos familiares.[142] Reade había recopilado una enorme cantidad de materiales para su estudio de la naturaleza humana, procedentes de la observación personal, de periódicos, libros de viajes, almanaques de comisiones de investigación, y de lecturas diversas.[143] Y probablemente debamos su maravillosa abundancia de sucesos a su estrecho y constante contacto con los datos, guiándose por una imaginación naturalmente fértil. Incluso en sus novelas de personajes no existe un estancamiento meditativo y analítico; el desarrollo de los caracteres es mostrado mediante una rápida progresión incesante de datos significativos.[143] Los críticos han discrepado muy ostensiblemente en cuanto a los méritos de Reade como novelista, y le han atribuido y negado las mismas cualidades; pero será generalmente admitido que, si bien muy desigual, Reade fue, en su mejor momento, un escritor de poderío y viveza inusuales.[141]

William Gilbert (1804-1890) fue autor de una serie de novelas, entre las cuales las más conocidas fueron Shirley Hall Asylum (El manicomio de Shirley Hall, 1863) y Dr. Austin's Guests (Los huéspedes del Dr. Austin, 1866). Varias de esas novelas ―que se caracterizaban por su singular agudeza y lucidez estilística, por un humor seco y "sub-ácido", por un fondo de sentimiento humanitario y por unos conocimientos médicos considerables, especialmente en lo respectivo a la psicología de los lunáticos y monomaniacos― fueron ilustradas por su hijo,[144] el dramaturgo W. S. Gilbert. Cirujano y escritor, Gilbert Sr. abandonó su profesión tras heredar de su padre una considerable fortuna.[145] En 1858, cuando publicó su primer libro, Gilbert tenía casi sesenta años. Se trataba de un minucioso estudio de la vida en los bajos fondos de Londres, titulado Dives and Lazarus, que trataba sobre su tema favorito, el contraste cada vez más profundo entre las zonas de ricos y pobres, y, al igual que muchos de sus libros, no llevaba el nombre del autor. Tuvo un éxito que parece haber alentado al autor.[145] Le seguiría en 1859 Margaret Meadows, un "cuento para fariseos".[145] De sus novelas posteriores la más conocida fue Shirley Hall Asylum (1863), un estudio muy entretenido sobre la monomanía, un tema sobre el que Gilbert exhibió el minucioso conocimiento de un experto.[145]

Aunque las novelas de Gilbert nunca fueron muy populares, eran sumamente apreciadas por un selecto círculo por su originalidad. Narrador sui géneris, carente de perspectiva, de poder de compenetración, y de continuidad, Gilbert estaba, por otra parte, dotado de un estilo de chispeante lucidez, una observación tal vez más inteligente que profunda, y un muy seco pero sutil humor, en el que indudablemente hay cierta influencia del espíritu de Demócrito.[146]

El mundo de la política ofrecía a Anthony Trollope posibilidades parecidas a las del sector eclesiástico; le permitía presentar un nuevo aspecto de la clase dirigente y ampliar el cuadro de la sociedad inglesa victoriana.[147] En comparación con sus novelas realistas del «ciclo de Barchester», quizá nos sorprendan más, y puede que resulten más reales para el lector actual sus novelas políticas, sobre todo The Way We Live Now (El modo en que vivimos) (1874-75).[148] Las novelas del «ciclo de Palliser» no son políticas en el sentido en que lo son las de Disraeli; no presentan, como las de éste, una filosofía política o un programa de gobierno.[147] Can You Forgive Her? (¿Puedes perdonarla?) (1864-65), primera novela del ciclo, se centra en el drama matrimonial de la pareja protagonista, drama que, por su interés íntimo y por la realidad de los personajes, atrae especialmente la atención del lector.[147] En el St. Paul's Magazine fue publicada una de las mejores novelas de Trollope, Phineas Finn, el diputado irlandés (1869), precursora de una serie de libros similares ―Phineas Redux (1873), El primer ministro (1876), El senador americano (1877) y Is He Popenjoy? (¿Es él Popenjoy?) (1878)― en los que la veta política era explotada como lo había sido anteriormente la veta de la vida rural. La veta no era tan rica ni la ejecución fue tan hábil; no obstante, estos estudios políticos poseen un interés indudable, y constituyen las más notables de entre las últimas obras de Trollope.[149] Phineas Finn y Phineas Redux narran las peripecias de un pintoresco abogado dublinés empeñado en hacer carrera parlamentaria en Londres. The Prime Minister (El primer ministro) y The Duke's Children (Los hijos del duque, 1880) tratan especialmente de los asuntos políticos y personales de la pareja protagonista de la primera novela del ciclo; la primera es una obra muy notable que muestra de modo convincente la actitud y la evolución mental de un gran aristócrata y político del siglo XIX.[150] En cuanto a The Way We Live Now (El modo en que vivimos), Trollope denuncia en ella con crudeza el abandono de los estándares morales, el doble juego económico, o la calculadora obsesión por el dinero que se esconden detrás de la fachada aparentemente sólida de las instituciones victorianas. La novela, que coincide con las de Dickens en el sentimiento de repulsa que inspira y en el ámbito que cubre, modifica la impresión un tanto complaciente que pudieran dejarnos las «Barchester Novels».[148] Las novelas políticas de Trollope presentan importantes escenas parlamentarias y de caza, despliegan numerosos acontecimientos sociales, y se distinguen sobre todo por los retratos de los personajes y su caracterización.[150]

Felix Holt, el radical (1865-66), de George Eliot, una novela que se ocupa de cuestiones políticas, está tensada por un sufrimiento demasiado severo para el gusto de cualquier lector.[76] La obra estudia, con un argumento muy elaborado,[151] las condiciones en que vivían las clases obreras después de la Ley de Reforma (1832), así como las actividades de los políticos radicales para encontrar vías de superación.[152] Donde otros eminentes autores han producido libros mecánicos, o libros que eran meras repeticiones de sus obras más populares, ella erró únicamente en el lado de lo penoso y lo angustioso. Felix Holt es ambas cosas, y es la única de sus novelas que carece de una nota humana inolvidable.[76]

Daniel Deronda (1874-76) fue su última novela.[73] Se trata de un tratado novelado en el que George Eliot desarrolla algunas de sus últimas conclusiones sobre las leyes que, a su parecer, orientan la vida humana.[152] Contiene algo de sátira y de personajes sumamente admirables, aunque del generoso deseo de apreciar la raza judía apenas puede decirse que haya producido resultados satisfactorios.[153] Con respecto a Middlemarch, su predecesora, exhibía la misma intuición humana, la misma apasionada sinceridad, el mismo insinuado alegato particular para casos difíciles, la misma pujanza intelectual, pero el tema era inmanejable, casi prohibitivo, y, como resultado, la novela, a pesar de su calidad, nunca gustaría del todo.[76]

Narrativa infantil y juvenil

El nombre de Stevenson es un recordatorio para no olvidar las opera minora de la época victoriana dedicadas a los niños. En algunos casos, como el de Jackanapes (El mequetrefe), de Mrs. Ewing,[Nota 14] y Black Beauty (Belleza negra), de Anna Sewell, se trata de verdaderos clásicos infantiles, tan perfectos en cuanto al idioma como modestos. Tom Brown's School Days, de Hughes, y Eric (actualmente un poco en disfavor por su pedantería), del deán Farrar,[Nota 15] son favoritos de las escuelas de niños que resisten la lectura en años posteriores. El tema de aventuras se encuentra en Masterman Ready, de Marryat, Peter el ballenero, de Kingston, y La isla de coral, de Ballantyne.[154]

Cubierta de una edición de la novela The Settlers in Canada (Los colonos del Canadá), de Frederick Marryat, publicada hacia 1910 por la editorial Routledge (Nueva York).

Cuando, hacia finales de la década de 1830, la soltura con la que Frederick Marryat había producido novelas sobre la vida en el mar a un ritmo de dos o tres por año comenzó a fallar, encontró una nueva fuente de beneficios en sus populares libros infantiles.[41] De hecho, sus mejores libros posteriores a 1837[Nota 16] son los escritos expresamente para niños.[40] A ellos se dedicaría principalmente durante sus últimos ocho años. La serie se inició con Masterman Ready, o el naufragio del «Pacific» (1841), y continuó con Narración de los viajes y aventuras de Monsieur Violet en California, Sonora y el oeste de Texas (1843); Los colonos del Canadá (1844); La misión, o escenas de África (1845); Los chicos de New Forest (1847); y El pequeño salvaje, publicado después de su muerte, en 2 partes (1848-49).[41]

Matilde Anne Mackarness (1826-1881), hija del dramaturgo James Robinson Planché, escribió desde muy temprana edad novelas y cuentos morales para niños. Como novelista tomó a Dickens como modelo. En 1845 apareció Old Joliffe, y al año siguiente A Sequel to Old Joliffe. En 1849 publicó Una trampa para cazar un rayo de sol, un pequeño cuento con moraleja brillantemente escrito, y es principalmente en esta producción donde descansa su reputación. Fue compuesto unos tres años antes de la fecha de publicación, y ha pasado a través de cuarenta y dos ediciones, apareciendo la última en 1882, y ha sido traducido a numerosos idiomas extranjeros, incluyendo el indostánico.[155]

El escocés R. M. Ballantyne (1825-1894) fue un prolífico escritor de ficción juvenil, que volcó en su primera obra, La bahía de Hudson, o la vida cotidiana en las selvas de Norteamérica (1848),[156] y en todas las posteriores sus propias experiencias de juventud (a los dieciséis años emigró a Canadá y estuvo seis al servicio de la histórica Compañía de la Bahía de Hudson,[156][157] comerciando con nativos y tramperos). Tras trabajar en el sector editorial,[157] cambió radicalmente de vida y, animado por un editor edimburgués,[156] comenzó a escribir un libro para niños, incorporando algunas de sus experiencias en la "gran tierra desierta".[Nota 17][158] El resultado fue publicado con éxito en 1856 bajo el título Copos de nieve y rayos de sol, o los jóvenes comerciantes de pieles.[158] Desde entonces se dedicó por entero a la elaboración de novelas de aventuras, cuentos ilustrados y manuales juveniles que le hicieron popular. En su segunda novela, Ungava: un relato de la tierra de los esquimales (1857), se inspiró de nuevo en el gran noroeste.[158] Destacan por encima de todas sus novelas las tres primeras que publicó, sobre todo La isla de coral: un relato del océano Pacífico (1857). Ninguna de sus obras de ficción posteriores fue tan popular como esas tres primeras,[156] si bien están todas ellas documentadas de primera mano: así, para escribir El bote salvavidas (1864) fue a Ramsgate y conoció al timonel del bote salvavidas de ese lugar; para preparar El faro (1865) obtuvo permiso de la Comisión de Faros del Norte para visitar el de Bell Rock, y estudió el reporte de Stevenson sobre el edificio; para obtener el colorido local de Luchando contra las llamas (1867) sirvió en el London Salvage Corps (Cuerpo de Salvamento de Londres) como bombero amateur; y Deep Down (En las profundidades, 1868) lo llevó con los mineros de Cornualles. Visitó Noruega, Canadá, Argelia y la Colonia del Cabo con el fin de documentarse, respectivamente, para Erling el intrépido, Los nórdicos del Oeste, La ciudad pirata y El colono y el salvaje.[158]

En historias tales como las citadas, a las que pueden añadirse El mundo de hielo (1859), El perro Crusoe (1860), Los cazadores de gorilas (1862), El caballo de hierro (1871) y Marfil negro (1873), Ballantyne dio continuidad a los éxitos de Mayne-Reid. Pero su éxito es tanto más notable por cuanto que sus relatos siguieron siendo genuinamente populares entre los jóvenes (a pesar de la competencia de Jules Verne, Henty y Kingston) por un período de casi cuarenta años, durante los cuales Ballantyne produjo una sucesión de más de ochenta volúmenes.[158] Ballantyne vivió en todos los aspectos de acuerdo con los ideales que buscaba inculcar en sus lectores.[159] En los libros que escribió, su pauta en todos los casos era escribir hasta donde fuera posible desde el conocimiento personal de las escenas que describía. Sus historias tenían la virtud de ser completamente sanas en el tono y poseían una considerable fuerza gráfica.[160]

Comenzando su carrera con relatos infantiles, Dinah Craik (Dinah Maria Mulock, 1826-1887) se convirtió en una prolífica y popular novelista.[161] En los círculos intelectuales londinenses halló un gran estímulo para los relatos juveniles a los que se limitó en un principio, de los cuales Cola Monti (1849) fue el más conocido.[162] El delicioso relato feérico Alice Learmont fue publicado en 1852, y numerosos relatos cortos aparecidos en publicaciones periódicas, demostrativos algunos de ellos de un gran poder imaginativo, fueron publicados en 1853 bajo el título de Avillion y otros cuentos.[162] Algunos de los relatos de este volumen exhiben también una hermosa imaginación.[163] Una colección similar, de mérito inferior, apareció en 1857 bajo el título de Nada nuevo.[162] Poco de lo que escribió posteriormente resulta importante, excepto algunos cuentos infantiles muy encantadores.[163] En su postrera etapa volvería al cuento imaginativo que tan frecuentemente había empleado en su juventud, y logró un gran éxito con The Little Lame Prince (El principito cojo) (1874), un encantador relato juvenil.[162]

Thomas Mayne-Reid (1818-1883), novelista angloirlandés, marchó a los veinte años rumbo a México para probar suerte, y vivió numerosas aventuras, incluyendo su participación en la guerra Estados Unidos-México.[164] Tras regresar a Europa comenzó su carrera de novelista con la publicación, en 1850, de The Rifle Rangers,[165] primera de una larga serie de novelas de aventuras.[164] El resto incluyen The Scalp Hunters (1851), The Boy Hunters (1853) y The Young Voyagers, que obtuvieron gran popularidad, especialmente entre el público juvenil.[164] Nunca superaría sus primeras obras, salvo quizás en The White Chief[165] (1855) y The Quadroon (1856).[165] La simplicidad de las tramas y la sencilla variedad de incidentes emocionantes se encuentran entre las virtudes que contribuyen a su popularidad entre los jóvenes. Sus reflexiones no son profundas, pero con frecuencia resultan más sensatas de lo que podría suponerse en un principio por su manera agresiva de expresarlas.[165]

El reverendo Henry Cadwallader Adams (1817-1899) fue profesor en el Winchester College y, además de redactar y publicar libros de texto escolares (de latín, griego y religión), como escritor de ficción se especializó en relatos de ambientación escolar en la época victoriana (The Cherry-stones, or Charlton School, 1851; Who Did It?, or Holmwood Priory: A Schoolboy's Tale, 1852; College Days at Oxford, or Wilton of Cuthbert's, 1887) y de aventuras en lugares remotos del Imperio (The Indian Boy, 1865; Hair-breadth Escapes, or The Adventures of Three Boys in South Africa, 1876; Travellers' Tales: A Book of Marvels, 1883).

William Henry Giles Kingston (1814-1880) fue un autor notablemente prolífico, especialmente de novelas juveniles de aventuras. Vivió largo tiempo en Portugal y realizó frecuentes viajes entre este país e Inglaterra, lo que le hizo cobrar un afecto especial por el mar, tema recurrente en sus novelas posteriores. A partir de 1850 su principal ocupación fue la de escribir libros para jóvenes[166] (más de un centenar), o la edición de anuarios y semanarios juveniles.[166] Su primera novela juvenil, Peter el ballenero, fue publicada en 1851 con tal éxito que su autor abandonó su negocio y se dedicó por completo a la producción de este tipo de literatura, en el que su popularidad llegó a ser merecidamente grande; y durante treinta años escribió más de 130 historias.[167] De entre sus numerosas novelas de aventuras de ambiente marinero destacan títulos como Blue Jackets (1854), Digby Heathcote (1860), La travesía del «Frolic» (1860), Las naves de fuego (1862),[166] Los tres guardiamarinas (1862), El guardiamarina Marmaduke Merry (1863), Foxholme Hall (1867), Ben Burton (1872),[166] Los tres tenientes (1874), Los tres comandantes (1875), Los tres almirantes (1877),[168] Secuestro en el Pacífico (1879) y Hendriks el cazador (1884).[169]

Aparte de los ya mencionados, otro aspecto de la personalidad de Charles Kingsley como prosista se manifiesta en sus cuentos para niños.[170] The Heroes (Los héroes, 1856), de inspiración mitológica griega, y The Water-babies, a Fairy Tale for a Land-Baby (Los niños del agua: cuento de hadas para un niño de tierra, 1863) han gozado siempre del favor del público.[170] Los niños del agua es un cuento para niños escrito para inspirar amor y respeto por la naturaleza.[129]

Frances Freeling Broderip (1830-1878), hija del poeta Thomas Hood (1799-1845), inició su carrera literaria en 1857 con la publicación de Wayside Fancies, que fue seguida en 1860 por Funny Fables for Little Folks (Fábulas divertidas para gente menuda), la primera de una serie de obras cuyas ilustraciones fueron proporcionadas por su hermano, Tom Hood.[Nota 18] [171] Otros libros suyos: Chrysal, o una historia con final (1861); El país de las hadas, o entretenimientos para la nueva generación (1861) (escrito por Thomas y Jane Hood, y sus hijo e hija); El pequeño renacuajo y otros cuentos (1862); El presupuesto de historias de mi abuela (1863); Canciones alegres para voces menudas (1865) (escrito por F. F. Broderip y Thomas Hood); El grillo Gruñón y el sobrecama (1865); Los chismes matutinos de mamá (1866); Las rosas silvestres: historias sencillas de la vida rural (1867); La margarita y sus amigos: cuentos y relatos para niños (1869); Cuentos de juguetes contados por ellos mismos (1869); Excursiones a Puzzledom (1879) (escrito por Tom Hood y F. F. Broderip).[172]

Frederic William Farrar (1831-1903), deán de Canterbury, vivió una plácida infancia en Aylesbury[173] hasta que fue internado en el King William's College de la Isla de Man.[173] La cultura y el confort del hogar de Aylesbury y las comparativas incomodidades y tosquedades del college son descritos por Farrar en su primera historia,[173] Eric, or Little by Little (Eric, o poco a poco) (1858), un relato de la vida escolar, parcialmente autobiográfico, que mantuvo su popularidad durante mucho tiempo; en vida del autor aparecieron treinta y seis ediciones.[174] Eric describe la caída en la depravación moral de un niño en un internado, y carece de la melosidad y la unidad orgánica de Tom Brown's School Days, que apareció un año antes. Pero influye en los niños a través de su viveza y sinceridad, que reflejan el temperamento ardiente y el altruista idealismo de Farrar. Seguiría en 1859 Julian Home: un relato de la vida universitaria.[174] En 1862 fue impreso de forma anónima Saint Winifred, o el mundo de la escuela.[174]

Hesba Stretton (Sarah Smith, 1832-1911) comenzó pronto a escribir pequeños cuentos sin intención de publicarlos.[175] Charles Dickens, director del Household Words,[175] le publicó uno de esos relatos, The Lucky Leg, el 19 de marzo de 1859.[175] A partir de entonces, la joven autora contribuiría a casi todos los números navideños del All the Year Round hasta 1866. Su cuento más notable de ese período fue The Travelling Post Office (La estafeta ambulante), de la serie Mugby Junction (diciembre de 1866).[175] Sin embargo, su obra pasó casi desapercibida hasta la aparición en el Sunday at Home de La primera oración de Jessica (1866), una conmovedora historia, escrita con sencillez, sobre el despertar de una niña abandonada al significado de la religión. Publicada en forma de libro en 1867, alcanzó una popularidad inmediata y perdurable.[175] Vendió más de un millón y medio de ejemplares,[175] y fue traducida a todas las lenguas europeas y a la mayoría de las lenguas asiáticas y africanas. La historia muestra un conocimiento preciso de la vida de los niños indigentes en las grandes ciudades, e incorpora investigaciones personales de las condiciones en los bajos fondos.[175] Siguieron otras historias similares, de las cuales las más populares fueron Los hijos de Little Meg (1868) y Alone in London (1869), que alcanzaría una circulación simultánea de 750.000 copias.[175] Hesba Stretton publicó en total cincuenta volúmenes, en su mayoría cuentos religiosos y morales.[175]

Juliana Horatia Ewing (1841-1885), escritora de relatos infantiles,[176] escribió historias que apenas han sido superadas en percepción comprensiva de la vida infantil, y siguen gozando de una popularidad sin menoscabo.[176] Su primer relato, A Bit of Green, publicado en julio de 1861, constituyó, junto con algunos otros, su primer volumen, publicado en 1862 bajo el título de El sueño de Melchor y otros cuentos.[177] En 1869 el Aunt Judy's Magazine, que su madre puso en marcha en 1866,[178] publicó el relato que muestra el punto álgido de sus facultades: La tierra de los juguetes perdidos, seguido por otros muchos, algunos escritos en deliciosos versos irregulares y posteriormente publicados en pequeños volúmenes independientes. En 1872 escribió su primera historia soldadesca, The Peace Egg, seguida por Lob-lie-by-the-Fire (1873), la popular Jackanapes (El mequetrefe) (1884) y la conmovedora Historia de una vida breve[177] (1885), obteniendo estas dos últimas, en particular, un gran éxito.[178] Aparte de las ya citadas, sus mejores historias son: The Brownies (1870), A Flat-Iron for a Farthing (1873),[178] Los recuerdos de la señora Over-The-Way (1866), Six to Sixteen, Jan el del molino de viento (1876), Una gran emergencia (1877), Nosotros y el mundo (1881), Cuentos de hadas anticuados, Brothers of Pity (1882), La colada de la muñeca, Master Fritz, Nuestro jardín, Los hijos de un soldado, Tres pequeños nidos de pájaros, Una semana en una casa de cristal, A Sweet Little Dear y Blue-Red (1883).[178] La mayor parte de las historias de Mrs. Ewing aparecieron en el Aunt Judy's Magazine, entre 1861 y 1885, pero también contribuyó a otras publicaciones periódicas.[177] De estilo sencillo y sin afectación, y sana y saludable en sus temas, con sosegados toques de humor y brillantes esbozos de paisajes y personajes, las mejores historias de Mrs. Ewing nunca han sido superadas en el género de literatura al que pertenecen.[178]

Jean Ingelow escribió excelentes relatos para niños: Mopsa the Fairy [El hada Mopsa], Stories told to Children [Historias contadas a los niños], etc.[179] Describió la vida infantil con gran resultado, y su mejor trabajo en esa línea se encuentra en Stories told to a Child [Historias contadas a un niño], publicado en 1865. Entre esa fecha y 1871 escribió numerosos relatos infantiles.[180]

Retrato de Lewis Carroll (1855)

Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson, 1832-1898), brillante matemático, lógico, diácono anglicano y fotógrafo anglo-irlandés, fue además uno de los escritores más célebres de su tiempo gracias a sus dos obras más famosas: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865) y su secuela, A través del espejo (1871). Ambas recurren al despropósito, pero a un despropósito calculado que apenas si elude nuestra comprensión.[181] Destacó por su facilidad para los juegos de palabras, la lógica y la fantasía; actualmente sigue siendo uno de los escritores más leídos del mundo y existen sociedades en varios países[182] dedicadas al disfrute y a la promoción de sus obras y a la investigación de su vida. Desde muy joven escribió poemas y cuentos (en su mayoría de tono humorístico) para varias revistas. Su amistad con la familia del decano Henry Liddell, en especial con sus tres hijas (Lorina, Alice y Edith Liddell), ejercería una notable influencia en su carrera como escritor.

Ilustración original de John Tenniel para la primera edición de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

Carroll ideó la historia que con el tiempo se convertiría en su primer y más resonante éxito editorial durante una excursión con su amigo el reverendo Robinson Duckworth y las hermanas Liddell en el verano de 1862.[183] Fue la propia Alice Liddell (posible inspiración del personaje de Alicia) quien le animó a que escribiera la historia para ella[184] y le añadiese ilustraciones. Carroll regaló a Alice Liddell el manuscrito terminado ―ilustrado por él mismo e inicialmente titulado Alice's Adventures Under Ground (Las aventuras subterráneas de Alicia)― en noviembre de 1864.[184] Tras revisar y ampliar el texto, la editorial Macmillan & Co. publicó Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas en 1865,[184] con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel. El libro alcanzó un abrumador éxito comercial que cambió la vida de su autor en muchos aspectos y le hizo famoso en todo el mundo. En su formato definitivo, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas ―o Alicia en el país de las maravillas, como es abreviado por la mayoría de personas― fue inmediatamente popular, y ha sido popular desde entonces, con una popularidad solo igualada por su compañera, A través del espejo,[185] la secuela que se publicaría a finales de 1871, con un tono algo más oscuro que el de su antecesora. En ellas el don para la absurda invención cómica y la delicada diversión fantástica que poseía el autor está en su punto álgido; mientras que la circunstancia de que los libros tuvieran su origen en el deseo de entretener a una de sus pequeñas amigas los anima con un encanto y una humanidad que no se encuentran en el mismo grado en ninguna otra cosa escrita por él.[185]

El éxito de ambos libros se vio fortalecido en gran medida por los dibujos de Mr. John Tenniel. Alicia en el país de las maravillas ha sido traducida al francés, alemán, italiano y neerlandés.[185] El autor llevó a cabo algo que era prácticamente nuevo en literatura: una locura persuasiva a la par que alegre, que por sus bufonadas fascina a los niños y por su astucia a los mayores. Los dos libros de Alicia fueron adaptados al teatro en 1886 por Mr. Savile Clarke.[Nota 19][185]

Nunca sabremos si Lewis Carroll sintió que en ese mundo inestable de figuras que se disuelven unas en otras hay un principio de pesadilla. Años después publicaría los dos tomos de Silvia y Bruno (1889/1893), intrincada y casi indescifrable novela que, según él, procede directamente de sueños.[186]

George Alfred Henty (1832-1902), novelista juvenil, escribió más de 80 libros para jóvenes, que gozaron de gran popularidad. Entre ellos están By England's Aid, Marcha hacia Jartum, Afrontando la muerte, En la causa de la libertad, En la Pampa, etc., todos plenos de aventuras e interés, y todos transmiten información así como diversión.[187]

Su primer libro para jóvenes, En la Pampa (1868), fue seguido por Los jóvenes francotiradores (1872), una historia de la guerra franco-prusiana. Después de 1876 se dedicó a escribir historias mayormente basadas en sus propias experiencias. Publicó cerca de una docena de ortodoxas novelas, incluyendo El secreto del coronel Thorndyke, publicada en 1898, pero ninguna de ellas lograría mucho éxito. Su verdadera fortaleza residía en escribir historias de aventuras para jóvenes, que aparecían a razón de tres o cuatro volúmenes al año. La historia militar era su tema favorito, pero sacó provecho de toda la historia, desde la del Antiguo Egipto en El gato de Bubastis (1889) hasta la de los asuntos de actualidad en Con Roberts a Pretoria (1902). Se enorgullecía de su fidelidad histórica y de su sensibilidad varonil.[188]

Más destacado quizá por su labor como dramaturgo, Oscar Wilde compuso entre los años 1885 y 1890 varios relatos cortos y algunos encantadores cuentos de hadas rebosantes de ternura y humorismo, que fue recopilando en tres volúmenes. El príncipe feliz y otros cuentos (1888, ilustrado por Walter Crane y Jacomb Hood), un volumen con un toque picante de sátira contemporánea,[189] y su secuela, Una casa de granadas (1892), que fue considerado en general, en valoración del autor, como "no destinado ni a los niños británicos ni al público británico",[190] reunían sus nueve cuentos de hadas, entre los que destacan El príncipe feliz, El gigante egoísta y El joven rey.

Novela de formación o de aprendizaje (Bildungsroman)

En Chesterton, un pueblo cercano a Cambridge donde residió con su tío durante un tiempo, el novelista Frank Smedley (1818-1864) adquirió su conocimiento de la vida universitaria, y también allí se confirmó su innato amor por la vida al aire libre y los deportes.[191] Estas características, junto con un sentido del humor más ágil que profundo, se manifiestan en las Escenas de la vida de un alumno particular, con la que Smedley contribuyó, animado por dos primos suyos, de forma anónima al Sharpe's London Magazine entre 1846 y 1848; las Escenas resultaron ser tan exitosas que posteriormente serían ampliadas en Frank Fairlegh, o escenas de la vida de un alumno particular, publicada en 1850 en formato de novela medianamente extensa. Enseguida sería requerida una segunda edición, que fue ilustrada por George Cruikshank.[191]

Ofrecer un retrato satisfactorio de la juventud en su condición escolar, algo que debiera entretener al mismo tiempo a los jóvenes y a sus mayores, es una tarea complicada, si no imposible; pero, después de Tom Brown's Schooldays (y excluyendo Viceversa), es probable que ningún libro haya estado más cerca de una solución al problema que Frank Fairlegh, cuyos primeros capítulos representan la cima de los logros literarios de Smedley. Para obtener su éxito, el autor evita felizmente cualquier intento de patetismo y lo fía todo a un suceso bien ideado y en una veta de jocosidad genuina, si bien un tanto rudimentaria.[192]

Edward Bradley (1827-1889) fue amigo y socio de Cruikshank, Frank Smedley, Mark Lemon y Albert Smith.[Nota 20][193] Generalmente escribía para la prensa bajo el seudónimo de «Cuthbert Bede», la suma de los nombres de los dos santos patronos de Durham. Su único éxito literario notable lo obtuvo en 1853, cuando produjo Las aventuras de Mr. Verdant Green, un novato en Oxford.[193] La primera parte fue publicada en octubre de 1853;[193] la segunda parte aparecería en 1854 y la tercera en 1856. Las tres partes fueron posteriormente encuadernadas en un volumen, del cual para 1870 se habían vendido cien mil copias.[193] El personaje de Verdant Green es una especie de Pickwick universitario, y el libro está repleto de diversión inofensiva. Cuando consideramos la dificultad del tema, la fidelidad general con la que se describe una cara de la vida universitaria, y el hecho de que el propio Bradley no era un oxoniense, difícilmente podemos denegar al autor cierta dosis de genio.[194] Una secuela, escrita por Bradley muchos años después con el título de El pequeño Mr. Bouncer y su amigo Verdant Green (1878), no se acercó al original en su vigor.[194]

Thomas Hughes (1822-1896), amigo de Kingsley y de Maurice, y miembro activo del grupo de los Socialistas Cristianos, reduce la historia a biografía y descripción de su propia vida escolar en Tom Brown's School Days,[195] que apareció de forma anónima en abril de 1857. Su éxito fue rápido, publicándose cinco ediciones en nueve meses.[196] Esta novela de propósito didáctico-social alcanzó una enorme popularidad[197] y resultó muy útil: además de ser una obra clásica en su género, hizo mucho por fijar el concepto inglés de lo que debería ser una escuela pública.[198] Probablemente sea imposible representar al escolar en su estado natural y de un modo realista; es extremadamente difícil retratarlo de tal manera que le resulte interesante a los adultos. Con todo, esto último ciertamente se ha logrado dos veces en la literatura inglesa: por Dickens en Nicholas Nickleby y por Hughes en Tom Brown. En ambos casos, el interés se concentra en el maestro, en el primero un demonio, en el segundo un semidiós.[198] Tom Brown's School Days es un fragmento de vida, presentado de forma sencilla y modesta, con un humor poco común que aparece por todas partes, e impregnado del mejor género de sentimiento religioso inglés.[196] El libro fue escrito expresamente para jóvenes, y sería difícil medir la buena influencia que ha ejercido sobre innumerables muchachos por su poder para participar de sus modos y prejuicios, y para apelar a sus mejores instintos; pero ha sido recomendado a lectores de toda edad, clase y carácter.[196] En su idioma, tal vez siga constituyendo el mejor cuadro de la vida en las escuelas públicas inglesas. Su secuela, Tom Brown en Oxford (1861), fue un relativo fracaso.[197]

George Alfred Lawrence (1827-1876) iba para abogado, pero pronto dejaría su profesión y se entregaría a la literatura. En 1857 asombró a los lectores de novelas con su Guy Livingstone, or Thorough, con su deificación de la fuerza y su muy cuestionable moralidad. Los críticos hostiles describieron al héroe como una mezcla de luchador y libertino, mientras que los admiradores del libro elogiaron su desprecio de los convencionalismos y la osadía personal tanto del héroe como del autor, y un relato que el autor incluyó en la obra describiendo su propia niñez y su vida universitaria le daba un toque adicional al libro. Se vendió mucho, y a partir de entonces Lawrence produciría una obra de ficción casi cada dos años.[199] En sus numerosos libros, el estilo de Lawrence es siempre vigoroso, y él nunca resulta aburrido.[200]

Narrativa fantástica

En 1856 se publicó la primera novela del también poeta George Meredith: The Shaving of Shagpat: An Arabian Entertainment [El afeitado de Shagpat: un entretenimiento árabe]. Se trata de una fantasía sobre el tema de Las mil y una noches, que supera con facilidad a su precursora, Vathek de Beckford, en la maestría con la que capta el espíritu oriental.[201] Es una obra de singular imaginación, humor y romance,[86] una brillante fantasía oriental.[84] Modelada sobre los relatos de Las mil y una noches, capta con maravilloso ardor la mágica atmósfera del orientalismo, y en este género sigue constituyendo un triunfo único en la literatura moderna. Aunque poco apreciada por el público, su genialidad fue inmediatamente reconocida por coetáneos como George Eliot y Dante Gabriel Rossetti, quien se contaba entre los amigos íntimos de Meredith.[86]

Además de poeta, George MacDonald fue un prolífico novelista, especialmente célebre por sus conmovedores cuentos de hadas y relatos fantásticos de notable encanto y originalidad,[202] así como por haber ejercido una notable influencia posterior en la obra de autores como Edith Nesbit, W. H. Auden, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis o Madeleine L'Engle. A partir de 1857 las energías de MacDonald fueron absorbidas en gran parte por la ficción en prosa de dos clases, una de las cuales se ocupaba de cuestiones místicas y psíquicas[203] En 1858 apareció el delicioso "romance feérico"[204] Phantastes: A Faerie Romance for Men and Women, igualmente atractivo como alegoría y como cuento de hadas. Alcanzó rápidamente la categoría de Ondina y otros clásicos del género.[203] El volumen de relatos Adela Cathcart (1864) y El portento, una historia sobre la clarividencia (1864), desafiaban acertadamente el materialismo de la época.[203]

Novela sensacionalista

El género popular de «novela sensacionalista» («sensation novel») surgió en Gran Bretaña a partir de las anteriores novelas melodramáticas y «novelas de Newgate», y se desarrolló en las décadas de 1860 y 1870. El término «sensation novel» se aplicó inicialmente en tono despectivo a una amplia gama de novelas de crímenes, misterio y terror escritas en la década de 1860.[205] El subgénero quedó eficazmente definido en un período de dos años por las novelas de Wilkie Collins, Ellen Wood y Mary Elizabeth Braddon, inicialmente publicadas por entregas en las nuevas revistas literarias antes de aparecer en un formato de tres volúmenes favorecido por los préstamos bibliotecarios.[205] Winifred Hughes asocia el auge de la «novela sensacionalista» en la década de 1860 con un continuado gusto popular por la novela gótica del siglo anterior (particularmente el goticismo escalofriante de Ann Radcliffe y el más horripilante de Matthew G. "Monk" Lewis, las novelas históricas de Sir Walter Scott, las historias orientales de Lord Byron) y por la más reciente «novela de Newgate», iniciada por William Harrison Ainsworth, Edward Bulwer-Lytton y Charles Dickens. Los críticos conservadores, sostiene esta autora, consideran este nuevo subgénero ―como así ejemplifican las novelas de principios de la década de Wilkie Collins, Ellen Wood y M. E. Braddon― como "impetuoso, vulgar y subversivo".[206] Si bien fue La dama de blanco (1859-60), de Wilkie Collins, la novela que inició la moda «sensation»,[205] sería la controvertida East Lynne (1861), de Ellen Wood, la primera obra en ser denominada por la crítica como "sensacionalista" y la que inició una tendencia entre cuyos principales exponentes también se incluyen, además de los mencionados Collins (Sin nombre, 1862; Armadale, 1866) y Wood (La sombra de Ashlydyat, 1863), Mary Elizabeth Braddon (El secreto de Lady Audley, 1862; Aurora Floyd, 1863) y Charles Reade (Griffith Gaunt o los celos, 1866; Juego sucio, 1869).

Ficción detectivesca, policíaca y de misterio

La identidad de Charles Warren Adams (1833-1903) como autor de El misterio de Notting Hill no fue establecida hasta 1952 por el filólogo William E. Buckler y corroborada en 2011 por el profesor y especialista en novela policiaca Paul Collins.[207] Adams se publicó a sí mismo al menos dos novelas muy populares, Velvet Lawn (1862) y El misterio de Notting Hill (1865), firmadas con el seudónimo de Charles Felix.[207] El misterio… se había publicado antes, por entregas y sin firma del autor, en Once A Week, del 29 de noviembre de 1862 al 17 de enero de 1863, con ilustraciones de George Du Maurier.[208] Según dijo en 1972 el difunto Julian Symons, gran conocedor de la novela policiaca, "sin duda" El misterio de Notting Hill es "la primera novela de detectives".[208]

En El misterio de Notting Hill, la investigación corre a cargo de un agente de seguros, Ralph Henderson. La novela es su informe, en el que aporta todas las pruebas que demuestran, a su satisfacción, que Madame R. fue asesinada, así como el modo en que se cometió el crimen. En el informe se encuentran declaraciones de numerosos testigos, entre ellos policías, y todas se analizan meticulosamente y se valoran con método y precisión. No hay persecuciones espectaculares, ni enfrentamientos con delincuentes ni operaciones encubiertas. En este sentido, la novela destaca por su modernidad.[209] Por lo que respecta a los anales de la literatura, es también la primera novela completa de detectives en lengua inglesa.[210]

La década de 1860 marca el despertar de la novela policiaca. La más conocida de las primeras que se escribieron es La piedra lunar, de Wilkie Collins (1824-1889), publicada en 1868, después de su presentación por entregas en All The Year Round, de enero a agosto de ese mismo año.[208] Cuando se publicó La piedra lunar, la novela de detectives ya era un género consolidado.[211]

Con elementos de misterio y atmósferas tenebrosas tomados de los novelistas góticos (si bien este autor podía hacer aparecer el misterio y el terror de una manera mucho más ingeniosa que Horace Walpole o Ann Radcliffe[106]) y otros más influidos por el realismo oscuro y descarnado de las últimas novelas de Dickens, Collins creó un género nuevo que posteriormente sería cultivado por escritores tan conocidos como Arthur Conan Doyle y Agatha Christie.[212] Bajo el influjo de la novela epistolar del siglo XVIII, Collins fue el primer novelista que usó el procedimiento de que una historia fuera contada por los personajes de la fábula. Este concepto de los diversos puntos de vista sería utilizado y profundizado después por Browning y por Henry James.[213]

El argumento de The Moonstone (La piedra lunar) no es tan complicado como el de The Woman in White, y ninguno de sus personajes se puede comparar con el conde Fosco en firmeza y astucia; sin embargo, la obra está impregnada de un ambiente de misterio y temor,[214] y en ella figura uno de los primeros detectives de la novela inglesa, el sargento Cuff. Como The Woman in White, The Moonstone se construye con el procedimiento de buscar la verdad mediante el testimonio de distintos personajes. El mérito de Wilkie Collins está en la fuerza con que impone su ambiente agorero, en las escenas de desolación, depresión y horror.[214] Ha sido llamada "la primera, la más larga y la mejor de las novelas policíacas inglesas modernas".[138] T. S. Eliot y Dorothy L. Sayers consideran La piedra lunar la primera novela de detectives en inglés, aunque Edgar Allan Poe inició el relato de crimen y deducción dos décadas antes.[205] Eliot dijo de ella que no solo es la más larga, sino también la mejor de cuantas novelas policiales han sido escritas.[213]

Fergus Hume (Fergusson Wright Hume, 1859-1932) nació en Inglaterra, pero fue llevado a Dunedin por su padre cuando era muy joven.[215] Al descubrir que las novelas de Gaboriau eran entonces muy populares en Melbourne, obtuvo y leyó varias de ellas y decidió escribir una novela de un género similar. El resultado fue The Mystery of a Hansom Cab, que tuvo un éxito inmediato cuando se publicó en 1886.[215] Se trata de una historia "cruda pero ingeniosa" en la que el autor basó sus descripciones de los bajos fondos en su conocimiento de la calle Little Bourke.[Nota 21][216] Con el éxito de esta primera novela y la publicación de otra, El secreto del profesor Brankel (c. 1886), Hume escogió la profesión literaria.[216] Durante más de treinta años fluiría de su pluma un torrente constante de novelas de detectives.[215] Publicó unas 140 novelas, la mayoría de ellas historias de misterio ambientadas en Inglaterra, América, África o en el Continente, que visitaba a menudo. Solo Madam Midas (1888) y su secuela, Miss Mephistopheles (1890), estaban ambientadas en Australia, si bien otras quince contenían algún tipo de asociación con la colonia. Sus novelas tenían tramas ingeniosas pero sin gran valor literario, y ninguna gozó de la popularidad de The Hansom Cab, que desempeñó un importante papel en el auge de la literatura de evasión.[216]

Hume nunca repetiría el éxito de su primer libro, del cual se vendieron alrededor de medio millón de ejemplares en vida del autor, pero sus restantes libros tuvieron su público; hasta siete llegaron a publicarse en un año. Fue un competente escritor de historias de misterio, y puede ser considerado como uno de los precursores de los numerosos escritores de historias de detectives cuyas obras han sido tan populares en el siglo XX.[215]

El escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930), médico de profesión, fue un escritor de segundo orden a quien el mundo debe un personaje inmortal: Sherlock Holmes. Este ser casi mitológico está construido sobre el caballero Dupin de Edgar Allan Poe, pero goza de una vitalidad que no tiene su precursor.[217] En 1891 alcanzó una inmensa popularidad con The Adventures of Sherlock Holmes (Las aventuras de Sherlock Holmes), que aparecieron originalmente en The Strand Magazine. Estos ingeniosos relatos del éxito del imperturbable Sherlock Holmes, quien había hecho su primera aparición en A Study in Scarlet (Estudio en escarlata), 1887), resolviendo crímenes y desentrañando misterios, encontrarían multitud de imitadores.[218] El novelista retomaría a su héroe en The Sign of the Four (El signo de los cuatro), 1889) y The Memoirs of Sherlock Holmes (Las memorias de Sherlock Holmes), 1893).[219]

Doyle ha sido conocido por varias generaciones de lectores ingleses pertenecientes a todos los niveles culturales y poseyendo un pensamiento crítico muy diverso, y el público ha disfrutado mucho con sus relatos. Su personaje, el detective Sherlock Holmes, y su ingenuo y honrado compañero, el doctor Watson, son nombres familiares, cuando menos en Inglaterra.[220]

Ficción especulativa

Al cierre de su larga carrera, Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) escribió The Coming Race (1871), anticipo de la novela utópica de Samuel Butler y H. G. Wells.[221]

La influencia de Darwin y de los biólogos científicos es muy evidente en la obra narrativa de Samuel Butler (1835-1902). Butler vivió durante un tiempo en Nueva Zelanda y en 1864 regresó a Inglaterra lleno de energía para formular severísimos ataques contra la educación, la hipocresía, las inadecuadas relaciones entre padres e hijos, el optimismo industrial y progresista, y la aburguesada complacencia de la sociedad victoriana.[222] Butler interesa sobre todo como autor de tres novelas de originalidad singular.[223] Erewhon (anagrama de «nowhere», En ningún lugar, 1872) es una narración novelada en la que critica la sociedad contemporánea.[223] En los personajes de la obra, Butler ataca ferozmente la robinsoniana insularidad británica, la estupidez y lo disparatado de las instituciones de su país,[223] y ridiculiza el culto religioso anglicano y la teología de las iglesias cristianas.[223] El autor arremete contra la industrialización y la mecanización, y advierte la posibilidad de que el abuso de las máquinas llegue un día a aniquilar al hombre: las máquinas destruirán al ser humano y se arrogarán sus funciones. Tampoco la educación se libra de sus sátiras.[223] El rechazo del dogma fundamental de la fe cristiana, y su falta de respeto por los sentimientos y la actuación de los ministros protestantes y los fieles, quedaron materializados en la atrevida sátira Erewhon Revisited (Nueva visita a Erewhon, 1901),[224] secuela de la anterior. La obra apunta con ánimo satírico al mito de la resurrección y ascensión de Jesucristo.[224]

Tras publicar su obra poética más extensa, a partir de 1870 William Morris entraría ya en el período de su vida en el que comenzó a sentir de manera inexorable la llamada que le haría dedicarse a la tarea más inmediata del reformista.[225] Como Carlyle, Ruskin y Newman, Morris fue uno de los hombres que, en los días del comercialismo triunfante, lucharon con esfuerzo, convicción y visión de futuro contra lo que consideraban un sistema de vida absurdo.[226] La vida humana ideal del futuro estaba fuera de su alcance; volvió entonces una vez más a la de un pasado remoto o fabuloso, en una serie de novelas en prosa que continuaría escribiendo durante el resto de su vida.[227] Entre 1886 y 1887 publicó por entregas el más notable de sus escritos en prosa, El sueño de John Ball, una obra de sublimidad y belleza singulares, que puede ser clasificada como una novela o como un estudio sobre filosofía de la historia.[227] The House of the Wolfings (1889) es una historia en la que un elemento romántico y sobrenatural se combina con una ambientación semi-histórica de la vida en una comunidad teutónica de Europa Central en la época del Imperio romano tardío. Fue seguida por The Roots of the Mountains (Las raíces de las montañas, 1890), una historia con un método un tanto similar, pero en un lugar y un tiempo menos definidos. La primera de estas historias está vehiculada en una mezcla de prosa y verso utilizada con notable destreza, que no repetiría, a pesar de que las siguientes novelas contienen pasajes de poesía lírica.[227] A mitad de camino entre estas novelas y la literatura socialista se encuentra la pastoral romántica de News from Nowhere (Noticias de ninguna parte), que describe la Inglaterra de algún futuro remoto bajo un comunismo realizado.[227] Si en la dorada «tierra de nadie» de su utopía News from Nowhere[226] apenas hay lugar para la literatura y la poesía, es porque Morris considera que estos placeres solo son imprescindibles en un mundo cuya fealdad hace necesaria la alienación por medio del arte.[226] Después vinieron The Story of the Glittering Plain (Historia de la llanura resplandeciente, 1890), The Wood beyond the World (El bosque más allá del mundo, 1894), Child Christopher (1895) y The Well at the World's End (El pozo en el fin del mundo, 1896), la más extensa y elaborada de sus novelas. The Water of the Wondrous Isles y The Story of the Sundering Flood, las dos últimas de la serie, serían publicadas solo después de su muerte (en 1897 y 1898).[227]

Estos relatos sobre el mundo redimido del futuro constituyen la parte de su obra que gozó de una mayor proyección. Para algunos, los relatos escritos en esta prosa imaginativa del último período poseen un valor superior a cualquiera de sus poesías, y es bien cierto que en narraciones tales como The Well at the World's End evocarían un mundo imposible de encontrar en ninguna otra parte.[228] Morris es un buen prosista, y sus narraciones de carácter socializante, A Dream of John Ball (El sueño de John Ball, 1888, mezcla de prosa y verso) y News from Nowhere (Noticias de ninguna parte, 1891), tienen el encanto y la fascinación imaginativa que caracterizan a este escritor singular.[229]

Novela naturalista

Atendiendo a criterios puramente semánticos, el Diccionario de la lengua española, elaborado por la Real Academia Española, define naturalismo, en su tercera acepción, como la "corriente literaria del siglo XIX que intensifica los caracteres del realismo inspirándose en la ciencia experimental y en la concepción determinista de las actitudes humanas". Aplicando a la literatura métodos científicos, el naturalismo pretendía reproducir la realidad con la máxima objetividad y en todos sus aspectos, incluso en los más vulgares.[230] Los más destacados representantes de la narrativa naturalista en Gran Bretaña fueron Thomas Hardy (1840-1928), George Gissing (1857-1903) y George Moore (1852-1933).

Otros novelistas victorianos

Sir Walter Besant (1836-1901), novelista e historiador de Londres,[231] ejerció con éxito numerosas ramas del arte literario, pero es mayormente conocido por su larga sucesión de novelas, muchas de las cuales han gozado de una notable popularidad.[232] En 1871 inició su fructífera sociedad literaria con James Rice.[Nota 22][233] El primer resultado de la misma fue Ready-Money Mortiboy, que apareció inicialmente por entregas en el Once A Week y fue publicada en tres volúmenes en 1872. El libro fue acogido con entusiasmo por el público. La colaboración se mantendría hasta la invalidez de Rice por enfermedad en 1881. Los frutos fueron My Little Girl (1874); With Harp and Crown (Con el arpa y la corona, 1874); This Son of Vulcan (Este hijo de Vulcano, 1875); The Golden Butterfly (La mariposa dorada, 1876), un éxito triunfal; The Monks of Thelema (Los monjes de Thelema, 1877); By Celia's Arbour (Junto a la arboleda de Celia, 1878); The Chaplain of the Fleet (El capellán de la flota, 1879) y The Seamy Side (El lado sórdido, 1881).[234] El reparto de tareas hacía que Rice fuera principalmente responsable de la trama y su desarrollo, y Besant de la forma literaria.[234] De estas novelas, al menos dos, The Golden Butterfly y Ready-Money Mortiboy, se encuentran entre sus obras más vigorosas y significativas. Atribuibles, aunque no sin exageración y excentricidad, a la influencia de Dickens, están llenas de abundante humor, observaciones perspicaces y sano sentido común, y contienen personajes que se han ganado un lugar en la amplia galería de la ficción británica.[232]

Nueva literatura: la narrativa

En el último cuarto del siglo XIX, el número de aficionados a la novela era mayor que nunca. La Ley de Educación de 1870 garantizó la educación general básica de los cinco a los once años, lo cual generó grandes expectativas de lectura entre personas procedentes de clases trabajadoras, semieducadas, que buscaban en la literatura una manera de distraerse en sus ratos libres. Esta época no hizo surgir a Dickens, el gigante literario capaz de arrasar las barreras sociales, pero sí a Robert Louis Stevenson (1850-1894), un narrador nato de extraordinaria sensibilidad estilística.[235]

Mediada la década de 1870, hicieron su aparición nuevos valores, tanto por lo que se refiere a las novelas que se escribían como al público que las leía. El número de lectores fue en aumento, y muchos de ellos no poseían tradición alguna y se oponían a las largas novelas de tres volúmenes que habían sido antes muy populares.[236] Los nuevos lectores querían una novela fácil de leer y no demasiado larga. Esa clase de demanda había existido siempre, pero iría incrementándose con el aumento del público lector.[237] Stevenson habría de ser uno de los primeros escritores en conseguir que los editores fueran conscientes de esos cambios.[236] Paulatinamente, los editores se dieron cuenta de que podían obtener mayores beneficios de los volúmenes más cortos y más asequibles.[236] A partir de ese momento, se pueden detectar dos tipos de novelistas: aquellos que de forma deliberada o natural se adaptan al gran público, y aquellos otros que siguen el camino que les marca su arte por lugares más difíciles y que a menudo ven cómo se les niega el favor popular.[238]

La novela desde 1881 ha seguido un rumbo curiosamente análogo al de la escritura histórica. Afianzado como estaba por maestros del viejo régimen como Meredith y Hardy, y por aquellos que en ese momento gozaban incluso más del favor popular como Wilkie Collins, Anthony Trollope, Besant y Rice, Blackmore, William Black y un enorme regimiento en auge de mujeres novelistas ―Mrs. Lynn Linton, Rhoda Broughton, Mrs. Henry Wood, Miss Braddon, Mrs. Humphry Ward―, el género parecía firmemente anclado a las viejas fórmulas y a las viejas formas.[239]

Hacia el fin del siglo XIX, la novela se hallaba firmemente establecida como género literario. En 1884, Henry James, en The Art of Fiction, explicaba el cambio que se había operado y determinaba el lugar que le correspondía a la novela en el campo de la literatura. Era el momento en que Meredith, Walter Pater, Henry James, Conrad y George Moore se imponían el deber de cultivar la novela con estricto rigor artístico y dedicar a su composición el cuidado tradicionalmente concedido a la poesía y al drama. Sin embargo, los ideólogos y teorizantes se aprovecharon del género como vehículo de crítica social y para satirizar las costumbres establecidas. El principal en esta línea fue Butler, que se sirvió de la novela para demoler las tradiciones victorianas y la utilizó como advertencia crítica de la sociedad futura.[222]

A finales de siglo comienza a abrirse un vacío entre lo que lee la intelligentsia y lo que lee el inglés medio. Como el relato cae en baja estima para los críticos, porque parece demasiado fácil o poco digno, surge una nueva casta de escritores populares que vienen a satisfacer la necesidad de lectura. Entre ellos podemos mencionar a Rider Haggard, Ouida, E. W. Hornung (el creador de las historias de los Raffles) y, el mejor de todos, Conan Doyle, que dominaba a la perfección todo género popular que tocaba.[240]

George Meredith (1828-1909) publicó en 1874-75 su novena novela, Beauchamp's Career (El oficio de Beauchamp), que pasa por ser la favorita del propio autor.[241] Es un libro enriquecido con el colorido local derivado de las observaciones realizadas durante su estancia en Normandía, así como en el Caffè Florian en 1866.[90] El personaje protagonista está supuestamente basado en el almirante Maxse.[Nota 23][86] El libro protesta, a través de la capacidad intelectual del joven oficial naval Beauchamp (un reflejo de Maxse), por un lado contra los aristócratas holgazanes que se niegan a estar en la vanguardia y por otro contra los falsos ídolos de Mánchester; el complejo héroe se ve obstaculizado por la «fiebre de la manzana» (como define Meredith su predisposición por algunas de las más bellas hijas de Eva), y en ocasiones por una especie de megalomanía. La composición mantiene el interés intensamente vivo, y el libro termina con el aguijonazo de la muerte del héroe por ahogamiento.[90] Beauchamp's Career y The Egoist marcan el cénit del poder de concentración de Meredith.[90]

La crítica clasifica otras obras narrativas ―The House on the Beach (1877), The Case of General Ople and Lady Camper (1877) y The Tale of Chloe (1879)― en un período medio de transición cronológica y temática entre las novelas tempranas y tardías de Meredith, en el que el sentimiento feminista del autor se intensificó, apoyando en sus textos los derechos de y el respeto hacia la mujer.[cita requerida] Las dos primeras eran ligeros pero brillantes ejercicios de comedia.[86]

Las obras de su último período amplían el campo para abarcar la política inglesa, alemana e italiana de la época. Son especialmente dignas de mención The Egoist (1879), The Tragic Comedians (1880) y Diana of the Crossways (1885); en estas dos últimas, Meredith se inspiró en dos hechos reales de su época.[cita requerida] El método de Meredith está plenamente desarrollado en El egoísta. No permite la crítica de los prejuicios sociales, porque éstos son la urdimbre necesaria para la situación. Tanto ésta como el personaje están concebidos con penetración y sutileza psicológicas, pero estáticamente.[85] Meredith escribe esta novela en la cumbre de su capacidad creadora y marca el inicio de un cambio de estilo caracterizado por una mayor meticulosidad en la elección de palabras y frases y una mayor condensación de ideas con respecto a sus predecesoras.[241] Se trata de una obra que resulta ciertamente difícil de leer para aquellos que simplemente quieren una "historia", pero que por su concentrado análisis y su genuino drama del espíritu humano es una producción asombrosa.[86] La tesis principal de Meredith consistía en que un hombre sin sentido de la comedia está muerto para las más sutiles cuestiones del espíritu, y la concepción de Sir Willoughby Patterne, la figura central de The Egoist, es una encarnación de esta idea en persona.[86]

A continuación, Meredith comenzó a esbozar, primero a partir de artículos periodísticos y de Meine Beziehungen zu Ferdinand Lassalle (Breslavia, 1879) de Hélène von Racowitza,[Nota 24] un romance contemporáneo sobre la historia de amor y la muerte en un duelo del socialista alemán Ferdinand Lassalle. Meredith tituló su narración dramática The Tragic Comedians [Los comediantes trágicos] y la enriqueció con algunos de sus epigramas más brillantes y originales. Apareció inicialmente en The Fortnightly (octubre de 1880-febrero de 1881) y fue ampliada para su publicación por separado (por Kegan Paul[Nota 25]) en diciembre de 1880. A pesar de la imperfección de sus materiales, Meredith evaluó con precisión los valores de su héroe y heroína: Alvan (Lassalle),[242] habituado al éxito, de raza judía, revolucionario y libertino, y Clotilde (Hélène von Dönniges), una joven cristiana de una noble, exclusivista y anti-demagoga familia de filisteos.[242]

La aparición de Diana of the Crossways (1885), un libro brillante, repleto de su más madura delineación de personajes, aunque atormentando aquí y allá al lector ocasional con los manierismos expresivos del novelista, marca una época en la carrera de Meredith,[86] ya que fue la primera novela del autor que logró aproximarse a la popularidad general.[241] Su protagonista, Diana Merion, es un personaje más atrayente y mejor adaptado al concepto común de comedia, pero está igualmente estereotipado, a través de toda la novela, como la misma muchacha irlandesa llena de atractivo.[85] Diana estaba claramente inspirada en la brillante Caroline Sheridan, la honorable Mrs. Norton[Nota 26][243] La novela fue un éxito inmediato, y el nombre del autor, hasta entonces prácticamente desconocido por el gran público, alcanzó la popularidad.[244] Como las otras obras de Meredith, Diana of the Crossways está llena de belleza, ingenio y poesía, y representa el mayor empeño del autor por la emancipación de la mujer.[245]

Las novelas de la última fase tienen como eje principal y común la defensa de la mujer herida en su orgullo y comprometida en su honor por el despotismo masculino.[246] En la magnífica trilogía que escribe en los años noventa, al final de su carrera novelística, Meredith estudia con especial detenimiento las relaciones hombre-mujer vinculadas a consideraciones de nacimiento, posición social y legitimidad.[245] Meredith se dedicó siempre a analizar minuciosamente la debilidad y la impostura del espíritu humano. En ocasiones parece como si hiciese de la vida algo demasiado complejo, y, a medida que va avanzando su obra, la complejidad aumenta,[247] hasta alcanzar su punto culminante en One of Our Conquerors (Uno de nuestros conquistadores, 1891), que aborda el drama de la ilegitimidad en la figura de una mujer nacida de las relaciones extramatrimoniales de sus padres. El resultado es una magnífica representación de un tema pleno de tragedia tanto como de comedia.[86] Lord Osmond and his Aminta (Lord Ormond y su Aminta, 1894) explora el caso de la diferencia de nivel social en el matrimonio.[245] En The Amazing Marriage (Un matrimonio asombroso, 1895) Meredith insiste en el mismo tema y demuestra hasta qué punto el orgullo de casta de un hombre impide apreciar cuanto es auténticamente noble y valioso en una mujer.[245] Ninguna de las dos últimas mencionadas alcanzó el nivel de las novelas anteriores, aunque en la última el autor pareció captar un resplandor de genio.[86] Estas tres novelas muestran una tendencia a acentuar las cualidades estilísticas que impidieron la popularidad general de todas las obras de Meredith, y contribuyeron poco a su reputación.[241]

Las novelas de Meredith se parecen más a diálogos platónicos que a obras de ficción. Sus personajes tienen por regla general muy poca voluntad o carecen de un discurso propio. La voz de su creador se puede escuchar constantemente animándolos desde detrás de una cortina. Los poemas llenan los intersticios del pensamiento en las novelas. Oscar Wilde dijo con cierta razón que Meredith lo dominaba todo menos el lenguaje: como novelista podía hacer cualquier cosa excepto contar una historia, como artista era todo menos elocuente.[248] A esto se podría responder que era lo suficientemente elocuente cuando así lo deseaba.[248] Delinea caracteres mediante un extraño proceso taquigráfico propio; sus hombres, y especialmente sus mujeres, trascienden la naturaleza humana ordinaria, pero sus heroínas, y entre ellas sus «rosas inglesas», difícilmente pueden ser igualadas salvo por Shakespeare. Su poder descriptivo y su conocimiento de las cámaras secretas del cerebro eran realmente soberbios. Pero las descripciones, los personajes y las tramas estaban en las novelas totalmente subordinados a los ideales de su imaginación.[248]

Aunque las obras de Meredith nunca fueron y probablemente nunca serán generalmente populares, su genio fue, desde el principio, reconocido por los mejores jueces.[241] Para compensar sus defectos, Meredith ofrece humor ―a menudo caprichoso, es cierto, pero entusiasta y brillante―, una observación cercana de la naturaleza y una exquisita sensibilidad por la misma, una capacidad maravillosa para la pintura verbal, el más delicado y penetrante análisis de caracteres, y un optimismo invencible que, aunque no logra cegar los aspectos más oscuros de la vida, triunfa sobre la depresión que éstos podrían inducir en una naturaleza más débil.[249] Meredith es un novelista brillante, concentrado y complejo. El humor, ingenio, magia y colorido de su estilo son evidentes.[250] Es un artista literario. Se ocupa de los grandes temas, no de los pequeños; los personajes de sus ficciones son personalidades, seres humanos, no "héroes" ni "buenos chicos"; y no se rebaja a complacer la lubricidad o abastecer al "público lector".[251] Como intérprete de la mujer y defensor de la personalidad femenina, Meredith es el más destacado de los novelistas del siglo XIX.[250]

Ouida (Marie Louise de la Ramée, 1839-1908) escribió más de 40 novelas, que gozaron de considerable popularidad.[252] En el primer periodo de su producción literaria (años 1860), había seguido la moda de la narrativa sensacionalista imperante en la época. De sus obras posteriores cabe destacar Two Little Wooden Shoes (1874), Signa (1875), In a Winter City (1876), Moths (1880), In Maremma (1882) o A House Party (1887). En The Massarenes (1897), ofrecía un espeluznante cuadro del millonario advenedizo en la sofisticada sociedad londinense. Este libro era muy apreciado por Ouida, pero no lograría sustentar su popularidad, que decayó después de 1890.[253]

Richard Jefferies (1848-1887), novelista y naturalista, publicó en 1874, en parte con su propio dinero, su primera novela: The Scarlet Shawl (El chal escarlata). Al igual que sus sucesoras, Restless Human Hearts (Inquietos corazones humanos, 1875) y The World's End (El fin del mundo, 1877), resultó ser un fracaso. Su siguiente novela, The Dewy Morn, aunque netamente superior a sus predecesoras, no pudo en aquel momento encontrar editor.[254] Tras publicar una serie de obras misceláneas y de carácter científico, Jefferies sintió la necesidad de combinar al naturalista con el novelista, y, comprimida en el molde de la ficción, la profusión de sus observaciones y su imaginación adquirieron algo así como una unidad artística.[255] Wood Magic: A Fable (Wood Magic: una fábula, 1881) forma una secuencia con la posterior novela Bevis: the Story of a Boy (Bevis: la historia de un niño, 1882); ambas están protagonizadas por el mismo niño-héroe y ambientadas en un entorno bucólico, si bien la primera es una fábula llena de fantasía mientras que la segunda es más realista. Bevis es la idealización de su propia infancia. Es un libro hermoso, pero fue superado con creces por la originalidad creativa de su predecesor, Wood Magic (1881), que está basado en la idea de un mundo de animales que hablan y razonan, mostrando en sus modos y hechos todas las pasiones del género humano, y entre los cuales un niño, el único personaje humano, se mueve un tanto como el coro de una tragedia griega. El último capítulo, el "Diálogo de Bevis y el viento", es uno de los mejores poemas en prosa en su lengua.[255] Así como Bevis idealiza las escenas y episodios de la infancia de Jefferies, The Story of my Heart (La historia de mi corazón, 1883) idealiza los sentimientos y anhelos de su juventud; difícilmente sea lo que el muchacho realmente pensaba, pero encarna todo lo que habría de pensar una vez que hubiese alcanzado intelectualmente la condición de hombre. El único punto fijo en ella es su intenso panteísmo.[255] Estos libros, junto con Wild Life, le otorgan a Jefferies su lugar permanente en la literatura inglesa.[255] Posteriormente, Jefferies concluiría su novela más ambiciosa y singular, Amaryllis at the Fair (1884). Estrechamente basada en sus propias experiencias familiares, describe una granja y una familia que se acercan de manera imperceptible al desastre. Hay en ella poco desarrollo narrativo.[cita requerida]

Retrato de Henry James (1900), obra de la pintora estadounidense Ellen Emmet Rand (1875-1941).

De todos aquellos escritores que iniciaron su actividad en el siglo XIX y la prosiguieron en el XX, ninguno está más cerca de nosotros que Henry James (1843-1916),[256] contemporáneo de Thomas Hardy. Indudablemente no hay dos novelistas más distintos. Hardy nunca fue bueno a la hora de analizar minuciosamente las motivaciones de la conciencia y nunca se sintió a gusto al describir el grupo social que a James más le iba, el de la gente acomodada. En realidad, James sigue la tradición de novela realista heredada de Jane Austen (a quien sorprendentemente no valora), George Eliot y Turguénev (el modelo que más claramente reconocía). Evita las estructuras melodramáticas, grotescas y tambaleantes[257] de la novela victoriana típica de los primeros años. Sus personajes se enfrentan a problemas amorosos y conyugales, o a la alternativa que se les plantea cuando no saben si deben dejarse llevar por el propio interés o renunciar al mismo. Suelen contraponer distintos códigos de conducta, en un entorno meticulosamente diseñado que forma parte de la acción, aunque esta se adelanta ligeramente y las cuestiones morales afloran a la superficie a través del análisis detallado de las mentalidades o a través de inteligentes diálogos alusivos.[257]

Como novelista, Henry James es moderno entre los modernos tanto en temas como en métodos. Es enteramente leal a la vida contemporánea y reverencialmente exacto en su transcripción de las fases. Sus personajes son, en su mayoría, gente de mundo que concibe la vida como una de las bellas artes y dispone de tiempo libre para llevar a cabo sus teorías. Rara vez se encuentran de cerca con algún cometido práctico desagradable. Son sutiles y complejos con la sutileza y la complejidad que provienen de la preocupación consciente por ellos mismos. Son especialistas en conducta y consumados maestros en casuística, y están llenos de variaciones y sombras de recovecos.[258] Revelar el poder y la tragedia de la vida a través de tantas condiciones minuciosamente limitantes y aparentemente artificiales, y por medio de personajes un tanto cohibidos y propensos a hacer de la vida no más que un pasatiempo placentero, bien podría parecer una tarea imposible. Sin embargo, es precisamente en esto en lo que Henry James tiene un éxito preeminente. Lo esencialmente humano es lo que realmente le importa, por mucho que en ocasiones pueda parecer preocupado por su técnica artística o por la máscara de convenciones a través de la cual hace que se revele lo esencialmente humano.[258]

Henry James nació en América, pero se asentó en Inglaterra, donde vivió sus últimos cuarenta años.[257] Un año antes de su muerte se hizo ciudadano inglés.[256] Roderick Hudson (1875) fue su primera novela extensa.[259] Sus primeras novelas, por ejemplo Daisy Miller (1878), describen el contacto de los americanos con la vida europea.[247] Conocer esta novela de Henry James en todas sus formas, supone conocer los temas y el estilo de su autor.[260] La heroína que da título a la novela es una joven estadounidense que desobedece las reglas de conducta europeas. Este esbozo de personaje fue muy criticado por no ser una representación fiel del arquetipo estadounidense; pero en la actualidad su veracidad es admitida.[261] James consideraba al ciudadano americano moralmente superior a los europeos y menos complejo.[256] En The Europeans (Los europeos), una joya de novela inicial, el mundo de los Wentworth de New Ingland se enfrenta al de sus primos, unos americanos europeizados.[262]

Portada de una edición de 1882 de la novela The Portrait of a Lady.

La mejor novela que escribió James en esta primera fase es indiscutiblemente The Portrait of a Lady (Retrato de una dama)[262] (1881). La novela destaca sobre todo por la intensidad con que se elabora el personaje de Isabel.[263] James quería refinar la técnica novelística, convertirla en una herramienta artística más sensible y más sólida, utilizarla para investigar niveles de caracterización más profundos, sombras más sutiles de conciencia. Esto es lo que consigue en The Portrait, y al leerlo entendemos por qué a James se le suele considerar el padre de la novela moderna.[263] James es uno de los escritores que mejor han analizado la complejísima conciencia moderna.[235]

The Bostonians (1886), escrita en un tono satírico, presenta con desagradable fidelidad a una mujer bostoniana de mentalidad fuerte dominada por una «misión», "que afronta con fuerza la vida", nunca es tan feliz como cuando lucha, se esfuerza y sufre a lo largo de toda la novela por una causa que es la emancipación de la mujer.[264]

A esta primera fase le seguiría una serie de estudios dedicados ya exclusivamente al modo de vida inglés, entre los que se incluye The Tragic Muse (1890) y varias novelas más.[247]

Otra novela, Lo que Maisie sabía (1897), insinúa una historia atroz, a través de la inocente ignorancia de una niña, que la narra sin entenderla. Sus relatos son voluntariamente ambiguos; el más divulgado de todos, Otra vuelta de tuerca (1898), admite, por lo menos, dos interpretaciones.[265]

Entre sus obras del período victoriano especialmente dignas de mención se encuentran, aparte de las ya mencionadas, las siguientes: The American (El americano, 1877), considerada por algunos como la mejor;[259] Confidence (1880); Washington Square (1880);[259] Princess Casamassima (1886);[266] The Tragic Muse (1889-90); The Other House (1896); The Spoils of Poynton (1897);[267] The Ankward Age (1898-99) y The Sacred Fount (1901). James vivió sin esperanza, pero creyó con toda razón en la importancia y sutileza de su obra, que abarca más de treinta volúmenes.[268]

A partir de la década de 1870, el poeta de origen escocés Robert Williams Buchanan tanteó la prosa de ficción y el teatro, no siempre con éxito.[269] En 1876 apareció The Shadow of the Sword (La sombra de la espada), la primera y una de las mejores de una larga serie de novelas,[270] dos de las cuales, A Child of Nature (Un hijo de la naturaleza, 1881) y Father Anthony (inédita hasta 1898), tenían el colorido de sus vivencias irlandesas.[271] Tanto La sombra de la espada como su siguiente novela, God and the Man (Dios y el hombre, 1881), llamativo relato de una disputa familiar, se caracterizan por una cierta amplitud y simplicidad de tratamiento que no resultan tan notorias en sus sucesoras, entre las cuales cabe mencionar The Martyrdom of Madeline (El martirio de Madeline, 1882), Foxglove Manor (1885), Effie Hetherington (1896) y Father Anthony (1898).[270] En total, escribió veinticuatro novelas hasta el mismo año de su fallecimiento.

Sabine Baring-Gould (1834-1924), novelista inglés, era poseedor de una pluma dispuesta, y comenzó a publicar libros sobre temas diversos ―física, viajes, historia, folclore, religión, mitología― desde 1854 en adelante. Su novela Mehalah (1880), cuyo escenario se sitúa en la costa este de Inglaterra, era una historia excelente, y entre otras muchas cabe mencionar John Herring (1883), un relato del West Country; Court Royal (1886); La araña roja (1887); The Pennycomequicks (1889); Cheap Jack Zita (1893) y Broom Squire (1896), un relato de Sussex.[272]

Tras la muerte de James Rice, con quien escribió conjuntamente casi una decena de novelas entre 1871 y 1881, Sir Walter Besant continuaría escribiendo novelas en solitario, produciendo anualmente una obra de ficción de extensión estándar durante veinte años.[234] Las tramas de Besant en solitario poseen una estructura mucho más suelta que las que escribió con su socio, y se basaba en mayor medida que antes en sucesos históricos. En Dorothy Forster (3 volúmenes, 1884), que Besant consideraba su mejor obra, dio muestras de su ingeniosidad al situar una elegante historia de amor en un marco histórico.[234] El tratamiento que hace Besant de la sociedad contemporánea resulta en su mayor parte menos satisfactorio. Pero dos de sus obras de ficción moderna, All Sorts and Conditions of Men (1882) y Children of Gibeon (1886), alcanzaron una popularidad muy superior a la de cualquier otra obra suya, pero en otro sentido distinto al puramente literario.[234]

Besant, quien siempre tuvo un fuerte interés filantrópico, había investigado personalmente los problemas de la pobreza en el este de Londres, y en estas dos novelas ponía en valor propuestas concretas para su solución. El segundo libro se centraba en los males de la explotación laboral, y ayudó a impulsar el movimiento para la asociación comercial de las mujeres trabajadoras. El primer libro, All Sorts and Conditions of Men, que consistía mayormente en un enérgico alegato por la regeneración social del East London, estimuló enormemente la solidaridad individual de los acomodados hacia los pobres del East End. En esta novela, Besant representó un ficticio «Palace of Delight [Palacio del Disfrute]», que debería remediar la triste monotonía de la vida en el East End.[234] La novela mostraba una imagen tan clara de la vida real y las escasas oportunidades de la gente común del este de Londres que llevaría a la creación del Palacio del Pueblo en la vida real. La obra dio impulso a muchas otras tentativas de reformas sociales, y ayudó a su autor a hacerse un hueco entre los reformadores sociales de su generación.[233] Aunque no es en sí mismo un pionero en los esfuerzos realizados por el canónigo Barnett[Nota 27] y otros para aliviar los males sociales del East End por medio del contacto personal de hombres y mujeres educados pertenecientes a una clase social superior, sus libros prestaron un inmenso servicio al movimiento al popularizarlo.[232] Su solidaridad con los pobres quedaría demostrada en otro intento de conmover a la opinión pública, esta vez contra los males del sistema de explotación, en The Children of Gibeon (1886).[232]

Las restantes novelas de Besant correspondientes a este periodo son: The Revolt of Man (1882), All in a Garden Fair y The Captain's Room (ambas de 1883), Uncle Jack (1885), The World went very well then (1887), Herr Paulus y For Faith and Freedom (ambas de 1888), The Bell of St. Paul's (1889), Armorel of Lyonesse (1890), St. Katharine's by the Tower (1891), The Ivory Gate (1892), The Rebel Queen (1893), Beyond the Dreams of Avarice y In Deacon's Orders (ambas de 1895), The Master Craftsman y The City of Refuge (ambas de 1896), A Fountain Sealed (1897), The Changeling (1898), The Orange Girl (1899), The Fourth Generation (1900) y The Lady of Lynn (1901).

Rosa Mulholland (1841-1921) fue una escritora irlandesa casada con el prestigioso anticuario victoriano sir John Gilbert, quien, además, era un experto en el folclore de Irlanda e Inglaterra.[273] Sus primeros éxitos como escritora, The Wild Birds of Killeevy (1883) y Marcella Grace (1886), hablan de los problemas sociopolíticos de Irlanda bajo la dominación inglesa, y abogan por la creación de una aristocracia católico-irlandesa que paliara los efectos negativos del feudalismo inglés.[274]

Robert Louis Stevenson

En Robert Louis Stevenson (1850-1894) estimamos el estilo más que los ideales.[275] Su prosa es fluida y atrayente, cuidadosamente articulada y un tanto carente de vigor.[276] Había sabido cómo poner a todo lo que escribía el sello de un vívido encanto personal; había demostrado ser un maestro de la frase apropiada y vigorosa; y ya fuera en el cuento o la parábola, el ensayo o la meditación del viajero, se había referido a puntos vitales de la experiencia y las sensaciones con la observación y la perspicacia de un verdadero poeta y humorista.[277] Stevenson hizo todo lo que pudo para dotar al género narrativo de la novela de aventuras de un realismo y una perfección artística que le proporcionaran la debida dignidad. Estilista cuidadoso, Stevenson adopta una posición moralmente neutral ante su arte, y estima que la gracia en el manejo del material artístico es más importante que su valor intelectual.[278] La neutralidad y la objetividad fueron su divisa, puesto que la parcialidad es inmoral, y es erróneo todo libro que ofrece un cuadro engañoso del mundo y de la vida.[279] La teoría y la práctica del estilo lo preocuparon siempre.[280] Consciente, pues, de que el escritor es un orientador de la sociedad y seguro de que por humilde que sea una obra literaria puede causar mucho daño o mucho provecho, adopta la doctrina estética de la serena imparcialidad y se adhiere a la idea de la absoluta supremacía de los derechos del arte.[279] Estas ideas le hacen mucho más exigente que otros narradores, y a su luz escribió los ensayos, narraciones de viajes, los cuentos y las novelas que su corta vida le permitió.[279] Sus maestros más inmediatos fueron sin duda Flaubert, Maupassant y Mérimée. Eso quiere decir que con Stevenson entra en la prosa narrativa inglesa, y alcanza exótica fascinación, la lección estilística de los naturalistas fraceses, la elección de la palabra justa, insustituible, el sentido del color, del sonido, del matiz esencial, del detalle observado con exactitud, y al mismo tiempo la aversión a todo exceso romántico o sentimental, el ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoicos.[281]

Portada de La isla del tesoro (Treasure Island), en su edición de Charles Scribner's Sons (Nueva York, 1911), ilustrada por Newell Convers Wyeth (1882-1945).

A partir de 1880 entró en un período de productividad que, teniendo en cuenta su precaria salud, resultó muy notable, tanto en lo que respecta a la cantidad como a la calidad.[282] A pesar de que la originalidad y el poder de los escritos de Stevenson fueron reconocidos desde el principio por un selecto grupo, fue solo lentamente que llegaron a oídos del público en general.[283] La fama de Stevenson llegó en 1883 con la publicación de La isla del tesoro, novela de mar y piratería ambientada a mediados del siglo XVIII. Tras su publicación, la obra se convirtió inmediatamente en un éxito popular incluso entre el nuevo público adulto. En esta historia, la fuerza inventiva y la viveza narrativa atrajeron a todos los lectores, incluidos aquellos para quienes sus otras cualidades de estilo y delineación de personajes habrían pasado desapercibidas en sí mismas; y ha ocupado un lugar en la literatura como relato clásico de aventuras de piratas y amotinados.[284] Se conserva el mismo paso en toda la obra, las sorpresas son oportunas y los personajes son claros y distintos.[285]

En 1885 publica Prince Otto (El príncipe Otón). En esta historia, o fantasía, ciertos problemas de caracteres y relaciones conyugales que habían ocupado al autor desde su tragedia juvenil Semíramis son resueltos con un vivo juego de intelecto y humor, y (como algunos piensan) con un exceso de refinamiento y experimentación estilística, en un escenario de la vida cortesana alemana y con un delicioso trasfondo de paisajes forestales alemanes. El libro, nunca muy popular, es uno de los más característicos de la mentalidad del autor.[284]

En 1886 llegaron dos éxitos que incrementaron enormemente su reputación, y con ella su poder adquisitivo. Éstos fueron Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde (El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde) y Kidnapped (Secuestrado). El primero, basado en parte en un sueño, es un llamativo apólogo sobre la doble vida de un hombre.[286] En esta novela, un maravillosamente poderoso y sutil relato psicológico,[283] Stevenson abandonó su tono habitual para escribir una alegoría moderna sobre el bien y el mal en la personalidad humana.[236] Publicado como "shilling shocker",[Nota 28] un formato de moda en aquella época, se hizo popular al instante;[286] fue traducido al alemán, francés y danés; y los nombres de sus dos personajes principales han pasado al acervo común de referencias proverbiales.[286] En Secuestrado ―una historia escocesa para jóvenes sugerida por el histórico incidente de los asesinatos de Appin―[Nota 29] las aventuras resultan apenas menos emocionantes que las de La isla del tesoro, los elementos de delineación de personajes son más sutiles y llegan más lejos, mientras que el elemento romántico de la historia y el sentimiento patriótico están expresados como casi nunca lo habían estado desde Scott. El éxito de estas dos historias, tanto de crítica como de público, cimentó la posición de Stevenson al frente de los jóvenes escritores de su época, entre quienes su ejemplo favoreció una mayor atención general a las cualidades técnicas de estilo y elaboración, así como una reacción a favor de la novela de acción y romance frente a las modalidades de ficción más analíticas y menos estimulantes que predominaban entonces.[286]

The Master of Ballantrae (El barón de Ballantrae) (1889) es una novela, hasta cierto punto histórica, sobre una querella entre dos hermanos que dura toda la vida.[287] Muchas personas piensan que esta trágica historia de odio fraterno ocupa el primer lugar entre las novelas del autor, tanto por la viveza de sus descripciones como por su penetración psicológica.[288] En el Pacífico había planificado y comenzado, en colaboración con Mr. Lloyd Osbourne, su única tentativa de una historia extensa y prolongada sobre la vida contemporánea, The Wrecker[288] (1890-92). Catriona (1893), secuela de Secuestrado, es, como ésta, otra novela histórica en la línea de las de Walter Scott, y está igualmente ambientada en el período político de las Highlands posterior a 1745. Ambas resisten la comparación con Scott, y al compararlas resultan más ligeras en cuanto a erudición, caracterización y sentido nacional; pero resultan más eficaces en cuanto narraciones.[285] Catriona contiene parte del mejor trabajo del autor, especialmente en las escenas finales de Leiden y Dunkerque. La comedia de una pasión juvenil difícilmente ha sido expresada de manera más brillante o más delicada.[289]

En 1892 había comenzado The Ebb-Tide (Bajamar), una oscura historia de crímenes y aventuras en los mares del Sur, planificada algún tiempo antes bajo el título de Pearl-Fisher (El pescador de perlas) en colaboración con Mr. Lloyd Osbourne.[290] Fue publicada por entregas entre noviembre de 1893 y enero de 1894, y en formato de libro en septiembre de 1894.[290]

Con Weir of Hermiston (comenzada en 1892 y publicada póstumamente en 1897), Stevenson presenta el esquema de una novela de mayor profundidad y más amplia estructura que las anteriores.[287] Quedó inconclusa al morir el escritor, pero aun así en ella están perfectamente desarrollados tanto el entorno escenográfico como los principales personajes. De entre todas sus obras, esta prometía ser la mejor. En ella Stevenson profundiza aún más en la caracterización de tipos nacionales, ofreciéndonos un somero panorama de la estructura económica de Escocia y de los grupos que de ella surgen en entornos rurales y urbanos. Con esto el elemento romance adquiere mayor densidad e importancia.[291] Los pocos capítulos que pudo completar, tomados como bloques separados de presentación narrativa y de personajes, son del más alto poder imaginativo y emotivo.[290] Se trata de una trágica historia de las fronteras escocesas, cuyo personaje principal estaba basado en el famoso juez Lord Braxfield.[Nota 30][290] Stevenson no parecía tener la suficiente capacidad imaginativa, ni el método y preparación para escribir novelas extensas de argumentación trabada y perfilada caracterización. Sin embargo, Weir of Hermiston es un indicio seguro de hasta dónde hubiera podido llegar Stevenson, ya que, de haberse terminado, esta obra podría ponerse al lado de cualquiera de las grandes novelas escocesas de Walter Scott.[292]

El estilo de Stevenson es singularmente fascinante, elegante, variado, sutil y dotado de un encanto especial.[283] Stevenson sería siempre muy consciente de su estilo, que había surgido de su propia perfección. Algunas veces, incluso, el lector está tentado a considerar que el estilo era demasiado bueno para la obra. Stevenson llevó la novela hacia atrás, de vuelta al relato y a la narración de aventuras.[236] Fue un artista tan sólido que al principio es difícil advertir el fenómeno que provocó su éxito.[236] Como a Kipling, la circunstancia de haber escrito libros para los niños ha disminuido acaso su fama. La isla del tesoro ha hecho olvidar al ensayista, al novelista y al poeta.[280] Pocos escritores han concitado durante su vida tanta admiración y respeto por parte de sus colegas de profesión.[290]

En 1884, Mrs. Humphry Ward (Mary Augusta Ward, 1851-1920) publicó un ambicioso aunque breve estudio de la vida moderna, Miss Bretherton, la historia de una actriz.[293] Pero sería su siguiente novela la que habría de hacerla famosa. En febrero de 1888 apareció Robert Elsmere, una poderosa novela que traza la evolución mental de un clérigo inglés, de carácter y conciencia sublimes y con inclinaciones intelectuales, obligado a rendir su propia ortodoxia a la influencia de la «Alta crítica». El personaje de Elsmere debe mucho a reminiscencias del filósofo T. H. Green y del historiador J. R. Green. El libro se convirtió en motivo de conversación del mundo civilizado, en gran parte como consecuencia de una reseña de W. E. Gladstone en el The Nineteenth Century.[293] Sería el elemento tópico el que conseguiría deslizar en todos los salones ingleses el Robert Elsmere de Mrs. Humphry Ward. Debió su popularidad no tanto a aquel público nuevo y no cultivado, cuanto al hecho de que en sus planteamientos sobre la fe cristiana recogió un tema que se trataba sin duda del más popular en su época.[238] En cinco meses alcanzó siete ediciones en un formato de tres volúmenes, y las ediciones baratas estadounidenses tuvieron unas ventas enormes. Fue traducida a varios idiomas europeos, y fue objeto de artículos en doctas revistas extranjeras. Robert Elsmere es en sí misma una buena historia, especialmente por su representación del conflicto emocional entre Elsmere y su esposa, cuya ortodoxia demasiado constreñida lleva su fe religiosa y su mutuo amor a un terrible callejón sin salida; pero lo que le otorgó al libro su buena aceptación fue el detallado debate sobre la «Alta crítica» de la época, y su influencia en la fe cristiana, más que su poder como obra de ficción dramática. Dio origen, como ninguna obra académica podría haber hecho, a un debate popular sobre el cristianismo histórico y esencial.[293]

H. Rider Haggard (1856-1925) perdió por poco la oportunidad de ser algo más que un exitoso escritor de novelas de aventuras. Evidentemente es mucho más competente que Grant Allen, cuya The Woman Who Did fue, en 1895, no solo tópica sino incluso atrevida.[238] La primera novela de este literato y científico británico de origen canadiense (1848-1899) fue Philistia, que apareció originalmente por entregas en The Gentleman's Magazine, y fue publicada en 1884 en los en aquel entonces habituales tres volúmenes.[294] Este libro es en gran medida autobiográfico. Aunque no gustó al público, el autor recibió suficiente estímulo para continuar. Durante los siguientes quince años publicaría más de treinta libros de ficción,[294] entre los cuales destaca The Woman Who Did (1895). Se trata de una Tendenz-Roman [novela de tesis] escrita, como dijo el autor, "por primera vez en mi vida total y exclusivamente para satisfacer mi propio gusto y mi propia conciencia". La heroína es una mujer con todas las virtudes que, por respeto a la dignidad de su sexo, se niega a someterse al vínculo legal del matrimonio. Las desastrosas consecuencias de semejante proyecto vital son desarrolladas por el autor con implacable precisión. Pretendía que el libro, con toda seriedad, fuera tomado como una protesta contra el sometimiento de las mujeres.[294] El público lo leyó con entusiasmo, pero quedó escandalizado.[294]

Hall Caine (Thomas Henry Hall Caine, 1853-1931) comenzó en 1885 una sumamente exitosa carrera como novelista de tipo melodramático con La sombra de un crimen, seguida por El hijo de Agar (1886), The Deemster (1887), The Bondman (1890), The Scapegoat (El chivo expiatorio, 1891), The Manxman (El manés, 1894), The Christian (1897), The Eternal City (La ciudad eterna, 1901),[295] etc.

Marie Corelli (1855-1924), novelista y mística inglesa, produjo una historia romántica que resultaba siquiera ingeniosa, si no notablemente bien escrita, sobre el tema de una auto-revelación que conecta a la deidad cristiana con una fuerza mundial en forma de electricidad, y que fue publicada en 1886 con el título de Un romance de dos mundos. Se vendió de forma inmediata y copiosa, lo que dio como resultado, naturalmente, que la autora dedicara sus aptitudes inventivas a satisfacer las demandas del público de otra obra similar. Así pues, escribió de manera sucesiva una serie de novelas románticas melodramáticas, originales en ciertos aspectos de su tratamiento, audaces en otros, pero todas ellas combinando una trama legible con suficiente "fundamento" de lo que la mayoría demandaba de corrección ética y religiosa para adaptarse a los gustos contemporáneos ampliamente difundidos; fueron éstas Vendetta (1886), Thelma (1887), Ardath (1889), El alma de Lilith (1892), Barrabás (1893), Los padecimientos de Satán (1895) ―los mismos títulos resultaban atractivos―, El átomo poderoso (1896)[296] y otras, hasta The Master Christian (1900), que nuevamente satisfacía la demanda socio-ético-religiosa.[297] Miss Corelli poseía la virtud de escribir con bastante sinceridad y con convicción, frente a eminentes críticos que hacían comentarios despreciativos por su mal estilo y su sensacionalismo, sobre temas que los lectores convencionales no obstante disfrutaban, y rotundas tramas que resultaban dramáticas y vigorosas.[297]

Hugh Stowell Scott (1862-1903) comenzó trabajando para una firma aseguradora en la City de Londres. Sin embargo, la rutina comercial le resultó desagradable. Sentía un ardiente deseo de viajar al extranjero y estudiar las nacionalidades foráneas, por lo que se vio impulsado a probar suerte en la narrativa. Su primer experimento fue Young Mistley, que envió a Bentley y publicó de forma anónima en 1888 (en 2 volúmenes). En su siguiente libro, The Phantom Future (1889, 2 volúmenes), adoptó el seudónimo de «Henry Seton Merriman» con el fin de esquivar la desaprobación de su familia, y hasta el final utilizaría el mismo disfraz. The Phantom Future fue seguida por otras dos historias igualmente inmaduras: Suspense (1890, 3 volúmenes) y Prisoners and Captives (1891, 3 volúmenes).[298] En 1892 despertó el interés de James Payn,[Nota 31] entonces editor del Cornhill, con una historia bien construida sobre la vida de los franceses y los ingleses, The Slave of the Lamp, que tras ser publicada por entregas en el magacín fue bien recibida al publicarse por separado. Su sucesora, From One Generation to Another (1892), fue acogida tan calurosamente como para justificar la decisión de Scott, cuyos recursos siempre fueron abundantes, de abandonar la City y dedicarse en exclusiva a la profesión de novelista. En 1894, su historia With Edged Tools, ambientada en África Occidental, atrajo la atención del público y le otorgó un lugar destacado entre los novelistas populares de su época. Siguió rápidamente The Grey Lady (1895), que trataba sobre la vida marinera; algunas de sus escenas fueron extraídas de una visita a las islas Baleares.[299]

Estudió los métodos de Dumas y dedicó todo el tiempo y dinero disponibles a la detallada puesta en escena de una serie de novelas sobre las nacionalidades modernas. Su más ambiciosa y en conjunto más exitosa realización fue la emocionante historia rusa que apareció en 1896 con el título The Sowers.[299] Fue seguida, a intervalos de aproximadamente dieciocho meses entre una y otra, por Flotsam (1896), una historia ambientada en Delhi en los días de la sublevación; In Kedar's Tents (1897), un relato de intriga en la España carlista; Roden's Corner (1898), una historia anglo-holandesa que incorpora un ataque a las compañías promotoras sin escrúpulos; Dross (1899), que no fue publicada en formato de libro en Gran Bretaña; The Isle of Unrest (1900), una historia de vendettas corsas un tanto al estilo de Mérimée,[299] etc. En el momento de su muerte, Scott era uno de los novelistas más logrados y más ampliamente leídos de su época.[299]

Pearl Mary Teresa Craigie (1867-1906), novelista y dramaturga, que escribió bajo el seudónimo de «John Oliver Hobbes»,[300] publicó en 1891 en la «Pseudonym Library» de Mr. Fisher Unwin[Nota 32] su primer libro, Some Emotions and a Moral. Su estilo epigramático y su sabor ligeramente cínico le aseguraron un éxito popular. Solo en Inglaterra se vendieron 6.000 ejemplares en un año, y más de 40.000 en vida de la autora.[301] En mayo de 1892 vendría su segundo libro de similar textura, The Sinner's Comedy.[301] A partir de entonces, Mrs. Craigie escribiría sin cesar. A Study in Temptations (1893), A Bundle of Life (1894) y The Gods, Some Mortals, and Lord Wickenham (1895), que fue publicada por entregas en el Pall Mall Budget, no lograron alcanzar la popularidad de su primer volumen, mientras que The Herb Moon: a Fantasia (1896) fue un relativo fracaso. Con todo, en conjunto estas novelas determinaron su posición como brillante observadora y crítica de la vida social de su tiempo.[301]

El tema de una comedia que proyectó a continuación para Sir Henry Irving no lograría interesar al actor, y convirtió el borrador en una novela, The School for Saints (1897), que resultó ser una obra psicológica más seria de lo que había intentado hasta entonces.[301] Esta obra tendría una secuela: Robert Orange (1900).[302] Su última novela de este periodo es The Serious Wooing (1901).[303]

Joseph Conrad (1857-1924) es uno de los mayores novelistas y cuentistas de la literatura inglesa. Como en el caso de Bernard Shaw, su iniciación literaria fue tardía; su primer libro data de 1895, cuando el autor ya había navegado por todos los mares del mundo, recogiendo, sin proponérselo, experiencias para su obra ulterior.[304] Conrad es un caso extraordinario de amor al mar y de fidelidad a la lengua y a la nación que en su época era la dueña de los mares.[305] Con la marina mercante inglesa viajó por América, Oriente, la India, África y Australia. Su interés por los barcos y el personal que los tripulaba, la vida en ellos y su lucha contra las fuerzas del océano, constituyen en gran parte la cantera de la que saca sus primeros materiales de escritor.[305] Los accidentes y aventuras de sus viajes a Bangkok, Madras, Bombay, Singapur, el archipiélago malayo, Australia y el Congo se reflejan en relatos como Youth, The Nigger of the «Narcissus», Typhoon o Heart of Darkness.[306] En un velero, camino de Adelaida, en 1891, se encontró con el futuro novelista John Galsworthy, con el que trabó gran amistad. Fue en esta travesía cuando Conrad empezó a escribir su primera novela,[306] Almayer's Folly (La locura de Almayer, 1895). Con una amplia experiencia de la mar, de Asia y América y de los puertos de todo el mundo, escribiría, en un inglés muy elaborado y extrañamente rítmico, una serie de novelas[307] que comienza con la ya mencionada Almayer's Folly.

Entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX publicó Conrad sus novelas de tema marítimo. The Nigger of the «Narcissus» (El Negro del «Narciso», 1897) apenas tiene argumento. Es una narración impresionista de sus propias experiencias en el viaje de Bombay a Londres por el Océano Índico y rodeando el Cabo de Buena Esperanza en el barco Narcissus. La novela es psicológica, y expone el drama humano de un grupo de hombres que se enfrentan con el mar en uno de sus momentos más terribles.[306]

En su época, una buena dosis de la popularidad que llegaría a alcanzar se basaba en sus primeras novelas sobre la mar y sobre exóticos lugares.[307] Las más notables serían, amén de las ya mencionadas, Youth (Juventud, 1898) y Lord Jim (1900).[307] Estas novelas coloristas y románticas le proporcionaron la fama, y sería gracias a ellas como seguiría conservando a la mayoría de sus lectores.[307] La base de la ficción novelesca de Conrad es la historia de aventuras, pero contada con una compleja evocación humorística y con un constante interés psicológico.[308]

El corazón de las tinieblas (escrita en 1899) está inspirada en las experiencias personales de Conrad mientras navegaba por el río Congo.[306] En su obra maestra, Lord Jim (1900), otro relato de mar y de acción,[306] el tema central es la obsesión del honor y la vergüenza de haber sido cobarde.[309]

Narrativa de ciencia ficción

El periodista londinense Thomas Anstey Guthrie (1856-1934) escribió, a menudo bajo el seudónimo de «F. Anstey», relatos y novelas de carácter fantástico, cómico y satírico, en la mayoría de los cuales algún elemento mágico es introducido en la sociedad contemporánea, con caóticas consecuencias.[310] Estas obras fueron ampliamente imitadas por numerosos escritores,[310] convirtiéndose así en arquetipos de un subgénero distintivo de "fantasías ansteyanas". En su obra más exitosa, Vice Versâ, o una lección para padres (1882), un caballero victoriano y su hijo en edad escolar intercambian sus personalidades; la novela ha sido adaptada al cine en dos ocasiones hasta la fecha,[310] y adaptada como serie de televisión al menos dos veces.[310] Su reputación como escritor humorístico de notable originalidad quedó confirmada más si cabe con The Black Poodle (1884), The Tinted Venus (1885), A Fallen Idol (1886) y otras obras.[311] En The Tinted Venus: A Farcical Romance un joven revive accidentalmente a la diosa romana del amor, y en A Fallen Idol una deidad oriental ejerce una siniestra influencia sobre un joven artista. El protagonista de The Brass Bottle (1900) adquiere los servicios de un genio extremadamente útil.[310] La obra de Anstey se acerca más a la ciencia ficción en Tourmalin's Time Cheques (A Farcical Extravagance) (1891), uno de los primeros relatos de paradojas temporales y un ejemplo pionero de complicaciones relacionadas con una secuencia temporal aleatoria, aunque resuelto al final de forma insatisfactoria como un sueño. The Statement of Stella Maberly, written by Herself (1896), publicada de forma anónima, es una interesante historia de psicología paranormal.[310]

La idea narrativa de After London, or Wild England (1885), de Richard Jefferies, no resulta menos sorprendente.[255] La novela está ambientada en un futuro en el que Londres ha dejado de existir.[312] Inglaterra, abandonada por la mayoría de sus habitantes, se ha convertido en gran medida en un primitivo desierto. Londres es una ciénaga ponzoñosa; el Támesis, un vasto lago; los bosques, infestados de bestias salvajes y de una raza maligna de enanos, cubren la mayor parte del país; los residuos de la antigua población, aunque practicando las virtudes de cazadores y guerreros, a pesar de todo viven en la ignorancia y el miedo; y en medio de toda esta oscuridad amanece una nueva luz inspirada por una juventud de genio.[255] After London es un temprano ejemplo de ciencia ficción distópica.

Narrativa militar y narrativa de aventuras

Entre las últimas obras de ficción del escocés James Grant (1822-1887) cabe destacar Shall I Win Her? The Story of a Wanderer (1874); Love's Labour Won (1888), que relata episodios de bandolerismo en Birmania, y Playing with Fire (1887), una historia de la guerra de Sudán.[59]

William Clark Russell (1844-1911), escritor inglés nacido en Nueva York, sirvió en la Marina Mercante Británica desde 1858. Su vida a bordo estuvo marcada por miserias que minaron seriamente su salud. No obstante, partiendo de estas experiencias tempranas Clark Russell reunió el material que habría de constituir su materia prima literaria.[313]

En 1866 se retiró del servicio mercante, y tras unos meses en ocupaciones comerciales, adoptó la carrera literaria.[313] Pronto se dedicaría a escribir historias de aventuras náuticas, lo que a partir de entonces sería su principal ocupación. Su primera novela, John Holdsworth, Chief Mate [John Holdsworth, primer oficial de puente] (1875), atrajo de inmediato la atención, y la todavía más popular Wreck of the Grosvenor [El naufragio del «Grosvenor»] (1877) afianzó su reputación como escritor gráfico de historias marinas.[313] Durante treinta años, un flujo constante de novelas más o menos exitosas fluyó de su fértil pluma; en total, produjo cincuenta y siete volúmenes.[313]

Sir Edwin Arnold definió a Clark Russell como "el Homero prosaico del vasto océano", mientras que Algernon Charles Swinburne, con su característica [tendencia a la] exageración, lo llamó "el más grande maestro del mar, vivo o muerto". Las novelas de Clark Russell resultaron tan beneficiosas al servicio mercante como las del capitán Marryat a la Marina Real. Avivaron el interés del público por las condiciones en que vivían los marinos, y de este modo allanaron el camino para la reforma de numerosos abusos. Sus descripciones de tormentas en el mar y de fenómenos atmosféricos eran brillantes muestras de figuralismo, pero sus caracterizaciones a menudo resultaban vulgares, y sus tramas propendían a volverse monótonas.[313]

El escritor australiano George Lewis Becke (1855-1913), que pertenece a la escuela de Stevenson y Conrad,[314] escribió, en solitario y en colaboración con Walter Jeffrey, numerosas historias emocionantes de aventuras en las islas del Pacífico.[314] En solitario escribió las colecciones de relatos breves By Reef and Palm [Por arrecifes y palmerales] (1894); The Ebbing of the Tide [Bajamar] (1896); Pacific Tales [Cuentos del Pacífico] (1897);[314] Ridan the Devil and Other Stories (Ridan el diablo y otras historias, 1899) y York the Adventurer and Other Stories (York el aventurero y otras historias, 1901); y las novelas His Native Wife (Su esposa nativa, 1895); Wild Life in Southern Seas [Vida salvaje en los mares del Sur] (1897); Rodman the Boat-steerer [Rodman el navegante] (1898); Tom Wallis (1900); Edward Barry (1900); Tess, the Trader's Wife [Tess, la mujer del comerciante] (1901); By Rock and Pool [Por rocas y charcas] (1901),[314][315] etc. También escribió, en colaboración con Walter J. Jeffrey, A First Fleet Family [Una familia de la Primera Flota] (1896); The Mystery of the Laughlin Isles [El misterio de las islas Laughlin] (1896); The Mutineer [El amotinado] (1898); The Naval Pioneers of Australia [Los pioneros navales de Australia] (1899); Admiral Philip [El almirante Philip] (1899) y The Tapir of Banderah [El tapir de Banderah] (1901).[315][314]

Anthony Hope (1863-1933) alcanzó un gran éxito popular con la publicación (en mayo de 1894) de The Prisoner of Zenda [El prisionero de Zenda].[316] El prisionero de Zenda, que en algo era deudora del Prince Otto de R. L. Stevenson, estableció una moda para lo que se denominaría, por su localización ficticia, «novela ruritana».[316]

Literatura del esteticismo

El esteticismo fue un movimiento artístico de origen inglés que se basaba de forma exclusiva en los criterios estéticos, al margen de cualquier finalidad utilitarista.[317]

En su obra maestra, la novela filosófica Mario el epicúreo, considerada la «Biblia» del esteticismo, Walter Pater (1839-1894) plasmó sus ideales artísticos y religiosos a un mismo tiempo, estableciendo que el átomo integral ―el momento de placer― constituye la unidad y el índice de referencia del valor literario.[318] Esta fina y pulida obra, la principal de todas sus contribuciones a la literatura, fue publicada a principios de 1885. Pater expone en ella, con perfeccionada plenitud y amorosa elaboración, su ideal de vida estética, su culto a la belleza en contraposición al desnudo ascetismo, y su teoría del efecto estimulante de la búsqueda de la belleza como un ideal propio.[319] Mario es una apología del más sublime epicureísmo, y al mismo tiempo es una textura que el autor ha recamado con exquisitas flores de la imaginación, el aprendizaje y la pasión. El moderno humanismo no ha producido un producto más admirable que este noble ensueño de una búsqueda, a través de la vida, del espíritu de la belleza celestial.[320]

La única novela escrita por Oscar Wilde (1854-1900), El retrato de Dorian Gray (1890), que fue inicialmente publicada en el Lippincott's Magazine, estaba llena de sutil impresionismo y de epigramas sumamente forjados, pero debió su notoriedad a una tendencia subyacente de muy desagradable sugestión. Un Prefacio al Dorian Gray, que concluía que "todo arte resulta bastante inútil", apareció de forma independiente en The Fortnightly Review (marzo de 1891).[190] El retrato… es una verdadera síntesis del esteticismo (Wilde dirigió el esteticismo, sin creer demasiado en él[321]). La obra está como abrumada de epigramas y de excesivo lujo.[321] Esta novela es la expresión más completa que poseemos de la personalidad de Oscar Wilde y un documento humano del mayor interés.[322] En gran parte de sus escritos, y en su actitud general, había para la mayoría de la gente un trasfondo de sugestión más bien obscena que creó prejuicios contra él, y El retrato de Dorian Gray, con toda su chispa y astucia, les impresionó más desde este punto de vista que por su brillantez puramente literaria.[323]

La narrativa breve victoriana

En el siglo XIX surge el cuento de contenido realista.[324] Esta tendencia coexiste, a finales del siglo, con la fantasía (Stevenson) o el universo imaginativo infantil (Lewis Carroll, Wilde).[324]

No se puede entender una semblanza de Charles Dickens sin detenerse en sus sketches, relatos breves y cuentos navideños: Sketches by Boz (1836), que fueron recopilados y publicados con ilustraciones de Cruikshank;[325] The Mudfog Papers (1837-38), A Christmas Carol (Canción de Navidad, 1843), The Chimes (Las campanas, 1844) y The Cricket on the Hearth (El grillo del hogar, 1845). Canción de Navidad, quizá la más peculiar de todas sus obras, muestra su creencia en la bondad humana llevada casi hasta el misticismo.[326] Cualquiera de estos cuentos constituye una admirable introducción al estudio de las posibilidades de Dickens como novelista: su calidad poética, su estilo y los principales elementos de su ideología.[327]

La anglo-irlandesa Anna Maria Hall (1800-1881) escribió y publicó decenas de cuentos y piezas breves (sketches), a menudo bajo el seudónimo de «Mrs. S.C. Hall». Aunque como escritora no es tan conocida como su amiga e inspiración Maria Edgeworth, Anna Maria Hall debe indudablemente ser reconocida como una de los escritores anglo-irlandeses más prolíficos de la época victoriana.[328] Irlanda, su tierra natal, que abandonó en la adolescencia, le proporcionó el motivo de varios de sus libros más exitosos.[329] Si bien nunca llegó a ser cruelmente satírica en su interpretación de la clase campesina irlandesa, sus breves y ficticios retratos no se alejaron mucho del didactismo, y fue en ese sentido como resultó más conocida.[328] De 1840 son sus Cuentos del campesinado irlandés, publicados en el Chambers's Edinburgh Journal y posteriormente en forma de recopilación.[330]

Una de sus últimas obras, Boons and Blessings (Dones y bendiciones, 1875), dedicada al conde de Shaftesbury, es una colección de cuentos sobre la templanza, ilustrados por los mejores artistas.[330] Sus libros nunca fueron populares en Irlanda, ya que ella veía en cada una de las facciones muchas cosas elogiables y muchas censurables, de modo que no pudo complacer ni a los orangistas ni a los católicos.[330]

Otras obras suyas son: El huevo de cisne: cuento (1850), El penique de la suerte y otros cuentos (1857), La guirnalda de la aldea: cuentos y esbozos (1863), Nelly Nowlan y otras historias (1865), El compañero de juegos y otras historias (1866), El camino del mundo y otras historias (1866), Alice Stanley y otras historias (1868), Annie Leslie y otras historias (1877),[331] etc.

El novelista, hagiógrafo, anticuario, folclorista, antólogo y erudito Sabine Baring-Gould (1834-1924) publicó numerosas colecciones de relatos breves: The Path of the Just: Tales of Holy Men and Children (1857), Jacquetta and Other Stories (1890), My Prague Pig and Other Stories for Children (1890), Margery of Quether and Other Stories (1891), Dartmoor Idylls (1896), Furze Bloom: Tales of the Western Moors (1899), In a Quiet Village (1900),[332] etc.

En 1863 apareció Cousin Phyllis and other Tales (La prima Phyllis y otros cuentos),[102] de Elizabeth Gaskell. The Grey Woman and other Tales (La mujer gris y otros cuentos) aparecería en 1865.[102]

Los cuentos y relatos breves de Thomas Hardy ―recopilados en los volúmenes Cuentos de Wessex (1888), Un grupo de nobles damas (1891), Las pequeñas ironías de la vida (1894) y Un hombre cambiado y otros relatos (1900)― no parecen presentar el pesimismo de sus grandes novelas. Incluso los títulos de las colecciones en los que los recogió invitan a ello: Las pequeñas ironías de la vida o Un grupo de nobles damas no son títulos que hagan pensar en situaciones altamente dramáticas; y no lo son, en verdad, sino que están más cerca de sugerir historias curiosas e ingeniosas para entretener a los oyentes.[333] Esas historias de Hardy, dramáticas o humorísticas, irónicas o provocadoras, no se apartan de ninguna de las obsesiones y asuntos que viven en sus novelas. Son relatos ambientados en el mundo rural, pero también en el de la ciudad, de finales del siglo XIX.[333]

Además de numerosas novelas, Sir Walter Besant y James Rice también escribieron a cuatro manos algunos volúmenes de relatos: El caso de Mr. Lucraft y otros cuentos (1876), Twas in Trafalgar's Bay and Other Stories (1879) y El inquilino de diez años y otros relatos. Esta colaboración llegó a su fin al morir Rice en 1882.[231]

A lo largo de su vida, breve y enfermiza,[235] Robert Louis Stevenson produjo gran cantidad de relatos muy desiguales, pero entre ellos hay algunos realmente extraordinarios, concretamente Markheim (Crimen y castigo en miniatura, con cierto toque escocés), The House of Eld (La casa de Eld) y The Beach of Falesá (La playa de Falesá).[334] Al igual que sus novelas, algunos de sus cuentos son también obras maestras. De éstos cabe mencionar Thrawn Janet (Janet la contrahecha) y Will of the Mill (Will el del molino) como ejemplos en muy diferentes tipos.[283] Sus primeros relatos publicados fueron: A Lodging for the Night (Alojamiento para una noche) (Temple Bar Magazine, octubre de 1877); The Sire de Malétroit's Door (La puerta del señor de Malétroit) (Temple Bar, enero de 1878); y Will of the Mill (Will el del molino) (Cornhill Magazine, enero de 1878).[277]

El año 1878 fue de gran productividad para Stevenson:[277] entre los meses de junio y octubre apareció en el London Magazine (editado por Mr. Henley) el conjunto de modernos cuentos fantásticos titulado New Arabian Nights (Las nuevas mil y una noches),[Nota 33] concebido en una muy animosa y entretenida vena de lo realista-irreal, así como el relato Providence and the Guitar (La Providencia y la guitarra).[277] En el verano de 1881 escribió Thrawn Janet (Janet la contrahecha) y la mayor parte de The Merry Men (Los hombres dichosos), dos de los relatos cortos más sólidos de la literatura escocesa, el primero sobre posesiones satánicas, el otro sobre una conciencia y una imaginación embrujadas, hasta perder la razón, por los terrores del mar.[284]

En 1882, la editorial Chatto & Windus publicó, en dos volúmenes, una edición ampliada de la colección de Las nuevas mil y una noches.[Nota 34] Esta recopilación anticipa la visión de un Londres fantástico, y fue redescubierta mucho después por su fervoroso biógrafo Chesterton.[335] Durante el mismo período, escribió una sucesión de relatos navideños ―The Body Snatcher (El ladrón de cadáveres) en el Pall Mall Gazette en 1884; Olalla en la The Court and Society Review y The Misadventures of John Nicholson (Las desventuras de John Nicholson) en el Anuario navideño Cassell, ambos en 1885; y Markheim en el Anuario navideño Unwin en 1886―.[286] Este último narra la historia de un crimen.[280] En 1885 escribió una segunda serie de Las nuevas mil y una noches. Estos nuevos cuentos giran en torno a las campañas fenianas de la dinamita,[Nota 35] que en aquel momento mantenían ocupada por completo a la opinión pública, y añaden, a los viejos elementos del realismo fantástico, un nuevo elemento de psicología criminal ingeniosa y desdeñosa.[286] En Samoa había escrito el primero de sus relatos del Pacífico en prosa, The Bottle Imp. Este breve cuento sobre moralidad y magia atrajo enérgicamente a los lectores nativos a quienes (en una traducción misional) iba inicialmente dirigido (publicado en inglés en Black and White en 1891, y reeditado en Island Nights' Entertainments[288] en 1893). El libro de relatos En los mares del Sur (póstumo) es el resultado de su estancia en Samoa,[292] donde murió.

Las primeras tentativas del literato y científico Grant Allen en el campo de la ficción fueron relatos breves, que publicó en Belgravia y otras revistas bajo el seudónimo de J. Arbuthnot Wilson, y fueron recopilados bajo el título de Strange Stories (1884). En opinión de sus amigos, nunca escribió nada mejor que algunos de estos estudios psicológicos, en particular El reverendo John Creedy y El coadjutor de Churnside, que aparecieron ambos en el Cornhill.[294]

En 1888, Oscar Wilde inició un período de actividad literaria, que fue progresiva hasta el colapso de su carrera en 1895. Este período se inició con El príncipe feliz y otros cuentos (ilustrado por Walter Crane y Jacomb Hood), un volumen de encantadores cuentos de hadas con un toque picante de sátira contemporánea.[189] Algo de la felicidad verbal de las comedias de Wilde se encuentra en los cuentos recopilados en El crimen de lord Arthur Saville (1891).[336] Se trataba de una colección de cinco relatos de crimen y misterio nada convencionales, destacando especialmente entre ellos El fantasma de Canterville, que introdujo una notable variación en el género del cuento de fantasmas. La colección Una casa de granadas (más cuentos de hadas, 1892) fue considerada en general, en valoración del autor, como "no destinada ni a los niños británicos ni al público británico".[190]

En 1894 John Watson (1850-1907) publicó, bajo el seudónimo de Ian Maclaren, una serie de esbozos de la vida rural escocesa titulada Beside the Bonnie Brier Bush. El libro convirtió de inmediato a Watson en uno de los autores más populares en Gran Bretaña y América. «Ian Maclaren» conocía poco del arte del novelista, pero a partir de elementos sencillos creó cuadros del carácter escocés que, si bien no son totalmente libres de sentimentalismo, son delineaciones artísticas de la nobleza de sentimiento y de la emotividad religiosa del campesinado escocés.[337] The Days of Auld Langsyne (1895) continuaba la misma línea, resultando apenas inferior en ejecución y popularidad. En Kate Carnegie and those Ministers (1897) empeoró algo la elaboración, no obstante su genialidad y cómodo dominio de la lengua vernácula escocesa. Afterwards, and Other Stories (1898) muestra el dominio del patetismo del autor.[337]

Teatro

El siglo XIX fue una de las épocas más pobres en la historia del teatro inglés;[338] no obstante, también fue una época de grandes actores en la que destacaron nombres como los de Kean, Macready, Henry Irving y Ellen Terry, aunque en general solían representar a los clásicos (en especial a Shakespeare, adaptado a los gustos y el capricho de los actores principales), triviales comedias modernas o melodramas sensacionalistas.[339] En conjunto, la situación del teatro de comienzos del siglo XIX era deplorable.[340] No obstante, la decadencia del teatro no puede achacarse a una causa única.[340] Sin embargo, la aprobación del Acta del Teatro de 1843 para regular el sector acabó con el monopolio que mantenían hasta entonces las dos grandes empresas teatrales, la del Covent Garden y la del Drury Lane, las únicas autorizadas para representar dramas dialogados en Londres. Esto permitió a teatros más pequeños producir obras en igualdad de condiciones con las dos empresas privilegiadas. Como resultado de esa nueva situación, en la década de 1860 se construirían en Londres numerosos teatros.[340] A partir de entonces, la situación del teatro inglés fue mejorando, aunque solo de manera modesta.[341]

Prosa

El conflicto entre los conocimientos nuevos y la opinión consagrada llenó la época victoriana con el alboroto del debate. Los viajeros ampliaban nuestro conocimiento del mundo objetivamente considerado; los teóricos de las ciencias estudiaban su estructura interna; los economistas políticos y los moralistas deducían conclusiones que escandalizaban al hombre corriente. Detrás de todo esto, el aumento de la riqueza y del poder material favorecía una interpretación materialista de la experiencia, tácitamente aceptada en casi todos los departamentos de esta hasta por los ortodoxos. Este materialismo se apoyaba erróneamente en la autoridad de la ciencia, ya que los científicos se mantenían correctamente dentro de los límites que sus premisas les imponían.[342]

Dos ensayistas, o más bien tres, alzaron fuertemente sus voces contra las enseñanzas de los economistas, los utilitaristas y los materialistas:[343] Carlyle, Ruskin y Matthew Arnold. Los dos primeros se erigieron en dos profetas que acusaron con vehemencia a su época y de los cuales ha tomado la posteridad la irónica venganza de considerarlos victorianos típicos, haciéndolos objeto de excesivas reconvenciones.[344]

Carlyle pretendió que Inglaterra regresase a una vida más espiritual por medio de una doctrina autoconcebida. Se trataría del mismo impulso que, moviéndose por un canal muy diferente, llevaría a otros, a través del Movimiento de Oxford, a una tendencia nueva en la Iglesia de Inglaterra y, en algunos casos, al catolicismo.[345]

En The Origin of the Species (El origen de las especies) (1859) y en The Descent of Man (El origen del hombre) (1871), Charles Darwin concibió una concepción de los orígenes del hombre que desafiaba la religión ortodoxa y la opinión aceptada en todo el mundo. Enunció con gran cautela sus propias investigaciones y conclusiones, y será precisamente ahí donde residirá en buena medida su talento artístico.[346]

Bibliografía

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Notas

Véase también

Referencias

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